LECTURAS

Empieza a leer '¡Adelante, Cronófobos!' de Diego Garrido

25/03/2026

A Lourdes, Félix y Arturo

 

Io vi esorto, o giovani, a tener cara la memoria di Giacomo Leopardi, e studiarne amorosamente le opere; ma guardatevi dal ripeterne i pensieri e dall’imitarlo nella dolorosa poesia, perché egli fu una misera eccezione della natura umana.
DE SANCTIS

I know, however, of a young chronophobiac...
NABOKOV

 

Amanda dice que mi primer recuerdo es en realidad el suyo –que se lo he robado. Son tres gigantes en fila india: verde, rojo y azul brillando en la oscuridad. Cada uno ocupa uno de los tres grandes paneles del armario y me van a comer. Llevan al hombro una azada acorde a su color y un gorrito de campo. Están muy enfadados conmigo porque tengo mucha fiebre. (Madrid, 2 de junio de 2023.)

A veces sueño con una casa, que va cambiando y es la casa de mi infancia. En ella viven algunas personas que también cambian y son mi familia. Yo las quiero un montón, porque tenemos infinitos recuerdos compartidos. Cuando despierto desaparecen o se mezclan con las de verdad. Y pienso que la vida es apenas un asunto de plasmas y de cables, de quimeras.
          Estos parientes del sueño saben un secreto –uno importante. Yo no los termino de escuchar cuando ellos quieren decírmelo al oído. Mueven los labios, pero no lo comprendo. O soy casi ciego y no puedo verlos como me gustaría, y mis esfuerzos solo lo complican más. O logro escucharlos, y verlos y tocarlos, y comparto por unos instantes su secreto, que desde luego era importante; pero lo olvido. Y me revuelvo un rato entre las sábanas y miro el techo, y clico el Instagram y voy al baño. Entonces siento que les he fallado pero que ya habrá más oportunidades. Que tarde o temprano lo traeré conmigo.
          A veces sueño con mi gato muerto, que en realidad no está muerto y yo, que soy tonto, lo he enterrado. Voy corriendo hasta su tumba, que está en nuestra casa de El Segadillo y es a menudo otro lugar, y lo saco de allí y le pido mil veces perdón. Él me perdona y yo le pongo mucha comida húmeda, que era su favorita, y le limpio la tierra con caricias y lo cubro de besos. Está muy delgado y feliz, y me agradece infinitamente.
          También sueño con una chica, que no es ninguna chica pero que a veces deja verse un poco en los ojos de las chicas, como si hubiese allí dos personas en lugar de una. O una persona y su parásito. Y yo quiero mucho a este parásito, que quizá sea el amor de mi vida. (Madrid, 3 de junio de 2023.)

El segundo sí –es solo mío. Estoy en Caballito Verde, el parvulario; estoy muy nervioso. Paseo, respiro, paseo. Abro una de las bandejas de juguetes y rebusco fingiendo indiferencia, dentro de mi puño queda el coche azul; meto mi puño en el bolsillo y saco la palma limpia. Soy un criminal comparable a Atila y al Vampiro de Valaquia –me noto el corazón.
          Luego apenas nada: el camino a casa lleno de orugas; ríos de lágrimas frente a un hombre con un disfraz; La Tostadora Valiente a Marte y al rescate; un olor de pólvora en Nicaragua; un mechero de oro y del Zaragoza que el Abuelo hace desaparecer; un «¡Qué suerte!» de la Abuela y dos galletas mordisqueadas por los Reyes Magos; un mapa del tesoro en letra de Mamá; mi hermana con sus manguitos y yo fuera rezando; una lagartija que se retuerce y me deja con su cola al sol; un horrible batido grumoso para niños delgados; el picotazo de una oca; un balón viejo que puedo abrazar; el circo de Miliki en el coche y mis dedos la batuta. Entonces, más o menos, hago pie –entro al Colegio Arcángel.

