ARTÍCULOS
Empieza a leer 'El año de la serpiente' de Camila Fabbri
En algún lado, alguien viene hacia vos con furia, a una velocidad extraordinaria, viajando día y noche, por tormentas de nieve, al calor del desierto, dejando atrás torrentes y atravesando estrechos pasadizos. Sin embargo, ¿él sabrá dónde encontrarte, te reconocerá cuando te vea, te entregará lo que tenía para vos?
JOHN ASHBERY
Mi sobrino (5) se cayó al piso. Lo ayudé a levantarse y le pregunté si estaba bien. Se tocó la cabeza, me miró y me dijo: Me pasaron cosas peores.
USUARIA DE TWITTER
PELIGROS AMBIENTALES
Dicen que empezó como un olor. Una presencia en la nariz. No era necesariamente a bizcochuelo quemado, naftalina o putrefacción. Era un olor con muchas capas de sentido. Civilizaciones de aroma. La primera que lo percibió fue Aldana. Lo recuerda bien: estaba acariciando las orejas de su perra enferma cuando el olor le impulsó el cuerpo hacia atrás, como haciéndola caer. Aldana propietaria, la vecina del 5.º B, ventana contrafrente. Una mujer de cincuenta y dos años con olfato sensible y poco acostumbrado, con cierta resistencia a todo lo referido a objetos desacomodados y a cualquier tipo de entramado bacterial, sobre todo visible, en las superficies de su casa.
Eran las ocho de la mañana de un lunes y Aldana llevaba puesta ropa de ejercitación aunque aún no hubiera ejercitado. Calzas largas Le Coq color gris, camiseta de microfibra New Balance de cuello bote: marcas deportivas que podrían denotar buen pasar, pero no era necesariamente el caso. Aldana salió de su departamento de tres ambientes y se quedó parada en el pasillo, abriendo las fosas nasales como una musaraña o un tapir. Sintió un frío leve cuando abrió la puerta, esa falsa temperatura que se genera en los espacios largos y oscuros. Y sí. El olor estaba ahí. Más ahí que dentro de su casa. Cada vez más preciso. Sin duda venía del departamento C, porque el A estaba vacío hacía meses, desde que el dueño había muerto de una manera sencilla. Aldana estaba segura de que el olor venía del 5.º C porque, si bajaba la escalera hacia el cuarto piso, la intensidad decrecía. Pasados unos minutos, delante de la puerta del departamento C, el olor era una institución. Algo que no se parecía a nada que ella hubiera olido antes. Y ahí vivía Celeste Blum, la chica que estudiaba Arquitectura, Diseño y Urbanismo en la Universidad del Estado. Celeste no tendría más de veinticinco años, creía Aldana, por todas las veces que la había visto pasar con capas de gloss en el pelo, ropa ceñida al cuerpo y una forma liviana de caminar, como vaciada de problemas. También sospechaba lo de la arquitectura por todas esas maquetas de espacios verdes y públicos, pero sobre todo verdes. Dadas esas condiciones juntas, no había forma de que Celeste Blum tuviera más de veinticinco años.
Aldana se agachó lo que le permitió el cuerpo. Poco. Intentó ver a través de la cerradura de la puerta de su vecina, pero no hubo caso. La llave estaba puesta; Celeste tenía que estar adentro sí o sí. Pero no pudo divisar nada de nada. Mientras se tapaba la nariz con la manga de su camiseta térmica, decidió tocar el timbre y despertar a la chica, aunque después le valiera un diminuto estado de culpa. Intentó quedarse quieta para no ahuyentar ningún sonido que pudiera venir de adentro del departamento. Alguna pista. Pensó en qué le diría a la chica joven de poco interés por el mundo ordinario. Hola, soy tu vecina de enfrente. Nosotras nunca hablamos. Nos habremos cruzado en algún ascensor, pero vos no me saludaste. Pasaron unos segundos y no oyó nada, entonces volvió a tocar. Tampoco viniste nunca a una reunión del consorcio. Y tendrías que haber venido. Me consta que sos dueña, lo vi en la liquidación de las expensas. Esto te lo habrá regalado tu padre, tu madre, algún allegado. Pero aun así no viniste. Seguro pensás que es prescindible saber qué le pasa a la gente que vive arriba o abajo tuyo. Que podés vivir sin saber. Pero con el tiempo vas a ir viendo que no. Que esa, quizás, es una información muy pero muy necesaria. Vital, diría yo. Pero no. Nadie respondió al segundo timbre y nada parecía moverse ahí dentro. Entonces Aldana intentó golpear la puerta de madera. Sus huesos no tenían el calcio suficiente para hacerse oír, pero igual lo intentó. Golpeó una. Dos. Incluso tres veces. Tampoco. Solamente olor sin movimiento en un pasillo odioso y oscuro, ahora más preciso que unos minutos atrás. Ahora sí podía ofrecer más especificaciones respecto del olor: a pantano, sí, a agua verde o negra de una pileta al aire libre; o no tanto, a campo nocturno después de una lluvia de muchos días seguidos, sobre restos de ovejas o vacas que pastan. ¿Demasiado?
