15/06/2021
Empieza a leer 'Diálogo con mi sombra' de Pedro Juan Gutiérrez


PRÓLOGO

Estoy conviviendo con Pedro Juan desde septiembre de 1994, cuando, juntos, empezamos a escribir Trilogía sucia de La Habana. Mucho tiempo. Más en mi vida, que se desarrolla en etapas bastante definidas de siete-diez años cada una. No sé por qué. Pero es así.

Mientras escribíamos ese primer libro nos conocimos a fondo. Y ya sin secretos, conociendo todo uno del otro, hemos seguido juntos. No somos amigos, ni hermanos, ni amantes, ni compañeros de viaje, ni colegas de esquizofrenia. No. Yo soy yo. Y él es mi sombra. Aunque el señor tiene su ego bien montado, y si se le pregunta dirá que es todo lo contrario: «Yo soy yo, y el señor Gutiérrez es mi sombra.»

Creo que estamos metidos en una inextinguible e infinita relación de odio/amor y ya no sabemos quién es quién.

Me paso la vida hablando en voz baja con mi sombra. Si camino por la playa o por el campo, mientras espero en aeropuertos, en un tren. En todas partes. No me abandona. Discutimos. Nos peleamos. Es como un diablito enérgico y electrocutante que me machaca y me encabrita con sus argumentos. Siempre a contrapelo. Siempre a contrasistema. Si estamos en La Habana va en contra del socialismo tropical. Si estamos en Europa es un indignado anticapitalista. Como debe ser. Un desobediente perfecto. Un borracho lúcido y paranoico. Un poeta furibundo, atormentado. No teme al ridículo. Todo le da igual. A veces pienso que ha llevado el ridículo a método de revelación.

En el fondo le admiro. Y hasta le envidio. Quisiera ser como él. Pero no. Yo soy un poquito más paciente, más precavido y más racional. O quizás es solo que intento actuar con sentido común.

Él es todo lo contrario. Se lanza a full sin pensarlo dos veces. Yo siempre me detengo al borde del precipicio y precavidamente reviso cada correa y cada hebilla del parapente. Después, en el aire, un golpe de adrenalina y de terror me bloquea el cerebro y tengo que hacer un gran esfuerzo para reponerme. Pedro Juan no. El muy cabrón. Disfruta con la adrenalina. Disfruta con el peligro, con la muerte. Con la posibilidad de reventarse contra el suelo.

Y además ha encontrado su propia sombra: John Snake. Un diablillo de mucho cuidado. Hasta ahora solo ha aparecido en la poesía y en algunos textos tan salvajes que no encuentran editores. Se aterran en cuanto escuchan al Johnny.

Así que las cuentas –creo– están claras: Pedro Juan Gutiérrez tiene su sombra, que es Pedro Juan, y este engendró su propia sombra, que es John Snake. Como una matrioska.

De todos modos, John Snake es tan loco que se deja ver poco. Se lo agradezco mucho porque cuando Pedro Juan y Johnny se juntan lo ponen todo patas arriba. Me alteran los nervios. Y me da miedo.

En fin, desde que se publicó Trilogía sucia de La Habana en 1998 hasta la fecha he concedido cientos, miles, de entrevistas. No sé exactamente. He perdido la cuenta. Siempre digo que sí. No importa si va a ser publicada en una gran revista europea o neoyorquina o en un modesto blog de Paraguay, o en un fanzine que publican en Cabo de Gata. Tengo algo así como una solidaridad congénita con los periodistas. Quizás porque yo trabajé como periodista durante veintiséis años, y siento un amor y un agradecimiento especial por esa profesión.

