LECTURAS
Empieza a leer 'Koljós' de Emmanuel Carrère
Para Nathalie y Marina
1. EL HOMENAJE DE LA NACIÓN
Los órganos constitucionales
El 3 de octubre de 2023, cincuenta y tres días después de su muerte, la nación rinde homenaje a nuestra madre en el patio de honor de los Inválidos. Banderas, uniformes, charreteras, condecoraciones. La orquesta de la Guardia Republicana interpreta, muy bien, el adagio de la sinfonía Júpiter y, para darle el toque ruso, la Serenata de Chaikovski. Seremos unas doscientas personas esperando en un cuadrado de sillas de plástico blanco, delimitado por unas catenarias de cordón rojo, al fondo del inmenso patio adoquinado: familia, invitados de la familia, miembros de la Academia, ministros, representantes de los tres ejércitos –tierra, mar y aire– y de los órganos constitucionales, es decir, las más altas instituciones de la República. Durante una hora, el sol calienta que es una delicia. Luego desaparece tras el tejado y de pronto hace mucho frío. Nos arrepentimos de no habernos abrigado más. Nuestro padre, sentado en una silla de ruedas, va envuelto en una manta. No sé qué entiende, exactamente, de lo que está pasando. A ratos parece olvidar que se ha quedado viudo. Otras veces se acuerda y llora en silencio para sumirse de nuevo en sus lagunas. Esta tarde se le exige un largo periodo de lucidez, aunque hace ya mucho tiempo que, con nuestra madre, se acostumbró al protocolo, a los ceremoniales, a los desfiles del 14 de Julio en la tribuna de autoridades: no está tan fuera de su entorno habitual. Sonríe a quienes se acercan a saludarlo, confundido pero afable. Redoble de tambores. Por la izquierda entra un destacamento de doce guardias republicanos. Los dos primeros portan una fotografía de la difunta, del doble del tamaño natural, vestida con el traje de académica. Los tres últimos, sobre unos almohadones rojos, su espada, el sombrero de dos picos y las insignias de la gran cruz de la Legión de Honor. Colocan la foto gigantesca en un caballete, en el centro del patio. Me pregunto qué harán con ella luego. Me pregunto qué habrá sido de esa foto. Continúa la espera. Llega, al fin, Emmanuel Macron. Solo, por la derecha, vestido con un abrigo corto entallado con el que me parece que yo me moriría de frío, pero él nunca tiene frío ni calor, ya tuve ocasión de observar su termorregulación, muy especial, cuando le hice un perfil para The Guardian, al inicio de su primer mandato. Lo seguí a Saint-Martin, el territorio de ultramar que acababa de ser devastado por un ciclón. Hacía tanto calor y humedad que, apenas bajados del avión, sudábamos todos a mares, con unos cercos que nos llegaban a la cintura. Todos menos Macron. No nos separamos de él durante ocho horas, en ningún momento pudo ausentarse para cambiarse de camisa y, al final del día, mientras que nosotros estábamos empapados, él estaba fresco como una rosa. Así empezaba mi reportaje: «Este hombre no suda», y mi madre, cuando se lo conté, lo atribuyó a un mérito del propio Macron: un hombre bien educado no suda. Por supuesto, a Macron le han escrito el discurso –un negro, como suele decirse, pero el negro tiene buena pluma y es posible que el propio Macron añada al texto algunos toques personales–. Dice que por la sangre de nuestra madre fluían todos los ríos de Europa entre el Volga y el Rin, que entre sus antepasados se contaban príncipes rusos y barones bálticos, un general prusiano, la traductora de George Sand al georgiano, una dama de honor de la última emperatriz y al menos un regicida. Que unos vivían en la Toscana, en una residencia de verano de los Médici, que otros se paseaban con lobos por los salones de San Petersburgo, y que, después de haber poseído tanto, estas personas lo perdieron todo en la tormenta de 1917. Describe el mundo menesteroso y magnífico de la emigración rusa, los grandes duques convertidos en taxistas, las princesas que se ganaban la vida planchando a domicilio, y la hija pequeña tan orgullosa que, al inicio de cada curso escolar, sentía vergüenza cuando le tocaba deletrear su apellido: Zurabishvili. «Esto no hay quien lo pronuncie», suspiraban los profesores. No escurre el bulto: no pasa por alto ni a su padre, colaboracionista desaparecido durante la liberación de Burdeos cuando ella contaba quince años, ni a su hijo, yo, que reveló esta vieja historia en un libro que la hizo sufrir. Leyenda áurea: nuestra madre era apátrida; el día que adoptó la nacionalidad francesa, hubiera