LECTURAS

Empieza a leer 'Redes vacías' de César Rendueles

02/02/2026

Para Guille, Adela y Pedro

Yo no soy sino la red vacía que adelanta
ojos humanos, muertos en aquellas tinieblas,
dedos acostumbrados al triángulo, medidas
de un tímido hemisferio de naranja.

Anduve como vosotros escarbando
la estrella interminable,
y en mi red, en la noche, me desperté desnudo,
única presa, pez encerrado en el viento.

Pablo Neruda,
«Los enigmas»

 

El Doppelgänger digital

En agosto de 2011 el papa Benedicto XVI visitó Madrid con motivo de la XXVI Jornada Mundial de la Juventud, un encuentro católico que se celebra cada tres años. Varios cientos de miles de jóvenes procedentes de todo el mundo convivieron varios días bajo un sol abrasador. Un amigo médico que trabaja en el servicio de urgencias de un hospital madrileño me contó que esa semana se agotaron las pastillas anticonceptivas poscoitales en toda la ciudad y fue necesario pedir suministros extra a Barcelona. En realidad, era una situación completamente previsible. ¿Qué pensaban los organizadores de la Jornada Mundial de la Juventud que iba a ocurrir si reunían a una muchedumbre de adolescentes ociosos, ligeros de ropa y reticentes al uso de preservativos?
         Desde el punto de vista de la policrisis contemporánea, los proyectos ciberutópicos de principios de siglo XXI suenan tan insensatos como la esperanza de que miles de jóvenes al borde de una sobredosis hormonal se comporten con la templanza de monjes zen. Hoy vemos internet, las redes sociales y todo el ecosistema digital con un profundo desencanto. Nos parece poco menos que una distopía nihilista de ira, vacuidad, resentimiento, agresividad y falsedad.          
          Un vehículo perfecto para los proyectos neorreaccionarios que están socavando, tal vez irreversiblemente, el breve experimento histórico de las democracias liberales y el Estado de derecho en coexistencia con economías de mercado. Pero ¿qué pensábamos exactamente que iba a pasar al poner en contacto en un espacio digital anónimo a individuos sin un proyecto de vida en común ni herramientas deliberativas, y al entregar el control de sus interacciones a algoritmos propiedad de los mayores oligopolios conocidos, diseñados para pelear por la atención y monetarizarla?
             Es difícil hacerse una idea hoy de la centralidad discursiva que tenían en la década de los 2000 los debates tecnológicos entre la izquierda política. La ideología ciberutópica impregnó la respuesta antagonista a los inicios de la descomposición de la globalización neoliberal. El partido político griego de izquierdas Syriza hizo temblar a la Europa financiera con la posibilidad de un proyecto de democratización económica a escala continental. España se convirtió en uno de los países más movilizados del mundo y sus calles se llenaron de manifestantes que denunciaban el austericidio y la complicidad criminal de las élites económicas y políticas. El mundo entero seguía al minuto lo que ocurría en las plazas de Túnez, Egipto y Siria. Incluso desde Wall Street se oían los gritos de protesta de los activistas anticapitalistas. Probablemente los historiadores del futuro se preguntarán por qué en un contexto político tan turbulento, que hizo saltar por los aires consensos económicos y políticos sedimentados durante más de tres décadas, se discutía tanto sobre ordenadores, redes digitales y software. Sería equivocado verlo solo como una moda pasajera, el equivalente tecnopolítico de los pantalones bombachos: el catastrofismo tecnológico contemporáneo –esa sensación compartida de que las redes sociales han abierto un vórtice digital que nos arrastra irremediablemente al colapso de la democracia– es una torsión oscura y triste de aquellas esperanzas.
          Los movimientos sociales antagonistas querían ver en la cultura libre una vía de colaboración no mercantil innovadora y más sexy que el cooperativismo tradicional. Echando la vista atrás resulta un poco sonrojante, pero no era raro que se idealizara la figura del hacker como una especie de aggiornamento del revolucionario profesional leninista. La razón es que el tecnoutopismo ofrecía a la izquierda radical una salida a un dilema desgarrador. Por un lado, la apuesta central de los proyectos emancipadores siempre ha sido la libertad: universalizar la oportunidad de desarrollar los mejores talentos de cada uno, una opción que en el capitalismo monopolizan las clases altas.
