LECTURAS
Empieza a leer 'Sexo, mentiras y Hollywood' de Peter Biskind
Prólogo
Puede decirse que este libro es una continuación de Moteros tranquilos, toros salvajes, mi versión de los años setenta, esa década exuberante y fecunda que nos dio el llamado Nuevo Hollywood, una ola formada principalmente por chicos que habían estudiado cine y que, influidos por las drogas, el cine europeo y el movimiento pacifista, aprovecharon un momento en que el sistema de los grandes estudios estaba casi en bancarrota para dedicarse a producir las mejores películas norteamericanas de la segunda mitad del siglo xx. El Nuevo Hollywood duró apenas diez años, incluso menos, pero dejó un rico legado del que no hay que olvidar ese irregular y heterodoxo grupo de herederos espirituales y estéticos llamados colectivamente indies, «independientes».
El concepto «cine independiente» evoca de inmediato ideas tan nobles como «integridad», «visión», «expresión personal» y «sacrificio». Evoca la imagen de cineastas jóvenes y luchadores estirando al máximo las tarjetas de crédito para pagar a sus actores y equipos, gente que trabajaba largas horas por una remuneración escasa, o sin remuneración alguna, simplemente porque creía en lo que hacía. En palabras de Quentin Tarantino: «Los directores independientes no ganan dinero. Se gastan todo el dinero que tienen en hacer una película. Mejor dicho, el que no tienen. El dinero de sus padres. Roban dinero, se endeudan para el resto de sus vidas. La película puede ser todo lo buena o todo lo mala que quiera, pero es su película.»
Aunque esta idea convencional encierra algo más que una pequeña verdad, es importante recordar que ésa no es toda la verdad. La vida en el cine independiente puede ser desagradable y brutal... y breve. Se dice que, si Hollywood se parece a la mafia, los independientes son la mafia rusa. En ambos casos, los malos no dejan ver a los buenos, pero en Hollywood lo hacen con cierto grado de finesse: después envían una cesta de frutas al asistente de dirección. Los independientes, en cambio, te liquidan y, si pueden, se cargan también a tu mujer y a tus hijos, por si acaso. En el mundo de los estudios se vive encarcelado en una jaula dorada. En el mundo del cine independiente se vive encarcelado también, pero en un agujero más oscuro, más sucio y mucho más estrecho. Con menos cosas en juego, un botín menos jugoso, poca comida y poca agua, la lucha es tanto más feroz; las ratas (bueno, no seamos tan duros: los ratones) se comen entre sí. Y, como no hay adónde escapar, tampoco hay respiro ni derechos. La gente se mueve por ahí con una conducta incluso peor que la de Hollywood.
En Moteros tranquilos, toros salvajes el desafío era abrirse camino a machetazos por el matorral de la memoria, adornada ya con recuerdos recubiertos de leyenda, cuentos chinos contados tantas veces que llevan la aureola de la verdad. Aquí, al resucitar los años noventa, el enemigo tiene cabeza de hidra: las mentiras, el miedo, la falta de perspectiva histórica. La desconexión entre la apariencia, tal como la presentan los medios de comunicación, y la realidad de lo que ocurre entre bastidores, es tan grande en Hollywood como en Washington, si no mayor, porque el glamour de la industria del cine –incluidos los modestos independientes– se apoya en el espectáculo presentándose como un manto, acallando cualesquiera inclinaciones descarriadas o fisgonas que puedan aparecer de vez en cuando; al mismo tiempo, los asuntos en juego carecen de la gravitas que inflama, al menos ocasionalmente, las ambiciones de los periodistas políticos. Además, las historias de Hollywood tienen un ciclo de vida interno que conspira contra la revelación. Comienzan en conflicto, y si un periodista tiene bastante suerte para coger a un actor airado en el fragor de la batalla, la verdad puede aflorar a la superficie. Sin embargo, al margen de las atrocidades que hayan tenido lugar en el plató o en la sala de montaje, cuando llega el momento del estreno, las partes interesadas ya están convencidas de que airear públicamente los trapos sucios no conviene a nadie y de que, además, no sirve de nada, mucho menos para la película, cuya protección es lo primero. Los principales, que tal vez unas semanas antes han estado a punto de cortarse mutuamente la yugular, aparecen sonrientes y bien arreglados en televisión, encajan las preguntas suaves de Allison Anchor y parecen figuras robóticas de los deportes que farfullan, recatadamente: «Yo sólo juego una partida por vez» o «Mi oponente es un verdadero rival». Si la película es un fracaso, a nadie le importa cuánta sangre ha corrido durante el rodaje; si le va bien, si tiene éxito –nominaciones al Oscar, grandes recaudaciones– los convierte a todos en tortolitos. En los dos casos, la verdad termina siendo una víctima del calendario, en una noticia ya vieja, hecha a un lado por el próximo gran estreno.
