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Empieza a leer 'Cuentos autobiográficos. Volumen II' de Álvaro Pombo

27/05/2026

1. LA ABUELASTRA

Ahora estoy inclinado a escribir cuentos. Llamo cuento a un relato que no pase de los diez o quince folios: puede valer, si es brillante, con solo cuatro o cinco. Esta inclinación coincide con un periodo inquieto de mi vida, una larga convalecencia, mientras espero la publicación de mi segunda tanda de Cuentos autobiográficos, que lanzará en mayo Anagrama.
          Iba a casa de la abuela a merendar los fines de semana. Y en otras ocasiones festivas. Cuando esto sucedía, la abuela se había instalado ya a vivir en su nueva casa de Miranda: El Alta. Era un chalet grande. Si subías al segundo piso veías los tejados de El Sardinero, la playa de El Sardinero y el mar. Era una casa recién inaugurada en medio de una huertajardín de considerable tamaño. En la parte de atrás había una vaquería con dos vacas y un gallinero con diez gallinas pintas. Delante de la casa había otro espacio equivalente, que era una huerta, y un maizal. La mía era una abuela campesina, o mejor, que se hizo campesina con los años, al trasladarse del Muelle a esta finca de El Alta.
​          Esto no es, por supuesto, una biografía. Ni siquiera un ensayo de biografía. Casi es solo un dibujo coloreado. Se describe el sitio, la casa y el jardín, se nos describe a nosotros, la familia, muy someramente, los almuerzos de las Navidades, y se describe a una mujer que tendría en aquel tiempo bien cumplidos los sesenta años, muy reumática y muy alta. Durante unos años fue presidenta de la Acción Católica de Santander. Y recuerdo cuánto me avergonzaba verla bajar las escaleras de una terraza con toldilla que daba a la playa de la Concha para exigir a las francesas –y a las españolas también– que se pusieran un pañuelo a la espalda si llevaban el traje de baño con la espalda descubierta. Esto era anterior a la aparición de los bikinis. Lo más chocante eran las espaldas desnudas. Las chicas se dejaban la espalda desnuda y se arrebujaban la parte delantera del traje de baño al tomar el sol. ¿Era esa la vigilancia que la Acción Católica santanderina quería que ejerciera su temporal presidenta? Quizá sí. Casi no habíamos llegado a los años cincuenta o, como mucho, acabábamos de llegar. La moral católica se suponía férrea, estricta, y se suponía que la presidenta de la Acción Católica tenía que dar ejemplo. Cada vez que venía al balneario yo subía las escaleras de la terraza y la abuela Carolina me convidaba a tomar un delicioso pastel en una sucursal de Frypsia. Lo que me interesaba más de la abuela era su altura: era una mujer alta que, según contaban mi madre y mis tías, había sido muy tímida en su juventud. No era tímida ahora, convertida durante el veraneo en guardiana de la fe y las buenas costumbres de la España nacional.
​          Reconozco que, contado así, no queda bien la abuela Carolina. Este énfasis, sin embargo, en la vigilancia de las costumbres sí es compatible con su idea de sí misma y de su responsabilidad moral. Aún faltaban muchos años para lo que ahora se llama el destape. Destaparse, en aquel entonces, en mi niñez y juventud, era bajarse los tirantes del traje de baño y dejarlos atados a la cintura. Solo los hombres, por supuesto. No sé si ahora, al recordar todo aquello y ponerlo por escrito, da la impresión de que yo censuraba en mi interior a la abuela o lo contrario. Éramos muy convencionales todos. Por eso considerábamos que la no convencionalidad, la extravagancia, venía de afuera, de Francia, ¿de dónde si no? De algún modo se entendía que las chicas que se tostaban la espalda en la playa eran francesas. En aquellos tiempos, mi abuela y mi abuelo vivían prácticamente separados, aunque no era a consecuencia de una escisión familiar, sino de que mi abuelo era comprador de tabaco para la Tabacalera de Santander y pasaba largos meses en Cuba. Estos viajes, que eran de negocios, distanciaron a mis abuelos maternos entre sí. Y la abuela Carolina se irguió de nueva planta al compás de una nueva moralidad exótica, que era, palabra por palabra, la moral sexual de aquellos años, cuarenta y cincuenta, en España. Ahora nos parece un exotismo –y hasta una gracia– llevar un traje de baño modestamente encubridor. Pero en aquel tiempo esa era la norma.
​          Era la norma también o, si se quiere, la costumbre, que las mujeres de la burguesía acomodada se quedaran en casa y los hombres salieran a trabajar. Siempre cito, en este contexto, unos versillos: «A las Indias van los hombres, / a las Indias a ganar, / las Indias aquí las tienen / si quisieran trabajar». Siempre he pensado que estos versillos son injustos. A finales del siglo xix y principios del xx, México y América del Sur eran todavía las Indias en la mentalidad española. Una experiencia de viaje largo y de trabajo que, de alguna manera, rejuvenecía a los que, como mi abuelo Gonzalo, volvían de allí. Pero la abuela Carolina tuvo para mí, entre mis diez y doce años, un aspecto especial: era capaz de reunir a toda la familia, a sus cuatro hijas con sus cuatro maridos y sus nietos, por Navidades. Se hacía la comida de Navidad en La Granja, que era su casa, y después cada una de las cuatro familias celebraba las fiestas por su lado. Yo no recuerdo mis Navidades con demasiada precisión porque, de algún modo, mis padres, que eran primos carnales, apenas celebraban esa fiesta. Recuerdo que iban a la misa del gallo y tomaban después una cena ligera. Recuerdo más claramente el mundo de la abuela Carolina y el abuelo