20/07/2023
Empieza a leer 'El orden del azar' de Domingo Ródenas

 

LAS DOS VIDAS DE GUILLERMO DE TORRE (UNAS PALABRAS PREVIAS)

 

Cuando el foco cae hoy, raramente, sobre Guillermo de Torre suele ser por razones familiares o de arqueología cultural: adalid vanguardista, cuñado de Borges. Entonces queda iluminado su entorno más próximo, los hermanos Norah y Jorge Luis Borges en primer lugar y, con ellos, los círculos que se expanden a su alrededor, con escritores y artistas que van desde Lorca, Picasso, Ortega y Gasset, Huidobro, Victoria Ocampo, Eduardo Mallea o Ernesto Sabato hasta Tristan Tzara, F. T. Marinetti, Francis Picabia, André Breton, Valery Larbaud o André Malraux; desde Américo Castro, José Ferrater Mora, María Zambrano, Max Aub, Rosa Chacel o Francisco Ayala hasta Camilo José Cela, Dionisio Ridruejo, José Luis Cano o Josep Maria Castellet. Es difícil sustraerse a la sugestión de que toda la cultura literaria del siglo XX pasa por Torre como, de otro modo, pasa por Borges, y de que ambos, con grados diversos de visibilidad, fueron hacedores y cronistas de la misma.

Torre y Borges, Borges y Torre, cómplices juveniles y hermanos políticos, encarnaron la vocación literaria en su forma más temprana e incoercible, una pasión por la palabra que los condujo a transitar, en paralelo, de la poesía a la crítica y el ensayo, en diarios y en revistas, y que solo a los cuarenta años cristalizó en una obra por la que se sintieran justificados. En el moroso cumplirse de esa vocación, Torre fue dejando un reguero de iniciativas extraordinarias que van de la gestación de La Gaceta Literaria o la revista Sur a la colección Austral o la revolucionaria editorial Losada, y su ubicuidad en el campo cultural español y latinoamericano sigue causando asombro. Cuando, en 1964, The Times Literary Supplement lo consideró el gran crítico del exilio español, su cuñado, Borges, era ya un ídolo literario internacional. Cada uno de ellos se había alcanzado a sí mismo.

Este libro trata de reconstruir la aventura intelectual de un ensayista y editor que, en España y Argentina, fue fiel al tiempo convulso que le tocó vivir: el siglo XX, el de la modernidad y la destrucción. Esa fidelidad no era sino una forma de responsabilidad que requería estar alerta y reaccionar de forma crítica a los problemas y desafíos del presente, fueran la estética de vanguardia y la defensa de la innovación, la herencia de la razón ilustrada, la necesidad de fomentar la hermandad intelectual entre España y América Latina, la defensa de la República, la condena del fascismo y de la dictadura franquista o la vindicación de la inteligencia desterrada. A los veinte años fue la clave de bóveda del vanguardismo en España, formó parte de las redes internacionales de L’Esprit Nouveau, compartió el ardor antipasatista y el rabioso afincamiento en el presente del periodo de entreguerras y pagó la factura de aquella fiesta. Pronto, sin embargo, domó la fiereza porque la búsqueda de espacios de acuerdo y equilibrio estaba inscrita en el código genético de su carácter pugnaz.

Su vocación de contemporaneidad crítica se expresó a veces como implacable apología de la libertad creativa y de pensamiento, surgida de su aversión a las posiciones sectarias y unilaterales, de su repugnancia a los totalitarismos y los esencialismos. Los principios que exigía al ejercicio de la crítica, flexibilidad de juicio ante lo viejo y lo nuevo y equilibrio en el discernimiento, fueron los mismos que rigieron su acción una vez dejó atrás su fogosa iconoclastia juvenil. Perteneció a un mundo desaparecido, aquel Madrid que recordaba Alfonso Reyes como una Atenas a los pies de la sierra, el mismo que evocaba con emoción José Moreno Villa en su exilio mexicano, el de aquel «centenar de personas de primer orden trabajando con la ilusión máxima, a alta presión» durante los veinte años anteriores a la guerra: «¡Qué maravilla!», exclamaba. «Así vale la pena vivir.» Entre aquel centenar de espíritus sin sosiego figuraba Torre, admirado en ambas orillas del Atlántico a sus veinticinco años (por Ricardo Güiraldes, por Larbaud…), tras publicar Literaturas europeas de vanguardia, contribuyendo con su frenesí racional al «rumor renacentista» que mantenía en vilo, con la fuerza del deseo de superación y excelencia, toda aquella arquitectura cultural.

Pero Torre también perteneció al mundo desesperanzado de la posguerra y el exilio. Desde Buenos Aires trabajó para hacer audible la voz de los náufragos (de León Felipe, de Juan Ramón, de Guillén y Salinas, de Arturo Barea o Corpus Barga), al tiempo que se empeñaba en difundir en español la gran literatura moderna, la de Kafka, D. H. Lawrence, Rilke, Paul Valéry o Virginia Woolf. Y, desde ese mundo lúgubre, combatió con sus medios contra la España jactanciosa e ignara de la dictadura, contra el fascismo acomodaticio que había instaurado el terror y la desmemoria de Estado. Todo ello mientras su viejo camarada Jorge Luis Borges iba acotando su propia vocación literaria un tanto errabunda hacia la ficción, y él mismo se avenía (o se resignaba) a que la suya cuajara en forma de pensamiento crítico al servicio de los otros, de su lectura y elucidación. En ambos casos, el azar había decretado su orden, separando a quienes durante décadas habían seguido trayectorias similares e incluso, entre 1937 y 1942, habían convivido bajo el mismo techo.

Las dos vidas de Guillermo de Torre a que aludo no están determinadas por la geografía (su vida en Europa hasta 1937 y en América desde entonces), sino por la dirección de la flecha del tiempo: la vida haciéndose hacia delante y la vida que cobra su sentido –como constató Kierkegaard en uno de sus cuadernos– contemplada hacia atrás, desde su final. Esta segunda es la vida que resumen las necrológicas e interpretan los biógrafos, la de lo hecho y dicho convertido en memoria de los vivos y expuesto, por tanto, a menguas o aderezos, a la mixtificación del panegírico o el vilipendio. O simplemente al olvido. Esta dirección retrospectiva de la flecha del tiempo, desde las exequias de Torre o sus últimos meses en 1970 hacia atrás, es la que orienta los capítulos más breves. La otra vida, que ocupa la mayor parte del libro, es la del hacerse progresivo, la del día a día guiado por una voluntad de ser, por un designio o proyecto vital hacia cuyo logro organiza el individuo su desempeño cotidiano. Aquí el tiempo lineal y acumulativo es el del querer ser haciendo y no el de haber sido en función de lo hecho. Entre uno y otro se va trazando la secreta filigrana de lo contingente, la causalidad invisible que trunca o auxilia; en definitiva, el orden informulable del azar.

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El orden del azar

 

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