Aldana se cansó. La falta de luz y de oxígeno la empezó a marear, entonces bajó al cuartito de Gina. Decidió ir por la escalera porque temía que dentro del ascensor el olor la atrapara, le quitara el habla, la destinara a una vida de silencio e inmovilidad. Gina era la portera del edificio de ocho pisos en el que vivía, construido en la década de los sesenta, refaccionado tres veces desde entonces por distintas firmas arquitectónicas, pero, aun así, conservando siempre ese estilo epocal característico. Ascensor de reja, escalera de mármol y un olor permanente a limpiador multiuso, rejuvenecedor de superficies, sobre todo de maderas y aceros inoxidables. Gina pasaba las tardes en un cuarto diminuto de la planta baja. Se la podía encontrar casi siempre sentada allí, a unos metros de la puerta de entrada al edificio, junto a una radio analógica, mientras esperaba que alguien le confirmara lo que tanto temía. Pero esa mañana Gina no estaba ahí. Estaría barnizando los barrotes de bronce de las escaleras en los pisos más altos, o tal vez pensando a futuro en el sótano de las calderas. Aldana salió a buscarla a donde fuera. Subió algunos pisos por la escalera. A esta altura, el olor que venía del 5.º C era algo que había que resolver. Gritó su nombre sin efecto: Gina, Gina. La poca curiosidad del vecindario la alarmó por unos segundos. Parecía que ya no había nadie más que ella en todo el edificio y que le tocaría ser la que contara la anécdota durante toda su vida después, en canales de noticias o en emisiones especiales de hechos truculentos. Después bajó apenas los escalones que conducían a la baulera y ahí la vio. Gina estaba arrodillada en el suelo, colocando cápsulas de veneno para ratas dentro de recipientes de plástico. Estructuras mínimas y bastante cosméticas, de varios colores y forma cilíndrica, diseñadas para el desconcierto y el horror. Aldana encontró a la portera, de más de sesenta años, casi acostada en el piso. Era evidente que la mujer buscaba cierta perfección en el discurrir de los venenos. Aldana habló con urgencia. Le contó del olor a agua podrida mezclado con basura o con alimentos en mal estado, o incluso con carne putrefacta. Algo parecido al olor a gas, también, del que sale de las hornallas después de un largo tiempo de exposición. Aldana se puso más precisa que nunca, la descripción hacia el afuera le había ganado a la elaborada para sí. Que hacía una hora que ese aroma no paraba de crecer en el quinto piso. Gina se levantó del suelo como pudo, con la cintura comprimida que tienen algunas mujeres cuando pasaron por el gran suceso hormonal. Se limpió la tierra que le había quedado en el suéter y trató de entender. Aldana extendió el relato como una alfombra grácil sobre el pasto, a punto de arrancar un pícnic entre dos extrañas. Aldana y Gina, entonces, subieron rápidamente en el ascensor hasta el quinto piso. Gina reconoció inmediatamente el olor. Se tapó la nariz como pudo, con lo que tenía a mano: el teléfono celular y un llavero inmenso, repleto de piezas de acero. Se llenó la cara de objetos. Se miraron apenas a los ojos las dos, con gesto de asco y también de dolor. Dos muecas que se parecen mucho entre sí, casi indistinguibles, como un insecto puesto al lado de otro.
ESTAMOS SOLOS
Me informé: un avión de pasajeros tiene casi el tamaño de un campo de fútbol y el peso de treinta y cinco elefantes africanos. Las trescientas treinta y ocho pantallas que hay detrás de cada asiento están encendidas. Tal vez no todas, pero la mayoría. Casi nadie las mira atentamente. Deben ser más de las doce de la noche. Lo que le gusta al pasajero es tener imágenes de actores o personas en tierra y no volando; gente que se mueva ahí, a título personal. En horarios diurnos, con maquillaje para aplacar el brillo de las mejillas, peinados con spray y bombillas incandescentes de tungsteno pegándoles en la cara. No tengo problema en decir que prefiero ver las películas que eligieron otros. Aunque no les oiga el sonido, algo en mí decide que las suyas son mejores. Siempre pienso que los demás eligen mejor. Pobre de mí.