Miramax –y, en menor medida, Sundance– domina esta historia, tal como domina el mundo del cine independiente. Muchos de los directores, llegados hoy a la mitad de su carrera, y de los empleados entrevistados para este libro, no se prestaron de buena gana a decir la verdad ni sobre Miramax ni sobre Sundance. En enero, el Festival de Cine de Sundance es el evento más importante de la agenda indie. Los directores preparan la agenda de rodaje a fin de que sus películas salgan del laboratorio a tiempo para que, en otoño, las vea Geoff Gilmore, el director del festival. Hay otros festivales –Telluride, Toronto, etc.–, pero Sundance es, con mucho, el principal escaparate del cine independiente, el mejor lugar para ver y ser visto, para codearse con los mandamases de Hollywood y contactar con colegas. Fue también Tarantino quien, al hablar del año en que presentó Reservoir Dogs, dijo: «Nunca en mi vida he sentido nada igual, esa fiebre, ese insistente “vamos a entrar, vamos a entrar, vamos a entrar”, sudando y perdiendo el pelo como todo director norteamericano independiente, sin dejar de pensar en eso.» El rechazo significa volver a currar en la tienda 24-horas o en la escuela de trabajo social. Además, si uno se pone en contra de Sundance, no podrá sacar partido de los talleres ni de los tiernos cuidados que ofrece el festival. Aunque el historial de Robert Redford como jefe del instituto es, como mínimo, accidentado, rara vez ha tenido mala prensa, sobre todo después de envolverse en el estandarte de Sundance. Con una sola excepción: en 1991, cuando servidor escribió un artículo crítico publicado en la revista Premiere. Aunque pude entrevistarlo en ese momento, Redford, que tiene mucha memoria y parece aferrarse a los rencores como un hombre a punto de ahogarse, se negó a colaborar en este libro y, en cierta medida, restringió mi acceso a, como mínimo, uno de sus empleados clave.
Luego está Miramax, dirigida por los hermanos Harvey y Bob Weinstein. Los hermanos tienen fama de brillantes, pero también se los conoce por su malicia y su brutalidad. Aun cuando, hablando en plata, Miramax no es una productora independiente, lo fue en una época, y hasta hace muy poco se movía en ese mundo como el coloso del proverbio. Las preguntas en torno a Harvey Weinstein tienden a provocar respuestas estándar, por ejemplo: «Le apasiona el cine», o: «Puede que sea un tipo difícil, pero lo único que le importa es el trabajo.» En consecuencia, si bien en este libro hay muchísimas citas con nombre y apellido, también hay algunas que no llevan firma. A Weinstein le gusta insistir en que la prensa utiliza citas sin mencionar la fuente, dando a entender que ése es el último refugio del sinvergüenza, una daga empuñada al amparo de la noche. Y es cierto que, en un mundo perfecto, las fuentes hablarían sin tapujos, sin miedo a represalias. Pero, por desgracia, no vivimos en un mundo perfecto.