querido, en el ayuntamiento, cantar «La marsellesa», recitar la Constitución o jurar la bandera, y para ella fue una decepción que no le pidieran nada de eso. Saltamos veinte, treinta años: aquella jovencita se ha convertido en una especialista en la Unión Soviética, «ese gigante del que fue una de las primeras en advertir los pies de barro», y llegan el reconocimiento, la gloria, la elección en la Academia Francesa. Con una voz suave, zalamera, y con unos silencios muy bien administrados, Macron la describe entrando en la Academia, bajo la cúpula, saludando a los presentes, «y de pronto, por una fracción de segundo, un instante ralentiza el espacio de un vértigo. Ese día, al sentarse en el sillón de Corneille y de Victor Hugo, la hija de emigrantes pobres que aprendió francés a los cinco años se convirtió en la encarnación de la República francesa y de su lengua, a las que sirvió hasta el último momento». Para terminar, una anécdota que no sé quién contó al negro de los discursos, pero me cuesta imaginar un final mejor. Los últimos meses de su vida, nuestra madre aceleró el ritmo para llevar a buen puerto la novena edición del diccionario de la Academia. El 6 de julio, un mes exacto antes de morir, presidió la sesión en la que se definió la última palabra de la lengua francesa: zygomatique. «Después de zygomatique», concluyó Macron, «uno puede morirse en paz. Y es a ti, a la nieta de las estepas y a la madre de la cúpula académica, a la apátrida y a la matriarca, a la huérfana y a la zarina, a la que una Francia de luto presenta por última vez sus respetos. ¡Viva la República! ¡Viva Francia!»
En el despacho de mi madre
La víspera de la ceremonia en los Inválidos, mis hermanas y yo devolvimos las llaves del enorme piso oficial, en el quai Conti, en el que vivían nuestros padres desde que a mi madre, hasta entonces simple miembro de la Academia, la nombraron secretaria vitalicia. Una parte de los muebles halló cobijo en el apartamento de dimensiones más razonables que nuestros padres habían comprado en previsión del día en que dejaran la Academia, y al que mi padre, al final, iría a vivir solo. Mi contribución a esta mudanza considerable fue sobre todo seleccionar libros y archivos de los despachos de nuestros padres. Con sus bibliotecas, en las que una escalera de madera barnizada permitía llegar a los estantes más altos, los pisapapeles de bronce, los vades de piel marrón, las fotos enmarcadas en las que se la ve en compañía de los papas Juan Pablo II y Benedicto XVI, de Chirac, de Sarkozy, de Simone Veil, de Claude Lévi-Strauss y de Vladímir Putin, el de mi madre es tan solemne que me cuesta imaginar que se pueda trabajar en él, pero ella lo hacía todos los días, consagrándose a las innumerables tareas que conllevaba el cargo y, a la vez, a primera hora de la mañana, escribiendo tres horas seguidas unos libros que me admira que siguiera escribiendo hasta el final, cuando nada la obligaba a ello ni tampoco añadían gran cosa a su gloria. Le gustaba esta disciplina, igual que darse duchas de agua fría (incluso decía que se daba, como Ernst Jünger, baños de agua fría) o aprender alemán a los noventa años. Seleccioné, tiré y apilé; como suele ocurrir cuando se ordena, las pilas más altas eran las de todo aquello sobre lo que se va posponiendo la decisión. Me quedaba hasta tarde, después de que mis hermanas se hubieran marchado, en el piso desierto. Miraba por las ventanas altas cómo el Sena pasaba por debajo del pont des Arts, y el flujo de coches que circulaba junto al río. Llegada la hora, encendía la televisión para seguir el programa que la cadena de información LCI dedicaba todos los días a la guerra en Ucrania. Nunca antes me había interesado tanto por una vertiente de la actualidad, nunca antes había visto tantos vídeos en bucle ni escuchado a tantos expertos. Mi madre había sido la más célebre de estos expertos. Lo cual no le había impedido, hasta la víspera de la invasión, repetir una y otra vez que Putin era un hombre brutal pero que atendía a razones, que velaba por sus intereses y que estaba claro que nunca, pero nunca jamás, cometería semejante locura. Se rieron de ella. Hubo periodistas que la acusaron de ser indulgente con Rusia. Se llevó algunos golpes, pero pasados algunos días en los que se tambaleó como un boxeador grogui, volvió a subir al ring y, gracias a que reconoció su error, redobló su credibilidad: ¿quién habría podido prever lo que ella no había