LECTURAS
Empieza a leer 'La Antártica empieza aquí' de Benjamín Labatut
Para Samir Nazal –un hombre solo no muere.
When there is nothing left to burn you have to set yourself on fire.
Douglas Campbell
LA ANTÁRTICA EMPIEZA AQUÍ
Un verdadero soldado no es un hombre.
A los sesenta y cuatro años, el poeta Karol Vasek fue postulado al Premio Nacional de Literatura, para sorpresa tanto del mundillo literario como de la mayor parte de los lectores chilenos. Los demás candidatos eran narradores o poetas de renombre, y uno de ellos había ganado el Premio Príncipe de Asturias poco antes, así que todos pensaban que él lo recibiría a modo de reconocimiento posterior, siguiendo ese reflejo tan típico de Chile, que valora el éxito en el extranjero más que cualquier otra cosa.
Según las bases de nuestro máximo galardón literario, cualquier autor chileno que hubiese «consagrado su vida al ejercicio de las Letras» podía ser nominado al premio, pero la candidatura de Vasek fue completamente inesperada, y parecía imposible que el jurado la aceptara. De su vida se sabía poco, de su literatura, todavía menos: había nacido en el sur de Chile, publicado solo cuatro libros de poesía –imposibles de encontrar– y servido en el Ejército chileno brevemente, durante los años previos a la dictadura.
Cuando supe de su postulación, yo estaba a punto de perder mi trabajo en la sección de cultura de una revista política que se distribuía con el segundo diario más importante del país. Preso del pánico que sentía antes de la reunión de pauta semanal, propuse el tema de Vasek para salir del apuro, dando por hecho que lo rechazarían. No había leído siquiera un verso suyo. Tuve que improvisar una historia con lo poco que pude encontrar en internet. Casi todo aparecía en páginas de grupos de extrema derecha, con nombres fascistoides como Renacer Chileno, Martillo del Sur y Legión Austral, pero en ese momento el tema del nazismo había vuelto a llamar la atención de la prensa, así que me bastó con mencionar que Vasek había sido milico y dar dos detalles de su biografía (era descendiente de checos, su padre había sido un piloto de guerra condecorado por Göring) para que mi editor aceptara el tema, siempre y cuando consiguiera una entrevista con el poeta.
Ya circulaba el rumor de que ese iba a ser mi último mes en la revista. Los roces con mi editor habían alcanzado su punto máximo cuando me negué a aceptar el título que propuso para una de mis notas y lo cambié en el programa de edición que usábamos, justo antes de que ese número se fuera a imprenta. Cuando supo, me llamó a su oficina, tan furioso y humillado que le temblaban las manos. Me dijo que, si llegaba a intentar algo así de nuevo, haría lo que fuese necesario para que yo jamás pudiera encontrar trabajo como periodista en Chile. Me fui sin pedir disculpas. ¿Qué le iba a decir? ¿Que esos eran mis primeros pasos para dedicarme a la literatura? Quedarme sin pega me parecía una pesadilla, aunque estaba haciendo mil estupideces para que se cumpliera. Llevaba poco más de un año trabajando como reportero, pero lo que realmente añoraba era convertirme en escritor. Era algo con lo que había soñado toda mi vida. Una decisión valiente, según yo. Porque no se trataba de una vocación cualquiera. Ser escritor, como ser soldado o samurái, implicaba una postura violenta frente a la realidad, una resistencia continua, sin pactos ni tregua. La rutina, los límites, la familia, las normas, la felicidad, todo eso tenía sentido para los demás, mientras que la vida del escritor servía para acercarse al abismo. Dónde quedaba el famoso abismo y qué hacer si uno lograba llegar hasta ahí eran cosas que aún no sabía. Supongo que quedarse mirando hacia adentro.