Gonzalo, que congregaban, con ocasión de estas comidas y cenas navideñas, a sus cuatro hijas y sus cuatro maridos y los correspondientes nietos, mis primos. Mis primos eran Emilito y Jaime Botín; los primos gallegos, Gonzalo y Jacobo Rodríguez de Castro, y mucho después, los hijos de tía Luz y tío Pedro, Pedrito, Cor y Carmen, a quienes yo no he tratado en absoluto. Y estaba la niña austriaca adoptada por tía Rosa después de la Segunda Guerra Mundial, Irma Kalch, que fue una prima más. La abuela Carolina hacía una vida tranquila, casera, acompañada casi todos los días por tía Anita, casada con tío Emilio Botín. Tía Anita fue, por cierto, mi primera instructora de natación. Se cambiaba de ropa en La Caracola y luego bajaba a la playa con un traje de baño blanco, de piqué, que era en sí mismo todo un traje. Supongo que también era un modelo satisfactorio para la Acción Católica de la época. Ahora, pasados los años, los muchos años, reaparece la abuela Carolina como un personaje benefactor que hacía, inconscientemente, el papel de familiarizar a las cuatro familias entre sí. Éramos cuatro familias muy distintas. Y reunirnos en la granja de Miranda cada año por Navidad era un recordatorio de la familia que realmente éramos y que yo mismo era el primero en olvidar. Olvidar es dejarse ir por la sucesividad de los ahoras, de tal suerte que ahora tengo ochenta y seis años. Vuelvo a los ahoras dejados atrás, que rebrillan incompletos como recuerdos de libros no escritos, los libros planeados, los libros pensados, lo inacabado de nuestras vidas, que llamamos el pasado. Solo el ahora es lo acabado. Pero el ahora es continuo a su vez. Yo soy más futurista que pasadista. Lo que me fascina es el futuro. Pero, en estos cuentos que ahora escribo, me encuentro con un pasado repleto de historias, de anécdotas, de paseos por Santander y sus alrededores. Recuerdo, por ejemplo, las Navidades en que después de almorzar en casa de la abuela Carolina, en vez de quedarnos a la tertulia, tío Pedro Escalante y yo nos fuimos a ver el Faro, el Panteón del Inglés y el Puente del Diablo. Era la primera vez que yo veía ese lado de la costa que da directamente al Cantábrico. Era la primera vez que contemplaba el inquieto y grisáceo azul mar Cantábrico, mar Atlántico. ¿Había de verdad un ingeniero inglés enterrado allí? Yo no lo dudé ni un momento, pero no puedo asegurarlo a ciencia cierta. Quizá fuese una construcción, una especie de primera capilla construida por un inglés. No lo sé. Lo que no sé de mi pasado es, por supuesto, inmensamente mayor que lo que sé o lo que recuerdo explícitamente. Esto hace que escriba a saltos, como si recapturase un rebaño de patos o uno de ovejas que se han metido, tercas, en los verdes campos de alfalfa en la Dehesilla y comen los tiernos brotes hasta implarse e incluso llegar a reventar. Era un espectáculo terrible y a la vez suculento porque luego nos comíamos las ovejas reventadas asadas.
​          En las Navidades, uno comía y callaba. Las conversaciones corrían a cargo de mis padres y los otros tres matrimonios. En esas ocasiones, la abuela Carolina hablaba poco y estaba pendiente de que comiéramos el, no sé si decir sabroso o fascinante, pavo relleno recién asado. La carne de pavo, por cierto, tan popular en esas fechas, es dura y seca.
​          Esto que el lector acaba de leer es lo que llamaba Carmiña Martín Gaite una retahíla. Tiene la objetividad vacilante de las enumeraciones incompletas. Pero las enumeraciones incompletas, a su vez, tienen en poesía una función muy explícita: suspender para siempre la atención del lector. Quienes vivimos con la atención suspendida de nuestras retahílas vivimos también con la atención suspendida entre nuestros ahoras. No nos distraemos nunca. Este no distraernos y acordarnos siempre no debe presentarse como una característica ontológica pero sí como una característica definitivamente sociológica o social, como si la memoria fuera, al final, la madre-abuela de todas nuestras ocurrencias en el tiempo. Quizá los lectores y lectoras santanderinos que lean estas líneas pensarán que estoy describiendo muy fríamente mi mundo afectivo de entonces y que estoy obviando el aspecto religioso. La Navidad es una fiesta que celebramos para ensalzar la encarnación del Verbo de Dios –el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros–. ¿Cómo vivíamos nosotros, cómo vivía yo, esa espiritualidad de mi juventud, que era, naturalmente, muy mundana? Vivía dentro de una fe cristiana, católica, no cuestionada por nadie. ¿Y ahora? No puedo decir que soy un agnóstico. Pero sería falso que dijera que soy un buen cristiano, o, sencillamente, un cristiano. ¿Es posible un cristianismo clásico desligado de todos los rituales y de todas las opciones religiosas? Yo creo, personalmente, que sí. Pero eso hace de mí, quizá, un saltimbanqui de la experiencia religiosa. Tanto yo como mi amigo Iñaki, a quien dicto este cuento, creemos que hay hombres y mujeres cristianos practicantes que no son ñoños y que son accesibles. Yo, personalmente, he escrito una vida de san Francisco de Asís y sigo pensando en el complejo espejo y reflejo de la divinidad, sea lo que sea, que los santos suponen para nosotros. La existencia de un santo es la prueba de la existencia de Dios.
​          Mi abuela Carolina no era una santa y yo tampoco lo soy. Y, sin embargo, dejó una como obligatoriedad virtual de seguir indagando en este asunto de lo sagrado y de lo santo. En definitiva, la abuela Carolina me dejó un buen recuerdo de la Navidad.

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