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Empieza a leer 'La separación' de Martín Kohan
RETIRO
Entonces ella levantó suavemente la mano y yo, desde mi asiento, dejando que la ventanilla del micro encuadrara por sí sola la escena, la vi hacerlo y vacilé. ¿Qué tenía que entender en ese gesto? ¿Que me detenía, para que me quedara, o que me despedía, para que me fuera? Levantó suavemente la mano, pero en esa mano no separó los dedos; levantó suavemente la mano (la llevó lentamente hacia arriba, la detuvo algo cerca de su cara), pero prescindió de moverla hacia un lado y hacia el otro, según se estila en los adioses. Un aire de tristeza la rondaba, lo sé bien (conozco bien a N., conozco sus tristezas); pero no me fue posible discernir, al buscarla con la vista desde la ventanilla del micro, al encontrarla (la bufanda roja, la campera azul) entre el bullicio de las plataformas y el ir y venir de la gente, si al levantar suavemente la mano, como la levantó, se apenó porque me iba (pocos días, pero me iba) y ensayó el gesto de que me quedara, o se apenó al descubrir que prefería en verdad que me fuera, que me fuera de una buena vez incluso, y se apuraba a despedirme desde ahí, aunque el micro seguía quieto y yo apenas acababa de subir, como si faltando la despedida la partida pudiese llegar a suspenderse, como si dependiese de la despedida para que efectivamente ocurriera.
Me tocó un asiento de arriba, donde uno se marea más; pero el campo luce mejor (el campo hoy como llanura, y mañana a la mañana las sierras) si se lo mira a mayor distancia del suelo, de manera que sonreí al comprobarlo. Habría preferido, eso sí, un asiento individual, uno de esos de los de viajar solo, y no fue así, me tocó uno del lado de los asientos dobles. Ocupé el mío, el 18A, deseando que nadie subiera a ocupar el 18B, por más que un razonable vallado de apoyabrazos y botoneras separara un asiento del otro, el A del B, a mí de quien fuera. Era mejor que quedase vacío para poder yo apoyar mis cosas, y a la noche, durante la larga noche, despatarrarme al tratar de dormir. A manera de conjura o creencia mágica, dejé la mochila apoyada sobre el asiento B: para ayudar a que nadie viniera y quedase entonces libre.
Entre el micro y la realidad se escindieron de inmediato dos mundos distintos, opuestos. Allá afuera (afuera y abajo) seguía imperando el invierno, el maltrato indiferente que ejerce el frío. Y en el micro, en cambio, que me recibió ya vibrando con el motor en marcha y la calefacción zumbando a pleno, se imponía un aire compacto y sofocante, aunque la puerta de abajo siguiera abierta, por lo que apenas entrábamos nos íbamos aliviando de camperas y pulóveres y buzos. Así que ahí estaba N., en el frío, tiritando, marcando pasos en el suelo sin moverse del lugar, para que no se le endurecieran los pies, abrazándose a sí misma cada tanto, replegada, retraída. Y de este lado estaba yo, en manga corta y en otro tiempo, como en otra estación del año, ella en julio y yo en enero, ella en agosto y yo en diciembre, mirándonos a través de un vidrio que muy pronto se empañaría; los dos en un mismo sitio, en cierta forma los dos en la terminal de micros en Buenos Aires, pero tan lejos en realidad como pueden llegar a estar uno que se queda y otro que se va.
Abajo se oía la voz de uno de los choferes indicándole a cada pasajero cuál era el número de asiento que le tocaba, lo hacía incluso si el pasajero se adelantaba a pronunciarlo él mismo; luego les indicaba si tenían o no tenían que subir la escalerita angosta que llevaba a la parte superior de eso que ellos daban en llamar unidad. Pronto saldríamos. Ese umbral de partida, ese tiempo de espera, esos minutos escasos y eternos, resultan siempre raros, incómodos, imposibles; no sabemos bien qué hacer en ese rato, y acaso no haya nada que hacer. Ya nos hemos despedido, y sin embargo todavía no nos vamos; ya nos hemos despedido y separado, y sin embargo está ese tiempo que se estanca y dura, y que pertenece a la despedida también. Uno se queda mirando y haciendo muecas, sin nada que decir, ensayando el demasiado lejos del viaje que va a comenzar.
