Pido el fin de la vida
Una reflexión sobre los límites difusos entre deseo y muerte a través de la influencia fundamental de Yukio Mishima en la obra de Angélica Liddell.
¿Qué significa llevar una vida hasta sus últimas consecuencias? ¿Qué significa mover los labios para pronunciar «última vez»? En Pido el fin de la vida, Angélica Liddell levanta un largo poema que hace del aniquilamiento un horizonte de lucidez. Tensiona su concepción de la muerte como ideal estético, pues en ella se encuentra la exigencia radical de belleza: no un fracaso, sino un triunfo absoluto y una pasión merecida. Porque, paradójicamente, solo aquello que acepta su desaparición puede aspirar a una belleza incondicional, solo aquello que se consume puede escapar de la degradación.
Atravesado por la obra y el pensamiento de Yukio Mishima, este libro establece un diálogo apasionado con el escritor japonés y con las máximas del Hagakure, el código ético de los samuráis que entiende la muerte como una disciplina del espíritu antes que como una negación de la vida. Se encarna, de este modo, la tríada indisoluble formada por el erotismo, la belleza y la muerte.
Así, se entreteje su biografía con imágenes de Ingmar Bergman, con la historia sangrienta de la cultura y con una nómina espectral de suicidas ilustres —de Virginia Woolf a Kurt Cobain—, reclamando para todos ellos «honores», «genuflexiones raras» y «un columbario de pan de oro». Su escritura, forjada bajo un cielo que amenaza con doblarse, es una carrera kamikaze impulsada por el asco y el amor desmedido. Pido el fin de la vida regresa a uno de los núcleos de su escritura: la convicción de que el genio comienza allí donde termina el instinto de conservación y donde la existencia deja de medirse por su duración para hacerlo por su intensidad. Porque este libro es una promesa: la de llevarnos hasta el fin del mundo, la de completar la obra de arte con el acabamiento de la propia vida.
«Angélica Liddell es el demonio español que desafía las prohibiciones en el escenario, que se atreve a exorcizar el horror de la peor manera, que escribe obras donde el mal se explora con terror y sangre, desnudez, sexo y blasfemia» (Fabianne Pascaud, Télérama).
Sinopsis
¿Qué significa llevar una vida hasta sus últimas consecuencias? ¿Qué significa mover los labios para pronunciar «última vez»? En Pido el fin de la vida, Angélica Liddell levanta un largo poema que hace del aniquilamiento un horizonte de lucidez. Tensiona su concepción de la muerte como ideal estético, pues en ella se encuentra la exigencia radical de belleza: no un fracaso, sino un triunfo absoluto y una pasión merecida. Porque, paradójicamente, solo aquello que acepta su desaparición puede aspirar a una belleza incondicional, solo aquello que se consume puede escapar de la degradación.
Atravesado por la obra y el pensamiento de Yukio Mishima, este libro establece un diálogo apasionado con el escritor japonés y con las máximas del Hagakure, el código ético de los samuráis que entiende la muerte como una disciplina del espíritu antes que como una negación de la vida. Se encarna, de este modo, la tríada indisoluble formada por el erotismo, la belleza y la muerte.
Así, se entreteje su biografía con imágenes de Ingmar Bergman, con la historia sangrienta de la cultura y con una nómina espectral de suicidas ilustres —de Virginia Woolf a Kurt Cobain—, reclamando para todos ellos «honores», «genuflexiones raras» y «un columbario de pan de oro». Su escritura, forjada bajo un cielo que amenaza con doblarse, es una carrera kamikaze impulsada por el asco y el amor desmedido. Pido el fin de la vida regresa a uno de los núcleos de su escritura: la convicción de que el genio comienza allí donde termina el instinto de conservación y donde la existencia deja de medirse por su duración para hacerlo por su intensidad. Porque este libro es una promesa: la de llevarnos hasta el fin del mundo, la de completar la obra de arte con el acabamiento de la propia vida.