ARTÍCULOS
Una conversación con Juanpe Sánchez López
Entrelazando lo personal con el análisis cultural, Gran manual del fracaso, de Juanpe Sánchez López, reflexiona acerca de la dicotomía entre éxito y fracaso y cómo estos conceptos han permeado en nuestras vida, en ocasiones convirtiéndolos en la vara de medir diversos aspectos íntimos, como nuestros cuerpos, el amor o incluso la forma en que nos acercamos al arte.
Aprovechando que la semana pasada este ensayo llegó a librerías, hemos conversado con el autor sobre algunos de los aspectos claves del libro.
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El título del libro, Gran manual del fracaso, juega con la ironía. ¿Crees que existe el riesgo de convertir también el fracaso en una nueva forma de rendimiento? Fracasa mejor, aprende de tus errores, conviértete en una versión mejor de ti mismo.
El título es irónico no solo con la propuesta contradictoria que supone en sí la idea de manual con el fracaso, también es juguetón con el propio formato del libro, que es una cosa pequeña, manejable, corta; y a la vez ese «gran manual», como si ahí fueran a estar encerradas todas las respuestas. Lo que quería hacer con esa contradicción del título es encerrar justamente el oxímoron al que nos enfrentamos cuando intentamos manejar, controlar e incluso aprovechar el fracaso. Y contestando a la pregunta, no creo que exista el riesgo, es que el fracaso ya se está convirtiendo en una parte del discurso neoliberal: fracasamos para tener éxito, nos caemos para aprender a ser mejores. Esta idea de que todos tenemos que pasar por la fase del fracaso es una trampa, porque invisibiliza que hay personas que juegan con ventaja, que están mucho más cerca del éxito, por su clase, por su género, por su raza; y, sobre todo, crea una idea individualizadora del camino: eres tú quien tiene que trabajar, eres tú quien tiene que aprender, estás solo. Cuando este fracaso lo absorben los discursos de la productividad y de la normatividad, se borran las condiciones sociales, culturales y económicas. Y ahí el fracaso se disocia de su potencial político, porque debería ser un espacio para repensar si queremos o podemos participar de ciertas prácticas, para preguntarnos qué es el éxito realmente, si estamos dispuestos a pasar por los sacrificios y el daño que supone seguir su rumbo, si acaso no es algo que otros han dicho que deberíamos ansiar.
Hay una imagen muy potente que aparece a lo largo del libro: ese «palito recto» con el que desde pequeños aprendemos a medir nuestras vidas, y que, sin embargo, tú sostienes que estaba roto desde el principio. ¿El problema está en nuestra incapacidad para alcanzar la medida o quizá se encuentra en la medida misma? ¿En qué momento uno se empieza a plantear esa reflexión?
No sé si hay un momento generalizado o único que te hace saber que el problema no afecta meramente a lo individual y que es, sobre todo, una cuestión colectiva, social y cultural. Desde luego, sí creo que este conocimiento está ligado a una sensación en la que uno se piensa como insuficiente, como fracasado. Ocurre cuando no pasamos una prueba, cuando no conseguimos algo que supuestamente queríamos, cuando decepcionamos a los demás, cuando un amor o una amistad se rompe, cuando nos miramos al espejo, cuando nos probamos esa prenda de ropa, cuando estamos agotados, cuando empezamos a tocar de forma diferente, inesperada, cuando escribimos o hablamos raro, extraño, cuando lo hacemos mal, cuando de repente detrás de esa decepción, de esa tristeza, se amaga un atisbo de placer, de honestidad, de que ahí hay algo que importa, de que en ese hacerlo mal, hacerlo fracasadamente, existe un destello de espacios que desearíamos transitar, aunque no sean los más aplaudidos, los más prestigiosos o los más normativos. Quiero decir: sospechamos que aquello a lo que llamamos éxito no nos encaja cuando fracasamos; y ese fracaso nos hace ver que hay otros caminos y que esos caminos quizás sean más alegres y más disfrutables para nosotros.