N. se había envuelto la cara con la bufanda roja, ya no dejaba a la vista más que los ojos. ¿Pero dónde, sino en los ojos, maceraba su tristeza de estos días? Yo la miraba desde el micro sin saber (y sin saber si ella sabía) qué de todo la ponía triste: si el hecho previsto de que me iba o si el deseo inesperado de que me fuera. La mano que levantó tan suavemente, y detuvo algo cerca de su cara, me abrumaba de imprecisión. Qué me quiso decir, qué es lo que dijo: que dejara para otro momento los asuntos de mi hermano y no viajase, que me bajase del micro y me quedara, que convirtiéramos esta escena de partida en una vuelta, que yo hiciese de cuenta que llegaba y ella entonces haría de cuenta que me recibía, que nos fuésemos juntos los dos (adónde: a casa), que nos quedásemos juntos los dos; o no, nada de eso, más bien lo opuesto: que la tentaban, y en demasía, este puñado de días sin mí, que los sentía como un remanso, como un alivio, que la sola idea de tenerme lejos le provocaba hasta un regocijo, y que esa idea, tan al alcance, ya era un hecho. Cómo podían llegar a parecerse tanto, me pregunté, dos manos tan diferentes, expresión de cosas contrarias: que me quede, que me vaya; que me quiere, que ya no.
Y entonces el micro se movió, o creí que se movía. Del otro lado, del lado de los asientos individuales, los vidrios dejaron ver las letras de otro micro pasando de izquierda a derecha; miré y leí: «Chevallier»; me dije internamente: salimos marcha atrás, pensé en un sobresalto: ya nos vamos (o pensé en un sobresalto: ya me voy). Y a la vez reconocí que había algo que no encajaba, intuí algo que desdecía, y ese algo era la quietud. Nuestra quietud, la del micro en el que estaba. Seguía quieto. Entendí cuál fue mi engaño; no éramos nosotros los que salíamos marcha atrás, sino el otro micro el que llegaba, y de frente, y se encajaba no sin pericia en la plataforma contigua. Esa visión me confundió, porque era idéntica a la que por error supuse; pero lo cierto es que seguíamos ahí, en Retiro, en la terminal, a punto de salir, a la espera. Volví entonces a buscar a N. con la vista, porque estaba todavía a mi alcance; me sentí bien al verla, ahí donde sabía que estaba.
Se había distraído, igual que yo, pero no con el micro que llegaba, como yo, sino con alguna cosa más apartada (los ojos más lejos: tal vez sopesando el crudo contraste urbano que depara la terminal de Retiro: las casuchas miserables apiladas de la villa, en primer plano, y de fondo, impasible, preservado, el frente lustroso del Hotel Sheraton). Me gustó verla sin que se supiese observada, pero también me gustó que se adivinase observada, porque de pronto giró y volvió a mirar hacia el micro. No sé si sonrió al verme, seguía envuelta en la bufanda. Me pareció que estaba seria y eso me puso serio también. Así nos quedamos un momento, como para compartir al menos eso, ese malestar insinuado. No pude más y me salí, hacia una falsa ligereza de mímica: hace frío ahí afuera, le dije con mis gestos, o seguro que te estás muriendo de frío; andá nomás, le dije con mis gestos, con la mano haciendo un vaivén y después encogiendo los hombros; andá nomás, total el micro ya sale, o total ya no estamos juntos, para qué te vas a quedar. Ella dijo que no con la cabeza; no se iba, se quedaba, daba igual. Sentí que abajo cerraban la puerta, un resoplido mecánico, un golpe seco, una repentina disminución del ruido general de la terminal de Retiro.
N. había metido las manos en los bolsillos de la campera. Me dije: si ahora, cuando salgamos, saca una mano de ese bolsillo para despedirse de mí, voy a prestar toda la atención del mundo a su manera de hacerlo, voy a fijarme exactamente en lo que haga, en lo que con eso que haga me estará diciendo. El micro ahora sí se movió, marcha atrás, muy despacioso, como indeciso. Pasaron de nuevo de derecha a izquierda las letras del micro de al lado, pero esta vez porque nosotros salíamos. Las luces del micro titilaban, la marcha atrás ofrecía su sonido propio. Miré hacia N., que me miraba. Un poquito más lejos cada vez, no dejaba de mirarme. Y así fue como se despidió de mí: haciendo durar esa mirada. Las manos no las sacó de los bolsillos.
El micro retrocedió hasta cierto punto. Se detuvo, como para tomar impulso. Y por fin arrancó.
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