LECTURAS
Empieza a leer 'Un deseo desmesurado de amistad' de Hélène Giannecchini
Haz un esfuerzo por recordar
Parte de mi historia no me la contaron. Los padres no les cuentan a sus hijas lo que no han vivido, no las preparan para lo que ellos no han sido y ellas sí podrían ser. Mis padres me hablaron de su vida, de sus historias de amor –tanto de sus encuentros como de sus rupturas–, de sus amistades, de sus convicciones, de sus dudas y hasta de sus fracasos; me describieron los escenarios de sus infancias, los empleos que tuvieron y los países donde vivieron quienes me precedieron. Algunos detalles me los ahorraron, por supuesto, pero ninguna de mis preguntas quedó sin respuesta. Aun así, sigo creyendo que una parte de mi historia no me fue transmitida.
Saber de mi familia no bastaba. Necesitaba otra filiación para prolongar y aumentar la originaria y, a veces, para librarme de ella; precisaba una filiación que no tuviera nada que ver con la sangre. Así que busqué a personas que, antes que yo, hubieran construido sus vidas conforme a los mismos deseos y aspiraciones. Sé lo mucho que les debo a esas personas que han posibilitado mi existencia. ¿Cabría calificar esa historia, que se perpetúa en mí, de feminista, minoritaria o queer? Desde luego. Es una historia política, una historia de lucha y de amistad, de esos lazos tenidos por menores que rara vez se consignan en los archivos y desaparecen cuando lo hacen sus protagonistas. Es una historia que se está aún desvelando y escribiendo, que se elabora a partir de rastros a menudo frágiles y debe arrancarse de la vergüenza y el silencio. Pero me es necesaria, pues sin ella vencerá la soledad.
Durante mucho tiempo creí que yo no existía. Si hubiese buscado un poco, habría encontrado libros, aliados o testigos, pero nadie me puso sobre la pista. La afirmación podría aplicarse tanto a mi familia como a mi escuela: en ninguno de los dos espacios se hablaba de Magnus Hirschfeld o Sojourner Truth, de las sufragistas o los disturbios de Stonewall. Tuve que esperar a enamorarme a los diecinueve años para que una chica de gafas redondas y pelo corto me explicara que la marcha del Orgullo a la que habíamos ido aquel día a bailar y gritar proclamas era una conmemoración de aquellos disturbios de 1969 contra la violencia de la policía, incitados por unas mujeres trans en un bar de Nueva York, el Stonewall Inn. Fue esa misma chica la que, en su habitación del CROUS, me pasó por primera vez un libro de Monique Wittig, y fue ella quien me habló de Judith Butler y me contó que el género y el sexo eran dos cosas distintas y ambas eran constructos sociales. El pensamiento desplegó el deseo, lo justificó y lo afirmó de tal modo que aún no he conseguido desligarlos. Recuerdo estar tendida a su lado en su cama individual, intimidada y cautivada por todos aquellos nombres nuevos, por el aire tan serio que adoptaba al pronunciarlos, por sus rizos rubios y las ideas que me revelaba, por todo el deseo que fluía a través de mí y por aquellos libros que no conocía, aunque tratasen de mi experiencia. Junto a ella entendí que la vida cobra sentido cuando se vincula a otras vidas. Pero para eso primero hay que encontrarlas.
Nuestra relación no duró, pero lo que ella me transmitió no me ha abandonado. Me percaté entonces de que faltaban palabras, de que había vidas que rara vez se contaban. Hoy sé que los relatos se tejen con las grandes voces de la memoria mayoritaria. Para poseer mi propia historia, he tenido que buscarla. Quien me puso sobre la pista fue Monique Wittig, la escritora con la que entré en contacto en el cuarto de residencia de mi primera amante: «Dices que no hay palabras para describir esta época, dices que no existe. Pero acuérdate. Haz un esfuerzo por recordar. Y si con eso no basta, inventa». Limitarse a constatar la ausencia de un relato no basta, eso sería una derrota. Eso es, al menos, lo que pensé al leerla. Si ese silencio no me conviene, me corresponde a mí romperlo. Y puede que me falten las palabras, pero los hechos están ahí y también las vidas, esperando a ser vistas y contadas. Así que hice caso a Wittig y me esforcé por recordar, por encontrar lo que no me fue dado. Y cuando las fuentes tenían demasiadas lagunas, cuando no podía rellenar los espacios en blanco, seguí su consejo: inventé. Al fin y al cabo, las historias de familia son justamente eso: historias, ficciones en las que elegimos creer. Son subjetivas y construidas, y ahí reside su belleza. Son relativas, también, lo cual nos da derecho a inventar otras. Y, como de lo que se trata es de contar historias, yo he hilvanado la mía sobre la marcha.
