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Empieza a leer 'A sangre fría' de Truman Capote
1. Los últimos que los vieron vivos
El pueblo de Holcomb está situado en las altas planicies trigueras del oeste de Kansas, un territorio solitario que los demás habitantes de Kansas llaman «allá». A unos cien kilómetros al este de la frontera de Colorado, el campo, con sus duros cielos azules y su aire diáfano de desierto, tiene una atmósfera más propia del Lejano que del Medio Oeste. El acento local tiene un deje de la pradera, una gangosidad de peón de rancho, y los hombres –muchos de ellos– llevan pantalones ajustados de la frontera, sombreros Stetson y botas puntiagudas y de tacones altos. La tierra es llana, y las vistas son enormemente extensas: los caballos, los rebaños de ganado, el racimo blanco de elevadores de grano que se alzan con la gracia de templos griegos se hacen visibles al viajero mucho antes de llegar a ellos.
También Holcomb se divisa desde la lejanía. No es que sea un lugar donde haya mucho que ver: no es más que un grupo de edificios partido por la mitad por las vías del ferrocarril de Santa Fe, un villorrio anodino limitado al sur por un pardo retazo del río Arkansas (pronunciado «Ar-kán-sas»); al norte por una autopista, la Route 50, y al este y el oeste por praderas y campos de trigo. Después de las lluvias, o del deshielo de las nevadas, el grueso polvo de las calles sin nombre, sin árboles, sin pavimentar, se convierte en el más sucio de los barros. A un extremo del pueblo se levanta una vieja y desnuda estructura de estuco, en cuyo tejado hay un cartel de neón en el que se lee BAILE, pero ya no hay ningún baile y el cartel lleva apagado varios años. Cerca hay otro edificio con un letrero superfluo, de un dorado desconchado, sobre una ventana sucia: BANCO DE HOLCOMB. El banco quebró en 1933, y sus antiguas oficinas se han convertido en apartamentos. Es uno de los dos «edificios de apartamentos» del pueblo; el otro es una mansión destartalada conocida como «la casa de los profesores», ya que una buena parte del profesorado local vive en ella. Pero la mayoría de las casas de Holcomb son de madera y de una sola planta, con porches en la parte delantera.
Junto a la estación de tren, una mujer enjuta con chaqueta de cuero crudo y vaqueros y botas de cowboy, dirige la destartalada oficina de correos. La estación misma, con su pintura amarilla desconchada, es igualmente melancólica. El Jefe, El Superjefe y El Capitán pasan todos los días, pero estos famosos expresos jamás se detienen en ella. Ningún tren de pasajeros lo hace –sólo algún que otro mercancías–. Arriba, en la autopista, hay dos gasolineras: una de ellas hace también de tienda de comestibles –bastante poco surtida–, y la otra de cafetería: el Café Hartman, donde la señora Hartman, la propietaria, sirve sándwiches, café, refrescos y cerveza de 3,2° (Holcomb, como el resto de Kansas, es «seco»).
Y eso es todo, en realidad. A menos que se incluya –como es de rigor– la escuela de Holcomb, un centro con muy buen aspecto que revela un detalle que la apariencia de la comunidad de otra forma ocultaría: que los padres que mandan a sus hijos a este colegio moderno y reputado y con buen profesorado –abarca desde el jardín de infancia hasta los últimos años de secundaria–, que cuenta con una flota de autobuses escolares –para unos trescientos sesenta alumnos, normalmente– que se desplazan a distancias de hasta veinticinco kilómetros, son, por lo general, gente próspera. En su mayoría rancheros. Y de ascendencia muy diversa: alemanes, irlandeses, noruegos, mexicanos, japoneses... Crían vacas y ovejas, cultivan trigo, mijo, plantas para forraje y remolacha. El de agricultor es siempre un oficio arriesgado, pero en el oeste de Kansas quienes se dedican a él se consideran a sí mismos «jugadores natos», pues han de enfrentarse a lluvias muy escasas (la media anual es de cuatrocientos cincuenta mm) y a problemas de riego angustiosos. Sin embargo, en los últimos siete años no ha habido sequía. Los granjeros del condado de Finney, del que forma parte Holcomb, han tenido jugosas ganancias: el dinero no les ha venido sólo de la actividad granjera sino también de la explotación de las pródigas reservas de gas natural, y la prosperidad pecuniaria se refleja en el nuevo colegio, en el confortable mobiliario de las granjas y en los altos y repletos elevadores de grano.