Cada año Miramax estrena la misma cantidad de películas que dos estudios juntos. En virtud del volumen de su producción es, con mucho, el principal empleador, en Nueva York, de talentos ordinarios y de equipos extraordinarios, y tiene también una presencia importante en Los Ángeles. Los empleados de plantilla temen que hablar les cueste el puesto de trabajo o no poder acceder a ningún empleo en el futuro. Los directores temen que, si se ponen en la lista negra de los Weinstein, los hermanos no les pasen el siguiente y codiciado filme con Nicole Kidman ni ningún otro. Los guionistas se preguntan si podrán vender su último guión y a los actores les preocupa que no los contraten para ese papel que tanto anhelan en la próxima película de Lasse Hallström. En palabras del director James Ivory: «A mucha gente le da miedo decir lo que piensa. Los directores, los actores, las actrices y las personas que podrían terminar otra vez en manos de Weinstein, pueden querer hacer otra película con él aunque hayan tenido una mala experiencia; no hablarán.» Los hermanos Coen, tal vez el equipo independiente por antonomasia de estos días, produjeron no hace mucho en Dimension, la división de Miramax que lleva Bob Weinstein, una película llamada Bad Santa, protagonizada por Billy Bob Thornton y dirigida por Terry Zwigoff (Crumb, Ghost World). Tras algunas discusiones francamente feas, Bob le quitó la película a Zwigoff y contrató a otro director para que volviera a rodar el final. (Posteriormente, Zwigoff volvió al rodaje.) Se dice que uno de los Coen –o tal vez ambos– comentó con semblante adusto: «Nos hemos pasado toda la carrera evitando a Miramax; he aquí la razón.» Por lo general, los hermanos Coen se enfrentan a la prensa como un paciente al torno del dentista, pero esta vez han sido inusitadamente prudentes. ¿Le importaría confirmar si hizo tal comentario? «No tengo nada que decir», dice Ethan Coen. ¿Querría decir algo sobre Bad Santa? «No.» ¿Le gustaría decir algo después del estreno? «No.» ¿Sería mejor preguntarle a Joel? «No.» Aunque en privado son muchos los que hablan mal de los Weinstein, es raro el director que diga, como Spike Lee: «Voy a decir lo que pienso: no me asusta ese gordo imbécil, no puede dejarme fuera de la industria.»
Los Weinstein no han tardado nada en llevar a juicio, o en amenazar con hacerlo, a los que les han llevado la contraria. Cuando un empleado clave deja la empresa, o cuando los hermanos resuelven un pleito, las condiciones de indemnización o pago, como las que impone Sundance, contienen a menudo cláusulas-mordaza que prohíben a la gente decir la verdad. Y cuando los Weinstein se enteran de que se avecina un artículo crítico, o de que alguien ha quebrado el código de omertà, la ley del silencio impuesta por las organizaciones criminales, los publicistas de Miramax les dejan los escritorios como si hubiera pasado una nube de langostas. También es sabido que los hermanos han recurrido a la intimidación a priori, o que, a posteriori, ejercen algún tipo de control. Son especialmente hábiles en convertir en buenas las malas noticias. ¿Fracasó la revista Talk? ¿La empresa perdió veintisiete millones de dólares? No importa, eso le permitió a Harvey «regresar a sus raíces». ¿Que Gangs of New York fue una sangría de dinero? Miramax no puede perder; su riesgo está limitado a quince millones. MGM (Metro Goldwyn Mayer), asociada con Miramax en Cold Mountain, de repente se echa atrás porque teme que el presupuesto se dispare y deje a la mini-gran empresa, ya en apuros, con una patata caliente de noventa millones. Ningún problema. Como única propietaria, Miramax ganará más dinero. Harvey es el Lizzie Grubman* de la industria del cine, un conductor borracho que se sube al bordillo, deja lisiados a unos cuantos peatones, vuelve a meterse a lo loco en la calzada y frena por un pelo a pocos centímetros de una paseante con criatura incluida, tras lo cual baja de un salto, coge al bebé y lo levanta en brazos para que todos lo vean y él pueda atribuirse así el mérito de haberle salvado la vida.
