LECTURAS

Empieza a leer 'La brecha entre saber y hacer' de Joan Subirats

02/02/2026

Vivimos tiempos inciertos y tormentosos, en que decrece la confianza en los políticos y en la democracia ante el aumento de las situaciones de desigualdad y también de las tensiones y los conflictos. Las democracias están en el punto de mira por falta de resultados: se prometen muchas cosas que luego no se cumplen. Estamos ante una democracia achacosa y los que seguimos creyendo en ella deberíamos aspirar a que no solo sirva para elegir a quien nos gobierna, sino que cumpla también las promesas hechas sobre libertad, igualdad y dignidad para todos. Es decir: una democracia que funcione, que tenga mecanismos para responder a políticos que basan sus iniciativas en lo más llamativo y falsamente eficaz, sin fundamento analítico alguno. O que pueda evitar que fenómenos de emergencia climática acaben en catástrofes humanas inimaginables. De no ser así, no debería extrañarnos que aumente el número de los que piensan que sin tantas normas y con más autoritarismo todo podría ir mejor.
          Para que esta democracia funcione es necesario que las decisiones políticas que se tomen sean las mejores posibles, que se basen en evidencias sólidas y que se pongan en práctica para que no se conviertan en un brindis al sol. La democracia tiene que ser no solo virtuosa, sino también eficaz, debe enfrentar los problemas colectivos de manera más sólida, duradera y efectiva que el autoritarismo y la tecnocracia.
          Y para ello es imprescindible que política y ciencia caminen de la mano, y que cada una de ellas ponga de su parte en ese caminar. La ciencia no puede limitarse a seguir en los laboratorios y centros de investigación, tiene que contribuir a resolver problemas y desmontar bulos. Y, por su parte, los políticos han de estar dispuestos a transitar por terrenos menos trillados, a convertir la esperanza de la mejora en acción, a idear soluciones nuevas para problemas viejos.
          De esto va este libro. De reducir la distancia entre el saber y el hacer. De demostrar que la democracia puede seguir siendo un sistema que combina eficacia y dignidad.
          El avance del progreso ha sido enormemente significativo, pero ahora somos conscientes de sus límites; de la responsabilidad que tenemos en las heridas y cicatrices del planeta, en los riesgos que afloran por todas partes: unos nuevos, otros como resultado de tantas cosas que no hemos llevado a cabo y que se han ido agravando y enquistando; es lo que llamamos «policrisis», una combinación de riesgos y cruce de amenazas que hace cada vez más difícil saber por dónde empezar.
          Actualmente, tenemos un nivel de conocimiento, de investigación científica y de desarrollo tecnológico sin precedentes, pero también una acumulación de problemas sin resolver que cuestionan la supervivencia del planeta y de la humanidad. Y, por si fuera poco, todo está envuelto en una creciente confusión sobre lo que es verdad o lo que es bulo o falsedad.
          La democracia no es el «gobierno de los sabios», es el gobierno de todos. En democracia hay que construir argumentos que puedan interpelar e implicar a la mayoría de la población. No basta con tener razón. Hay que conseguir que muchos otros compartan esa razón. No hay una verdad única. La puesta en marcha de una actuación concreta precisa de acuerdos y ello se consigue creando un espacio común en el que compartir pruebas, argumentos y capacidad de persuasión. ¿Pueden los científicos, en ese escenario de incertidumbre, contribuir a mejorar las decisiones que se toman? ¿Es posible construir espacios de confianza entre científicos y decisores políticos? Los primeros consideran que a los segundos solo les interesa mantenerse en el poder, y estos últimos creen que a los científicos solo les preocupa quedar bien con sus colegas y subir en el escalafón académico.
          Este libro se dirige al conjunto de ciudadanos que confían aún en una democracia que mantenga su legitimidad, largamente construida, y que resuelva problemas. Y se dirige asimismo a los que «saben» y a los que «hacen». En las páginas que siguen trataremos de analizar esa brecha entre el «saber» y el «hacer».

 

