ARTÍCULOS

Empieza a leer 'Atomizado Berlín' de Julia Kornberg

27/05/2026

NOTA

He passed the stages of his age and youth Entering the whirlpool
T. S. Eliot

Cuando el núcleo de Buenos Aires explotó en 2001, los Goldstein se mudaron a Nordelta. Este paraíso del norte, en las afueras de la geografía urbana, había sido imaginado unos años antes como un proyecto megalomaníaco: un suburbio gigante que implicó reubicar a toda una población trabajadora en los barrios bajos de Zárate y sepultar un lago bajo elevaciones artificiales de tierra. Una vez que despacharon a los pobres, se mudaron allí familias poderosas que financiaron la construcción de una barrera alta –una reja impenetrable que separaba Nordelta de la ciudad de Buenos Aires– y a uno o dos guardias que trabajaban las veinticuatro horas del día. Sobre aquella porción de delta inventaron un campo de golf, alzaron nuestros patios y nuestras canchas de tenis. Construyeron shoppings infinitos, colegios y hospitales privados. Nordelta era una ciudad monstruosa, un valle inquietante. Nuestro pequeño Tenochtitlán. Solo se permitía la entrada con invitación previa, y nuestras casas estaban casi enteramente hechas de vidrio.
          Ahora que los Goldstein se fueron, el lago está desatado: la última etapa de la catástrofe climática que terminaría por expulsarnos a todos. Debajo de aquella arquitectura imposible, iracundas corrientes de agua reunieron los cuerpos de los muertos y los arrastraron lejos al emerger. Con el mismo ademán arrasador surge, entonces, este texto: desde la sorna y la angustia, la ironía y el escándalo; desde, ante todo, el fin decepcionante de la historia. Refloté las palabras de Nina y Jeremías Goldstein, incluso las de Ossip Meyer. En algún momento de valentía hacker, obtuve un acceso casi ilimitado a su archivo personal. Lo que queda en estas páginas, como un gesto de narcisismo juvenil, son los fantasmas de mi generación.

Angélica Oshiro,
Tokio, 秋葉原, 2063

 

Los chetos también se quieren morir (2004-2018)

EL NORTE

Si querés ver a una chica judía bautizarse todo el día, todos los días, solo tenés que volver al verano del 2009. Con una máquina del tiempo, una foto perdida en internet, un disco de Daft Punk. Tengo muy pocas certezas sobre ese pasado, excepto que hacía calor: esa era, sobre todas, la faceta primordial del verano en Nordelta. El calor y los chicos en la calle, quemando el asfalto de nuestra ciudad distópica los sábados a la mañana, que generaban ese je ne sais quoi que solo tienen enero y los barrios privados. Como monos darwinianos, los chicos de Nordelta jugaban sobre las bicis y daban primeros besos, y las chicas robaban cigarrillos e iban a fiestas con toda la dedicación que implica la pulsión de muerte, hasta que Pitu cayó en coma; ahí decidieron bajar un cambio y dejar de comprar drogas. A la tarde el sol se ponía en el Norte y mis pares dormían la siesta menos merecida del mundo antes de salir. Entonces, las calles estaban más calmadas y el asfalto dolía menos.
          Por mi parte, si alguna vez salía, no veía a casi nadie, y me bañaba siempre, todo el tiempo. En las calles de Nordelta, sentía cómo la tierra se acumulaba sobre los talones y en el pliegue de los codos, cómo la arena se me metía hasta los dientes cuando me mordía la lengua, y en el interior de la bombacha cuando caminaba lento, así que cuando volvía a casa al final del día tenía una necesidad casi absurda de sacarme lo sucio de encima.
          No estoy dormida
          No estoy dormida
          No estoy dormida
          Las palabras que decía en el baño solo se volvieron espirituales con el tiempo, místicas por la aburridísima insistencia de la costumbre. Una oración, un sacramento. Las cantaba con los ojos cerrados, siempre con la misma melodía, los mismos acordes, la misma repetición minimalista y vacía de contenido que le daba algún sentido a tener catorce años y sentir siempre tanto sueño, tan pocas ganas de salir.
          Después le ponía el tapón a la bañadera y esperaba, mirándome los pies. Todo un acto de contemplación: analizar qué tan puntiagudos, qué tan redondos. Examinaba lo mal pintadas que estaban las uñas y lo raro de mi panza torpe, que se movía siempre de formas diferentes según la ansiedad de mi respiración. Me gustaba lavarme el fondo del cuerpo, enjuagarme muchas veces las manos, competir conmigo misma a ver qué tan impolutas podían ser las cosas.
          A veces me ponía la crema de enjuague y entrecerraba los ojos, tiraba una de esas bombas de baño que había traído papá de Estados Unidos y veía cómo aquel páramo de agua y espuma se empezaba a parecer un poco más a un cuadro prerrafaelita. Probablemente ese de Ofelia muriéndose que desde mayo mamá había pegado en la heladera y que en realidad parecía una publicidad de Complot. Entonces me metía profundo y dejaba que inundara todos los tubos eléctricos de mi cabeza. Me gustaba el sentimiento raro y salado que los químicos le daban al agua, mis sienes duras, contraídas por el olor artificial. Y me gustaba, ante todo, el agua. Contaba con las manos y recitaba: No estoy dormida. No estoy dormida. No estoy dormida. Salía a respirar y repetía. Renacía cada vez como si fuera la primera, pura e infantil, luminosa.
          Esto fue antes de que Mateo se fuera y Jeremías desarrollara un largo y doloroso complejo mesiánico. Yo fui, de los Goldstein, la primera obsesionada con el crucifijo y sus sacramentos, apenas consciente de que era una traición a mi pueblo.