previsto? Muerta ella, la guerra continuaba con más intensidad y yo seguía igual de interesado que antes, pero se me hacía muy lejano el tiempo en que, después de que toda Ucrania se alzara contra el invasor, con el apoyo incondicional de Europa y su ejército de voluntarios recuperando Járkov y Jersón, algunos –entre ellos yo– apostaban por algo tan enorme e inverosímil como la derrota de Rusia. Por desgracia, aquel otoño de 2023 en que yo hacía limpieza de los papeles de mi madre, las sanciones no habían hecho la menor mella en la economía rusa, la guerra se estancaba en unas trincheras llenas de barro y sangre que recordaban a Verdún, y el jefe del ejército ucraniano admitía sin reparos que la contraofensiva había fracasado y que los rusos llevaban ventaja. El Imperio, en lugar de desmoronarse, salía reforzado. En cuanto a Vladímir Putin, no parecía en absoluto la clase de hombre que se despierta por la noche empapado en sudor preguntándose por qué, por qué ha cometido semejante locura, sino más bien un hombre que espera tranquilamente, con una sonrisa ladina, porque sabe que el tiempo juega a su favor.
En el despacho de mi padre
Saliendo del despacho de mi madre, se cruzaba un salón tan amplio que, durante veintitrés años, mis hijos, mis sobrinos y mi nieto –que se llama Louis, como su bisabuelo– jugaron a fútbol en la moqueta; luego venía un comedor decorado con una cuarentena de retratos, todos del mismo formato, cuadrado, que representaban a académicos de los siglos XVII y XVIII: los hermanos Pierre y Thomas Corneille, Racine, Buffon, al que mi padre era todavía capaz de mencionar al mismo tiempo que olvidaba, por ejemplo, que media hora antes le había presentado a Charline y le había anunciado que nos íbamos a casar. En todas y cada una de mis visitas, para estimularlo, le preguntaba: «Y ese de ahí, ¿quién es?». Nunca dudaba: «¡Fontenelle! ¡Champfleury!». De este comedor salía un pasillo larguísimo que conducía a la habitación oscura, forrada de una tela de yute verde botella, que llamábamos su despacho sin saber muy bien qué hacía allí dentro. Desde principios del confinamiento y de su propio declive, se pasaba el día entero, desde la mañana a la noche, entre esas cuatro paredes, delante de un televisor que emitía continuamente documentales de geografía y conciertos de música clásica a los que también intenté que reaccionara, porque había sido y todavía era un gran melómano. Juntos tratábamos de identificar compositores e intérpretes, y de vez en cuando le ponía en mi teléfono alguna de las piezas que en su día él había tocado al piano. El despacho de mi padre resultó mucho más difícil de vaciar que el de mi madre, su contenido era mucho más heteróclito porque era, en todos los sentidos de la palabra, un hombre extraordinariamente conservador. Lo archivaba todo: nuestros trabajos escolares, las velas de nuestros pasteles de cumpleaños, las postales que mandábamos cuando íbamos a la nieve con el colegio, programas de conciertos, esquemas con distribuciones de mesas, entradas de cine, tarjetas de fidelización de tiendas que llevaban cuarenta años cerradas y, en una caja de madera labrada a la que tenía mucho cariño porque se la había regalado el último condenado a trabajos forzados de la colonia penitenciaria de Cayena, un sobre con una hoja de helecho seca, «recogida en Hergas el 11 de abril de 1976». De cuclillas en la moqueta, me quedé un minuto ensimismado, preguntándome dónde quedaba Hergas –hecha la comprobación, en los Pirineos– y qué podría estar haciendo él allí el 11 de abril de 1976; luego seguí vaciando los cajones que no parecían tener fondo de un secreter que había sido de su madre, uno de los muebles más feos que he visto en mi vida. Lo que más me interesaba de todo aquel desorden eran las cajas llenas de cartas y los álbumes de fotos, sobre todo las de los años cincuenta y sesenta, que narran nuestra infancia y la juventud de ambos. Esas fotografías de pequeño formato y bordes dentados han envejecido mejor que las de las décadas siguientes, que están descoloridas y borrosas. Es curioso cómo, en estas, padres e hijos salimos todos feos y mal vestidos, mientras que las más antiguas conservan todas un punto de elegancia, como esa, por ejemplo, en la que mi padre luce una marinera y unas alpargatas que le confieren un encanto paradójicamente moderno, ennoblecido por el blanco y negro. En los últimos tiempos había hojeado los álbumes con él, y le pedía que identificara a los