Esta memoria, entreverada de hechos y ficciones, me es necesaria. Desprovista de pasado me siento frágil, plagada de dudas. Por lo demás, cuando las amazonas de Wittig se esfuerzan por recordar, «hablan a la vez del peligro que representaban para el poder», se acuerdan de su fuerza, de que «su poder unido era una amenaza para las jerarquías, los sistemas de gobierno y las autoridades». Amputarnos nuestras historias es una forma de menguar nuestro poder; los relatos de las minorías se silencian porque llevan consigo la semilla de la subversión.
Así que fui creándome otra familia, además de la que ya tenía, una familia de otro género, extensa, política, una familia que me recuerda la fuerza que tenemos y la amenaza que entrañamos. A todos sus miembros los escogí yo, y fui yo quien compuso mi propio linaje: el pasado no se impuso al presente, como suele ocurrir. Viajé para encontrar a las de mi estirpe, para escucharlas, para contemplar sus imágenes y visitar sus archivos. De esos viajes volví con un poco más de pasado y la sensación de haber añadido cierta profundidad a mi vida. Esa nueva amplitud me eleva y también me pesa. Lo que he reunido está lleno de fuerza y de alegría, pero también de violencia. Hay noches en que me siento extenuada por todo lo que he absorbido y tanto me ha costado asimilar, por esas vidas que se vieron aplastadas por el orden y la norma y a veces se quebraron bajo su peso.
Recuerdo mi último vuelo transatlántico, con el más precioso de los cargamentos en el equipaje. Las luces de cabina estaban apagadas y nos envolvía una completa oscuridad. Las turbulencias llevaban sacudiendo el avión desde el despegue y yo trataba de sobreponerme al miedo. Mi vecina, una mujer de unos cincuenta años con un chándal turquesa, dormía profundamente con los ojos vendados, y yo la miraba de vez en cuando para tranquilizarme: si el peligro hubiera sido real, no habría estado tan relajada. Traté de quedarme quieta, de aceptar los bandazos y la angustia, las fluctuantes ganas de vomitar. Cerré los ojos y evoqué imágenes amables que desfilaron bajo mis párpados cerrados: las nieves del polo que bordeábamos, un edificio de ladrillo en Brooklyn, montañas, una vieja casa perdida en un valle, una camiseta que se alza para descubrir un tatuaje sobre el que poso la mano. Había desdoblado la manta polar suministrada por la aerolínea para ocultar la mochila que, en lugar de estar metida bajo el asiento, yacía sobre mi regazo. Intenté visualizar su contenido. Cada vez que sentía que nos caíamos la apretaba un poco más. Estoy convencida de que fue aquella mochila la que impidió que el avión cayera en picado y desapareciera bajo las aguas. No podía morir volviendo de Estados Unidos con cientos de negativos de la fotógrafa Donna Gottschalk: vidas enteras, rastros de una historia que había transcurrido antes de que yo naciera, en otro país, pero que era también la mía. Me había hecho jurarle que llevaría siempre conmigo su archivo fotográfico, keep it always with you, y yo cumplía mi promesa. Donna es solo un año mayor que mi madre, pienso en ello a menudo. Vivieron su infancia al mismo tiempo, en los años cincuenta, una en Nueva York, la otra en Marsella. Son la encarnación de las dos filiaciones paralelas que definen mi vida. Donna es una especie de madre alternativa; al fin y al cabo, podría haber sido criada por una fotógrafa lesbiana oriunda de Nueva York. ¿Por qué no?