Otro detalle: cambio progresivamente. No daba las mismas respuestas en 1998 que cinco años después o ahora. He tenido tiempo para reflexionar sobre el oficio de escritor. En todos estos años he escrito y publicado muchos libros, de prosa y de poesía. Ha cambiado mi carácter, mi forma de ver el mundo, mis análisis sobre los procesos sociales, políticos y culturales a mi alrededor. Así que Pedro Juan y yo hemos pensado que este diálogo puede ser útil o al menos interesante para quienes quieren convertirse en escritores. Y también para otros, curiosos simplemente, que desean saber algo sobre el arte de escribir. Al menos se podrán enterar de cómo funciono yo en este oficio.

Aquí está lo que puedo escribir por ahora. He dejado algo en el tintero porque todavía no es el momento adecuado para revelar todo. Si me alcanza la vida y si considero que merece la pena, dentro de unos años escribiré un poco más sobre algunos temas escabrosos. Si nunca lo hago no importa. Lo decisivo es que Trilogía sucia de La Habana y los demás libros existen. Se han publicado en unos veintidós idiomas o más y siguen adelante. Ese libro ha provocado que muchos me amen y otros me odien, como debe ser. Y desde que empecé a escribir, Pedro Juan apareció a mi lado y se convirtió en mi sombra. Se apropió de mí como un alien.

Me invade y me arrastra. Me inyecta ácido en la yugular. Es un demonio que me chupa la sangre y un ángel que toca mi corazón con la luz y me saca de las tinieblas.

PEDRO JUAN GUTIÉRREZ


LOS INICIOS
 

Pedro Juan: ¿Recuerdas qué fue lo primero que escribiste?

Pedro Juan Gutiérrez: Todo comenzó con inocencia y candidez. Como en una novela pastoril. A los doce o trece años tenía una noviecita en San Luis, un pueblo donde vivían mis abuelos, en Pinar del Río. Se habían terminado las vacaciones y yo regresaba a mi casa en Matanzas. No sé por qué se me ocurrió escribirle un acróstico con su nombre: María Elena. Se lo regalé con una pequeña flor blanca. Se asombró y quedó fascinada. Entonces me aficioné a escribir pequeños poemas de amor para regalarlos a las muchachitas que me gustaban. Yo era muy tímido. Y así no tenía que hablar. Después tuve una guitarra y escribía canciones. Pegajosas. Boleros. Horribles. Fue mi sueño durante años. Quería ser cantante de boleros. Ha sido siempre mi sueño imposible. Es mejor olvidar todo eso. Por suerte lo dejé a tiempo porque era ridículo.


PJ: ¿Fue agradable tu infancia o te machacaron?

PJG: Tenía muchos amigos. Vivía en un barrio céntrico en Matanzas, muy cerca del mar. Jugábamos en la calle. Nos íbamos a nadar o a pescar. A jugar a la pelota (béisbol), a patinar, en fin. En ese sentido era feliz. Pero en mi casa la disciplina era fuerte. Sobre todo mi madre. Nos obligaba a mi hermano y a mí a estudiar con horarios. En esa época había que memorizar todo. Y después repetir como una cotorra: «Los primates... bla bla bla, etc.» Después de todo se lo agradezco, porque nos inculcó la disciplina, el sentido del deber. Mi padre por su parte era un tipo muy trabajador, muy honrado. Creo que de él heredé el fair play. No sé jugar sucio. Era muy honesto. Una gran persona. Callado, reservado, un poco melancólico, pero muy de familia. Todos los fines de semana nos íbamos a pasear en el carro. De pícnic casi siempre. A alguna playa. A Varadero, a la Ciénaga de Zapata, a La Habana a visitar a los parientes. Nos movíamos mucho. Así que no tengo quejas. Tuve una buena infancia.

Además vivíamos en un barrio donde todos nos conocíamos. A dos cuadras de la casa comenzaba el barrio de las putas, La Marina. Algunas de aquellas putas y de aquella gente aparecieron después en El nido de la serpiente. Y por atrás, a dos pasos de la casa, el mar. Pescar, nadar y remar fueron mis aficiones desde niño. La gran bahía de Matanzas, con playitas muy buenas y muy cerca de casa. El mar, por supuesto, ha marcado mi vida. En todos los sentidos. Aparece continuamente en mis libros porque está dentro de mí. No puedo vivir sin la presencia del mar.