Hasta una mañana de mediados de noviembre de 1959, pocos norteamericanos –de hecho, pocos habitantes de Kansashabían oído hablar de Holcomb. Al igual que las aguas del río, que los automovilistas de la autopista, que los trenes amarillos que pasaban vertiginosamente por las vías de Santa Fe, la tragedia –en forma de algún suceso extraordinario– jamás se había detenido en Holcomb. Los vecinos del pueblo –doscientos setenta– estaban contentos de que así fuera, satisfechos de llevar una vida común y corriente: trabajar, cazar, ver la televisión, asistir a los actos del colegio y a los ensayos del coro, reunirse en el Club 4-H. Pero de pronto, en las primeras horas de aquella mañana de noviembre, domingo, ciertos ruidos extraños interfirieron en los sonidos nocturnos normales de Holcomb: en la histeria lastimera de los coyotes, en el chasquido seco de las raudas plantas rodadoras, en el gemido que se aleja velozmente del silbato de las locomotoras. Ni un alma del dormido Holcomb los oyó entonces: cuatro disparos de escopeta que acabaron –de incluirlos a todos– con seis vidas humanas. Pero luego la gente del pueblo, hasta entonces tan poco temerosos unos de otros como para que raras veces se molestaran en cerrar con llave la puerta de sus casas, se vio a sí misma recreándolos en su fantasía una y otra vez; aquellos sombríos estampidos desencadenaron unos fogonazos de desconfianza a cuyo fulgor muchos viejos vecinos empezaron a verse unos a otros de un modo extraño, y como a extraños.
El dueño de la granja River Valley, Herbert William Clutter, tenía cuarenta y ocho años, y, como resultado de un reciente chequeo médico para su seguro de vida, había sabido que estaba en inmejorables condiciones físicas. Aunque llevaba gafas sin montura y era de estatura normal –poco más de un metro setenta y cinco–, el señor Clutter tenía una figura muy varonil. De hombros anchos y pelo aún oscuro, su semblante seguro de sí mismo, de mandíbula cuadrada, conservaba un aire de juventud saludable, y sus dientes –sin manchas y lo bastante fuertes como para cascar nueces– seguían intactos. Pesaba setenta kilos, los mismos que el día en que se licenció en agricultura en la Universidad Estatal de Kansas. No era tan rico como el hombre más rico de Holcomb, el señor Taylor Jones, un ranchero de la vecindad. Pero era el vecino más conocido de la comunidad, y un destacado ciudadano tanto en ella como en Garden City, la cercana capital del condado, donde había presidido el comité para la construcción de la recientemente inaugurada Primera Iglesia Metodista, que había costado ochocientos mil dólares. A la sazón era presidente del Congreso de Organizaciones Agrícolas de Kansas, y su nombre era respetado por todos los expertos agrónomos del Medio Oeste, al igual que en ciertos despachos de Washington, donde había sido miembro del Consejo Federal del Crédito Agrícola durante la administración de Eisenhower.
