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Empieza a leer 'Dame veneno que quiero vivir' de Leticia Sala

13/05/2026

CARA LAVADA

El rostro de la madre es el primer rostro del mundo.
Massimo Recalcati

Estaban sentados alrededor de la mesa del comedor, mis padres y un amigo suyo cuya madre acababa de morir, discutiendo de herencias, cuando mi madre se levantó y bajó al lavadero a continuar con la colada. Tardé un poco en seguirla. Bajé las escaleras corriendo, entré al cuarto minúsculo donde se encontraba la lavadora, cerré la puerta y le pregunté: «Mamá, cuando sea mayor, ¿podré heredar tu piel, tu pelo y tus dientes?».
          Tenía siete años. Mi madre me recuerda a menudo esa anécdota. Para ella debió de ser uno de los momentos más agradecidos de sus largos años de cuidado. Yo, en cambio, cuando vuelvo a esa escena, sé que no le dije aquello con ternura, ni mucho menos zalamería: en el comedor se estaba hablando de pedirse cosas, así que yo me sentí legitimada para pedir lo más bello del mundo.
​          Me pasé la infancia pegada a mi madre, persiguiéndola por casa mientras ella iba limpiando y ordenando. Escrutaba todos sus movimientos, cada acto me informaba de forma implícita o explícita de lo que significaba ser mujer, el género con el que me identifiqué desde pequeña. Sus objetos me maravillaban, sobre todo los de su mesita de noche, que era lo más parecido a un altar. Ahí guardaba fotos de carnet de sus cuatro hijos, una Virgen, varios rosarios, algún libro (siempre estaba leyendo) y la lata azul de Nivea que se ponía con los mismos gestos mecánicos, mañana y noche, a menudo sin mirarse siquiera al espejo. Un día, cuando yo tenía quince años, me preguntó si me sentía tan invisible como ella.

Empecé a cuidarme la piel con cosméticos y hacerme faciales y otros tratamientos con regularidad a los treinta y dos. Otras tres cosas rodearon aquel hito. Se había terminado el confinamiento impuesto por el Gobierno por la crisis del Covid-19. Me había convertido en madre. Y, un día, cuando vi a mis padres acercarse a mí en el jardín de la casa donde pasé la pandemia, después de una larga temporada sin encontrarnos debido a las restricciones, por primera vez en mi vida los vi viejos. Esa imagen vuelve a mí a menudo, a veces distorsionada. No fueron sus arrugas las que me avisaron, sino una nueva lentitud en sus pasos y una vacilación más propia de un niño que de un adulto. Cuando abracé a mi madre, esa también fue la primera vez que percibí en ella un nuevo olor. Ya no olía como cuando yo era pequeña. El aroma de la madre, que siempre será para una hija «añoranza y meta», como escribió Elena Ferrante, había cambiado. Ahora ha dejado de sorprenderme. Su aroma sigue siendo sinónimo de lugar seguro para mí.
​          Conforme empiezo a escribir este libro, tengo treinta y seis años recién cumplidos y una hija de tres. Es a mí a quien esta niña persigue por casa con sus preguntas, a veces pertinentes, a veces imposibles. El otro día, ella ya acostada en la cama, entré en su cuarto para darle un beso de buenas noches. «¿A qué hueles?», me preguntó. «A cremas. Me acabo de hacer la cara antes de irme a dormir», le respondí. Se quedó un rato callada, estaba buscando sus palabras. Entonces me dijo: «Cuando sea mayor me pondré cremas como tú». Le di un beso, un abrazo, y jugamos a agradecer tres cosas que nos habían pasado durante el día. Ya a punto de cerrar la puerta, mi hija tenía todavía una pregunta más en la cabeza: «Mami, ¿por qué papá no se pone cremas y tú sí?».
​          ¿Cómo podía yo responder de forma escueta e inteligible a una pregunta, proveniente de un corazón de tres años, tan directa, tan certera, tan apropiada? No respondí nada que pueda transcribir hoy, o ya no lo recuerdo, pero la pregunta de mi hija, el olor a mis cremas que quedará grabado para siempre en sus primeras memorias junto con mi rostro, es, supongo, el motivo por el que quiero escribir este libro.

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