Política y ciencia: entre el respeto, la negación o la indiferencia

Decía Jorge Wagensberg (2002), en uno de sus conocidos aforismos, que «la historia de la ciencia es la historia de las buenas preguntas, mientras que la historia de las creencias es la historia de las buenas respuestas». Ciencia y política tienen objetivos y orientaciones distintos. Los científicos acumulan estudios e investigaciones, se plantean problemas, muestran evidencias y señalan riesgos, mientras que los políticos navegan entre todo tipo de presiones, dificultades e intereses contrapuestos, buscando no verdades, sino respuestas que puedan acabar aprobándose. Su objetivo no es tomar decisiones científicamente inapelables, sino conseguir suficiente credibilidad para alcanzar el poder o mantenerlo si ya lo tienen, tanto si honradamente creen que su plan de acción es el que más conviene a la población como si su objetivo es simplemente aprovecharse de su posición de privilegio. En democracia, sin la capacidad de renovar la confianza de la gente nada es posible. Hay que mantener la credibilidad y legitimidad de lo que se propone y se quiere llevar a cabo.
          La ciudadanía –y sus distintas expresiones más o menos organizadas en entidades, asociaciones o grupos de interés– trata de mejorar su situación, pero acumula promesas incumplidas, desconfía de los políticos y también de algunos científicos. Es una ciudadanía expuesta a un constante bombardeo de informaciones poco contrastadas, y a menudo contradictorias, que busca caminos de supervivencia y respuesta a viejos y nuevos problemas, desde sus propias bases de conocimiento o desde los prejuicios que ha ido acumulando.
          La relación entre la ciencia y la dinámica política y social ha atravesado situaciones y momentos especialmente intensos. Lo vivimos recientemente con la crisis generada por la pandemia del covid. Lo hemos comprobado con el debate sobre el comercio internacional y el valor de los aranceles para salvaguardar los intereses de los ciudadanos de cada país. Crecen los temores y las expectativas que generan los avances en Inteligencia Artificial (IA). Y si miramos atrás vemos cómo las grandes transformaciones tecnológicas, basadas siempre en avances científicos previos, impactaron con fuerza en la configuración social, en la vida de la gente, produciendo momentos históricos muy complicados y turbulentos.
          Recordemos lo que supuso la irrupción de la imprenta a finales del siglo XV, o más recientemente lo que implicó la máquina de vapor o el fordismo y las transformaciones subsiguientes, nada pacíficas, de la sociedad industrial. Esos avances provocaron también problemas geoestratégicos relacionados con el control de la energía o de las materias primas imprescindibles para sostenerlos. Lo volvemos a comprobar ahora, cuando se habla de la necesidad de «tierras raras» o de nuevas formas de generación de energía. Ninguno de esos cambios científicos o tecnológicos ha sido nunca socialmente neutro. Siempre hay gente que sale ganando y gente que sale perdiendo, y de eso va la política. La distribución de costes y beneficios, de perdedores y ganadores, provoca siempre efectos políticos y sociales a escalas local y global.
          En política se mira al futuro, y los problemas de hoy son promesas de un mañana mejor. El esquema que funciona es el del progreso permanente. Pero si la ciencia, como ahora, pone límites claros a esa posibilidad de mejora continua, todo empieza a complicarse. Y parte de la ciencia lo está haciendo, cuestionando lo que la modernidad incorporó como axioma: la separación entre sociedad y naturaleza, donde la primera contiene los sujetos y la segunda los objetos. Esa separación permitía poner a disposición de la humanidad todos los recursos naturales, entendiendo que eran ajenos a nuestro ser y que podíamos aprovechar sin límites su riqueza y diversidad. La ecología política ha puesto de relieve los condicionantes intrínsecamente políticos del orden natural. Se requiere un conocimiento que entienda el sistema terrestre de manera integral, con sus componentes humanos y no humanos. Ayudar al debate de lo que podemos permitirnos. Esto exige una mayor articulación del conocimiento actualmente fragmentado en las diversas disciplinas.
          En este escenario de urgencia, los científicos no deberían limitarse a publicar en las revistas más prestigiosas, sino ir más allá ayudando a cambiar dinámicas que resultan cada día más difíciles de sostener, tratando de generar también más transferencia e impacto, buscando influir en las decisiones, saliendo de su espacio habitual autorreferencial, y entrando en terrenos en los que se debaten intereses, valores, distribución de costes y beneficios. Pero no es un problema solo de los científicos. También afecta a los políticos y al resto de los actores que intervienen en cada decisión. Los cambios tienen que ser profundos en las formas de proceder y de orientar las políticas públicas. El incrementalismo, la patada hacia delante, el ir tirando, han ayudado a trampear intereses contradictorios, escapando de debates a largo plazo y utilizando acuerdos de mínimos en los que todos los actores salían ganando, aunque fuera poco. La ciencia, de manera sólida y precisa, ha advertido que el tiempo corre inexorablemente y que no hay planeta de recambio. La contundencia de esa afirmación provoca un verdadero seísmo en la manera tradicional de funcionar de los sistemas políticos, acostumbrados a ofrecer perspectivas de solución para el futuro porque no siempre saben cómo resolver el presente.
          En 2007, el entonces presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, dijo que «todos sabemos lo que hay que hacer, lo que no sabemos es cómo conseguir ser reelegidos una vez lo hayamos hecho» (The Economist, 15-3-2007). En la agenda política, la selección de los problemas no responde a criterios de significación estratégica, sino más bien a resolver los temas más acuciantes para seguir gobernando.
          La pregunta es la siguiente: ¿pueden aprovechar los políticos la información y el conocimiento del ámbito científico? Somos conscientes de que no todo en política son datos, predicciones y control, y de que hay muchos aspectos en nuestras vidas que tienen que ver con el conocimiento común compartido, con lo desconocido, con lo ambiguo y con lo incontrolable. Partimos pues de que el planteamiento de una ciencia para las políticas no puede ser otro que el de la humildad analítica.
          Iniciaremos nuestro recorrido poniendo de relieve el significado que tiene en la política democrática la construcción y puesta en práctica de las políticas públicas. Después incorporaremos algunos elementos clave de la labor de la ciencia y de las peculiaridades de los científicos. Pasaremos luego a analizar cómo pueden los científicos aprovechar la capacidad transformadora de la política y los políticos, así como el potencial de la ciencia para mejorar la democracia y la vida de la gente. Por último, abordaremos el apartado clave: la ciencia para las políticas públicas. Haremos hincapié en definir bien el problema, sin ocultar las diferencias que separan a científicos, políticos y al resto de los actores implicados en una política pública, y la necesidad, por tanto, de labores de mediación y de experimentación para evitar que todo ello solo sirva para constatar los desacuerdos.

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