Sin embargo, los Weinstein son demasiado listos para confiar únicamente en el palo. También enseñan la zanahoria y, de vez en cuando, suben a sus montadores preferidos al jet de Miramax, ganándose corazones y cerebros con fiestas por todo lo alto, adulando a los periodistas con pases privados y recabando opiniones. En la última década, los hermanos se han vuelto expertos en hacer con la prensa lo que les da la real gana. En 1991, cuando trabajaba en la revista Premiere, se me pidió que escribiera un artículo de investigación sobre los hermanos, ya entonces conocidos por su conducta extravagante. Antes de que hiciera una sola llamada telefónica, Miramax ya había amenazado con retirar sus anuncios de la revista; lo próximo que supe fue que Harvey se había estrenado como columnista de Premiere y que a mí me tocaba corregir sus columnas. ¿Y la feroz revelación? Carpetazo.
Cuando había llegado a la mitad de mi libro –trabajando alegremente, pensaba yo, bajo el radar– me llamaron para citarme en el tercer piso del 375 de Greenwich –los despachos de Miramax– donde me recibirían los hermanos Weinstein. Harvey no estaba contento. Yo le había dicho que no husmearía en su vida privada –al fin y al cabo, los años noventa no eran los setenta; las drogas, el sexo y el rock and roll ya no eran estimulantes creativos ni fomentaban carreras–, pero se había enterado, gracias a la red de informantes que tratan de congraciarse contándole por teléfono lo que han oído por ahí, de que yo había empezado a meter las narices donde no debía.
Los despachos de Miramax son un lugar desconcertante en el que trabajan muchas personas inteligentes y de buen corazón, como Matthew Hiltzik, vicepresidente de publicidad de la empresa; algunas de esas personas llevan años trabajando con Miramax, como Arthur Manson, experto en márketing, hombre de aspecto distinguido y canosa melena, muy querido en el gremio, o Irwin Reiter, contable y veterano de la empresa, en la que lleva quince años, cuya tímida sonrisa y su cara de buena persona hacen que caiga bien al instante. Recuerdo que pensé: Si estos muchachos trabajan aquí, no puede ser un lugar tan malo como lo pintan. Pero también están los otros, los que viven encorvados sobre el escritorio, los que sólo levantan la vista para echar una mirada furtiva impregnada de mudo significado, como mensajes en botellas arrojadas al mar. El lugar me recordó aquellas viejas películas, como Horas desesperadas, en las que un psicópata toma como rehén a toda una familia y, cuando por fin la policía aparece en la puerta y le pregunta a la temblorosa madre «¿Todo bien, señora?», la mujer esboza una sonrisa y dice entre dientes: «Sí, agente, todo bien», mientras con los ojos grita todo lo contrario.
Harvey estaba sentado detrás de un gran escritorio hecho de alguna clase de madera con un intenso lustre rojo. Aunque le ha llevado mucho tiempo, finalmente ha encontrado su imagen: una camisa de golf negra con el cuello abierto –enseñando la cicatriz de la traqueotomía que le practicaron en las navidades de 1999– y pantalones oscuros con tirantes anchos. No pude evitar observar, en un rincón, un bate de béisbol apoyado contra la pared. Leyendo mis pensamientos, Weinstein se movió rápidamente con el humor autorreprobatorio que se ha convertido en su sello característico, y gritó: «¡Matthew, ven aquí! ¡Es la hora de tus azotes!» Bob, sombrío e inquietante, estaba desplomado en una silla, a la izquierda, delante del escritorio, cual Calibán junto a Próspero, mientras yo me hundía en un sofá sin fondo, de piel negra, y tanto, que tenía que mirarlo desde abajo, demasiado consciente de la «minimussolinidad» de la situación. El olor de la amenaza impregnaba el aire como el olor a neumáticos quemados. Me sentía como el tipo de una de esas películas con bomba en el edificio, Bruce Willis en Jungla de cristal, con miedo a cortar el cable equivocado, el rojo en lugar del amarillo, por miedo a que todo vuele por los aires.
Pasar siquiera un breve rato con Harvey significa familiarizarse con un hombre de encanto preternatural que, no obstante, es una olla hirviente de inseguridades, un hombre en el que el amor propio y el odio a sí mismo combaten como dos demonios, iguales en fuerza, astucia y determinación. Escucharlo hablar un rato significa divertirse sin parar, pero también terminar maltrecho por las incesantes oleadas de desmedido orgullo, suavizadas con disculpas, por la falsa modestia y la autocompasión, características que me hacen pensar en Richard Nixon.
