ARTÍCULOS
Empieza a leer 'Dónde puedo dejarlo' de Alejandra Costamagna
Para Miska, que siempre estuvo
Escribo aprisionando el instante, el momento que separa lo que está de lo que ya no está más.
JULIETA MARCHANT
¿Por qué aferrarse a todo eso? Y yo dije ¿dónde puedo dejarlo?
ANNE CARSON
PRIMERA PARTE
Me muero si no llegas, dijo. O puede que haya sido te mato si no llegas.
Mara soltaba las cosas así: disparaba.
Esa noche lo anotaste en tu cuaderno. Era el 29 de diciembre de 1989: «Almuerzo con Mara, casa Isa. Dicha». Seis palabras como una flecha ciega. Después te sorprendería la palabra «dicha», no te reconocerías ahí. ¿Dicha? Por favor, quién dice dicha. Quién habla así. No recuerdas qué comieron, de qué hablaron, cómo iba vestida Mara. ¿La minifalda verde, los jeans que habían comprado juntas en la ropa usada y la polera de hilo? Llevaban varias semanas sin verse. En el último tiempo parecía escurridiza; decía que andaba en un trabajo fuera de Santiago, que le había salido un pituto, que esto y lo otro. Había abandonado la escuela de teatro, pero seguía ejercitándose y de alguna forma actuando. La podías ver con su buzo y su peto, entrenando en alguna plaza de provincia. Sospechabas que estaba metida en algo pero te hacías la loca, era mejor no saber. Llegó con dos suculentas de regalo, una para cada una. Suculenta, la palabra «suculenta» fue despliegue de risa. Las tres amigas, una risa trenzada. Truculenta, pulenta, violenta. No sabían nada de plantas, nada. Hicieron cachipún: la rosa negra para Isa, la chascona tipo cactus para ti. No recuerdas si hablaron de las vacaciones, de dónde iría cada una, puede que brindaran por el año que ya casi llegaba. Era el año de la serpiente, corroboras hoy, buscando una señal que no encuentras. Sí recuerdas que en unas semanas viajabas al sur y te habías rapado la cabeza, queriendo imitar a la cantante que las deslumbraba. Era el último verano de un momento de tu vida. Sola, en carpa, a dedo. Después vendría el trabajo, la mudanza al departamento de Las Palmeras y quizás qué más. Sí recuerdas que la madre de Isa escribía en la otra pieza, hechizada, escenas de unos mundos que a ustedes les resultaban ajenos. Parlamentos de una obra que no imaginaban en boca de nadie. O letras de unas canciones que no llegarían a sonar en la radio, pensaban, que nadie iría a bailar. Sí recuerdas la salida del pasaje Tegualda hacia la avenida Grecia, los pasos con Mara hasta el paradero, el ajetreo de la ciudad en los descuentos del año que terminaba, el sol desdibujándose sin prisa. Llevabas el macetero con la suculenta en la mano derecha, pasos cuidadosos para no agitar demasiado esas hojas incipientes pero ya carnosas. Querías que me quedara con la chascona, ¿verdad?, le preguntaste. Ahora que no tengo pelo, que me abriguen estas chascas. Aprobó con la cabeza, un sí rotundo. Recuerdas un silencio muy breve, lo que dura un bostezo, y entonces su cercanía. Pasó sus dedos por tu nuca desnuda, comentó algo que pudo ser asombro o agrado por la ligereza de la piel. Después agarró tu mano desocupada, como a veces hacían cuando caminaban en la calle juntas. Iban a las protestas de la mano, corrían de la mano, eran apresadas de la mano. Recuerdas la toma del liceo unos años atrás y sus dedos envolviendo un pañuelo con flecos de colores, un trapo roñoso de tanto uso, para cubrirte la nariz y ayudarte a salir del ahogo de las lacrimógenas. Los flecos rozándote la boca, cosquilla leve. Cuando la policía bombardeó con gases hasta que el aire se volvió irrespirable, Mara te agarró de la mano. Sus dedos delgados, su muñeca que podías atrapar entre el pulgar y el índice. Te gustaba enlazarte con ella. Habías leído que la mano era el órgano de la escucha. O a lo mejor eso lo leerías muchos años después, con la memoria del tacto como un hechizo: una flor abierta y vuelta a cerrar. Recuerdas que esa tarde, no la de la toma sino la de Tegualda, esa tarde que necesitas recordar para ordenar esta historia, Mara te abrazó con una intensidad que entonces no descifraste. No recuerdas haber advertido en esa escena ninguna señal. Debiste haberlo hecho, era un abrazo distinto: hiedra aferrada a un muro. Recuerdas haber mirado hacia atrás:
verla subir a la micro
y entonces ya
no verla.
hechizo, za
Del lat. facticius.
1. adj. Artificioso o fingido.
2. adj. Contrahecho, falseado o imitado.