Lo que miro: una familia tipo desayuna en una mesa con manteles blancos al rayo de un sol mediterráneo, por ejemplo. Las niñas toman vasos de leche y los padres bendicen la mesa antes de empezar a comer. Parecen nórdicos, por cómo se les distribuye la cara, sobre todo las mandíbulas, un poco rectas. Mientras desayunan y hablan de cualquier cosa, debajo de todos ellos, a sus pies, hay una mujer que ha sido secuestrada y enterrada viva. Probablemente a esta altura de los hechos ya no esté con vida. El padre de la familia nórdica tiene una extraña afición por secuestrar, enloquecer y enterrar. Pero también puede desayunar con sus hijas y con su mujer al son de qué lindo día, válgame Dios. Esta película ya la vi más de dos veces, así que prefiero espiarla de lejos en la pantalla de la vecina, que hace rato se quedó dormida con los auriculares puestos. La verdad es que eligió bien. La gente es gente cuando elige. Si no, no es gente.
La aeronave despegó hace más de una hora y ya nos dieron la cena y el café. Estoy seguro de que la calidad de la materia prima disminuyó los últimos años en esta aerolínea. No sé por qué no le insistí a mamá para que me sacara los pasajes en Way Airlines. Esa sí que funciona como tiene que funcionar. Verdadera SkyPriority. Con todos esos asientos extra en caso de y todo ese rollo infinito de toallas higienizadas en el baño. El pollo de AeroMaldiva ni siquiera es pollo, es una partícula sólida y símil, pero no es pollo. Y para acompañar el café nos dieron un chocolatín envuelto en plástico de maxikiosco: hasta donde yo sé, souvenirs que dan en micros de larga distancia, no en aviones. ¡Chocolatín! Si acaso pudiera separar las piernas un poco más. Si pudiera pedirle permiso a esta mujer que está sentada al lado mío. Pero no. Apenas puedo verle la cara, enmarañada debajo de una mata de pelo rojo que no es suyo, sino adquirido. Sé perfectamente cuándo un tinte es propio y cuándo no. A mí no pueden engañarme, aunque lo intenten, no podrán. Alicia sabe perfectamente eso. Debe estar durmiendo. Allá abajo todo duerme.
Ese pequeñísimo vaivén es el avión que empezó a moverse. No me preocupa. Cuando eso pasa, solo tengo que fijar el pensamiento en que en realidad estamos a bordo de un transporte terrestre, atravesando una ruta mal asfaltada, al descuido de un Estado ausente. Nada que nos ponga realmente en peligro. Podemos detener cuando queramos este micro de larga distancia con asientos reclinables y sentarnos a pensar, mientras miramos las estrellas y unos grillos tuertos se chocan entre sí.
El vaivén, otra vez. Esto no debería estar pasando, pero está bien. No me preocupa. En otro orden de cosas, podríamos estar entrando en la fase gelatina del cielo. Algo completamente normal que no oscurece los hechos. Ay, mi cielo, que no es mío, sino una histeria que no le pertenece a nadie. ¿Qué hacemos nosotros acá? Somos demasiada gente. Trescientas treinta y ocho personas envueltas en frazadas de no tan buena calidad, con antifaces, almohadones cervicales y salivas. En fin.
Ahora el avión tiembla como una licuadora de tecnología primitiva. Entonces claro, pasará lo de siempre: se encenderán las luces del cinturón de seguridad. Ahí están. Hola otra vez. Dos manos que sostienen un cinto en la acción prematura de enlazar. Los que duermen no se enteran, entonces no se atan, pero yo sí. Ya estoy atado. Siempre estaré despierto en pleno vuelo. Siempre me voy a quedar con los restos de lo que no quisieron concientizar los demás. Dénmelo a mí, yo lo guardo, tengo espacio de sobra. Soy el acumulador de ideas ingratas. Podría tenerlas todas juntas en un desván, si fueran muebles. Realmente quisiera mover las piernas, pero la mujer que tengo al lado no es capaz de despertarse. A juzgar por su postura, diría que está muerta. No debería sentarse en el medio de tres, si sabe que tiene esta disposición a morir. Tendría que haber elegido la ventanilla. Que sea mujer empeora bastante las cosas. Hay algo en su liviandad o en su fragilidad que solo puede empeorar las cosas.