En esa época, con Angélica estábamos, también, obsesionadas con un disco de Daft Punk. Discovery. Mateo le decía basura electrónica, pero él tampoco sabía mucho de nada. Solo salía a correr con una velocidad impúdica, y a la tarde se pegaba a la pantalla del living durante horas mirando especiales de TNT. Ensimismado con películas de acción de los ochenta, ese verano lo pasamos en un limbo de ocio y vintage americanos, buscando autores que no nos pertenecían pero que tampoco eran de nadie más. Coleccionábamos libros de afuera y después Angélica y yo –y solo ocasionalmente Mateo– compartíamos los cuentos que estábamos leyendo, nos señalábamos nuestros subrayados y hacíamos de cuenta que entendíamos de qué iba Raymond Carver o las traducciones al inglés de Rubén Darío.
          Cuando Angélica se iba, yo bajaba las persianas y corría a la cocina, donde estaban todos nuestros sistemas de seguridad. Por la cámara oculta y en la pantalla casi azul la veía recorrer el asfalto quemado con sus zapatitos negros y el buzo largo de las tres tiras. La veía prender un cigarrillo y apagarlo al instante. Dos pitadas: eso era lo que Angélica fumaba antes de sentir culpa por aspirar aquel humo tóxico, o antes de cruzarse con una amiga de su mamá. Pero para entonces yo ya había apagado la luz y me había escondido en el baño para bautizarme otra vez.
          No estoy dormida
          No estoy dormida
          No estoy dormida
          Tenía el pelo de seda, estaba siempre perfecto. Angélica me repetía que parecía el vómito de Schwarzkopf de un ángel. No le faltaba razón: había algo en mi cabeza bautizada que se acercaba a la divinidad. Nunca vi a una chica judía tan bautizada, ni a ninguna con el pelo tan lacio y virtuoso como yo a los catorce. Por un momento imperceptible fui la envidia de las chicas de Nordelta (aunque eso, también, pronto desaparecería).