Ahora un capítulo de Las Supernenas. Es el año 2004 y mi patria son la Play y Cartoon Network: la patria más amable que he tenido: la mejor de todas ellas.
          Pétalo, Burbuja y Cactus echan una carrera a la salida del colegio, empiezan las vacaciones de verano. Se insultan, se enfadan y alcanzan una velocidad tan alta que se borran, desaparecen para los otros; veo un gran reloj que da los segundos como si fueran campanadas de catedral. Cuando en apenas un instante llegan a casa, las hermanas lo encuentran todo cambiado –un Efecto 2001, o El planeta de los simios. Su padre es un viejo lleno de verrugas que habla solo y una y otra vez intenta volver a crearlas en un caldero de cobre. Pero no recuerda la fórmula. Y grita y se golpea y se tira de los pelos. Cuando las ve, piensa que se trata de uno de tantos espejismos sufridos en estos largos años de ausencia, e intenta atacarlas a pesar de que casi no puede moverse. Ellas se marchan llorando y sin entender. Fuera, descubren su ciudad en ruinas. Los pocos peatones que aún vagan por las calles solo repiten, sin mirarlas: «No estaban aquí, su culpa», «No estaban aquí, su culpa».
          Y una escena de Wells. 2007 o 2008. El viajero, enloquecido ya de odio y de amor, gira y gira la manivela de su máquina. Pierde el control y va adelante, no unos pocos o muchos miles de años, sino millones de millones –allí donde el Tiempo, invención nuestra, ha dejado de existir otra vez. El lugar, lo que fue el jardín de su casa en un barrio de Londres (es esta la única escena que recuerdo nítidamente), es ahora una playa casi yerma, llena de una luz rojiza. El aire está inmóvil y apenas se perciben formas: apenas se percibe algo. Sin bajarse de su máquina, el viajero descubre a lo lejos, en la orilla, lo que parece un vegetal o un animal –una esfera roja algo amorfa del tamaño de un perro. Tiene unas finísimas ramificaciones retráctiles y se infla y desinfla un poco como si respirase. Asustado, el viajero vuelve a pegarle a la manivela y se ve otra vez en su jardín, como si todo hubiese sido un sueño. Pero no lo ha sido. Y el futuro, como el pasado, es esa playa yerma y esa esfera informe. O lo que es lo mismo: nada de nada.

Subsección para la «Enciclopedia (o Historia) de la Cronofobia Humana»©.
          Los tatuadores: hoy en día hasta las narices de tatuar dibujos infantiles y mascotas muertas. Como tratar de convertir la propia piel en una crónica o mapa sentimental de uno mismo, en un intento por ser interpretado y querido y sentir que no se despide del todo a esas versiones pasadas. (Madrid, 4 de junio de 2023.) Lo mismo el escritor con sus escritos, el pintor con sus pinturas... ¿Quién es, en esta vida, un artista? La persona que intenta tener una última palabra con las cosas que le pasan –el artista es el Cronófobo serio y elemental.

