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Empieza a leer 'El hilo infinito' de Paolo Rumiz
Un hilo verdaderamente infinito
¿De dónde han salido esos hombres y mujeres vestidos de negro que desde hace catorce siglos se divorcian del mundo y se atrincheran por elección propia en una fortaleza espiritual?
¿Qué los impulsa a encadenar su vida a una secuencia inflexible de horas? ¿Cómo han podido, partiendo de una clausura, desviar ríos, desbrozar terrenos impracticables, humanizar el entorno natural y refundar Europa tras la caída del Imperio Romano?
¿Cómo podríamos definir a estos atletas de la fe y la labor? ¿Misántropos? ¿Adictos al trabajo? ¿Enfermos de agorafobia?
¿Y qué enseñanza pueden ofrecer a una humanidad abrumada por el ansia, la soledad y el ruido?
Para comprender quiénes son realmente los monjes de san Benito, hemos viajado por un espacio que comprende desde el Atlántico hasta las fronteras de la ortodoxia cristiana de Oriente. Entrar en sus abadías ha sido una magnífica aventura. Al abrigo de aquellos muros, hemos podido acallar el estruendo del mundo, mantener a distancia la nada que anida en los no lugares y las tentaciones de la despiadada ideología neoliberal. Allí hemos descubierto de nuevo valores, arraigados durante siglos, que Europa parece haber perdido y que nos proporcionan los últimos anticuerpos contra la deshumanización.
Al final, hemos viajado en medio de la destrucción.
Mientras llegaban terribles noticias de Gaza, en Europa se podía advertir la misma estupidez, el mismo sonambulismo, la misma afasia e incapacidad de diálogo que en 1914 llevaron al mundo a una guerra que nadie deseaba. Pueblos afines entre sí dejaban de reconocerse y caían víctimas de un odio planificado en los despachos. Habían pasado treinta años desde la guerra de Bosnia, y en esos treinta años nos habíamos convertido en monstruos. Habíamos pasado de acoger a refugiados a deportarlos y de demoler muros a restaurar las fronteras entre países hermanos. Peor aún: del compromiso y la participación a la indiferencia.
Aceptábamos neologismos descarados como «ciudades humanitarias» para decir guetos, reservas indias sobre las que arrojar indistintamente bombas y alimentos. Las palabras paz, fraternidad, caridad e incluso democracia eran menospreciadas, ridiculizadas. Estados Unidos se había transformado en una monarquía absoluta. Rusia envenenaba la convivencia con un ejército de persuasores ocultos. La violencia, las amenazas y el chantaje se habían vuelto la norma; la diplomacia había sido sustituida por los tuits y los valores de la Unión Europea eran pisoteados. Un naufragio no solo político, sino también cultural y moral.
La intolerancia hacia los pobres, los débiles, los diversos y las víctimas de la sociedad se había convertido ya en algo habitual. Asistíamos sin pestañear al bombardeo de los hambrientos. Para evitar ensuciarnos las manos, delegábamos la defensa de las fronteras a despiadadas milicias extranjeras que practicaban el sadismo en la piel de pobres desgraciados. Seres humanos golpeados, mordidos por perros lobo, rociados con sustancias químicas, despojados de los zapatos e incluso de la ropa en pleno invierno. La alianza continental había perdido el alma; se estaba balcanizando, en lugar de acercar los Balcanes a la Europa unida.
Tras la primera exploración que habíamos llevado a cabo en 2018, fue esa deriva del mundo hacia la oscuridad lo que nos incitó a buscar nuevos puntos de luz, ampliando posteriormente nuestro recorrido europeo a otros monasterios: desde España, Austria, Irlanda y Polonia hasta un epílogo inesperado entre las ruinas de un eremitorio portugués habitado no por cristianos, sino por hijos del islam tolerante de al-Ándalus.
Era, por tanto, un hilo infinito de veras, un ovillo que nunca acabaría de devanarse. Ya, por lo pronto, la historia requiere explorar con mayor atención el universo de las abadías femeninas, que aquí solo se toca en una mínima parte. También espero, si mi edad me lo permite, penetrar en el espíritu de los monasterios más conservadores, como el de Le Barroux en Francia, capaces de atraer a tantos jóvenes en momentos de crisis de vocaciones. Pero, sobre todo, me gustaría adentrarme en los eremitorios del cristianismo de Oriente, teniendo como estrella polar fija el monte sagrado de Athos. Tres líneas de investigación fecundas y útiles para completar nuestra historia.
Hemos habitado estas fortalezas espirituales como huéspedes externos. Hemos comido a su mesa, bebido su cerveza, alguna vez cavado su tierra, asistido a las oraciones antelucanas y vespertinas, y todo ello sin violar nunca la intimidad del claustro. Si bien, para penetrar en ella bastaba darse cuenta de que, además del ora et labora, había mucho más, empezando por un acercamiento dulce, apacible, a la vida, basado en la advertencia nihil asperum, nihil grave, y la invitación a la alegría contenida en el mandamiento noli contristari, que sitúa el amor y la aceptación de la imperfección humana por encima de toda regla.
Las abadías benedictinas no son un sistema solar, sino una nebulosa de cuerpos celestes distantes que emiten señales intermitentes. No se someten a jerarquías ni constituyen un verdadero orden, sino que –como alguien me dijo– se estructuran en un curioso «desorden democrático». Pero un desorden fértil, en el que cada monasterio defiende su propia diversidad y ofrece, incluso a los laicos, el ejemplo de una estructura federal que pone en guardia contra cualquier tipo de absolutismo. Especialmente el que corrompe nuestras democracias.