Me gustaría decírselo, pero ahora no es el momento, y tampoco es tan sencillo explicar el hastío cuando está en una etapa tan difusa. Ahí se oye el desagradable ding dong de abrocharse los cinturones. Bendito protocolo. Tan odioso como un despertador que suena igual hace años.
La señal lumínica se mantiene prendida y ahí viene, el turún, otra vez. Lo sabía. Es como el instante previo a la fiebre alta. Ahí viene, lo puedo sentir, acá está otra vez: señores pasajeros, estamos atravesando un área de turbulencias. Por este motivo (...).
Nadie habla del verdadero significado de un temblor. Ahí es donde todo empieza. El movimiento, el dolor, el estribillo de una canción. El acuerdo tácito es hacer silencio, sobre todo en el aire. Miro a mi alrededor y solo veo gente dormida, bocas semiabiertas, luces led encendidas sobre sus cabezas, arrugas de expresión. Miro sus zapatillas de marca y cámara de aire. Sus pares de soquetes en combinación. Dentro de este avión nadie debe comprar en muchas cuotas. Estoy viajando con gente de bien. Les miro las manos, relajadas, ahí donde la articulación les une los huesos. ¿Se puede ser tan desgraciado? Cierro los ojos, por supuesto que los cierro, ¿qué otra cosa podría hacer? Entonces el avión cede, por un instante, en caída libre. No somos nada, solo un cuerpo humano al que alguien le puso un nombre. Nadie sabe el verdadero significado de la palabra desesperación. Si quieren saberlo, pregúntenmelo a mí. Oigo algunos gritos, ahora sí. Menos mal. No estoy solo. No sé si es mejor o peor, no sé si preferiría que siguieran sintonizados con su inconsciente. Manga de primermundistas. Me imagino un diálogo entre la azafata y el piloto. Algo que por ejemplo podría sonar así:
–¿Susi? ¿Está ahí?
–Sí, capitán, dígame.
–Susi, por favor, pídales a los pasajeros que guarden la calma. Recuérdeles que estamos atravesando una zona de turbulencia que durará aproximadamente unos quince minutos. Daremos un giro para evitar un tornado en el norte, pero mantendremos el rumbo del vuelo.
–¿Les digo todo eso, capitán?
–No, lo último no se lo diga. Suficiente con que evitemos que caigan las máscaras de oxígeno. Dígame, ¿usted es feliz, Susi?
–A veces. ¿Usted, capitán?
–No, yo no.
Turún. Está prohibido entrar al baño. Ahí va de nuevo esa legislación. ¿Qué hace una aerolínea con trescientas treinta y ocho personas divididas en cuatro grupos y en tres estamentos, imposibilitadas de ingresar al baño? ¿Qué pasa si alguien tiene problemas en algún órgano vital? ¿Alguna enfermedad de base, una patología que precise encerrarse ahí dentro? En medio de una turbulencia nadie piensa en los serios problemas. Todo lo que indique movimiento en este instante está prohibido. Lo único que puede moverse acá es la aeronave, y el viento, esos coletazos que algún tornado nos hace llegar. Es extraña la noción de que allá afuera haya un mapa, una arquitectura mundial. Si uno vuela de noche, el decorado es un bloque negro, y si el vuelo es diurno, el bloque varía entre blancos y celestes, como la bandera de un país. Pero nada más. Allá afuera no debería haber nada más que pigmentación.
La turbulencia es evidente. El avión no se va a caer porque el viento no hace que los aviones se caigan, pero entonces ¿qué es lo que hace que se caigan? Fallas técnicas. ¿Acaso son fenómenos naturales menos conocidos los que pueden generar las fallas técnicas? Sí. Está todo conectado, como un tejido crochet, como una hilera de dientes. Si un mecanismo traiciona, todo lo demás también puede derrumbarse. Estoy cansado de tener razón, pero mis pensamientos son tan certeros que tengo que escucharlos todos, todo el tiempo, no puedo dejarlos ir. El avión se tumba hacia un costado. Algunas personas vuelven a gritar. Ahora los quiero ver, con ese relajo que tenían hace unos minutos. Ahora sí, ¡esta es la vida real y no lo otro! Griten, sufran, cooperen.
¿Qué estará haciendo Alicia? Mi vida.
