18/12/2019
Empieza a leer 'El corazón de la fiesta' de Gonzalo Torné

1. Mayordomos

No sé si sabes que estuve un tiempo casada. Supongo que no fue ni bien ni mal, y si la expresión te parece tibia (una manera de camuflar el desastre) es que tú también has caído rendida al prestigio del desenlace. Te concedo que una ruptura sentimental te inclina a reordenar a la baja las vivencias que la precedieron, pero no las calcina, ni mucho menos. Ahora mismo puedo transportarme sin esfuerzo al día que nos quedamos por primera vez solos en nuestro diminuto piso de Les Corts, las batidas por la ciudad a la caza de muebles, las mismas risas de entonces cuando reparamos en que esa agua que rajava grifo abajo la íbamos a pagar con el sospechosísimo ente conocido como «cuenta conjunta.» Trabajábamos en lo que salía, sanos y fértiles (él llevaba pegada en la cara la clase de belleza que te convence de que las soluciones llegarán sin esfuerzo), nos tomábamos aquel futuro del que todo el mundo hablaba con calma, demasiado ocupados en quemar la ciudad: salíamos a bailar, a beber, explorábamos ramas especializadísimas de comida exótica y cosas nuevas en esa cama (divertidos y asustados de cómo el descanso le iba ganando terreno al ardor), y hablábamos y hablábamos y hablábamos, sobre todo él: ¡qué deliciosa cantidad de palabras para no llegar a ningún sitio!, y nos escuchábamos con la misma emoción de vernos en situaciones nuevas, ¿qué es el amor sino una forma inquieta, superior, de curiosidad?

Éramos jóvenes, pero no jovencísimos. Yo venía de hacer el Grand Erasmus de la Precariedad en Londres, viví en pisos con unas paredes tan finas que me transmitían informes puntuales del estado emocional de mis vecinos, me las arreglé para enamorarme de todos los estudiantes que conocí y regresé con la novelita empantanegada en un mar fantástico de folios en blanco. Me dolían los músculos de tanto reír y bailar y no sabía cómo seguir con mi vida. Creo que el dedo que hurgaba en mi ánimo responde al nombre dramático de «última oportunidad», y era el responsable de que viese pegada al cristal del sueño la manita de ese hijo que no me había organizado para traer al mundo. Entonces apareció él, nos besamos y nos prometimos pasar la mayor cantidad de horas posibles (de pie y sentados, dormidos y despiertos) juntos. Era el individuo que veía al sonar el despertador, para el que cocinaba y al que di acceso a mi ropa interior, así que me propuse con él lo que cualquier persona cabal: traté de alterarlo, modificarlo, limarlo, prolongarlo, afinarlo, extenderlo. Me gustaría decir que él intentaba lo mismo, pero mentiría como una bellaca, solo quería lo que siempre dijo que quería de mí (con una perseverancia lítica que aún no he decidido si me halagaba o me fastidiaba): compañía en los buenos momentos. Supongo que ese «ni bien ni mal» también es una manera cómoda de etiquetar todo ese entusiasmo, pereza, excitación, aburrimiento, logros y malentendidos que veo pasar a la velocidad del recuerdo en cuanto echo la vista atrás, y que también incluye discusiones, enganchadas, gritos y berridos... éramos jóvenes y sanos y vigorosos: créeme, lo sé todo sobre disputas domésticas, ¡manejábamos nuestro propio centro de producción!

No quiero empezar con equívocos: se terminó, pero como de alguna manera hemos seguido viéndonos supongo que no se terminó. Lo invité media docena de veces al piso que heredé en el centro de Barcelona, pero no en el casco viejo que se degrada desplazado hacia el mar, sino en el corazón modernista de la pela. Ciento ochenta metros –sin contar la fabulosa terraza– de habitaciones que se abren en salones, y techos de cuatro metros por donde circula un aire noble enmarcado por molduras frutales y malévolos putti. La primera vez que lo vio (y eso que ya estaba amueblado, que se perdió su imponente espaciosidad vacía) dijo que pertenecía al género de la indecencia inmobiliaria. Y lo cierto es que queda fuera de las ambiciones de mi generación; un regalo de la herencia que ha desarbolado las trampas del futuro: las cotizaciones de la jubilación, la servidumbre de la hipoteca, la precariedad laboral... No sabes con qué serena suficiencia miro ahora esas amenazas sin filo.

Si no has cambiado (y no quiero que te lo tomes como una insinuación, es lo que la vida suele hacerle a las personas) te estarás preguntando por qué no me vendo el pisazo y me dedico a ver la vida pasar. Y aquí es donde cedo el paso a un invitado sorpresa: el escrúpulo moral. En corto: la casa hunde sus cimientos en un estercolero. Mi abuelo se la apropió mientras ocupaba el escalón inferior en la cadena trófica de la dictadura: el de delator; te hablo de una época en la que ser acusado equivalía a que te metieran un tiro en el pecho. Al enterarme me distancié de él, pero no me decidí a ser coherente hasta el final, no renuncié al piso: el ambiente beneficiaba a mi vergonzosa indecisión, la mayoría de los herederos se toman los bienes amasados durante la dictadura como un derecho de conquista.

Pero el caso también conoce sus fiscales: tengo dos hermanos y resulta que ambos han renunciado a sus herencias. Mi hermana (somos mellizas, y aunque yo nací antes suele comportarse como la mayor) es una santa de las causas sociales, vota a partidos que podrían organizar su congreso en un Smart y viaja el año entero con el propósito de absorber toda la inmundicia que el mundo es capaz de exudar: ella te dirá que es fotógrafa. La renuncia de mi hermano se entiende mejor dentro de una estrategia más amplia que a grandes rasgos consiste en no depender de nadie y ponérnoslo a todos tan difícil como se lo pone a él mismo.

Mis hermanos suelen tener razón al estilo de las personas coherentes, contra ellos solo puedo echar mano de la imaginación. Y así fue como transformé el Piso de la Vergüenza en una Casa de los Cuidados donde amigas de nuestra edad vienen a darse un respiro, a repensarse. No fue deliberado, no soy tan valiente para planear algo así: acababa de divorciarme (no llegamos a casarnos, pero tampoco quiero que  le confundas con un novio intercalado en la serie de besadores), Ana Selma vino a pasar unos días para recuperarse de un cáncer de mierda y se quedó dos meses. Supongo que se corrió la voz, chicas delicadas por el tratamiento, asfixiadas por una relación... Es increíble a cuántas de nosotras nos conviene un descanso. Y descubrí que me volvía loca despertarme entre ese revoloteo de muchachas mejorando como pañuelos de colores al viento.

El piso se ocupa y desocupa a un ritmo que parecía caprichoso hasta que reconocí la pauta: las chicas empiezan a poblarlo en septiembre y hacia febrero las cinco habitaciones (fecundas familias burguesas, os saludo) ya están llenas; en mayo van despidiéndose, y justo cuando el calor empieza a desvelarme la Casa de los Cuidados se queda medio desierta. Supongo que en verano todos nos las arreglamos mejor, el agobio solar rebaja las expectativas y Barcelona te ofrece cinco kilómetros de costa para elegir dónde refrescarte. Este junio pasado me quedé más sola que los anteriores porque se murió la señora Pujol-Cruells, mi vecina de rellano. Su hijo me visitó para comunicarme que no se atrevía a trocear el piso como la mayoría de los nuevos propietarios (bancos, sucursales, fondos buitre) y disculparse anticipadamente por si los estudiantes a los que pretendía alquilarlo se comportaban conforme a sus expectativas: fiestas, conciliábulos, orgías, actos subversivos. Di por hecho que no aparecerían hasta septiembre, de manera que cuando cinco días después (recuerdo la fecha porque lo que ocurría esa noche en la pantalla del televisor entre la luz y Gary Grant era un prodigio) el crujido del ascensor sonó a las dos de la madrugada fue como si la señora Pujol-Cruells acabase de volver de la tumba.

La mirilla me devolvió una naturaleza muerta de cajas de cartón, vi cerrarse la puerta de los Pujol-Cruells, pero aquella mano fantasmal solo podía ser un añadido escandaloso de mi imaginación. El siguiente ruido que me asustó venía de mi propio comedor, Laura (creo que no llegaste a conocerla) se había desvelado y me propuso que terminásemos de ver la película juntas; accedí y vi pasar cada rostro como una oportunidad perdida para mis vecinos: completos desconocidos de cuyas vidas a partir de mañana solo me separarían unos centímetros de yeso.

 

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El corazón de la fiesta

 

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