Donna Gottschalk fotografió a las personas que amaba y con las que compartía su vida: lesbianas de clase obrera, transexuales, marginados, trabajadoras. Dice que fotografió a aquellas a las que nadie mira, a las olvidadas. Con las esquinas de las cajas de negativos clavadas en el estómago, me digo que, puestos a inventar nuevas historias familiares, mejor aunarlas con otras.
Un deseo desmesurado de amistad
Caminamos muy juntas. El frío que sube de los canales es difícil de soportar y no vemos la hora de encontrar cobijo: cualquier café servirá. Apretamos el paso hasta que Noée se detiene en seco. Nos volvemos para ver qué pasa. Ella alza la cabeza: «Ha habido otra matanza en Estados Unidos, una más, en una disco gay de Colorado Springs, ha sido un infierno». Muertas de frío, nos inclinamos sobre la pantalla de su móvil para leer el artículo que ha encontrado. La historia de siempre, repetida hasta la saciedad: un asesino entra en un club con un rifle de asalto y una pistola y abre fuego al final de un espectáculo de drag queens. Los presentes tardan unos segundos en percatarse de lo que sucede. La música continúa un rato antes de dar paso a los gritos y el pánico. Resuenan los disparos, algunas personas tratan de huir o esconderse, muchas llaman a la policía: «¡Ayuda, nos está disparando, ayudadnos, joder!». Finalmente, el asesino es reducido. Las sirenas llegan con gran estruendo y proyectan su luz azul contra la fachada. Hay cinco muertos y dieciocho heridos.
Somos cuatro en ese aire glacial que de pronto nos trae sin cuidado, llenas como estamos de una mezcla de rabia, dolor y miedo que conocemos demasiado bien. «¿Qué hacemos?», pregunta Andrea. Decidimos tirar hacia el Homomonument. Por el camino recogemos las flores que Ámsterdam nos puede ofrecer. Al caer la tarde nos reunimos todas en una punta de granito rosa que se adentra en las aguas del canal, y dejamos nuestro ramillete improvisado entre las llamas de las velas y unas cuantas palabras de amor desdibujadas por la lluvia. Es la primera vez que disponemos de un espacio para honrar la memoria de unas desconocidas, para brindarles algo, para expresarles que sus vidas contaban y lloramos sus muertes.
El Homomonument es el primer monumento del mundo erigido en memoria de las personas homosexuales perseguidas y oprimidas. Se inauguró el año en que yo nací, en 1987. Está compuesto de tres triángulos de granito rosa de diez metros de lado, que son también los vértices de un triángulo más grande, a orillas del canal. Cada vértice tiene su particularidad: el primero está encastrado en el suelo, el segundo se adentra en las aguas y hay que bajar cuatro escalones para llegar a su punta –ahí hemos depositado nuestras flores– y el último, a diferencia de los otros dos, está en relieve. En general, este tipo de arquitectura que trata de fijar en la ciudad un pedazo de su historia me deja bastante fría. Paso por delante de algunos de estos monumentos sin verlos siquiera y los más espectaculares me producen cierto malestar, son como un orificio en el tejido urbano, un lugar de suspensión contra el que mi memoria tropieza, generando paradójicamente una especie de olvido. Pero este me conmueve, quizá porque me apela directamente o porque comprendo su función. El duelo comunitario es a menudo una experiencia solitaria y es un alivio tener, por una vez, un lugar al que acudir para celebrarlo.
Después de depositar nuestras flores, cada una se recoge un momento. A mí me da por recorrer el monumento. Según el punto de mira, contemplo una versión gigante de la insignia con la que los nazis marcaban a los homosexuales o un símbolo de la comunidad gay. Todo depende de la orientación del triángulo: si apunta hacia abajo es un signo de muerte; si apunta hacia arriba es el emblema de la lucha concebido por los artistas de Gran Fury, militantes contra el sida. A ellos les debemos esa inversión, característica de los movimientos por los derechos civiles. Lo que busca ese triángulo alzado es luchar por el sentido, reapropiándose de un símbolo de destrucción, de un insulto; invertir la vergüenza y la infamia y sustituirlas por el poder.