figurantes que yo desconocía. En este terreno era igual de infalible que en el del rostro de los académicos del Grand Siècle o el del rubato de nuestros pianistas favoritos, y yo era plenamente consciente de que, después de su muerte, ya no habría nadie en la tierra que pudiera decirme que el hombre que salía a su lado, en esa foto tomada en Cazères-sur-Garonne en julio de 1962, era Robert Anet, el tendero que fue su compañero de infancia, o aquel otro hombre, monsieur Lécussan, el dueño de la Maison de la presse, donde mi madre me compró mis primeros libros. Fue aquel verano en que ella me enseñó a leer y yo aprendí a nadar, en la piscina municipal donde el mismo monsieur Lécussan era también monitor. Sujetándome por debajo del vientre, me hacía cruzar todo el largo de la piscina, resplandeciente bajo el sol, hasta los escalones de cerámica azul desde donde mi madre me observaba acercarme. Veía lo orgullosa que estaba de su pequeño, y también yo estaba orgulloso, increíblemente orgulloso y feliz. Ese momento de felicidad y plenitud sin par lo describí cuarenta y cinco años más tarde en las últimas páginas del libro al que Emmanuel Macron hizo alusión en los Inválidos. Ese libro se titula Una novela rusa y es verdad que hizo sufrir a mi madre. Después de que se publicara, estuvimos un par de años sin vernos. El asunto era delicado, yo no me corté ni un pelo. Oscar Wilde escribió esta frase, tan bonita, tan justa: «Los hijos empiezan queriendo a sus padres; cuando se hacen mayores, los juzgan; y a veces los perdonan». Ocurre lo mismo a la inversa: los padres también salen airosos si, antes de morir, tienen la oportunidad de perdonar a sus hijos.
Genealogía
En los archivos de nuestro padre, lo único que estaba bien ordenado –u ordenado según un orden comprensible para los demás– eran las carpetas que contenían sus investigaciones genealógicas. La genealogía había sido su gran obsesión durante toda su vida. Se pasó la vida carteándose con párrocos del Ariège, heraldistas bávaros o un primo lejano de Perú que vivía, en Lima, del comercio de setas alucinógenas, y ambos estaban encantados de intercambiar información sobre su aventurera abuela y tía abuela, Gabrielle Carrère, que, en 1912, con treinta y dos años, se marchó de Pau para cruzar sola el Atlántico a bordo del paquebote Gascogne. Allí coincidió, en la cubierta, con un joven inglés llamado Robert Duncan, del que no había más pistas. Sabía, por supuesto, que mi padre se dedicaba a estas investigaciones, pero no sospechaba que, desde su jubilación, había cogido toda aquella documentación dispersa, desordenada y acumulada a lo largo de setenta años, y la había clasificado y sintetizado escrupulosamente, de tal modo que cabe en cinco carpetas voluminosas, una consagrada a su propia familia, y las otras cuatro a la de su mujer, desequilibrio que se explica tanto porque siempre se interesó más por ella que por sí mismo, como por el hecho objetivo de que se sabe más de las familias aristocráticas que de las familias de campesinos. Estas carpetas parecen auténticas monografías, encuadernadas, divididas en capítulos e ilustradas con árboles genealógicos, pero también con cartas, grabados o fotografías, todo ello caligrafiado con su esmerada letra, vertical e inclinada, difícilmente legible –nunca he visto ninguna que se le parezca–. Me consagré a su lectura los cinco meses que mi padre sobrevivió a mi madre. Intenté preguntarle cosas, pero era demasiado tarde. Desde que ella murió, dejó de interesarle incluso aquello que tanto le había interesado, y, cuando murió él, no me quedó sino el pesar de haber perdido obstinadamente la ocasión, sin embargo ideal, de acercarme a él, de escucharlo, de adentrarme en su terreno, en lugar de interesarme tan poco por sus investigaciones como si hubiera sido aficionado a la filatelia; y puede que, de haber sido filatélico, hubiera merecido igualmente que me interesara, que considerara ese pasatiempo como un acceso a su vida interior. Lo que es seguro, en cualquier caso, es que, si me hubiera entrado el deseo, como suele ocurrir en la última etapa de la vida, de conocer la historia de mi familia y, como soy escritor, de escribirla, habría tardado años en reunir la cuarta parte de lo que mi padre reunió y me lega. Está todo listo, clasificado, ordenado, los personajes identificados, su biografía resumida, sus retratos con pie de foto. Como si, dondequiera que esté, mi padre me dijera: ahora te toca a ti.