Reflexionas también sobre el discurso del fracaso y el cuerpo como una economía de compensaciones: si no puedo ser deseable de una manera, intentaré ser excepcional de otra. ¿Hasta qué punto nuestras identidades se forjan como estrategias para compensar aquello que previamente hemos aprendido a considerar una falta?
Nuestras vidas se comprenden dentro de unas dinámicas que pueden ser crueles y violentas, en las que uno debe poseer ciertos rasgos, actitudes y aptitudes para ser mínimamente querido, mínimamente respetado, mínimamente incluso tolerado. Una vida tranquila significa, muchas veces, ajustarse más o menos a estos patrones. Cuando uno detecta que puede haber algún o algunos fallos en uno mismo con respecto a ese sistema de valores, que no es capaz de cumplir algunos de esos criterios, la respuesta –diría que más obvia e instintiva– es la compensación. Ahora bien (y espero explicarme de forma clara): esta compensación no es un desvío de nuestra verdadera identidad sino que es en sí un rasgo fundante de nosotros mismos. La compensación que se nos empuja a producir para poder ser queridos, respetados o tolerados forma parte intrínseca de quienes somos. Es una estrategia de supervivencia, pero también es un trozo verdadero de nuestro corazón. Ahí está su carácter trágico, porque debajo de lo que nos pasa y de lo que hacemos, debajo de nuestro cuerpo o de nuestros sueños, no hay nada, no hay un verdadero yo: nuestro yo está en aquello que somos capaces o incapaces de hacer para poder ser queridos. Somos justo eso: las cosas que nos pasan, las cosas que podemos o no podemos hacer para que otras cosas no nos sucedan, somos la forma en la que soñamos salir o entrar. Esa compensación que hice de niño para que me quisieran es, a la vez, terrible y alegremente yo. Luego podremos recompensar y cambiar en un futuro, por supuesto, y salir de ciertas cosas en las que no estamos a gusto o que nos hieren, pero nuestra respuesta de compensación es una marca, una huella que o bien intentamos borrar o bien agrandar. Es la condena y a la vez la fortuna de estar vivos: qué hacemos con lo que fuimos, con lo que queremos ser, y cuál es nuestra capacidad de acción, cuáles son nuestros límites.
También analizas el fracaso desde la perspectiva amorosa. El amor es uno de los lugares donde intentamos convertir la vida en una historia de éxito. De hecho, quizás uno de los mayores fracasos amorosos sea precisamente exigirle al amor que garantice que no vamos a perder. ¿No es esa una contradicción irresoluble?
Es un cliché decir esto pero el amor es una cosa compleja. Por un lado, porque nos proporciona seguridades, promesas, visiones hacia el futuro. Por otro, porque es fragilísimo, muchas veces ininteligible y, por supuesto, incontrolable (¿podemos hacer cosas para que nos amen más?). Pero también, por esa misma complejidad, es una cosa hermosa. Vivimos en un momento muy concreto donde se han deshecho muchos mitos del amor romántico y de esa idea que parecía irrompible del «para siempre». Eso nos lleva a terrenos de la incertidumbre: ¿qué hacer entonces si hay cosas que no son duraderas?, ¿a qué nos podemos agarrar? Es quizás más difícil, pero seguro que también es más justa y más satisfactoria una idea del amor que no se da por supuesta, que es dependiente de los sucesos, de los roces, que es accidental. Es mucho más interesante pensar en que las cosas se pueden acabar y que, de hecho, se acaban, porque así podemos contarlas, porque así sabemos que son frágiles, que son importantes, que nosotros estamos inmersos en un mundo donde, a pesar de muchas cosas –y a la vez: gracias a muchas cosas–, terminamos mirando alrededor, buscando miradas, buscando las manos, queriendo que nos quieran. La existencia del amor nos recuerda que no podemos vivir solos y, sobre todo, que seguramente no querríamos vivir solos. Y ese pensamiento que mira hacia lo comunitario es profundamente político.