Mi hermana. Se ríe abiertamente de este término (Cronofobia), de esta forma un poco tonta de vivir la vida. Pero la padece también. Su virulencia es un asunto sanguíneo.
          Ahora un mediodía lejano, de frío y vacaciones; ella tiene 16 años y yo tengo 12.
          Pum. Irrumpe en el salón toda trágica y se sienta en el sofá de enfrente a «verme jugar un rato». Pronto empieza a lanzar suspiros desdichados, cada vez más densos y más largos; a mí no me queda otra que preguntar. Dice que no me va a decir nada y sigue lanzando suspiros. Condesciende con tres o cuatro tonterías sobre el juego, que no es de sus favoritos, y después, como sin querer, mientras se va susurra: «Sí. Los Mártires de la Humanidad...». «¿Cómo? ¿Quiénes?», pregunto yo. «Todos», me responde ella sin darse la vuelta. «¿Papá y Mamá también? ¿Papá y Mamá y nosotros, dices?» «No. Todos: por ahora.» Y se va. A mí, que acabo de estrenar por Reyes el Uncharted 2, aquello me da exactamente lo mismo, y no me acuerdo hasta que vuelve a sacar el tema en el Casa Jin. «Los Mártires de la Humanidad...»
          –¡Quiénes!
          –Todos, por ahora. Algún día el número de inmortales será, cielo, muy superior al de los muertos. Y cada vez más.
          –¡No digas eso al niño! –se mosquea mi madre, aunque yo ya no soy tan niño. A mí casi se me atraganta el cerdo agridulce. Uno no termina de acostumbrarse a Amanda, pienso.
          –Tiene que saberlo. Algún día se creará una Confederación de Hombres y Mujeres Inteligentes que se unirán para batallar la mortalidad y derrotarla. Hoy los difuntos son mayoría. En el futuro serán olvidados, y con ellos la propia Muerte.
          No sé qué lectura despertó aquello, pero le dimos el cumpleaños a Mamá.
          Esta obsesión, con todo, no fue pasajera como muchas otras; únicamente tomó formas inesperadas. En concreto la del cráneo de mi padre, que puebla desde hace tiempo las baldas y suelos de la casa familiar en el 8 de Anunciación. (Amanda es escultora.) Pero lo único que puedo pensar yo al ver estos rostros de cemento con la boca y los ojos apretados es qué demonios pensaré al verlos cuando Papá se haya unido también a los Mártires.

Del Capítulo N.º 7 y penúltimo, o «AND I WILL BOLT THE DOOR» –y echaré el pestillo.
          No es casualidad que tantos viejos hayan dedicado y dediquen sus últimos esfuerzos, con mayor o menor finura, a promover el Apocalipsis puntual de todas las cosas. Arte, Valores, Mundo. El miedo a morir en esos años debe ser como el miedo a perderse una fiesta: ya que yo no puedo bailar más, que entre la policía. La larguísima cadena de sucesos que viene rigiendo la Humanidad desde el primer latido ha llegado a su colapso final (¡menuda suerte!) justo cuando a mí me iba tocando irme. «Estos son malos tiempos. Los hijos han dejado de obedecer a sus padres y todo el mundo escribe libros» –Cicerón, 50 a. C. Un ejemplo extremo y cercano de este narcisismo naturalísimo, de este miedo a desaparecer en soledad (literalmente la única manera de hacerlo), es el del tío de Mamá, el Tío Martín, que condenó a muerte a todas sus reses, enfermas, sanas y sanísimas cuando vio que la cosa no daba para más –si hubiera podido, habría dinamitado el planeta desde sus cimientos.
          Pero no hace falta promover ningún Apocalipsis puntual: se trata del Tiempo mismo. El Apocalipsis está más que garantizado. El futuro, querida Amanda, como el pasado, es inerte –es lo que hay. (Madrid, 5 de junio de 2023.)