El frío me arranca unas lágrimas, me ajusto la bufanda y me tomo unos minutos para contemplar la ciudad envuelta en la niebla, el canal bordeado de casas, la gente con prisa, el ir y venir de los tranvías. Luego retomo el recorrido en torno al monumento y al bajar la mirada reparo en una gran V bajo mis pies. Me aparto un poco y leo VRIENDSCHAP en letras brillantes incrustadas en el suelo. Está claro que he tropezado con una frase. Saco el móvil para copiarla en mi traductor automático neerlandés-francés y llamo a mis amigas. Noée se me une en un par de zancadas. Andrea, inmersa en la lectura de un texto explicativo, me hace señas para que espere. Inès llega a mi lado y se pone en cuclillas para tocar la frase con la punta de los dedos. Vuelvo hacia ellas la pantalla del teléfono y les muestro la traducción. Hemos ido a detenernos sobre estas palabras: «Presa de un deseo desmesurado de amistad».
Llegamos a Ámsterdam ayer, exaltadas por la perspectiva de una semana de amistad. El apartamento que hemos alquilado está en el último piso de un edificio estrecho. Desde esa base de operaciones, la ciudad es nuestra. Bajo nuestras ventanas, el Homomonument, del que nunca habíamos oído hablar, traza un triángulo rosa en el pavimento. Llegamos sin ningún plan muy concreto, solo con la idea de deambular por la ciudad, visitar algún museo y tomar una cerveza en el legendario Café ’t Mandje, regentado por la temible Bet van Beeren, una lesbiana vestida de marinero, famosa por cortarles las corbatas a los clientes maleducados. Desde que me había subido al tren con mis tres amigas me sentía llena de alegría. Las tres me hacían reír y me sorprendían, mis ideas se aclaraban en su compañía y al mirarlas me embargaba una mezcla de emoción y admiración.
Por eso, cuando me topo con esa frase grabada en el suelo me digo que está escrita para nosotras, que ese deseo desmesurado de amistad es el nuestro.
Inès, Noée y yo decidimos rodear el monumento, esta vez juntas, siguiendo la línea metálica que une los tres vértices del triángulo. Noée enlaza su brazo al mío para protegerse del frío. Leemos las explicaciones y nos enteramos de que los tres triángulos menores representan el pasado, el presente y el futuro. El del pasado es el que lleva inscrita la frase sobre el «deseo desmesurado de amistad» y apunta hacia la casa de Ana Frank, a pocos metros de distancia. El del presente es el que se adentra en las aguas del canal, está dedicado a las desaparecidas y nos insta a no olvidar jamás y permanecer «alerta en todo momento», como reza el breve texto explicativo. ¿Cómo no íbamos a estarlo? La masacre de Colorado es un recordatorio más. Mientras escribía esta página, un hombre gay negro que bailaba en una gasolinera norteamericana fue apuñalado en el corazón. Y no pasa un día sin que alguien se lleve una paliza por la noche o se vea acorralado en un parque o sea vilipendiado por la calle. En 2023 se aprobó una cifra récord de leyes contra los derechos de las personas trans en Estados Unidos: 85, frente a las 26 del año 2022. Por no hablar del programa homófobo y misógino de la Italia neofascista de Meloni. Mi cuerpo y los de mis amigas están cada día más amenazados. El tercer triángulo, que representa el futuro, es un promontorio de algo más de un metro de altura. Me encaramo a él, mis amigas me imitan y nos abrazamos sobre el vértice del futuro. Ni alcanzo a divisar el porvenir ni soy muy optimista, pero quiero creer que este triángulo nos invita a prepararnos para lo que venga: es un escenario al tiempo que un puesto avanzado, un espacio para tenernos en pie mientras ideamos nuestras tácticas y nuestras defensas.