          Pero, por otro lado, un proyecto colectivo como ese solo puede ponerse en marcha en un entorno de solidaridades compartidas que garantice su carácter igualitario: un tipo de compromiso social que en el pasado a menudo –aunque de ningún modo siempre– ha estado asociado a valores tradicionalistas, familistas y represivos y que en las sociedades industriales se ha articulado en buena medida –aunque de ningún modo exclusivamente– a través de las grandes instituciones burocráticas encargadas de las políticas de bienestar. Máxima libertad individual, pero en el contexto de comunidades sólidas; valores pluralistas y exaltación de la diferencia en sociedades igualitarias y altamente cohesionadas... Parecía un puzle imposible de encajar cuando, de pronto, internet se nos presentó fugazmente como una puerta trasera oculta en el laberinto capitalista. La arquitectura digital distribuida podía encajar microfragmentos de una cooperación espontánea que no surgía de los vínculos sociales tradicionales y apenas requería del Estado que garantizara su infraestructura tecnológica y jurídica básica. Los procesos de privatización, acumulación y desposesión digital eran evidentes, sí. Pero tal vez los tecnooligarcas estaban cavando su propia tumba al proporcionarnos acceso a herramientas intrínsecamente colaborativas, que ya desde sus protocolos técnicos desafiaban la idea, central en nuestro tiempo, de que la competencia mercantil era un engranaje político –y no solo económico– medular en las democracias liberales modernas.
          Las cosas ocurrieron casi exactamente al revés. La tecnología digital absorbió energías colectivas de una magnitud geológica. Descomunales inversiones públicas en ciencia básica y equipamiento; cambios en las leyes de propiedad intelectual que tuvieron inmensos costes sociales; adquisiciones masivas de hardware y software en todos los ámbitos, desde los hogares hasta las grandes empresas; pero también despilfarro de tiempo regalado a la gestión de esa avalancha digital a medio inventar: eso que se te escurría entre los dedos cuando luchabas con MS-DOS para instalar los drivers de tu impresora no era sudor sino la vida misma.
          Tan pronto como concluyó ese proceso de acumulación originaria a través del esfuerzo colectivo, el entorno digital se convirtió en una gigantesca caja negra privada a la que corrimos con entusiasmo a regalar nuestro dinero, como si fuera un altar en el que realizar ofrendas rituales. Toda esa energía social fue expropiada: casi de la noche a la mañana dejamos de compartir materiales digitales –una práctica masiva y generalizada hace dos décadas, aunque hoy cueste recordarlo– y nos encontramos suscritos a un conjunto creciente de plataformas de contenidos y servicios de pago. El siguiente paso fue extrapolar ese modelo parasitario a la vivienda, el transporte o la cultura. Airbnb no posee una sola casa y Uber no cuenta con un solo taxi: surgieron explotando los esfuerzos que realizamos en nuestra vida diaria para acceder a una vivienda o conseguir un vehículo con el que desplazarnos, y luego se expandieron como una mancha de moho tóxico.
          La estructura digital distribuida se mostró como algo bastante parecido a la forma en que el marxismo ha considerado siempre los contratos laborales en un mercado de trabajo capitalista: acuerdos individuales libres que ocultan y promueven el sometimiento colectivo. En las empresas capitalistas tradicionales el plusvalor era ese beneficio que hipotéticamente desaparecería si los trabajadores se retiraran del mercado de trabajo y se organizaran por su cuenta para realizar el mismo proceso productivo. En la economía digital a menudo el plusvalor es ese beneficio parasitario que extraen las empresas cuando localizan un proceso de autoorganización social cotidiano: compartir los apuntes de clase, señalar rutas de montaña, buscar pareja, encontrar un hotel, hacer autostop, pedir comida a domicilio, revender cosas que ya no necesitamos en un mercadillo... La mayor parte de las empresas que explotan esas actividades comunes en nuestro día a día no han hecho ninguna innovación tecnológica o logística; de hecho, apenas han realizado inversiones de ningún tipo. Básicamente consisten en plataformas de mensajería relativamente sencillas y con un diseño atractivo que ponen en contacto a los usuarios.
          Hoy parece evidente que la apuesta por la digitalización era un callejón político sin salida, pero la verdad es que resultaba difícil resistirse a la tentación de un deus ex machina tecnológico que resolviera nuestras antinomias políticas. Y, de hecho, la izquierda tecnoutópica también tenía su versión socialdemócrata y conciliadora. En un acto electoral de 2009, con la Gran Recesión ya arreciando, el entonces presidente español José Luis Rodríguez Zapatero aseguró que lo que necesitaba nuestro país eran «menos ladrillos y más ordenadores». Con millones de personas atrapadas en la estafa piramidal de la criptoburbuja, cuesta entender que esta se presente como una alternativa tan evidentemente ventajosa de la dictadura inmobiliaria que padece España desde hace décadas.
