LECTURAS

Empieza a leer 'Bobi' de Roberto Calasso

25/03/2026

«Mi primo Bobi»: para mí ese nombre aleteaba, desde hacía un tiempo, en las palabras de Giorgio Settala (a quien llamábamos el Hombre Bolsón por la gran mochila, de estilo colonial, que siempre llevaba consigo). Cada vez que se evocaba al primo Bobi, el tono cambiaba, como si se entrara en una zona indeterminada, atractiva pero huidiza, distinta de cualquier otra. ¿A qué se dedicaba el primo Bobi? Nadie sabía decirlo. Pero ciertamente estaba un paso por delante de los demás. Incluso del propio Settala, que no podía seguirlo. Settala era un socialista fiel, de los viejos tiempos (principios de los años cincuenta), obediente a la hora de dar una cuota de sus magras ganancias como pintor al partido. Cosa que el primo Bobi reprobaba. Este fue el primer dato que tuve de él.
          Más tarde descubrí que mi hermano Gian Pietro conocía y frecuentaba al «primo Bobi». Así que, al contrario de lo que parecía deducirse de las palabras de Giorgio Settala, no era imposible llegar a él, verlo. Desde entonces se volvió la persona a la que más deseaba conocer en ese lugar todavía ignoto llamado Roma.

¿Qué esperaba encontrar en Bazlen? Exactamente lo que él era, según comprobé. Entre otras cosas, una suerte de huracán silencioso que, también por su completa ausencia de la escena pública, tenía el poder de plegar y aplastar esa geografía preestablecida que constituía entonces no solo la literatura sino, en una concatenación en apariencia inamovible, también el cine, la política, la pintura, el teatro, la moda y todo lo demás. No faltaba talento –incluso, a varias décadas de distancia, casi da miedo pensar en esa profusión imponente, si se observa la pobreza de lo que vino después–, pero faltaba algo. Quizás lo esencial. Bazlen fue para mí eso esencial.
          Bobi vivía en el primer piso de la calle Margutta, 7. Era una habitación alquilada, y disponía de otra más en la que nunca entré; quizás era una parte de un desván. El teléfono estaba en el pasillo. La habitación de Bobi daba la impresión de un orden perfecto, sin por ello estar particularmente ordenada. A la izquierda, la cama, donde se desarrollaban las funciones más importantes: leer, escribir, dormir. Algunas pilas de libros, algunos permanentes, otros de paso. Se reconocía enseguida esa diferencia. En medio, una mesa minúscula. En un rincón, un hornillo para el café. Bobi vestía un jersey noruego marrón oscuro, un color atenuado por el tiempo, que me gustó de inmediato. No se andaba con rodeos. Enseguida se puso a hablar de la traducción, de Williams, del estilo de Campo. Era de las pocas personas cuyas palabras se clavaban en la mente de quien las escuchaba, no solo por lo que decían sino por el timbre, el tono, una cierta gestualidad implícita. Daba por sentado que la traducción era muy buena –y era la pura verdad. Pero quería también algo más. Williams no debía aparecer solo como el Dichter, el «poeta». Dichter es una palabra que, en alemán, es más que «poeta». Es la creatividad en su significado más amplio, que todo lo envuelve, subyugante. Toda la literatura alemana se yergue y guía por esta palabra, que ha tenido solo allí la oportunidad de encarnarse plenamente en un hombre y una obra: Goethe.
          Bobi quería que Williams se mantuviera lo más lejos posible de ese concepto. Era un médico yanqui, que iba a visitar a sus pacientes con el maletín de instrumentos y, en el ínterin, unos versos brotaban de él, a veces al modo de un literato chino, a veces como un astuto modernista. Nadie como Cristina supo captar cada una de esas figuras. Bastaba con que no acentuara el Dichter. En definitiva: no había que cambiar nada. Quizás solo releer y aligerar allí donde existía la sospecha de una belleza demasiado evidente. Todo esto dicho en pocas palabras, al sesgo, como si Cristina ya lo supiera.
          Yo estaba fascinado. No había nada novedoso ni sorprendente en lo que decía Bobi, pero el contenido implícito parecía enorme y no coincidía con la actitud, firme y reluciente, de Cristina. «Tengo dos manos», decía ella con frecuencia. «Una es Hofmannsthal, la otra es Simone Weil.» No podía actuar de otra manera. Su territorio, un templum, estaba ya dibujado. Bobi lo intuía, lo aprobaba, no tenía nada que objetar, pero miraba también más allá. ¿Adónde? No estaba claro, pero yo estaba ahí para descubrirlo. Después de ese día empezamos a vernos a solas, cada vez con mayor frecuencia. Ya no en su casa, sino en lugares extravagantes, dentro y fuera de Roma. Nunca he aprendido tanto como en aquellos paseos improvisados.