Los días siguientes no dejamos de repetir la frase de «un deseo desmesurado de amistad», que nos encanta y podría ser el lema de nuestro viaje. Las cuatro nos tenemos por grandes pilares de la amistad, que es uno de los principios rectores de nuestras vidas. Y no nos sorprende en absoluto que un monumento en memoria de las personas homosexuales oprimidas hable de la amistad. El nexo nos resulta evidente, cuando no lo es. Una mañana, antes de levantarse, a Noée se le ocurre buscar al autor de esas palabras. Ella es la única que no acaba de entender qué hace esa frase ahí abajo. Durante el desayuno nos lee la biografía del poeta judío, gay y antisionista Jacob Israel de Haan. En 1904, a los veintitrés años, publicó Pijpelijntjes, una novela que causó un gran revuelo en la que relataba sus aventuras homosexuales en el barrio obrero de la ciudad. La frase grabada en uno de los triángulos es un verso de un poema suyo titulado «A un joven pescador». No hay ninguna traducción al francés ni al inglés, así que saco el móvil, copio el texto en neerlandés y les leo una traducción aproximada de la estrofa en cuestión: «Las rosas son menos bellas que tus mejillas / Los tulipanes menos tiernos que tus pies desnudos / Y en ninguna mirada he vuelto a leer / Tal deseo desmesurado de amistad». Sonreímos, conscientes de nuestro error: salta a la vista que los lazos de amistad de Haan y su apuesto joven no eran de la misma naturaleza que los nuestros. En la última estrofa escribe: «Estoy extenuado de tanto amar». La connotación sexual es evidente, pero el poema data de principios del siglo xx y su autor no puede referirse directamente al deseo, debe tirar de indirectas y emplear la amistad como eufemismo. El joven pescador era «su amigo» –cabría incluso hacer el gesto de las comillas al decirlo– porque para la sociedad de la época era impensable que fuera su amante. Esta frase del Homomonument representa el pasado: expresa la fuerza y la antigüedad del deseo homosexual, así como su censura.
Cuando la vergüenza formaba parte de mi vida, también yo les decía a veces a mis colegas que había pasado el fin de semana con «mi amiga», escudándome en la desinencia femenina muda de mon amie. Si mi interlocutora prefería imaginarse a un amigo, le brindaba esa posibilidad. Con todo, me avergonzaba un poco esa expresión anticuada, que me delataba más de lo que me protegía: ¿a quién se le ocurría hablar de su «amigo» o su «amiga» cuando todo el mundo hablaba de su «chorbo» o su «churri»? Ya hace tiempo que dejé de callar lo que es mi vida o de esconder a mis amantes detrás de amigas ficticias. Ya no apelo a «la buena amiga», una forma habitual de silenciar la homosexualidad, en particular la femenina. ¿El cuadro aquel de Courbet de dos mujeres desnudas en la cama? Dos buenas amigas. ¿Alice Toklas? Una buena amiga de Gertrude Stein. ¿Esas dos chicas besándose? Buenísimas amigas, qué duda cabe. Estos ejemplos se han convertido en un chiste, pero son también testimonio de una violencia: ¿por qué silenciar nuestras vidas? E impide además reconocer la amistad como una fuerza única y poderosa. Me gustaría devolver a la amistad su rango y su autonomía, dar fe de lo mucho que a mí me da y contar el papel que ha desempeñado en mi historia, en la que ha sido mucho más que una simple máscara.
A Noée, Inès, Andrea y a mí nos hace gracia la equivocación, pero la frase nos sigue rondando, la repetimos con frecuencia, la anoto incluso en uno de mis cuadernos. Una parte de mí no renuncia a nuestra primera interpretación. Veo en ella hasta una señal de lo que andaba buscando. Mi deseo de amistad es desmesurado, en efecto, pero no es sexual. No es ahí donde reside su poder. Creo que es un sentimiento con un papel significativo en la vida de las personas que se salen de la norma, cuyos deseos no son los de la mayoría, y que deben por tanto inventar otras formas de vivir y relacionarse. La amistad nos redime. Es un principio fundacional y un refugio. No mengua con los años, es una alternativa a la llamada familia biológica, es otra manera de relacionarse, es una fuerza política, no la concebimos como una forma de amor insinuada, la defendemos como práctica y como futuro.
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Traducción de Álex Gibert
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