Adentro de casa y sin Angie quemábamos cosas. El verano siempre invitaba a la piromanía. Jeremías quemaba los libros de papá y Mateo sus cochecitos viejos de juguete. Después, Mateo miraba aturdido el mismo punto por horas o se encerraba en su cuarto con manuales de historia que había sacado de la biblioteca del colegio. La única excursión que Mateo hacía, más o menos una vez a la semana, era para buscar alcohol etílico en la farmacia o un tacho nuevo de aluminio en el que poder seguir quemando todo lo que se le cruzaba.
          Por días, nadie salía del living. Y cuando lo hacíamos, cuando teníamos el coraje de salir al Norte y encontrarnos con todos esos amigotes intercambiables, Mateo volvía borracho y Jeremías no volvía at all, al menos por un par de días. Jeremías, creo, se había empezado a drogar. Mateo nunca hubiese hecho algo así: «Drogarse es de idiota –decía–, y yo no soy idiota».
          «La pileta está acá para nada», se quejaba mamá, protestando contra la resaca de Mateo y los ojos secos y rojos de Jeremías. Nadie nada, ni un chapuzón, ninguno toma sol. «Mira quién habla», le respondíamos. Natalia, nuestra madre, no aparecía casi nunca. A veces, a la mañana, la veíamos salir corriendo hacia el trabajo o hacia la casa del novio nuevo; después venían las horas vacías que ella dejaba atrás, el living gigantesco y la comida de delivery en el freezer. Su agenda era de papel milimetrado y siempre estaba ocupada, y en esos espacios muertos la casa era nuestra, terreno liberado. Papá estaba de viaje, siempre. Antes no era tan así. Pero el verano de 2009 fue el verano en el que todos empezaron a desaparecer.