PJ: ¿Tenías antecedentes de intelectuales en tu familia? ¿O artistas?

PJG: No. Todo lo contrario. Mis abuelos eran analfabetos totales. Menos uno, abuelo Pedro, por la parte materna. Por cierto, los padres de él, es decir, mis bisabuelos, eran de Pravia, Asturias. Abuelo Pedro sabía leer y escribir y sacar cuentas. Abuelo Juan, por el lado paterno, era del pueblo de Santa Úrsula, en Tenerife. Todos gente de campo, muy trabajadora. Nada de frivolidades. Y con esas ascendencias de asturianos y canarios más rigor aún. Mi padre, por ejemplo, siempre quiso llegar a profesional en el béisbol. A las Grandes Ligas, en Estados Unidos, y estaba bien encaminado. Mi abuelo Juan no lo dejaba practicar, le rompía el uniforme y el equipo. Había que trabajar en el campo, en el tabaco. Eso de practicar un deporte era cosa de gente vaga e inútil. Después mi padre quiso que yo practicara béisbol. Me llevaba desde muy pequeño al stadium a ver los juegos, me regalaba guantes y pelotas. Qué pesadez. Me traumatizó. Odio el béisbol.


PJ: ¿Por la imposición?

PJG: Sí. Está en mi naturaleza. No soporto que me impongan algo y reacciono con brusquedad. A veces con ira. Mi reacción primera es romper. Y no mido las consecuencias. Me pasó con la Iglesia católica, a los trece años precisamente.


PJ: ¿La adolescencia?

PJG: Sí. Yo entraba en la adolescencia y de golpe descubrí muchísimas cosas. Comencé a masturbarme, por ejemplo. Muchas veces al día. Me enamoré perdidamente de una vecina. Lo que hacen casi todos los adolescentes: enamoramientos imposibles. De una vecina, de una compañera de aula mayor, de una profesora, o de una amiga de tu mamá. Pasé por todo eso. Y más. Normal.


PJ: ¿Qué pasó con la Iglesia?

PJG: Bueno, yo asistía a la catequesis. Y me querían hacer creer sin más en el concepto de la Santísima Trinidad: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Y en Adán y Eva. Nada de evolución a lo Darwin. Y yo siempre he sido un tipo muy racional. O muy pragmático. En fin. Recuerdo que el joven que nos instruía me dijo, muy molesto: «Pues si quieres creer que vienes de un mono allá tú. Yo no vengo de ningún mono.»

Para desquitarme, me fui al otro extremo. Total, dicen que los extremos se tocan, pero yo no lo sabía. Empecé a estudiar marxismo-leninismo y materialismo dialéctico y me metí a comunista. Por poco me vuelvo loco porque todo aquello era imposible entenderlo con trece años. El marxismo se estudiaba en unos manuales rusos, mal traducidos a toda prisa al español, e impresos para unas escuelas que se llamaban EBIR, es decir, Escuelas Básicas de Instrucción Revolucionaria. Simples escuelas de adoctrinamiento, con una enseñanza tan esquemática y dogmática y a ratos incomprensible como en la Iglesia católica. Y yo, con trece años, muy seriecito, muy aplicado, estudiando los textos de Lenin, Marx y Engels. ¿Parece una broma? Así es la vida. A veces te confunden tanto que pierdes el rumbo.


PJ: ¿Te gusta recordar tu infancia o la detestas?