El señor Clutter sabía muy bien lo que esperaba del mundo, y en gran medida lo había conseguido ya. En la mano izquierda –en lo que le quedaba de un dedo destrozado años atrás por una máquina agrícola– llevaba un anillo de oro sencillo, símbolo de su matrimonio hacía un cuarto de siglo con la persona con la que siempre había querido casarse: la hermana de un compañero del colegio, una chica tímida, delicada y piadosa llamada Bonnie Fox, tres años más joven que él. Bonnie le había dado cuatro hijos: primero tres niñas, y luego un varón. La mayor, Eveanna, casada y madre de un niño de diez meses, vivía en el norte de Illinois pero visitaba con frecuencia Holcomb. La esperaban con su familia dentro de un par de semanas, pues sus padres planeaban una gran celebración para el Día de Acción de Gracias, a la que asistiría todo el clan Clutter (oriundo de Alemania; el primer emigrante Clutter –o Klotter, como se escribía originalmentellegó a la región en 1880). Habían convocado a una cincuentena de familiares, alguno de los cuales viajarían desde lugares tan lejanos como Palatka (Florida). Tampoco Beverly, la chica que seguía en edad a Eveanna, residía ya en la granja River Valley. Vivía en Kansas City, donde estudiaba enfermería. Beverly estaba prometida a un joven estudiante de biología, a quien su padre había dado el beneplácito de forma entusiasta. Las invitaciones para la boda –programada para la semana de Navidad– ya habían sido impresas. Kenyon, el varón –que a sus quince años era ya más alto que el señor Clutter–, y la pequeña, Nancy, un año mayor que él –y la niña mimada del pueblo–, eran por tanto los únicos que vivían en la granja con sus padres.
Con respecto a su familia, el señor Clutter sólo albergaba un grave motivo de inquietud: la salud de su mujer. Bonnie era una mujer «nerviosa», padecía «pequeños accesos» (como de forma eufemística los definían sus allegados). No es que la verdad sobre las «dolencias de la pobre Bonnie» fuera en absoluto un secreto; todo el mundo sabía que la señora Clutter llevaba ya unos seis años recibiendo esporádica asistencia psiquiátrica. Pero incluso este delicado asunto de su dolencia había recibido un rayo de sol hacía unos días. El miércoles anterior, al volver de dos semanas de tratamiento en el Wesley Medical Centre de Wichita, su habitual lugar de internamiento, la señora Clutter había traído a su marido una noticia casi increíble: la raíz de su mal –le había explicado con júbilo– no estaba –según habían diagnosticado finalmente los médicos– en su cabeza sino en su columna vertebral. Lo que tenía era físico: una vértebra desviada. Por supuesto, debía someterse a una operación, y luego..., bueno, volvería a ser «la de antes». ¿Era posible que todo –la tensión, el retraimiento, los sollozos ahogados en la almohada y tras la puerta cerrada con llave– se debiera a un problema de columna? Si así fuera, el señor Clutter, al bendecir la mesa del Día de Acción de Gracias, podría entonar una plegaria de gratitud sin reservas.
Normalmente, el señor Clutter empezaba su jornada a las seis y media de la mañana; solían despertarlo el sonido metálico de los cubos de leche y el parloteo susurrante de los dos chicos que los traían, hijos de Vic Irsik, uno de sus peones. Pero aquel día se quedó en la cama un poco más. Dejó que los hijos de Vic vinieran y se fueran, porque la noche anterior, un viernes trece, había sido agotadora (aunque bastante estimulante). Bonnie había vuelto a ser «la de antes»: como anticipo de la normalidad y el vigor que pronto recuperaría se había pintado los labios, se había arreglado el pelo y, después de ponerse un vestido nuevo, había acompañado a su marido a la escuela de Holcomb, donde los dos habían aplaudido una representación escolar de Tom Sawyer, en la que Nancy hacía de Becky Thatcher. El señor Clutter había disfrutado mucho viendo a Bonnie de nuevo en público, nerviosa pero sonriente, hablando con la gente. Los dos se habían sentido orgullosos de Nancy; lo había hecho muy bien, sin olvidar ni una coma de su papel, y había estado –como le diría luego, cuando la felicitaban entre bastidores– «muy guapa, cariño; una auténtica belleza sureña». Y lo cierto es que a continuación había actuado como tal, pues, con una reverencia dentro de su vestido de miriñaque, pidió que la dejaran ir a Garden City, donde a las once y media, en el State Theatre, había una sesión especial «de terror de viernes trece», una película que todos sus amigos iban a ver. En otras circunstancias, el señor Clutter le habría dicho que no. Sus normas eran inamovibles, y una de ellas era que Nancy –y también Kenyon– tenía que estar en casa a las diez de la noche todos los días menos el sábado, en que podía llegar a las doce. Pero, ablandado por la grata velada que acababan de pasar, le dio su consentimiento. Y cuando Nancy volvió a casa eran casi las dos. La había oído llegar, y la había llamado, porque aunque no era hombre dado a levantar la voz, quería decirle cuatro cosas no tanto sobre lo tarde que era como sobre el jovenzuelo que la había traído a casa en coche, una estrella del baloncesto del colegio llamado Bobby Rupp.
