22/05/2020
Empieza a leer 'Alta fidelidad' de Nick Hornby

 

Antes...

Mis cinco rupturas amorosas más memorables, las que me llevarían a una isla desierta, por orden cronológico: 

1.    Alison Ashworth
2.    Penny Hardwick
3.    Jackie Allen
4.    Charlie Nicholson
5.    Sarah Kendrew

Éstas son las únicas que realmente me dolieron. ¿Qué, Laura? ¿No está tu nombre en esa lista? ¿No lo ves? Calculo que por los pelos podrías entrar entre las diez primeras, pero está claro que para ti no hay sitio entre las primeras cinco; esos cinco lugares están reservados para ese tipo de humillaciones que de verdad te rompen el corazón, y que tú no eres capaz de infligir, así de sencillo. Probablemente, esto que digo parezca más cruel de lo que en realidad quisiera, pero la verdad es que ya somos los dos demasiado mayorcitos para destrozarnos el uno al otro, y eso me parece muy positivo, así que no te tomes a la tremenda tu fracaso por no haber entrado en esa lista. Agua pasada no mueve molino, y el pasado puede irse, por mí, con viento fresco; la infelicidad sólo era algo de veras importante en aquel entonces. Ahora no es más que una pesadez, un inconveniente parecido a tener la gripe o estar sin blanca. Si de verdad quisiste dejarme hecho polvo, tendrías que haberme conocido mucho antes. 

 

1. ALISON ASHWORTH (1972)

Casi todas las noches nos dedicábamos a tontear en el parque, a la vuelta de la esquina de la calle en que vivía. A todo esto, yo vivía en Hertfordshire, pero habría sido lo mismo si hubiese vivido en cualquier otro barrio periférico de cualquier ciudad de Inglaterra: era esa misma especie de barrio periférico, esa misma especie de parque que estaba a tres minutos de casa, nada más cruzar una calle en la que había una corta hilera de tiendas (un supermercado, un quiosco donde además vendían tabaco y dulces y cosas así, un establecimiento de vinos y licores). Por allí no había nada, lo que se dice nada, que te sirviese para hacerte una idea geográfica más o menos precisa de tu paradero; si las tiendas estuvieran abiertas (y cerraban a las cinco y media, cómo no, y a la una los jueves, y el domingo todo el día), se podría probar suerte en el quiosco y comprar el periódico local, pero es muy posible que eso tampoco hubiera sido una pista ni mucho menos decisiva. 

Teníamos doce, trece años, y habíamos descubierto hacía muy poco tiempo la ironía o, al menos, lo que más adelante descubrí yo que era la ironía: sólo nos permitíamos el lujo de jugar en los columpios y en el balancín, montar en el que daba vueltas y en todos los demás aparatos oxidados de los niños pequeños si lo hacíamos con una suerte de distanciamiento irónico por otra parte bastante cohibido. Para ello, había que fingir que estabas distraído (silbando, charlando, jugueteando con una colilla de cigarrillo o con una caja de cerillas; por lo general, era suficiente) o bien fingías un flirteo con el peligro, y así saltábamos de los columpios al llegar al punto en que ya no iban a subir más, o montábamos de un salto en el que daba vueltas cuando estaba claro que ya no podía ir más deprisa, y nos colgábamos de un extremo de la barcarola hasta que se ponía casi vertical. Si conseguías demostrar que estos juegos infantiles encerraban el potencial de hacerte papilla la sesera, entonces no había ningún inconveniente en divertirse con ellos. 

Claro que no teníamos ni gota de ironía cuando se trataba de estar con las chicas. No tuvimos tiempo para desarrollarla. De pronto dejaban de estar allí, o al menos ya no estaban allí de una forma que pudiera interesarnos; a renglón seguido era imposible dejar de verlas, porque estaban por todas partes. En un momento dado te entraban ganas de arrearles un buen tortazo porque una era tu hermana, o la hermana de otro; un minuto después, te entraban ganas de... La verdad, ninguno sabía del todo bien qué era lo que le apetecía hacer a continuación, pero algo tenía que ser, algo. Casi de la noche a la mañana, todas aquellas hermanas de uno o de otro (todavía no había chicas que no fuesen hermanas de éste o de aquél) se habían convertido en personas no ya interesantes, sino incluso perturbadoras.