Hoy, la Europa de los derechos está bajo asedio, agobiada por una narrativa que siembra cizaña pretendiendo dividir la Unión federal. Los mensajes que infunden miedo crean un síndrome de acoso y sofocan nuestra capacidad de indignación. Su potencia de fuego es abrumadora y la financiación que los alimenta es ilimitada. A través de internet, esos mensajes nos envuelven como en una tormenta electromagnética que se insinúa por doquier sembrando la desconfianza mutua entre las naciones. Y dado que la Unión guarda silencio a todos los niveles, político y cultural, y no logra expresar una versión alternativa a dicha narrativa que sea capaz de unir y representar el milagro de su propia existencia, decidí recurrir a los monjes que hace siglos salvaron a Europa, para entender cómo es posible construir una barrera frente a su disolución.
Lo que más me atrae de las abadías –no solo de las benedictinas– es su persistente y tenaz energía, que se advierte incluso cuando solo quedan sus piedras, como en Irlanda. Los ejemplos son infinitos. El monasterio cisterciense de Heilsbronn, en Franconia, saqueado durante la Guerra de los Treinta Años y luego abandonado, con la armonía de sus muros ofrece aún a los que buscan el diálogo –judíos, musulmanes y cristianos– un perímetro inviolable donde conocerse y poder reaccionar ante los temores del mundo. Son lugares donde uno se pregunta cuál tuvo que ser su fuerza en el momento en que nacieron, después del año mil.
No hay abadía donde no haya encontrado sugerencias útiles para el arte de vivir. En Praglia, descubrí la felicidad del perímetro y la fascinación del claustro como refugio frente al caos de lo indistinto. En Nursia, tras un terremoto, aprendí la humilde devoción a una tierra madre portadora de fertilidad y, al mismo tiempo, de muerte. Sankt Ottilien me enseñó la nobleza del trabajo manual, que confiere igual dignidad a la azada que a la custodia. En la abadía de las monjas de Viboldone emergió la dulce maternidad de la acogida. En Muri Gries, pude constatar que el canto, el vino y el pan pueden ser óptimos instrumentos de evangelización. En San Galo, oí la voz de los antiguos manuscritos y aprendí que el nomadismo es perfectamente compatible con la definitiva elección de un lugar.
De este viaje europeo he recibido infinidad de dones. Cîteaux me impartió la bendición del silencio; SaintWandrille me introdujo en el misterio de la sombra como exorcismo contra el demonio cegador del mediodía. En Orval di mis primeros pasos en la terapia de la buena palabra, entendida como antídoto contra las tentaciones del bienestar puramente material. Con la fuerza de los cantos bizantinos, Niederalteich evocaba el primitivo cristianismo de los padres de Oriente. En Hungría, Pannonhalma ponía en guardia contra la tentación de un poder temporal al que ella misma corría el riesgo de sucumbir. En el fabuloso marco de Venecia, San Giorgio Maggiore me señalaba la Regla como brújula del obrar comunitario.
Y no termina ahí. Montserrat, al pie de los Pirineos, fue el descubrimiento del lado femenino de Dios, expresado por una venerada Madre negra. En los bosques en torno a Göttweig, a orillas del Danubio, pude apreciar el efecto benéfico de la mano del hombre cuando se alía con la naturaleza. En los brezales de Irlanda, los restos de antiquísimos monasterios recordaban que, mucho antes del año mil, había surgido de la cultura de los druidas una religiosidad refinada que asombró a Europa. En Tyniec, muy cerca de Cracovia, en Polonia, el cristianismo –aunque dramáticamente lacerado por impulsos nacionalistas gobernados por fuerzas externas– se reveló como un elemento fundacional esencial de la identidad europea. Finalmente, en la costa atlántica de Portugal, las ruinas de un eremitorio sufí, descubiertas casi por casualidad, me sugirieron las comunes raíces griegas en la cultura de los primeros cristianos y judíos, e incluso de los musulmanes iluminados de los años posteriores al año mil.
En mi vagabundeo he descubierto que pensaba cristiano, pero cristiano en cuanto griego, perteneciente a la civilización de la palabra libre, de la escucha paciente, de la búsqueda perpetua de la verdad y de la supremacía del dialogos sobre las tentaciones veterotestamentarias de la espada y la venganza. Me refiero al cristianismo sinodal y democrático de los orígenes, al de Juan Crisóstomo y los demás Padres de la Iglesia, ciertamente no al de las Cruzadas ni al del Santo Oficio, ni tampoco al neoevangélico, que hoy a menudo abraza al dios nación, absuelve al imperialismo y bendice el exterminio en nombre del Altísimo.
Como anticlerical, me asombra la energía con la que, a lo largo de los años, me he encontrado relatando este viaje. La narración me poseía, era como si tuviera que convertir a alguien, como si hubiera sido llamado a apagar un incendio o a colmar urgentemente el vacío de una ausencia. En realidad, no hacía más que restituir lo que había recibido de aquellos testimonios de un cristianismo naciente, que había germinado entre los anacoretas del Nilo y sus alrededores y crecido en un universo helenista culto, donde la fuerza de la nueva fe había obrado el milagro de entrelazarse con el mundo árabe y el judaísmo, irradiando luz desde el Éufrates hasta Andalucía.
No en Roma, pues, ni en el Vaticano, sino en las abadías apartadas del mundo, era donde había advertido como en un sueño, en una atmósfera de cantos y genuflexiones, el fragor de la ola espiritual que había sacudido el Mediterráneo tras la llegada de Cristo el hebreo. Una percepción débil, pero suficiente para sugerir que un único fluido transversal había recorrido las religiones del Libro, y sobre todo que, al principio, israelitas y cristianos habían sido hijos del mismo magma incendiario que había abrasado al mundo.
Verano de 2025
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Traducción de Álida Ares
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