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Empieza a leer 'Psicopompo' de Amélie Nothomb
El vendedor de telas vio pasar una bandada de grullas blancas. Asombrado por su belleza, pensó que le encantaría descubrir un tejido comparable al esplendor de su plumaje.
A la vuelta, de nuevo en su tienda, recibió la visita de una misteriosa clienta. Era una joven de insólita belleza. Su pelo, largo y negro, era liso; su piel, de una blancura deslumbrante; en el centro de los labios, ese trazo rojo que indica un alto linaje. Las mangas de su kimono, que llegaban hasta el suelo, confirmaban su nobleza. El vestido en cuestión lucía el exclusivo blanco de las familias de alta alcurnia.
La joven no parecía decidirse por ningún artículo en concreto. El vendedor se ofreció a ayudarla. Con una voz extrañamente suave, ella acabó diciendo:
–Cásese conmigo.
Atónito, el vendedor intentó averiguar más. ¿Quién era? ¿Por qué quería casarse con él? Ella mantuvo un obstinado silencio.
Finalmente, el hombre pensó que sería absurdo rechazar una oferta tan halagadora y, aunque no entendía nada, se casó con la joven.
La boda transcurrió sin problemas. La pareja inició su vida en común con serenidad. Todo iba bien.
Unos días después, la joven habló:
–No le ofrecí ningún regalo de boda ni dote. Si me facilita un taller en el que pueda estar sola, le tejeré una tela maravillosa, con la condición de que nadie, ni siquiera usted, venga a verme allí.
El marido aceptó. Varias horas al día, la joven se aislaba en aquel taller, y al cabo de una semana, muy debilitada por el trabajo, le regaló a su marido una tela como no se había visto jamás, de un material indefinible, tan bello y precioso que te dejaba sin aliento.
–¿Qué es? ¿Cómo lo ha hecho? –preguntó sin poder evitarlo.
Ella bajó la mirada y no respondió.
–¿Me da permiso para venderla?
–Es suya, no hace falta que me consulte.
El vendedor no tardó en encontrar comprador para aquel tejido, y obtuvo por él un precio desorbitado.
Pasaron las semanas. Muchos clientes acudían a la tienda buscando la fabulosa tela de la que habían oído hablar.
El marido le pidió a su esposa que repitiera aquel milagro. Ella se aisló en el taller durante una semana y luego, pálida y demacrada, le entregó una tela tan suntuosa como la anterior.
Él la vendió al doble de precio que la primera vez, y se tiraba de los pelos: si lo hubiera multiplicado por diez, la habría vendido igual de rápido. Le pidió a su esposa que confeccionara de nuevo su especialidad.
Ella no se negó en ningún momento, aunque saltaba a la vista que su salud se iba resintiendo. El marido se dio cuenta, pero la codicia le pudo. Ahora la gente acudía en masa a su tienda, todo el mundo quería una tela única.
Pronto, la joven esposa ya no salía del taller. Día y noche intentaba cumplir los plazos infernales que le exigía su marido, y se la veía cada vez más demacrada. La mujer perdió su juventud y su belleza, su piel se volvió cetrina, el pelo sin brillo, sus ojos se apagaron. El marido se preocupó, pero no fue capaz de reaccionar. Para no sentirse culpable, redujo la demanda.
Al cabo de unos meses, su esposa cayó enferma. No por ello dejó de trabajar. El vendedor la oía toser. Su conciencia lo torturaba. «Si me dejase entrar en su taller, podría ayudarla», pensó. Pero, si hubiera sido sincero consigo mismo, se habría confesado que quería descubrir sus secretos de fabricación antes de la muerte inminente.
Incapaz de soportarlo más, irrumpió en el taller secreto y lo que vio lo dejó petrificado: una soberbia grulla blanca se iba arrancando con el pico las plumas y el plumón, que empezaban a escasear trágicamente, y los introducía en el telar. Sufría tanto que se le escapaban gemidos, y disimulaba el sonido con una tos humana.