3. m. Práctica usada por los hechiceros para intentar el logro de sus fines.
4. m. Persona o cosa que cautiva o embelesa.
Las primeras semanas te desvelabas pensando qué había pasado. La organización, que hace unos años había llegado a tener mil, mil quinientos militantes, hoy se desmoronaba, ya no cabía en el nuevo escenario. Subversivos, decían, una plaga. Lo veías en la tele, en los titulares de los diarios, en los informes que llegaban a la agencia de noticias. Cada mañana prendías la radio temiendo escuchar su nombre. Ni una señal, nadie sabía nada. El 23 de abril llamaste a su padre y lo oíste suspirar al otro lado de la línea, como si anticipara algo que no podía ser dicho. Tranquilo, Juan, le dijiste, ya se va a comunicar. Pero en ti, para qué mentirte, tampoco había tranquilidad. Mara nunca había estado fuera un 23 de abril. A veces juntaban los cumpleaños y hacían un festejo común en algún parque. Arrendaban un quincho, llevaban mantas, sánguches, cervezas, una radio a pilas, y pasaban la tarde ahí. Festejos animados, frondosos, con baile y todo. Los dos últimos años decidieron cumplir veinte: compraron guirnaldas, antifaces con brillantina y cuarenta velas para la torta compartida que llevaron al parque, y usaron los mismos adornos una y otra vez, dos años seguidos. Nadie se dio cuenta. O lo hicieron pero se adhirieron al juego de nunca verlas llegar a los veintiuno, nunca entrar al cine con ellas a ver películas para mayores de veintiún años. Esta vez tocaba que Mara y tú cumplieran veintidós, ya era hora de sumar las cuatro velas que faltaban. Quizás en qué cajón habían quedado las velas, tu genio cachurero no las podría haber botado. ¿O se las habría quedado ella? Pensaste en ir al almacén de la esquina y comprarlas para tener lista la escenografía, como si de esa forma pudieras asegurarte de que Mara aparecería de un minuto a otro. Golpearía la puerta de tu departamento y aquí estoy, Manu, cómo iba a faltar hoy. Pásame las velas y empecemos a clavarlas en la torta. Festejemos solas, en el balcón, no tengo ganas de ir a ningún parque. Pero eso no pasó y el 23 de abril fue un día pálido, un rasmillón sin sangre. En la tarde miraste el cielo y te pareció que no volaban pájaros, que las nubes ya no mostraban animales deformes. Tal vez fuera la señal de un huracán incipiente que simulaba ahuecar el cielo para tomarlo por asalto. Te acordaste de lo que decía el padre de Mara citando a quién sabe quién, una frase que nunca entendiste del todo: «Las nubes van y vienen, haciendo el teatro del progreso». Esta vez tampoco lo entendiste, pero la palabra «progreso» quedó sonando en algún lugar que entonces no identificaste. De un momento a otro, el día se incrustó en un calendario ajeno. Un día que alguien podría leer en un libro fantástico o en un borrador a medio camino, pero no ese día real de 1990. A ver, a ver: por un minuto dudaste si existía lo real.
Isa decía que tuvieran paciencia, que no pensaran lo peor. Era su último año en la escuela de teatro y confiaba en que alguna vez Mara retomaría la carrera y actuarían juntas en una obra. Eso, bah, te parecía otra ficción. Quizás Isa se mimetizaba con los escritos de su madre o con las lecturas de la escuela, y se armaba un mundo paralelo.
Por ese tiempo te contrataron en la agencia de noticias y conociste a Rolo. Con tu primer sueldo arrendaste el departamento de Las Palmeras. Tu madre se había vuelto al sur, a la casa en la que habías crecido. La empresa donde trabajaba había cerrado la sucursal en Santiago y le ofrecían reubicarla en Calbuco. No lo dudó, la capital la tenía podrida. Ese término usaba: «podrida». Y tú te reías, decías que se le estaba pegando una argentinidad extraña en el habla; que en Chile las personas se cansaban, no se podrían. Ella te corregía: se dice «pudrían», no «podrían». Pero tú no estabas pudrida ni podrida ni cansada de la ciudad, y vivir sola te provocaba un temblor delicioso. Puede que no fuera exactamente un temblor, pero era delicioso, eso seguro. Era algo que soñabas hacer. Te gustaba desayunar en el balcón con la gata al lado; la gata de color barquillo. El pelo te había crecido, pero aún no te cubría las orejas. Pasabas la cabeza por el lomo del animal y confundías los pelajes, entre ambos hacían una peluca castaña. Le rascabas las orejas y le susurrabas vocablos en otra lengua. Cafuné, marétalo, amalfita. Pedazos de frases sueltas, un idioma hecho de sonidos a los que ella respondía echándose bocarriba, de guata al cielo, lista para recibir tus masajes. Hazme una guatita, gatita. Y ella parecía entender y se revolcaba, exhibiendo el colchón de pelos que era su panza, en espera del redoble de cariño. Ya vuelvo, le decías medio engañándola porque el regreso sería muchas horas más tarde. Ese «ya» era una trampa. Salías del departamento abrigada, con un gorro de lana, y mirabas la montaña purpúrea allá al fondo, imaginando que Mara la había cruzado. Que ya estaba al otro lado. Pero también podría haber ido al puerto y haberse colado en la bodega de algún barco carguero. Semanas en altamar, escondida, ensayando el camuflaje que iría a vivir en adelante. A veces también pensabas que estaba escondida en una bodega más pequeña: la de tu departamento, por ejemplo. O en un ático abandonado, en alguna casa de seguridad.