Antes de que la invadiera la palabra boom, Margutta era una tranquila calle pueblerina, llena de negocios de ebanistas, restauradores, copistas –y algún pretencioso anticuario. Desde allí se desembocaba en la calle del Babuino como en la gran ciudad, en ese nervio que unía el trapecio delicioso de la plaza de España con la plenitud circular de la plaza del Popolo.
          La más alta concentración de elegancia y atrevimiento aparecía en la esquina entre la calle Condotti y la plaza de España. Allí podía verse pasar, como un golpe de viento, a mujeres de cautivante belleza, que venían de quién sabe dónde e iban a quién sabe dónde. Esta era la escena con que se encontraba Bobi cuando salía de su casa. Entonces la propia Roma pareció por un momento incrédula respecto de lo que le había sucedido. Como después de toda guerra, y esta vez más que nunca antes, había quien pensaba que todo había cambiado. Incluso Bobi, por razones que nada tenían que ver con las de quienes lo rodeaban. Sin embargo, también él cambió de opinión. Llegó un momento –me contó– en que vio la Tercera Guerra Mundial. Una pareja irreprochable (hubieran podido ser E. M. Remarque y Paulette Goddard) se inclinaba para mirar con atención adquisitiva la vitrina de un anticuario que relucía de preciosos objetos que habían sobrevivido. Entonces todo volvía a empezar. Todo era como antes.
          Pero había otra visión que hacía de contrapeso. Adyacente a la escalinata estaba siempre, en la plaza de España, Babington, sala de té austera y acogedora. Todas las mañanas un mendigo se apostaba cerca de la entrada y hacía su trabajo. Poco antes de las cinco entraba y pedía un té completo. Después, se quedaba hasta la hora del cierre. Bobi también era un habitual del Babington. Era verdaderamente caro.

Lo que más me atraía y me conmovía de Bobi era todo lo que decía sobre libros, que yo después rumiaba en el intento de conectar los puntos, a veces muy distantes. Pero había algo anterior, y acaso más importante, que sostenía sus palabras. Con él, por primera vez, tuve la impresión de estar frente a alguien que había conseguido desembarazarse de todas las ideas corrientes (que eran muchas, entonces –y muy difíciles de sacudirse de encima). Parecía haberlas atravesado en un tiempo remoto, como enfermedades infantiles. Era otro modo de respirar, evidentemente –y era lo que uno sentía a su lado, sin que él nunca hablara de ello. Una euforia peculiar e irrazonable lo coloreaba todo.
          Lo que más me importaba eran los libros. Quería descubrir en qué pensaba Bazlen para haberse distanciado de tal modo de todo lo que nos rodeaba. Enseguida me habló de dos escritores a los que yo apenas había oído nombrar; eran surrealistas parisinos y rebeldes: René Daumal y Roger Gilbert-Lecomte. Por el modo en que hablaba de ellos parecía que hubieran tratado el surrealismo como un obstáculo, como algo que ya era viejo cuando nació. Iban en busca de otra cosa –algo que ya habían experimentado en ellos mismos, con pruebas y peligros, cuando tenían poco más de veinte años. Habían dado de inmediato en el blanco. Eran los creadores de una revista de vida breve, Le Grand Jeu, porque en esa época era casi una obligación sacar una revista. Pero sobre todo habían apuntado a las cosas que los jóvenes de mi edad, a principios de los años sesenta, estaban todavía lejos de averiguar: las conexiones entre Spinoza y el Vedanta, Guénon, la vigilia. Si uno buscaba un buen punto de partida, no había ninguno mejor.
          Fue un consuelo y un cambio brusco de perspectiva. Guénon era ya una obsesión para mí (y no podía ser de otro modo, cuando uno se acercaba a él) y el Vedanta era la primera epifanía india que poco a poco se me revelaba. Lo que contaba era sobre todo la mezcla: el París de aquellos años, la fiebre de las vanguardias y la decisión de abandonarlas. Daumal y Gilbert-Lecomte eran un modo de atravesarlo todo, que ellos entrevieron y que iba a quedar interrumpido enseguida. Murieron, ambos, muy jóvenes.
          Esperaba también el nombre de algún escritor único, cercano o lejano, que hiciera aflorar en Bazlen su peculiar sello resolutivo. Fue Strindberg. Parecía que se tratara no de quien era ya un clásico moderno, sino de alguien todavía vivo, que podía estar de visita en Roma. La palabra para él, recuerdo, era «sobrecalentado». Strindberg implicaba que la temperatura de golpe se volviera incandescente. Podía decir enormidades sobre cualquier asunto, las mujeres, la ciudad como una forma de acoso, la mezquindad. Siempre quedaba una huella candente de sus palabras.