Al descubrir al mirón de su marido, la grulla chilló de terror y salió volando al instante por la puerta abierta. Desesperado, el marido se consoló pensando que, pese a su delicada salud, la mujer pájaro habría logrado llegar a las montañas.
Cogió el trozo de tela inacabado y observó con satisfacción que era invendible. ¿Por qué había necesitado llegar a tales extremos para darse cuenta de que algunas cosas no tienen precio?
Colocó la preciosa tela en su tokonoma y se maldijo por su vulgaridad.
Nishio-san me contaba este cuento tradicional japonés cuando tenía yo cuatro años. Su crueldad me provocaba un terror voluptuoso. Me encantaba el contraste entre la cobardía del vendedor y la nobleza sacrificial de la esposa.
No me preguntaba si la historia tenía moraleja, pero lo que percibía inconscientemente era que el pájaro le había revelado al hombre su ruindad.
Me habría encantado ver grullas. Por desgracia, era un ave rara incluso en Japón. Cometí el error de no interesarme por los gorriones del jardín, que se me antojaban comunes y corrientes.
A la edad de cinco años me sacaron de Japón. A mi padre lo destinaron a Pekín, algo que, en 1972, no era motivo de alegría.
Recuerdo mi primer despertar en China. Era verano y, por más que aguzaba el oído, me faltaba algo. Me resultó difícil identificar la naturaleza de aquella carencia. Se trataba del canto de los pájaros.
Ciertamente, el gueto de Sanlitun estaba en el centro de la ciudad y tenía pocos árboles. Sin embargo, hemos visto pájaros acostumbrarse a semejantes condiciones; hemos visto pájaros acostumbrarse a todo.
Pero Mao había lanzado una de sus principales operaciones, que consistía en responsabilizar a las aves de las hambrunas y otras molestias. Cada chino tenía que masacrar a todos los pájaros que se le pusieran por delante e incluso a los que no. Dicha acción fue un éxito tanto más considerable por cuanto quien presentaba más despojos aviares ante el Comisario del Pueblo recibía elogios y favores.
Muy pronto China se convirtió en un desierto de pájaros. El Gran Timonel tardó mucho en darse cuenta de las nefastas consecuencias de semejante desaparición para la ecología y la economía del país. ¿Y cómo proclamar que se había equivocado?
El único pájaro que no había abandonado completamente Pekín era el cuervo. No proliferaba, pero reinaba. Su extraordinaria inteligencia le permitía frustrar las artimañas de la población. Aun así, tenía que sufrir una situación que le privaba de los gorriones, de los que obtenía parte de su sustento.
El cuervo es un animal magnífico. Por desgracia, su canto no está a la altura de su plumaje. Cuando el oído espera un trino y oye un graznido, uno se lleva una decepción.
No obstante, agradecí su presencia, que daba la oportunidad de mirar más alto. Continuaba siendo un profesor de distinción en China. Su rareza debía de ser la causa de que sus enseñanzas fueran tan poco escuchadas.
En aquella época, las autoridades castigaban cualquier forma de refinamiento. La simple educación se percibía como contrarrevolucionaria. Era una carrera por ver quién escupía y eructaba más fuerte.
Echaba tremendamente de menos a Nishio-san. Intentaba repetirme el cuento de la grulla blanca con sus palabras. Notaba que el japonés se iba evaporando de mi memoria y me dolía. ¿Por qué era incapaz de retener el idioma de quien amaba?
Con la desaparición del japonés, desapareció la distinción. El habla del ama de llaves china era tan dura y desagradable como el graznido de un cuervo. Recordaba que la dulce delicadeza de las palabras de Nishio-san era similar al canto del gorrión.
Intenté imaginarme la grulla blanca en Pekín. Habría huido asustada ante los deseos de una población cazadora. Eso no hizo más que agravar mi nostalgia nipona.
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Traducción de Sergi Pàmies
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