La horizontal y la vertical
Los libros, las películas y las historias que más me conmueven son aquellos que muestran al mismo tiempo las dimensiones horizontal y vertical de la vida. Horizontal: el amor, la amistad, las alianzas que se forjan cuando se cruzan las mismas aguas, la misma época. Vertical: las relaciones entre generaciones. Padres e hijos, antepasados y descendientes que vivieron en mundos distintos, que compartieron otros relatos colectivos, otros valores, otras certezas (lo que era evidente, pongamos, para nuestros abuelos, a nosotros no solo nos resulta extraño, sino a menudo escandaloso). Me gusta que me den acceso a estas dos dimensiones de la experiencia humana a la vez, creo que es el secreto de los grandes libros (Guerra y paz, Los Buddenbrook, Cristina, hija de Lavrans...), pero, en realidad, conforme me hago mayor, la que más me interesa es la vertical. Ya no tanto mis amigos y mis amores, como mis padres, mis hijos y el hijo que yo mismo fui. Es sobre eso sobre lo que me apetece escribir hoy. Al mismo tiempo...
Al mismo tiempo
... Al mismo tiempo, formo parte de ese grupo de personas, cada vez más numeroso, que están convencidas de que nos encaminamos a una catástrofe histórica sin precedentes: el hundimiento de nuestra civilización si somos optimistas, o la extinción de nuestra especie si nos ponemos en lo peor. Si es cierto, si de verdad es lo que está pasando, ¿qué sentido tiene escribir sobre otra cosa? Ante el hecho de que somos ocho mil millones en la Tierra, ante el desastre ecológico irreversible, ante la crisis migratoria, ante la inteligencia artificial, que se nos comerá antes incluso de que nos demos cuenta; ante, de paso, el fin de la democracia y de todos nuestros valores occidentales (digo «de paso» porque, aparte de nosotros, no parece que nadie lo vea como una gran pérdida), ante todo eso, ¿no está completamente fuera de lugar que uno se ponga a escribir sobre su insignificante vida que se acaba, sobre su pequeña familia, sobre la juventud de sus padres? En mi descargo, diré que no solo haré eso y que, al empezar este libro, sé que hablaré mucho de Ucrania y de la guerra feroz que Rusia libra en su territorio, porque Rusia, para bien o para mal, es para mí un asunto de familia: es nuestro eje vertical. Pero los últimos meses de mis padres, o el abismo temporal que me separa del niño que fui en los años sesenta, desbordado de alegría cuando su madre le sonreía desde los escalones de cerámica azul de la piscina de Cazères-sur-Garonne, todo eso, por muy insignificante que sea, no carece de importancia. De lo que habremos vivido en nuestro trocito de tierra y en ningún otro, en nuestra pequeña franja de tiempo y en ninguna otra, en el pequeño ser que nos ha sido dado habitar y en ningún otro –y ya puede hundirse el mundo, y a la vista está que se está hundiendo–, dar cuenta de ello sigue siendo el trabajo de gente como yo. Así que, ya que ellos están muertos, mientras siga vivo, lo haré yo.
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Traducción de Juan de Sola
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