En Roma, en el ambiente literario, todos conocían a Bazlen, o pretendían conocerlo. Estos últimos eran la mayoría –y se reconocían enseguida porque compartían un repertorio de anécdotas, por lo general imprecisas o equivocadas, que se referían a él. Muchos decían que lo veían, cuando en verdad él no veía a nadie. Algunos de los que sí lo conocían se referían a él con una admiración, y a veces devoción, que no tenía necesidad de pruebas (Elena Croce, Giacomo Debenedetti, Elsa Morante). Sobre cada uno de ellos el juicio de Bazlen era penetrante, carente de indulgencia, milimétrico. Pero ya se había alejado de ellos. Pertenecían a otra etapa de su vida.

Si me preguntaran cuál fue, en aquellos primeros meses, el mayor efecto que me provocó Bazlen diría: me disuadió de escribir. Estaba a punto de salir, en Paragone, un largo ensayo mío titulado «Th. W. Adorno, el surrealismo y el “maná”», una densa y postrera prolongación de una pasión adolescente, que había empezado con la impetuosa lectura de Minima moralia –y recuerdo que estaba aterrorizado ante la idea de que Bazlen lo leyera. No tanto porque sabía que era refractario a Adorno (decía acerca de él algunas palabras malvadas, que me escocían: «Es uno de esos que se perfuman porque temen oler mal»), sino porque sospechaba, y no estaba equivocado, que, según él, el hecho mismo de escribir era un obstáculo que debía ser superado lo antes posible, a pesar de que era casi inevitable en los jóvenes. Era todo lo contrario de aquellos que hasta el día anterior se preparaban para escribir, como si fuera el objetivo último de la vida. Evidentemente tenía que haber algo más. ¿Qué era? Debía ser algo que se manifestara a través de determinados libros. De los libros se partía y a los libros se llegaba. A su modo, era la mejor justificación de lo que Bazlen hacía todos los días: hablar de libros, quizás a un amigo, y acaso también a un editor. Era una actividad que solo una persona sabía practicar hasta sus últimas consecuencias: el propio Bazlen.

En Roma, un recién llegado no es un turista sino un peregrino. Entre estos se cuentan los no pocos expatriados que pasaron por Roma inmediatamente después de la guerra, en años de potencial felicidad y comodidad asegurada (entre ellos estuvieron W. H. Auden, que más tarde se instaló en Forio; Ingeborg Bachmann, Muriel Spark o Gore Vidal). La ciudad exigía solo unos pocos dólares y ofrecía magníficos palacios ruinosos que se podían alquilar al precio de escuálidos departamentos de la periferia. La playa estaba cerca y era fácilmente accesible. La cocina era mediterránea, sin necesidad de definirse como tal.
          Todos eran examinados y aceptados, aunque siempre con ironía, porque se los consideraba como seres incompletos dada su necesidad de ir en busca de aquello que deberían tener de nacimiento y de lo que sin embargo carecían. Civis Romanus sum es un sentimiento expandido por el catolicismo, aunque sin fundamentarse ya sobre las armas. Bastaba con una sonrisa sesgada o con esa reducción de cualquier cosa a la crudeza, que terminó por materializarse en los versos de Giuseppe Gioachino Belli.
          Bazlen no era turista ni peregrino. Su búsqueda tendía hacia Oriente, esa parte de la tierra sobre la que el espíritu romano apenas había conseguido ejercer su poder militar y, en fin, su corrosivo sarcasmo. No se sabía con precisión dónde empezaba ni dónde terminaba ese Oriente. Era, en todo caso, el lugar de quien se hubiera desembarazado del deseo de fijarse una meta, que es, en cambio, lo que quiere todo peregrino.
          Era este, acaso, el no-lugar de Bazlen, la soltura que lo volvía inapresable, tal como ya se me había aparecido en las palabras de mi primo Giorgio Settala.

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Traducción de Edgardo Dobry

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