Harvey, luciendo su sombrero de editor –también dirige Miramax Books– comenzó menoscabando mi proyecto, diciendo, como por mi propio bien, que libros como el que yo escribía no venden. No pasaba nada si me daba por contento con una palmadita en la espalda en los cócteles, pero mi libro era esencialmente un perdedor, y también lo era yo. A modo de comparación, mencionó varios libros de Miramax que entonces figuraban en la lista de los más vendidos del New York Times y preguntó: «¿Qué quieres escribir realmente?» Como él suponía –tiene una misteriosa habilidad para encontrar y apretar los botones correctos–, yo tenía, en efecto, un proyecto que abrigaba en secreto, y le dije de qué se trataba, sintiéndome todo el tiempo un gilipollas por dejar que jugase conmigo. Lo que le dije pareció entusiasmarlo. Se le encendió el rostro y bramó: «Es una idea estupenda, podrías ganar millones. Lo haremos, ¿no, Bob? ¿Por qué no dejas el libro que estás escribiendo ahora y haces éste?» Yo no acepté la proposición y Harvey pareció lamentarlo de veras por mí, puesto que así le había confirmado que, en efecto, era un perdedor.
De ninguna manera puede afirmarse que Sundance y Miramax son casos anómalos. Todos los que se mueven en la industria del cine intentan desesperadamente salirse con la suya; en este caso, controlar a la prensa. Pero, gracias, al menos en parte, a sus hóldings editoriales –en esos días, la revista Talk seguía avanzando con dificultad y Harvey tenía intereses en Gotham y también en Los Angeles Confidential–, el huerto de zanahorias de Harvey es grande. Al final, más listo que Redford y seguidor de la máxima de Don Corleone –«Sé amigo de tus amigos y aún más de tus enemigos»–, decidió conceder una serie de entrevistas, cosa que le agradezco. Lo mismo puede decirse del pequeño ejército de antiguos empleados que han pasado por las puertas de Miramax. Dado que yo no estaba en condiciones de prometerles un refugio en el programa de protección de testigos, algunas de las personas a las que me acerqué tuvieron miedo a hablar, pero fueron muchas más las que aceptaron, a cara descubierta o no, o las dos cosas, y también a ellas quiero darles las gracias.
Tengo una deuda especial con Lynda Obst, una de las más agudas observadoras del mundillo de Hollywood que yo conozca, además de talentosa escritora, pues me animó a embarcarme en este libro y, cuando me encontré al borde, sin saber a ciencia cierta si podría terminarlo, me alejó del precipicio. También me gustaría dar las gracias a los amigos y colegas a los que me dirigí pidiendo ayuda, a la vieja pandilla de Premiere, ahora dispersa por los cuatro puntos cardinales: Susan Lyne, Rachel Abramowitz, Corie Brown, John Clark, Nancy Griffin, Holly Millea, Howard Karren, Kim Masters, Christine Spines y Mark Malkin, y también a Carl Bromley, James Greenberg, Michael Cieply, Charles Lyons, Dana Harris, David Carr y al investigador Stephen Hyde. Muchos actores del cine independiente que huyeron de estos agradecimientos como de un edificio en llamas, dedicaron parte de su tiempo a ponerme en contacto con las fuentes, pero tengo que subrayar que las opiniones aquí expresadas son mías, no suyas.
Sara Bershtel y Lisa Chase leyeron el manuscrito y me ayudaron con sus consejos, y lo mismo hizo Bruce Handy, mi editor en Vanity Fair.
Y, como hicieron en el pasado, Bob Bender, mi editor de Simon & Schuster, y mi agente Kris Dahl, de ICM, me prestaron una gran ayuda. También tengo que darles las gracias a mi esposa, Elizabeth Hess, y a mi hija, Kate, por dejar leche y galletas delante de la puerta de mi despacho.
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Traducción de Daniel Najmías
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