Cuando yo era pequeño quería ser, si moría de forma trágica y repentina, enterrado en mi habitación con mis juguetes. O más bien tumbado y arropado para siempre –hoy la idea de ser incinerado, reducido a nada, me sigue dando un poco de miedo.
          Sin embargo, el niño es –es lo común– el antiCronófobo por excelencia: su depredador natural. Esto lo he podido observar con mi sobrino Oswald, y con sus amiguitos crueles como reptiles. Al niño no le importa en lo más mínimo la preservación de nada; de hecho, el niño tiene una tendencia muy real a destruirlo todo –lo bonito, lo feo, lo suyo, lo ajeno, lo que le disgusta y lo que le encanta. (El adulto es, así, su reverso estricto: le da pena que nadie vaya a conocer jamás el sueño que soñó en la mañana.)
          –Ejemplo. Hace poco me dejé un dinero que no tenía en comprarle a Oswald un Batman bastante considerable (un arrebato estúpido en el Toys R Us: sentí que me lo compraba a mí mismo). Pero a la semana él se aburrió e intentó quitarle la media máscara; al ver que no se podía de ninguna de las maneras, agarró un cúter. El nada barato Batman es hoy una especie de hombre torturado con una calva blanquísima llena de cortes y una extremidad mutilada y renegrida (consecuencia de una Última Batalla Final con sus rivales –mi sobrino, el cúter y un buen montón de cerillas). En momentos así, quisiera ser El Empujador entre el Centeno. Pero entiendo que es lo normal –o casi. Yo también asesiné y mutilé, y practiqué actos heroicos y matrimonios y enterramientos (algún Pestuncio sigue hoy en día, creo, bajo el parqué de mis padres). El tema es que el niño no sabe lo que tiene, y por eso es niño. O mejor dicho no sabe lo que no tiene: este Síndrome del Faraón –esta ansia absurda y dificilísima de preservarlo todo, incluso lo perdido. El niño es un animal, hasta que deja de serlo. No querría verme en esas: ¿y si acude entonces a su tío?, ¿cómo decirle que tampoco sabe ni papa? Mejor hacerse el despistado.
          Yo acudí siempre a Amanda, que era el mundo entero para mí. Era más que el mundo entero. Cuando algo chocante, algo insólito ocurría, yo la miraba; si era malo, esperaba a que ella se enfadase o entristeciese un poco para confirmarlo; si era bueno, esperaba esa primera sonrisa de oreja a oreja para celebrar. (Aún hoy lo sigo haciendo en los asuntos de familia y dinero, por pura y simple costumbre.)
          Ocurrió en Puerto de Mazarrón, digamos en 2006. Allí teníamos nuestra casa de verano y Semana Santa, que fue luego ocupada por unos ingleses invasores que por cierto aún no se han ido. Íbamos a menudo en coche a la Azohía, donde mi padre se las daba un poco de marinero de Melville en conexión con la Naturaleza. Y a menudo se borraba ante nuestros ojos para darse un baño largo y restaurador: un baño de primer colono (yo, que tenía y tengo dermatitis seborreica, que soy un urbanita triste y recalcitrante, era más de piscina y sombra –de Game Boy). Pues bien, en uno de estos baños Papá se borró pero del todo. La imagen de Amanda preocupadísima, mirando el horizonte mientras trataba de que no se le notase ni una pizca (y por lo mismo notándosele mucho más), lanzando tontería tras tontería para disimular nuestra orfandad incipiente, me va a quedar para la tumba. Ahí me dije: pues ya está –se acabó. Luego Papá volvió como si nada y aseguró que se le habían ido los minutos y que disculpas: que a comer. Amanda le echó una bronca tremenda. Ver que mi hermana no tenía aquello bajo control abrió la posibilidad de que no tuviera una sola cosa, y de que nunca la hubiera tenido –si ella no la tenía: ¿quién la iba a tener? Fue como si me robaran el edredón en mitad de una noche de frío. Y no me lo han devuelto. Por eso, en la medida de lo posible, trato de no ser el edredón de nadie, de no engañar a nadie. De pasar de puntillas por la biografía de las personas –de no prometer el oro y el moro, ni en la vida ni mucho menos en los libros. (Madrid, 6 de junio de 2023.)
          Así, todo se fue haciendo un poco más difícil; aunque de forma oscura todavía (lo que siempre es preferible, por cierto). Seguí confiando en los poderes de los demás, pero no tanto como me hubiera gustado. Amanda, que es muy lista, se dio cuenta de esto, y empezó a ser conmigo algo voluble, casi humana a ratos –exactamente lo contrario a lo que había sido para mí hasta entonces y a lo que yo quería que siguiera siendo. Me habló de un novio. Yo me enfadé y no quise saber nada en absoluto. Y no volvió a hablarme de novios.

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