Al señor Clutter le gustaba Bobby, y apreciaba que, siendo tan joven, fuera tan caballeroso y digno de confianza. Sin embargo, en los tres años que llevaban permitiéndole tener «citas», Nancy, popular y guapa como era, no había salido con nadie más, y aunque el señor Clutter se daba cuenta de que la costumbre de moda entre los adolescentes del país era formar parejas estables, «ir en serio» y llevar «anillo de compromiso», lo desaprobaba, sobre todo desde que no hacía mucho había sorprendido a su hija y a Rupp besándose. Le había sugerido a Nancy que dejara de «ver tanto» a Bobby, y le había explicado que una retirada progresiva le haría mucho menos daño que cualquier posterior ruptura traumática, porque, le recordó, tal ruptura habría de producirse tarde o temprano. La familia Rupp era católica, y los Clutter metodistas, hecho que debería bastar para dar al traste con cualesquiera fantasías que pudieran albergar Nancy y Bobby de llegar a casarse un día. Nancy se había mostrado razonable –no había discutido, al menos–, y ahora, antes de darle las buenas noches, el señor Clutter le hizo prometer que empezaría a distanciarse poco a poco de Bobby.
Sin embargo, el incidente había retrasado su hora de acostarse: las once, normalmente. Y, por lo tanto, cuando despertó a la mañana siguiente –sábado, 14 de noviembre de 1959– eran más de las siete. Su mujer siempre dormía hasta más tarde; de hecho, todo lo posible. Pero mientras se afeitaba, se duchaba y se ponía el pantalón de pana, la chaqueta de cuero de ganadero y las botas de montar, el señor Clutter no temía despertar a su mujer: no dormían en el mismo cuarto. Llevaba varios años durmiendo solo en el dormitorio principal, en la planta baja de la casa: un edificio de madera y ladrillo, de catorce habitaciones distribuidas en dos plantas. Y aunque la señora Clutter tenía su ropa en los armarios de este dormitorio, y los pocos cosméticos y la miríada de medicinas en el cuarto de baño contiguo, de azulejos y ladrillos de cristal azules, se había adueñado en gran medida del antiguo dormitorio de Eveanna, que, al igual que los de Nancy y Kenyon, estaba en la segunda planta.
La casa –diseñada casi por completo por el señor Clutter, que de este modo había demostrado ser si no un gran decorador de interiores sí un sensato y sobrio arquitecto–, se había construido en 1948, y había costado cuarenta mil dólares. (Su precio de mercado era ahora de sesenta mil dólares.) Situada al final de una larga avenida flanqueada por hileras de olmos chinos, la bonita casa blanca se alzaba en medio de una extensa y cuidada parcela de césped bermuda, y era la admiración de Holcomb. Un lugar que la gente siempre señalaba al pasar. En cuanto al interior, mullidas alfombras de color rojo oscuro ocultaban intermitentemente el brillo de los suelos crujientes y barnizados. En el salón había un inmenso diván modernista tapizado con una tela nudosa entretejida con brillantes hilazas de metal plateado; y en el cuartito para el desayuno un banco corrido tapizado con plástico azul y blanco. Era el tipo de mobiliario acorde con el gusto del señor y la señora Clutter, y con el de la mayoría de sus conocidos, cuyas casas, en conjunto, tenían una decoración muy semejante.