PJG: Ya te dije antes. Fue hermosa. Feliz. Un poco complicada pero agradable. Junto con el marxismo me dio por ir mucho al cine. Vi en esos años todo el cine europeo de la época. Como ya el gobierno de Cuba había declarado abiertamente su batalla contra USA, pues de repente dejaron de entrar películas norteamericanas. En cambio veíamos todo lo europeo. En los cines comerciales normales, del barrio. Todo Ingmar Bergman, Godard, Renoir, Truffaut, Saura, Buñuel, el neorrealismo italiano, Milos Forman, Polanski. También Akira Kurosawa. Las películas de Kurosawa con Toshirō Mifune de protagonista, las recuerdo de memoria. Todo, excepto cine yanqui. Y al mismo tiempo coleccionaba sellos, dibujaba y leía muchísimo. Bueno, había una onda moralista de acabar con los bares, con las putas, con los casinos y casas de juego. Todo lo que fuera «inmoral y rezagos del capitalismo» había que eliminarlo. Se hablaba mucho de «la herencia del capitalismo», y se refería a cosas malas, claro. Al mismo tiempo se desarrollaron campañas para alfabetizar y elevar la educación y la cultura de la gente. Eso de cara al pueblo. Había más. Mucho más. En política lo decisivo siempre es lo que no se dice, lo que se mantiene oculto y no sale en los periódicos. Pero por ahora lo dejo aquí porque esos años sesenta merecen un libro. O varios libros.


PJ: ¿Había biblioteca en tu casa?

PJG: No. Mi madre solo leía novelitas de Corín Tellado y mi padre a veces leía la revista Bohemia. Hasta ahí. Pero yo siempre he tenido mucha independencia intelectual. Desde los siete años empecé a leer cómics. De todo tipo. Desde Superman hasta La Pequeña Lulú. Tenía una tía en Pinar del Río que vendía revistas y cómics. Así que cuando iba de vacaciones en verano y en Navidad me encerraba a leer los números atrasados que no se habían vendido. Ahí empezó mi afición a leer. Después me llevaba a Matanzas una maleta llena de cómics que mi tía me regalaba. Entre los siete y los catorce años leí toneladas de cómics y vi cientos de películas, primero americanas y después europeas.


PJ: Hay muchos estudios sobre la lectura de cómics. Aseguran que es insano para los niños.

PJG: Sí, entre los primeros estuvieron Umberto Eco, en Apocalípticos e integrados (1965), y Ariel Dorfman y Armand Mattelart, con su libro Para leer al pato Donald, que se publicó en 1972, con un enfoque marxista. Era así en esa época. Todo lo que viniera de USA tenía que ser malo, por definición. Hasta el whisky. No obstante, creo que tienen razón. He releído algunas páginas de esos dos libros, y sí, es fácil darles la razón. Pero creo que para mí fue muy beneficioso. La combinación de cómics y de cine a esa edad me dio, creo yo, una visión muy fotográfica del mundo, una visión de acción, de movimiento. Una dinámica del diálogo rápido, de atrapar al lector con escenas cortas. Nada de largos párrafos de reflexión y análisis sobre lo que está sucediendo, sino dejar al lector que lo haga. Respetar la inteligencia, la cultura y la capacidad de análisis del lector. Es decir, mi narrativa se basa en aportarle elementos al lector y que sea él quien saque sus propias conclusiones. Supongo que eso lo tomé inconscientemente del cómic y quizás también del cine. Un sistema, creo, democrático, nada autoritario, nada de imponer criterios. Bueno, ya los estoy imponiendo con el punto de vista que adopto, con el lenguaje que usan mis personajes, con la estética. La atmósfera total de mis relatos dan ya de por sí un punto de vista. Pero dejo que el lector trabaje un poco. No se lo pongo fácil. Respetar al lector, la inteligencia del lector. Eso es esencial. Me molestan los escritores apabullantes, que machacan con una enorme cantidad de información inútil sobre los personajes y sobre la situación. Entretienen con tonterías que no colaboran directamente al desarrollo de la historia. Esa información perturba, distrae y a la larga oscurece el relato. Bueno, es mi opinión. No quiere decir que sea el único modo de construir una historia. Es mi idea personal de cómo hacerlo.


Diálogo con mi sombra

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