A ver: ¿había una auténtica novedad, algo distinto de lo que ya teníamos antes? Las voces eran chillonas, pero una voz chillona no te sirve de mucho, las cosas como son: te convierte en un personajillo más ridículo que deseable. Y los primeros brotes de vello púbico eran nuestro secreto, un secreto estrictamente guardado entre cada cual y su calzoncillo; aún tendrían que pasar años hasta que una persona del sexo opuesto pudiese verificar que ese vello estaba donde tenía que estar. Las chicas, en cambio, tenían tetas bien visibles; por si fuera poco, tenían una nueva forma de caminar, con los brazos cruzados sobre el pecho, en una postura que a la vez disimulaba y llamaba la atención sobre algo que acababa de ocurrirles. Y luego apareció el maquillaje, el perfume a la fuerza barato y a veces aplicado con total inexperiencia, cómicamente incluso, a pesar de lo cual era un síntoma aterrador de que las cosas habían avanzado sin contar con nosotros: habían avanzado hasta dejarnos muy atrás, y habían avanzado a nuestras espaldas.

Empecé a salir con una de ellas... O no, no fue del todo así, ya que yo no tuve lo que se dice nada que ver con la decisión. Tampoco podría decir que ella empezó a salir conmigo, porque el problema está precisamente en esa frase hecha, «salir con», pues hace pensar en que de algún modo existe cierta paridad e igualdad. Lo ocurrido fue, lisa y llanamente, que la hermana de David Ashworth, Alison, se alejó adrede del grupo femenino que todas las tardes se juntaba en un banco del parque y entonces me eligió, me pasó el brazo por el hombro y me alejó de la barcarola, que era donde solíamos estar nosotros. 

Ahora mismo no recuerdo del todo bien cómo lo hizo. No creo que ni siquiera me diese cuenta en el momento, porque en medio de nuestro primer beso, de mi primer beso, sí recuerdo haberme sentido absolutamente perplejo, totalmente incapaz de explicar cómo habíamos llegado a tener esa intimidad Alison Ashworth y yo. Ni siquiera estaba muy seguro de cómo había terminado yo en el lado del parque que le correspondía a ella, lejos de su hermano, de Mark Godfrey y de todos los demás; tampoco sabía cómo nos habíamos apartado de su grupo, ni entendía por qué inclinó su cara hacia la mía, levemente ladeada, de tal manera que sí supe en cambio que tenía que colocar mis labios sobre los suyos. Todo ese episodio sigue desafiando cualquier explicación racional. Lo cierto es que todo aquello ocurrió así, y no es menos cierto que casi todo volvió a ocurrir la tarde siguiente, y también la tarde que siguió.

¿Qué pensaría yo que estaba haciendo? ¿Qué pensaría ella? Ahora, cuando me apetece besar a una chica de esa manera, con toda la boca, con la lengua, es porque quiero además otras cosas: una relación sexual, ir el viernes por la noche al cine, pasar buenos ratos juntos, charlar, fundir nuestras respectivas redes de familiares y amigos, que me lleve Beecham Lemon a la cama cuando estoy con gripe, que un día me regale unos auriculares nuevos, puede que un niño que se llame Jack, una niña que se llame Holly o quizá Maisie, aún no lo tengo decidido. En cambio, con Alison Ashworth no quería lo que se dice nada que tuviera que ver con todo eso. No quería tener hijos, está claro, porque los dos éramos unos críos; no quería ir con ella al cine los viernes por la noche porque íbamos al cine los sábados por la mañana, y no quería que me trajese Beecham Lemon a la cama porque de eso ya se ocupaba mi madre, y dudo mucho que quisiera tener una relación sexual, por favor, Dios mío, ¿para qué iba yo a querer una relación sexual, que no en vano era el invento más repugnante y más aterrador de principios de los setenta? 

Entonces, ¿qué sentido pudo tener aquel amago de lote que nos dimos? La verdad es que no tuvo ningún sentido. Los dos estábamos perdidos en el espacio. En parte tuvo que ser imitación (si pienso en las personas a quienes había visto besarse antes de 1972, se me ocurren James Bond, Simon Templar, Napoleón Solo, Barbara Windsor y Sid James, o quizá Jim Dale, Elsie Tanner, Omar Shariff y Julie Christie, Elvis y montones de actores en blanco y negro que mi madre siempre tenía ganas de ver por televisión, aunque ellos nunca movían la cabeza de un lado a otro), en parte tuvo que ser esclavitud hormonal, en parte cedimos a un grupo de presión (porque Kevin Bannister y Elizabeth Barnes ya llevaban quince días dándose el lote), en parte tuvo que ser pánico ciego... No hubo la menor conciencia de lo que estábamos haciendo, como tampoco hubo deseo, ni placer, más allá de una calidez desconocida y moderadamente agradable, localizada en la boca del estómago. Éramos animalillos, lo cual no equivale a decir que al cabo de una semana estuviéramos quitándonos la ropa el uno al otro; sólo quiero decir, metafóricamente hablando, que habíamos empezado a olisquearnos el uno al otro, y que ese olor no nos resultó del todo repelente. 

