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Limitación y Liada
La mejor venganza contra nuestros adversarios es la longevidad creativa, no la autodestrucción espectacular o el diletantismo flaneuresco.
Los escritores tenemos una relación complicada con el alcohol; esto no debería ser una novedad para nadie. Josep Pla afirmaba que, para los autores que «no disponían de ninguna capacidad ni de ninguna chispa de imaginación» (entre los que se incluía, con impropia modestia), el alcohol era «un elemento que más o menos la produce». En efecto, la experiencia nos enseña que el bebercio, como bien afirmaba el senyor de Llofriu, producía en el escritor una cierta «riqueza interna», pero que a la vez, a la hora de manifestarla, uno ya no podía seguir confiando en él [el bebercio], porque tendía a «debilitarla» [la riqueza]. (i)
Es, en verdad, así. La bebida, en su medida justa, favorece el pensamiento abstracto. (ii) A título personal puedo afirmar que un par de tragos me han arrancado de un determinado atolladero, con frecuencia literario –aunque también sentimental o estratégico–, abriendo una serie de esclusas mentales que la temperancia mantenía cerradas.
La ligereza, la soltura que proporciona el alumbrado etílico, nos hace receptivos a ideas que sobrios, encerrados en nuestro cajón de sensatez, nos parecerían extravagantes o inciertas. Innumerables caminos que, a la luz del día, sumido en el caldo de mi propia irreflexión, se antojaban sin salida, se desvelaron como transitables a la que, al atardecer, me calcé un par de latas de Estrella.
Por eso los americanos llaman estar «lit» a ponerse un poco ciego, supongo. Porque, al menos durante unos instantes, la bebida le ilumina a uno por dentro, y alcanza a ver cosas que hasta aquel momento permanecían envueltas en penumbra.
Eso por un lado. Por el otro, el éxito del gambito depende casi exclusivamente de la posología. Aquella serie de asombrosos quiebros de trama y frases inolvidables que, mientras estábamos apoyados en la barra, se habían materializado en nuestra chola corren el peligro, con un aumento de la dosis, de convertirse en pinches insensateces. Unas cervezas de más señalan la frontera entre genial y venial. (iii)
En cuanto a la intoxicación crónica, sea o no funcional, es (como sabe casi todo el mundo) la muerte del don. Contrariamente a lo que creen los críticos –y numerosos fans de a pie, por desgracia–, si un músico o escritor yonqui consigue mantenerse más o menos inspirado a lo largo de su carrera, siempre es a pesar del narcótico, no gracias a él. Que Burroughs o Coltrane (por decir dos artistas que el lugar común ha convertido en titanes de la yonquidad) alcanzaran las cotas de excelencia (iv) que alcanzaron tiene más que ver con el talento, la prudencia y una homérica capacidad asimilativa que con cualquier atajo alcaloide.
La falacia opiácea tiene su paralelo directo en la fantasía del novelista borrachín-pero-genial, y las máximas mitificantes (por no llamarlas clichés aborrecibles) en que esta se sustenta. «No soy una escritora que tenga problemas con el alcohol, soy una alcohólica que tiene problemas con la escritura», y ese tipo de cosas.
Lamento pinchar esa burbuja, pero, a la hora de la verdad, el alpiste no solo no aumentó el talento de la mayoría de escritores, sino que acabó con él. Exceptuando a Charles Bukowski –quien, por mucho que hiciese el bestia, seguía publicando libros honrosos– el resto de trágicos sospechosos, de F. Scott Fitzgerald a Jack Kerouac, pasando por Tennessee Williams, Truman Capote, William Faulkner o Dorothy Parker (autora del sonrojante aforismo previo), descendió por una curva inversamente proporcional a la hora del primer cóctel: a más temprano caía el Martini, más destacada era la precipitación hacia la agrafia.
Otros, como Walter Tevis o John Fante, emprendieron la adicción con una cierta reserva, a la vez que se aplicaban con empeño a «subirse al vagón» una vez percibían que la sed exterminaba el instinto. (v) Eso explicaría que, al contrario que el antedicho Kerouac, muriesen dejando tras de sí bibliografías impecables. (vi)
Alguien podría aducir que existe un grupo intermedio, formado por autores a los que les agradaba el pimple, y tendían a decantar por encima de la media, incluso en horarios temerarios, de hecho parecían beber a todas horas, en busca de ese elusivo «pensamiento abstracto», pero a quienes la pasión libadora no arrojó jamás a la dipsomanía incapacitante, como por ejemplo Kingsley Amis o Colin Wilson.
No sé hasta qué punto es cierta la afirmación previa. Tal vez este último tipo de escritor no acababa pegándole un guantazo a la esposa o tratando de «judío» a algún reseñista hostil, pero es imposible no sospechar que el nivel literario de esos, y muchos otros autores, hubiese crecido de haberse dedicado menos a los espirituosos y más a las revisiones. (vii)
Clarificaré la noción previa con una anécdota personal. Cuando yo vivía aún junto al passeig de Sant Joan solía pasar por delante de un bar, en mi hora de paseo posescritura, donde se reunía casi a diario una delegación de escritores contraculturales. