24/12/2020
Empieza a leer 'El arte de dar clase' de Daniel Cassany


PRESENTACIÓN

El aprendiz trabaja con el contenido; el docente trabaja con el aprendiz.

Durante muchos años he pensado en un libro como este, por varios motivos. Lo eché de menos cuando me estrené como docente. Para ser un buen maestro era necesario «saber estar» en el aula y esto requería saber de management –como lo llamábamos entonces–. Los pocos manuales que había eran generales, obvios o esquemáticos, con listas de recomendaciones y «técnicas» tipo receta. Recuerdo El arte de enseñar (Marland, 1985), que me gustó, pero no satisfizo todas mis inquietudes.

Cuando empecé a publicar artículos, descubrí que era difícil describir lo que pasa en el aula. Son cuestiones de detalle, situacionales, vinculadas a cada tarea y a cada grupo de alumnos, que requieren narración y matices... Es más eficaz explicarlo como una anécdota. (¡Y qué lecciones dan las buenas anécdotas! Hay bastantes en este Arte, mías y de otros.)

Con internet, llegaron algunos vídeos de clase, con ejemplos de tareas o demos de una metodología determinada. Tampoco es fácil entender lo que sucede en un vídeo, si no conoces al alumnado, al docente, a la comunidad... El aula es un espacio complejo en el que ocurren muchas cosas que no siempre vemos.

El arte de dar clase quiere llenar este vacío. Quiere ser un libro útil, que ayude a los maestros principiantes y que haga reflexionar a los experimentados. El título remite al libro de Marland, claro, pero también a la tradición, como «el arte de la herrería» o «el arte de la tonelería».

¡Atención al cambio de palabra!: de enseñar a dar clase. Es relevante. Hoy el aprendiz es el centro del aula e importa más crear situaciones de aprendizaje que «dar lecciones» o «enseñar».

El paréntesis también cuenta. Soy lingüista y este libro ofrece mi visión de la clase: es una visión científica, basada en hechos empíricos, en la investigación actual, que enfatiza la lengua. No es una perspectiva psicológica o pedagógica. Por eso, el libro se dirige sobre todo a los docentes de lengua y a los que, aunque enseñen otras materias, saben que la lengua es una herramienta básica del aprendizaje. Porque «todo maestro es maestro de lengua» y, por ello, saber gestionar la lengua en clase ayudará a cumplir mejor su tarea.

He preferido dar a este Arte un tono ensayístico, con anécdotas y comentarios personales, huyendo del academicismo. También he reducido la bibliografía y he abusado de expresiones como «la investigación afirma» o «varios trabajos demuestran». Hoy es fácil hallar en la red la referencia pertinente, con las palabras clave específicas, que se incluyen con este motivo.

He encabezado esta introducción con una divisa que me ha acompañado todo este tiempo. Creo que pone el dedo en la llaga, al recordarnos que los docentes somos como médicos: tenemos que entender a los pacientes, relacionarnos bien con ellos, diagnosticarlos y ofrecer buenos tratamientos, lo cual exige bastante más que saber Medicina. Espero que este libro contribuya a conseguirlo.

Agradezco a todos los colegas que han leído versiones previas de este Arte y han sugerido mejoras. Para esta versión en español, agradezco los comentarios de Consuelo Allué y Juan Carlos Reinaldos. Es un privilegio tenerlos como primeros lectores.

 

1. EL PRIMER PRIMER DÍA

Parece mentira que, con tantos años, todavía me tiemblen las piernas cuando entro en el aula el primer día.
N. B., maestra a punto de jubilarse

ANGUSTIA

Eso me dijo una docente de lengua poco antes de jubilarse, después de toda una vida dedicada a dar clase. Y es cierto: cada curso, en el momento de entrar en clase por primera vez, sentimos cierta angustia. «Estoy atacadísima», dice una amiga. Nos calmamos a medida que descubrimos las caras expectantes del alumnado. Y sigue pasando, aunque lleves muchos años de docente. Es como el estreno de una obra de teatro.

Empecé a dar clases de catalán a los diecisiete años en Barcelona. Cada domingo por la tarde me ponía nervioso pensando en las clases que venían, y solo recuperaba la tranquilidad los jueves cuando acababa. Me daban miedo sobre todo los alumnos de nivel avanzado, a los que enseñaba a escribir; temía que me hicieran preguntas difíciles que no supiera responder. Entonces creía que un docente debe saberlo todo.

Treinta años después, lo veo diferente. Pido a los alumnos que me hagan «preguntas difíciles». Les digo que me gustan los desacuerdos, que son un privilegio. Si tengo dudas (la ortografía de una palabra, un régimen preposicional), la busco en clase en la red, mostrando las búsquedas en el ordenador, o pido que lo busquen ellos.

Pero vayamos por partes. Este capítulo trata del primer primer [sic] día, o sea, del primer día de clase en el primer año de vida profesional.

 

FORMACIÓN

La manera natural de prepararse para ser docente es ser aprendiz, como el electricista de antes. Los médicos hacen el MIR y pasan cinco años en un hospital, junto a los especialistas más experimentados, antes de actuar solos. Me he encontrado varias veces a mi doctora acompañada de una joven en prácticas, que escuchaba y tomaba notas.

Pero la profesión docente no está organizada igual. Hemos mejorado bastante desde el Certificado de Aptitud Pedagógica de antaño, que solo tenía teoría. Hoy tenemos másteres de un año de formación inicial para cada especialidad, con prácticas en un centro real durante diez semanas. Pero todavía estamos lejos de los médicos.

Me estrené dando clases de lengua catalana al inicio de la democracia, con muy poca formación. Eran clases precarias, sin equipos docentes, un programa inadecuado y escaso material. Tuve que espabilarme solo. Me apuntaba a todos los cursillos posibles y consultaba a los docentes más experimentados. Me ayudaron algunas conversaciones informales, yendo y viniendo de la parada del metro al centro, con colegas expertos, a los que agradezco la atención –y de los que aprendí el espíritu de colaboración.

 

El arte de dar clase
 

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