          Sería injusto achacar a las fuerzas progresistas alguna clase de ingenuidad tecnológica endémica de ese campo ideológico. El tecnoutopismo formaba parte de las inercias heredadas de la época salvaje de la globalización neoliberal. Y la alternativa tampoco resultaba muy apetecible: un puñado de intelectuales europeos melancólicos, si se me permite el pleonasmo, que creían que el destino de la civilización estaba inextricablemente ligado a sus polvorientas Olivetti. La realidad es que el capitalismo desregulado poskeynesiano estableció desde el minuto cero una profunda afinidad con el modelo hegemónico de comunicación digital. La contrarrevolución neoliberal y el proyecto de un sistema digital de comunicaciones desinstitucionalizado, privado y mercantilizable se retroalimentaron mutuamente.
          Los neoliberales reformularon la concepción clásica de la estructura de precios para expresarla, de forma muy literal, como un sistema de comunicación. Idealmente, en una economía de mercado los precios consiguen transmitir a un coste mínimo información fragmentaria sobre el proceso productivo y agregarla automáticamente a través de la competencia. Según la vulgata liberal, este proceso genera un nivel de coordinación social mayor que el que ninguna institución organizadora podría alcanzar. Desde esta perspectiva, la intervención centralizada no hace más que introducir ruido en el flujo de información, impidiendo la ordenación óptima de los recursos. Por eso el neoliberalismo era una ideología particularmente bien preparada para la intensificación comunicativa de finales del siglo XX.
          El orden sensorial, la obra en la que Friedrich Hayek desarrolló su filosofía de la mente, era muy receptiva a las entonces incipientes ciencias de la cibernética. En los años cincuenta, Milton Friedman definió el mercado libre literalmente como una forma de inteligencia artificial. Las tecnologías digitales emergentes ayudaron a justificar el desmantelamiento de los sistemas de control financiero de la posguerra y, en general, los neoliberales consideraron que la construcción de una red de comunicación global era una base material importante para su proyecto político. Pero, además, entendieron que la tecnología digital proporcionaba algo de lo que el capitalismo había carecido hasta entonces: una cultura propia, una proyección cordial y no monetarizada de los mercados globales sobre los vínculos sociales cotidianos.
          Durante la mayor parte de la historia del capitalismo, los procesos de mercantilización o bien habían sido puramente destructivos o bien habían parasitado otras formas de sociabilidad, incrustando el consumismo en experiencias históricas tradicionales –como la familia heteropatriarcal–, emergentes –como las contraculturas juveniles– o aspiracionales, como los hábitos suntuarios de las clases altas. La cultura digital, en cambio, dotó a la globalización neoliberal de una capacidad hegemónica activa. El mercado global nos traería prosperidad, libertad y concordia tras medio siglo de enfrentamiento de bloques y amenaza nuclear de destrucción mutua asegurada. Internet crearía una cultura y una sociedad cosmopolita al alcance de esas aspiraciones.
          Cuando, a partir de 2008, comenzó la descomposición del neoliberalismo, esa superestructura digital no se desvaneció sin más. Sabemos que la ortopedia digital es incapaz de embridar la degradación social inducida por la mercantilización, pero no somos capaces simplemente de renunciar a ella: nuestra debilidad compartida nos hace dependientes del mismo exoesqueleto tecnológico que acelera la socioporosis en una especie de retroalimentación catastrófica. Por eso el fetichismo se ha fortalecido en forma de Doppelgänger autoritario y nihilista al que la pandemia inyectó una dosis salvaje de anabolizantes. Las amenazas a la libertad y la democracia se acercan en el horizonte como un aluvión fecal de proporciones bíblicas. Vemos en la tecnología la fuente de todo ese ruido que nos aterra: criptobros, posmofascistas, adolescentes defraudadores de impuestos, putinistas obsesionados con la geopolítica, incels salidos del agujero más hediondo de la machosfera, youtubers con las aficiones y el estilo de vida de un niño de diez años, multimillonarios narcisistas con un deterioro cognitivo manifiesto, terraplanistas, negacionistas climáticos, tradwives... Es casi inevitable que busquemos la causa de algo tan grotesco y enorme –esta freak parade neonazi global– en el espacio tecnológico en el que durante tanto tiempo depositamos nuestras esperanzas colectivas. Como en una versión gore de Origen (Inception), al despertar del sueño ciberutópico hemos aparecido en una pesadilla digital de zombis anarcoliberales holdeando genocidios.

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