Sin la sensación de movimiento, pero con su necesidad constante, el día en el que las temperaturas llegaron a su máxima salí a caminar sola por la callecita que llevaba al barrio de los Oshiro. Pasé dos o tres días en lo de Angélica porque Jeremías había decidido borrarse del mapa y Mateo estaba ebrio y Natalia no se sabía con quién. Estuvimos unas doce horas escuchando el mismo disco, Angie y yo. Sobre la marcha, a Discovery le habíamos inventado una historia, y cada vez que la repetíamos se complejizaba, cobraba matices nuevos, se renovaba con una frescura que solo ella y yo entendíamos. Era sobre una chica japonesa, como Angélica, y judía, como yo, que salvaba el mundo de alguna suerte de apocalipsis de la inteligencia artificial. Tomaba vitaminas y polvo peruano de maca, era cinturón negro de taekwondo y se bañaba unas seis veces por día: era, básicamente, nosotras. O una proyección de nosotras. Mientras escuchábamos, yo me arrodillaba y dibujaba la historia como un cómic, y Angélica me iba dictando los diálogos desde arriba. Pintábamos a la protagonista con colores profundos y le poníamos brillantina en casi todo el cuerpo. En algún momento de esos días, entre el cuarto y quinto tema del disco, sentí que se me borraba de encima algo parecido a la soledad.
          Después también nos dibujábamos, Angélica y yo: su intensa mirada al Sur y sus hombros anchos, su cara de no importarle nada pero de estar tan asustada como el resto de la gente. Mis brazos torpes, mi nariz de dimensiones problemáticas y los pies chuecos que todavía hoy no saben cómo bailar. Cuando me fui de Las Glorietas, el barrio de ese fin de semana, llevaba debajo del brazo sin depilar un portafolio lleno de colores improbables e historias a las que aún hoy no les encuentro coherencia narrativa.
          Caminaba por el medio de la calle, aunque me hacía doler los pies. «La vereda –me dijo Angélica entonces– es para los turistas. Los locales vamos por la calle y si nos pegan un bocinazo, es un vecino rabioso con el que después, de última, cualquier madre puede lidiar en privado.» Ya lo sabía, pero lo reconfirmé en mi viaje circular de vuelta a casa, bordeando la hilera de casas más ricas, las de La Isla (pas-de-France, como decía mamá con su pronunciación impecable), mientras dejaba que el sol me quemara la piel siempre tan blanca, impoluta. Me acuerdo de llegar insolada, de que Jeremías estaba de vuelta por primera vez en varios días y de no querer salir más. También me acuerdo de que esa tarde conocí a Agustín.
          Agustín era profesor de tenis. Venía de la zona sur del conurbano, lugares que rodeaban la ciudad más allá de la reja, y tenía veintitrés años. Eso lo sé a ciencia cierta por una regla que nos habíamos inventado Angélica y yo y que tenía que ver con los hombres y la democracia. A lo largo de las vacaciones habíamos desarrollado una serie de lineamientos sobre lo que estaba y no estaba bien hacer con los chicos y con cuáles chicos. Pero esa era una importante: si un varón había nacido y vivido en un período de democracia sostenida, a partir de 1983, la mayor parte de los actos románticos estaba aprobada. Eso nos ponía aproximadamente en un límite de una década, medida absolutamente tolerable para contarnos las cosas entre nosotras. Las chicas conservadoras de nuestra clase no suscribían la misma regla, pero la opinión de ellas no importaba, no en las vacaciones de verano. «Un chico nacido en dictadura es un chico roto», decía Angélica, y yo mucho no le creía, porque la democracia no fue nunca el bien último de las cosas, pero besarse con viejos tampoco estaba bien. Cuando Agustín me dijo que tenía esa edad, hice los cálculos rápidos y la maravilla me sorprendió: nacido en el 86, aproximadamente. Aprobadísimo.
          El día en que nos cruzamos por segunda vez, él con barba que parecía de cuatro días (pero que en realidad era lo máximo que le crecía), me repitió la invitación casi formal a tomar whisky después de las clases, al lado del parque. Parecía viejo pero sofisticado, porque tomaba whisky, manejaba su propio auto y siempre decía que amaba su trabajo, con una insistencia poco verosímil, porque había muchas señoras viejas a las que podía estafar. Las amas de casa, pensé, las que tienen el cuello pesado de lagarto e hijos que ya se fueron a vivir al Centro. Lucrarse con nuestro ocio era el trabajo principal de Agustín, y había algo de admirable en eso, como una trampa. Después de todo, las señoras le proporcionaban un trabajo, y eso le permitía militar para el Partido Obrero y seguir estudiando Filosofía.
          Para chicos como Agustín, venir al Norte era como ir a otro país. Al entrar, tenía que mostrar el documento y someterse a una inspección; tenía que mostrar el baúl del auto, la invitación del Tennis Club, esbozar una sonrisa suplicante. Era un chico lindo de Lanús, que parecía exótico a mis ojos y, más que nada, experimentado, vivo. Cuando pasábamos junto a algunas casas hermosas del barrio se quedaba mirando un poco atontado. Le duraba unos segundos y luego volvía a hablar muy rápido y a criticar la forma silbada que teníamos de pronunciar las eses y nuestra tendencia molesta, según él, a abrir demasiado ciertas vocales. Pero no lo imitaba bien, no se daba cuenta de que el sonido no era tan nasal.
          Agustín no sabía mucho de un montón de cosas, pero hablaba de política con fervor. Decía que la revolución iba a llegar y que todo era en realidad un truco del capitalismo. La palabra propaganda se le resbalaba de la lengua frase de por medio. La usaba rápido, sin pensar, como se usaban los dólares en esos años. En retrospectiva, quizás me bañaba tanto por el gusto a revolución barata, a adolescencia tardía y de papel maché que me dejaba Agustín después de charlar. De todas formas le creía todo: me hizo sacarle a mi mamá su edición vieja de 1984, robarle a Jeremías Un mundo feliz, comprar el Manifiesto comunista. Me dio de probar el porro y las canciones lentas de Aristimuño y, por un momento, cuando me contó de su primer profesor de Historia y de su perro muerto, pensé que algo en él me amaba o me podía llegar a amar.

***

Descubre más sobre Atomizado Berlín de Julia Kornberg aquí.

COMPARTE
COMENTARIOS