Aparte de una asistenta que ayudaba en la casa los días laborables, los Clutter no tenían servicio, de forma que desde la enfermedad de su mujer y la partida de la mayor de sus hijas, el señor Clutter había tenido que aprender a cocinar. O él o Nancy –aunque normalmente Nancy– preparaban las comidas familiares. El señor Clutter disfrutaba con la tarea, y era un excelente cocinero –ninguna mujer de Kansas hacía como él las hogazas de pan de masa fermentada, y sus famosos pastelillos de coco eran lo primero que se vendía en las ferias benéficas de dulces–, pero no un gran comilón. A diferencia de sus vecinos rancheros, prefería con mucho los desayunos espartanos. Aquella mañana le bastaron una manzana y un vaso de leche. Como no tomaba ni café ni té, estaba acostumbrado a comenzar el día sin nada caliente en el estómago. Lo cierto es que desaprobaba todo tipo de estimulantes, por suaves que fueran. No fumaba, y, por supuesto, no bebía. Jamás había probado el alcohol, y tendía a evitar el trato con la gente que lo había hecho (algo que no restringía tanto como podría pensarse su círculo de amistades, ya que el núcleo de éste lo integraban los miembros de la Primera Iglesia Metodista de Garden City, congregación de unos mil setecientos fieles, la mayoría de ellos tan abstemios como el señor Clutter podría desear). Ponía mucho cuidado en no molestar a nadie con sus opiniones, y en adoptar fuera de su reino una actitud exenta de censura, que imponía en el seno de su familia y entre los empleados de River Valley. «¿Bebe usted?», era lo primero que preguntaba a quienquiera que llegara en busca de trabajo, y aunque el hombre respondiera que no, le hacía firmar un contrato de trabajo con una cláusula que especificaba que éste quedaba automáticamente rescindido si al empleado se le sorprendía «con alcohol en su poder». Un amigo –un viejo ranchero pionero en la zona, el señor Lynn Russell– le había dicho una vez: «No tienes compasión, te lo juro, Herb. Si coges a uno de tus empleados bebiendo, lo despides. Y te tiene sin cuidado que su familia se muera de hambre.» Fue quizá la única crítica que jamás recibió el señor Clutter como patrono. Por lo demás, tenía fama de ecuánime, de caritativo, y de pagar buenos salarios y repartir primas frecuentes. Los hombres que trabajaban para él –a veces podían ser hasta dieciocho– no tenían motivos para quejarse.
Después de tomarse el vaso de leche y de ponerse una gorra forrada de lana, el señor Clutter salió con la manzana en la mano a ver qué mañana hacía. Y era una mañana perfecta para comer manzanas: el sol más blanco desde el cielo más azul, y un viento del este hacía susurrar –sin hacerlas caer de las ramas– las últimas hojas de los olmos chinos. El otoño resarcía a los habitantes del oeste de Kansas de los terribles rigores de las demás estaciones: los fuertes vientos invernales de Colorado y las nevadas hasta las caderas que diezmaban las ovejas; la nieve fangosa y las extrañas nieblas bajas de la primavera; y el verano, en el que hasta los cuervos buscan el abrigo de una sombra, por exigua que sea, y la leonada infinitud de los tallos de trigo parece erizarse y arder. Al final, después de septiembre, el tiempo cambia, y llega un veranillo de San Martín que en ocasiones dura hasta Navidad. Mientras el señor Clutter contemplaba este dechado otoñal, se le unió un perro mestizo –tenía algo de colliey juntos se dirigieron tranquilamente hacia el corral del ganado, que estaba junto a uno de los tres graneros de la granja.