Pero te diré una cosa, Laura. Al cuarto día de nuestra relación, aparecí por el parque, como todas las tardes, y me encontré a Alison sentada en el banco, pero con el brazo en torno a Kevin Bannister. Elizabeth Barnes no estaba por allí. Nadie dijo nada: ni Alison, ni Kevin, ni yo, ni tampoco los retrasados que estaban sentados en la barcarola, los que sexualmente aún no se habían iniciado: ellos tampoco dijeron ni pío. Me quedé de piedra, me puse colorado, y de pronto se me olvidó cómo caminar sin ser plenamente consciente de todas y cada una de las partes de mi cuerpo. ¿Qué hacer? ¿Adónde ir? No quería pelearme; mucho menos quería quedarme allí sentado con los dos; no tenía ningunas ganas de irme a casa. Por eso, concentrándome a fondo en los paquetes de tabaco barato que señalaban el camino entre la zona de las chicas y la de los chicos, y sin levantar la vista, sin mirar atrás, sin mirar a uno u otro lado, volví a las prietas filas de los chicos solos que estaban donde la barcarola. A mitad de camino cometí mi único error de apreciación: me detuve a mirar qué hora era en mi reloj, aunque por mi vida puedo jurar que no tengo ni idea de qué intenté transmitir de ese modo, ni a quién pretendía engañar. Al fin y al cabo, ¿qué hora tendría que ser para que un chaval de trece años se alejase de una chica y volviera a los columpios con las palmas de las manos sudorosas, el corazón desbocado, a punto de echarse a llorar? Desde luego, no las cuatro de una nublada tarde de septiembre.

Le gorreé un pitillo a Mark Godfrey y fui a sentarme a solas en un columpio. 

–Vaya mariconazo –espetó David, el hermano de Alison. Le sonreí en señal de agradecimiento. 

Total, que eso fue todo. ¿En qué me había equivocado? La primera tarde, parque, pitillo, lote. La segunda, ídem de ídem. La tercera, tres cuartas partes de lo mismo. La cuarta, zas, se acabó. Vale, entendido. Tal vez tendría que haberme fijado en las señales. Puede que al llegar al segundo ídem, hubiese debido interpretar que estábamos metidos en una encerrona, que yo había dejado que las cosas se estropeasen, hasta el punto de que ella andara en busca de otro. ¡Pero ella también podría habérmelo dicho! Al menos, podría haberme concedido un par de días de margen para que intentase arreglar las cosas.

Mi relación con Alison Ashworth había durado seis horas (es decir, las dos horas que iban desde el final de las clases al telediario, tres veces en total), así que tampoco podría afirmar que me acostumbré a estar con ella, ni que no supe comportarme. La verdad es que apenas recuerdo nada de ella. ¿Que tenía el pelo largo y negro? Puede ser. ¿Que era bajita? Más baja que yo, eso seguro. ¿Ojos rasgados, casi orientales, y tez morena? Ésos podrían ser sus rasgos, pero puede que correspondieran a los de cualquier otra. Da lo mismo. Ahora bien, si esta lista estuviera confeccionada por orden de mayor a menor tristeza, en vez de por orden cronológico, yo la pondría directamente en el número dos. Sería agradable pensar que a medida que envejezco también los tiempos van cambiando, las relaciones de pareja son más sofisticadas, las mujeres son menos crueles, todos tenemos la piel más curtida, reaccionamos con más agudeza, tenemos el instinto más desarrollado. No obstante, es como si aquella tarde en el parque contuviese un elemento que ha seguido estando presente en mí; todas mis historias románticas, todas las demás, parecen una versión improvisada sobre aquel modelo. Es verdad que nunca más tuve que dar aquella larga caminata, y es verdad que las orejas no se me han vuelto a poner tan coloradas; nunca más he tenido que contar los paquetes de tabaco que había en el suelo para ahorrarme las miradas burlonas, para contener las lágrimas... No, la verdad es que todo aquello no ha vuelto a suceder así. Pero a veces tengo una sensación muy similar.

 

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Traducción de Miguel Martínez-Lage.

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Alta fidelidad

 

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