Detrás de mí una pareja abre los ojos y se abraza. Él le dice algo, ella se sonríe. Prefieren no abrir un debate con nadie. No fijo la mirada. Mi asiento está en el pasillo porque no podría estar en el medio o en la ventana, a quién se le ocurriría sentarse en el medio, como un núcleo. La mujer de cerca de sesenta años sentada al otro lado seguía concentrada en la película, pero ahora ya no. En su cara leo que viaja muy seguido, que sabe perfectamente de qué se trata una extensa turbulencia, pero, aun así, aparta la vista de la película de la chica que llega soltera a los treinta y cinco y quiere sucumbir a cualquier destino menos a ese –esa película también la vi– y mira hacia atrás, a las azafatas, que a su vez se contemplan fijamente los zapatos de taco que la aerolínea las obliga a usar. Si esta mujer de cerca de sesenta aparta la vista de la película para preguntarse apenas por qué, estamos en problemas. La pareja joven que tengo sentada detrás se abraza y ella le pregunta a él por qué. Debería cerrar los ojos y olvidarme de todos. Esto es un concierto de gente adormilada o drogada que mira hacia adelante. Somos los espectadores obligados de un fenómeno natural que está sucediendo allá afuera, abrochados a hileras de cinturones que no nos permiten otra cosa que espectar, ser partícipes de un show inmejorable.
El diálogo entre la azafata y el piloto seguiría más o menos así:
–Susi, ¿está por ahí?
–Sí, capitán. Dígame.
–¿Cuántas veces al día tiene malos pensamientos?
–¿Qué cosa?
Nos venimos abajo. Nos venimos abajo. Hasta que no. ¿Quién puede vivir en estas condiciones, en esta bipolaridad de vuelo? Me tiemblan las manos. Parece que la mujer sentada a mi lado no estaba muerta. Abre los ojos en un relajo que me enloquece. No puedo dejar de moverme. Soy un tembladeral. Imito al avión. La mujer me pregunta si estoy bien mientras me agarra del hombro derecho. Qué tupé. No, le digo, no estoy bien. No quiero morir. Alicia está en la bodega, le digo. Ella sonríe. Me dice que nadie va a morir. Al menos no esta noche. ¿Por qué estás tan segura?, le pregunto. Me pregunta quién es Alicia. No le respondo. Me explica como si yo fuera un niño menor de ocho años, y probablemente lo soy. Dice que estos aviones son muy grandes y lo único que está pasando es que atravesamos remolinos de aire caóticos y caprichosos. No me importa, le digo. Vamos a morir. Tengo cuarenta y dos años y no tengo problema en reconocer que voy a morir. Las turbulencias las ocasionan las montañas, me dice, las corrientes en chorro y las tormentas. ¿Qué son las corrientes en chorro?, le pregunto. Igual que las olas del mar que rompen en la playa, me dice. El aire también forma olas cuando se encuentra con montañas. Suena bien. Pero no me alcanza. Ella me mira a los ojos, lo sabe. Insiste en que todos los años las aerolíneas hacen estudios en laboratorios para mejorar la funcionalidad de los aviones. ¿Cómo lo sabe? ¿Dónde lo leyó? Pero no se lo pregunto. Veo cómo me agarra las manos y me invita a respirar profundo. No me va a servir de nada. Tiene el pelo recogido con un gancho de pelo en la nuca, asumo que color carey. Y también tiene el maquillaje corrido, de haber dormido profundo. De haber dejado la mente en seco. Me sugiere pedir un vaso de agua, pero las azafatas siguen allá atrás, encaramadas, convencidas de que nadie debe moverse porque un golpe podría ser letal. Le digo que vamos a morir y que ellas no van a traerme ningún vaso de agua. Ella me dice que no. Le miro los ojos, son marrones, no, son amarillos. No son de ningún color, como los de Celeste. ¿Dije Celeste?
Me cuenta que existen herramientas nuevas para predecir el clima. A partir de datos sobre la velocidad de avance, la velocidad del viento, la presión atmosférica, el ángulo de balanceo y otros factores, un algoritmo genera un nivel local de turbulencia atmosférica que se envía cada minuto al Sistema Nacional y se combina con los modelos meteorológicos nacionales para ajustar las previsiones de acuerdo con las condiciones en tiempo real, lo que a su vez –así dice– ayuda a reforzar las herramientas de predicción meteorológica. Le respondo que no sabía. No entiendo nada de lo que me está hablando. Y tampoco entiendo de qué color son sus ojos. Ahora los pilotos conocen mejor la atmósfera y tienen mayor capacidad de cálculo, me dice. Y yo solamente repito que vamos a morir.
***
Descubre más sobre El año de la serpiente, de Camila Fabbri, aquí.