Uno de estos graneros era un gigantesco cobertizo prefabricado que rebosaba de grano –de sorgo de Westland–, y otro contenía una verdadera colina oscura y acre de milo, que valía una fortuna (cien mil dólares). Cifra que, ella sola, representaba casi un cuatro mil por ciento de toda la renta del señor Clutter en 1934, el año en que se casó con Bonnie Fox y se trasladó con ella de Rozel, Kansas, su población natal, a Garden City, donde había encontrado un trabajo de ayudante de consejero agrícola del condado de Finney. A los siete meses –algo muy propio de él– fue ascendido; es decir, se le designó para que ocupara el puesto de su jefe. Los años en los que estuvo al frente de esa oficina –de 1935 a 1939– fueron los más polvorientos, los más duros y precarios que había conocido el hombre blanco desde su llegada a la región, y el joven Herb Clutter, cuyo cerebro experto estaba al tanto de las últimas innovaciones en las técnicas de racionalización agrícola, se hallaba perfectamente cualificado para hacer de mediador entre el gobierno y los abatidos granjeros. Éstos necesitaban el optimismo y la formación técnica de aquel joven agradable que parecía saber lo que tenía entre manos. De todas formas, no estaba haciendo lo que deseaba hacer. Hijo de granjero, siempre había querido poseer su propia granja. Al cabo de cuatro años, pues, dejó su puesto como consejero del condado, y arrendó una tierra con dinero prestado, creando así, en embrión, la granja River Valley (nombre apropiado a medias: la finca la surcaba, en efecto, el serpeante río Arkansas, pero no había rastro alguno de ningún valle). Empeño que varios conservadores del condado de Finney contemplaban con un divertido «Muéstranos lo que sabes»; veteranos que gustaban de lanzar pullas al joven consejero del condado sobre sus conocimientos universitarios:
–Muy bien, Herb. Siempre sabes lo que conviene hacer en la tierra de los demás. Planta esto. Haz bancales. Pero quizá veas las cosas de forma diferente si la tierra es tuya.
Se equivocaban. Los experimentos del advenedizo tuvieron éxito; en parte porque, los primeros años, trabajó dieciocho horas al día. Tuvo contratiempos: perdió dos veces la cosecha de trigo, y un invierno, una tormenta de nieve mató a varios centenares de ovejas. Pero al cabo de una década el señor Clutter contaba con casi cuatrocientas hectáreas de su absoluta propiedad, y trabajaba otras mil quinientas en régimen de arrendamiento (como habrían de reconocer sus colegas, «era una hacienda que no estaba mal»). Trigo, simiente de maíz, semillas certificadas de césped, cultivos de los que dependía la prosperidad de la granja. También los animales eran importantes: ovejas y, sobre todo, ganado vacuno. Un rebaño de varios centenares de cabezas de vacuno Hereford llevaba la marca de Clutter, aunque nadie lo diría a juzgar por el escaso contenido del corral del ganado, reservado para los novillos enfermos, unas cuantas vacas lecheras, los gatos de Nancy, y Babe, la mascota preferida de la familia, una vieja y oronda yegua de labranza que jamás ponía objeción alguna a pasear de un lado a otro a tres o cuatro niños montados a horcajadas sobre su ancho lomo.
El señor Clutter le dio a Babe el corazón de la manzana, mientras le daba los buenos días al hombre que limpiaba el corral, Alfred Stoecklein, el único peón que vivía en la granja. El matrimonio Stoecklein y sus tres hijos vivían en una casa situada a menos de un centenar de metros de la casa principal. Aparte de ellos, los Clutter no tenían vecinos en un kilómetro a la redonda. Stoecklein, un hombre de cara larga y largos dientes amarillentos, le preguntó:
–¿Tiene pensado algún trabajo concreto para hoy? Porque la pequeña se ha puesto mala. Mi mujer y yo nos hemos pasado toda la noche en vela con ella. Estoy pensando en llevarla al médico.