Era ridículo, pero en esa época la literatura me generaba un deseo incontrolable. Prácticamente no dormía para poder leer y era incapaz de salir de casa sin llevar varios libros en la mochila. Empecé a adquirir hábitos extraños: en la revista, revisaba los computadores de mis colegas y leía sus correos electrónicos; en la micro y el metro, escuchaba conversaciones ajenas y espiaba los mensajes de texto que la gente escribía en sus celulares; en las casas de mis amigos, me metía a los cajones y buscaba sus diarios de vida, como una forma de acceder a su intimidad, a ese núcleo oscuro, pecaminoso y secreto de donde nace la verdadera literatura. Garabateaba cientos de ideas en una pequeña libreta, esbozos, bocetos y resúmenes de historias que nunca llegué a desarrollar, pero de las cuales no me cansaba de hablar. Como no era capaz de resistir horas sentado en la oficina sin hacer nada me escondía en el baño a leer, por tanto tiempo que mis colegas pensaban que sufría de una enfermedad intestinal: hasta el día de hoy, asocio la marca de cloro que usaba el personal del aseo con los diarios de Gombrowicz y el olor a mierda ajena con algunos de mis poetas favoritos. Todo me parecía una pérdida de tiempo frente a la necesidad de leer y preparar lo que iba a escribir. ¿Cuándo? Eso no era importante. A esa edad, escribir no era lo más importante. Los grandes escritores –al menos los que yo consideraba grandes– triunfaban en la madurez. La juventud era para otra cosa. Para leer, para viajar, para drogarse. Para aprender a pasar hambre y frío. La juventud servía para sufrir, endurecerse, juntar materiales y construir un castillo. Desde que había dejado la casa de mis padres vivía con una amiga sin pagarle arriendo. Tenía veinticinco años, no había escrito ni siquiera un cuento, no tenía plata, no tenía polola, descuidaba mi salud y fumaba pitos todos los días, pero supongo que de alguna forma lograba sentirme como un hombre valiente, cuando en realidad era solo un pendejo.
El artículo sobre Vasek prometía ser un desastre. Salvo por las páginas nazis que lo mencionaban, no había prácticamente ninguna información que uno pudiera asociar a una carrera poética de casi cuarenta años. Mis amigos no sabían de él y las editoriales de sus libros habían desaparecido hacía décadas. El único que lo recordaba era Samir Nazal, un viejo librero con una colección impresionante de poesía en su tienda de libros usados. Nazal dominaba la literatura chilena mejor que nadie y aún retenía un vago recuerdo del primer libro de Vasek. Un huevón bien raro, me dijo cuando lo fui a visitar. Un poeta menor pero interesante. ¿Raro como quién?, le pregunté. No supo explicármelo. No recordaba las imágenes ni el estilo de los poemas, solo el título de uno: «Pilotos de tormenta». Le pedí que me llamara si encontraba un libro suyo, o si se le ocurría alguna forma de contactar a Vasek, a sus editores o a cualquiera que pudiese ayudarme a entrevistarlo. Regresé derrotado a la revista. El viernes de esa semana tendría que presentarle algo a Pato, mi editor, y estaba cada día más arrepentido de haber sugerido lo de Vasek. No era la primera vez que me metía en problemas por perder el tiempo tratando de reportear algo imposible. En el mejor de los casos, tendría que soportar las burlas de Pato, que me decía «el gerente», porque nunca llegaba a la hora, o «el principito», porque una vez cometí el error de ir al trabajo con una chaqueta de terciopelo azul que había comprado en la ropa usada. Como no se me ocurría nada más que hacer, decidí revisar los archivos de la Escuela Militar.
En una hoja amarillenta, escrita a máquina, llena de faltas de ortografía y manchas de humedad, encontré los siguientes datos: Karol Vasek, nacido Karol Anton von Vasek Geislerova, hijo de Karol von Vasek Roubal y Catalina Geislerova Pinto, había entrado a la Escuela Militar a los dieciocho años. Era un tipo enorme –medía casi dos metros–, con el pelo negro y liso. La única foto que aparecía en el archivo, de tamaño carné, mostraba a un joven de rasgos europeos, flaco como una calavera, con una nariz afilada y prominente, de mago o de druida. Sus ojos –grises según la ficha– estaban completamente desprovistos de brillo, e incluso daban la impresión de absorber la luz. Un tipo excepcional, pensé, nada que ver con Chile. Salvo por un dejo de melancolía, me era imposible ver algo en esa foto que lo hermanase con cualquiera de los jóvenes que ingresan al Ejército buscando una salida de la pobreza, chicos que ponen sus vidas en manos ajenas y que se entregan a las fuerzas armadas para arrancar de pueblos olvidados o de padres violentos. Vasek era distinto, parecía de otra especie, y por mucho que miré su retrato no pude imaginarlo marchando bajo órdenes, con el pelo rapado y el fusil al hombro, camino a una vida nueva, a una disciplina, a una masacre o a una guerra.
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