Una vez te contaron la historia de una mujer que mantenía a su amante de allegado en una bodega, en el subterráneo de su edificio. El hombre no tenía dónde vivir y se había acomodado en los dos metros cuadrados del cuartucho. Pasaba el día ahí, leyendo o tomando apuntes en un cuaderno, bajo la luz de una ampolleta de 50 watts. Ella bajaba cada noche con la excusa de ir a regar las plantas o tomar aire –ya vuelvo– y se metía en la bodega. Le llevaba pan, queso, frutas, una cerveza. Apagaban la ampolleta y lo hacían sobre el cemento, a lo bruto, sin ningún preámbulo. Era un sexo rabioso, la clandestinidad los volvía animales en celo. Cuando volvía, su pareja le preguntaba si estaba todo bien y ella sonreía para adentro. Se iba a duchar y se acostaba a ver tele en piyama, con la gata al pie de la cama y la firme intención de volver a ser la persona que había sido antes de bajar a la bodega.
«Ya vuelvo», te había dicho sin decir con ese abrazo de hiedra.
Pudo haber pasado que:
le dijeron te vas o te vas y debió acelerar su partida.
te llamó una, dos, tres, diez veces, pero no te encontró. Monedas de cien pesos que volvían a caer por la ranura del teléfono público.
necesitaba esconderse y tú no aparecías, y tampoco aparecieron Isa ni su padre ni su hermano ni la polola del hermano.
recurrió a un primo en tercer grado, quién sabe, el amigo de un amigo de un amigo.
pero ¿qué amigo de qué amigo de qué amigo?
viajó en bus hacia algún paso fronterizo, con identidad falsa.
el documento lo había recibido dos días antes, en la oscuridad de una sala de cine, donde proyectaban Thelma y Louise.
no alcanzó a ver ni la mitad de la película, no supo que la amiga usaría el arma.
el paisaje se le hizo nuevo, como si por primera vez anduviera por esa ruta que su cuerpo, sin embargo, conocía de sobra.
ya anochecía, fijó la vista en el cielo y tuvo ganas de arroparse con él.
la luna, que despuntaba en la montaña, le pareció un sol de noche.
luna de nieve, escuchó que decía un pasajero de adelante.
pensó que estaba hecha de agua, como todos los seres humanos, y que si moría se convertiría en vapor, en lluvia o en hielo.
eso pensó: que moriría bajo cero y caería sobre la tierra con su liviandad nevada.
su carné, señorita, su carné.
el auxiliar del bus con un lápiz y una planilla en la mano, listo para registrar a esta jovencita de pelo negro azabache, un poco chascona, lentes ahumados, uñas recortadas a golpe de mordisqueos nerviosos, sin esmalte, cartera pequeña aferrada al pecho como si necesitara afirmarse de algo y no tuviera más que ese pedazo de cuero café para hacerlo.
el resplandor de la luna lamiendo la ventana.
por primera vez se escuchó decir ese nombre y ese apellido. Ese segundo nombre, que era el tuyo: las siete letras de tu nombre como una clave secreta que la retenía, en algún grado, a la vida que iba dejando atrás. Se escuchó decir ese número de identidad ajeno que había memorizado como se memorizaban entonces los teléfonos fijos.
tuvo ganas de acariciar una vez más tu cabeza rapada, relajarse en ese gesto mínimo, contemplarte, adormecerse.
a lo más pensó que se despedía de un tiempo, no de sí misma.
a lo más un rato.
la palabra «nostalgia» no se le cruzó por la mente. Eran fulgores intermitentes los que se agolpaban en su cabeza. Se imaginó subiendo a un escenario. El cuerpo cedido al personaje que se está interpretando, la vida congelada de un momento a otro. El silencio litúrgico de la sala. Los aplausos que la harían pensar en la lluvia golpeando un techo de zinc, el escenario como un campito propio. No sabía que no sabría bajar. En adelante: aprender las líneas de una obra que no figuraba en la bibliografía de la escuela.
en adelante, aprender a seguir el falso progreso de las nubes.
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