El señor Clutter, solidario, le dijo que por supuesto se tomara la mañana libre, y que si su mujer o él podían ayudar en algo no dudara en decírselo. Luego, con el perro trotando delante de él, se encaminó hacia el sur, hacia los campos, ahora de un tono leonado, de un dorado luminoso por los rastrojos.
El río fluía en esa dirección. Cerca de la orilla había un bosquecillo de frutales: melocotoneros, perales, cerezos y manzanos. Según la memoria autóctona, cincuenta años atrás a un leñador apenas le habría llevado diez minutos la tala de todos los árboles del oeste de Kansas. Incluso en la actualidad, sólo se plantan normalmente olmos chinos y álamos de Virginia: árboles de hoja perenne, tan indiferentes a la sed como los cactus. Sin embargo, como el señor Clutter comentaba a menudo, «un poco más de lluvia y esta tierra sería un paraíso. El paraíso terrenal». El pequeño grupo de frutales que crecían junto al río era la plasmación de su intento de crear –hubiera o no lluvia– el paraíso verde, con aroma de manzana, que ambicionaba. Su mujer dijo una vez: «Mi marido se ocupa más de esos árboles que de sus hijos.» Y todo el mundo en Holcomb recordaba el día en que una avioneta averiada cayó sobre los melocotoneros: «¡Herb se puso como un loco! ¡Caray, la hélice ni siquiera se había parado del todo y él ya le había puesto un pleito al piloto!»
Cruzó el bosquecillo de frutales y siguió por la ribera del río, que en aquel punto era poco profundo y estaba salpicado de islotes: pequeñas playas de suave arena en mitad de la corriente, a las que, en domingos del pasado, días del Señor cálidos en los que Bonnie aún «estaba dispuesta a hacer cosas», llevaban cestas de picnic y pasaban tardes familiares esperando un tirón al otro extremo del sedal. El señor Clutter raras veces se topaba con intrusos en su propiedad. A unos dos kilómetros y medio de la autopista y sólo accesible por carreteras secundarias, no era un lugar al que los extraños llegaran por azar. Pero de pronto apareció como por ensalmo todo un grupo, y Teddy echó a correr hacia ellos plantándoles cara. Pero algo fallaba en Teddy. Aunque era un buen perro guardián, siempre alerta, siempre dispuesto a armar un lío de mil demonios ante los desconocidos, en cuanto veía un arma –como en aquel momento, porque los desconocidos iban armados– todo su valor se venía abajo, agachaba la cabeza y metía el rabo entre las piernas. Nadie entendía por qué, porque nadie conocía su historia, aparte del hecho de que era un perro vagabundo que Kenyon había adoptado años atrás. Resultó que los visitantes eran cazadores de faisanes de Oklahoma. La temporada de caza en Kansas –verdadero acontecimiento de noviembre– atrae a riadas de deportistas de los estados vecinos, y durante la semana anterior auténticos regimientos de cazadores con sombreros de cuadros habían desfilado por las vastas tierras otoñales, levantando y abatiendo con ráfagas de perdigones grandes bandadas cobrizas de aves engordadas con buen grano. Si los cazadores no han sido invitados, es costumbre que paguen cierta cantidad al propietario por permitirles perseguir a sus presas en sus tierras. Pero cuando los cazadores de Oklahoma ofrecieron pagar por su derecho de caza, el señor Clutter sonrió, divertido.
–No soy tan pobre como parece. Adelante, cacen todo lo que puedan.
Entonces, tocándose el borde de la gorra, echó a andar hacia casa para dar comienzo a su jornada de trabajo, sin saber que sería la última.
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Traducción de Jesús Zulaika Goicoechea
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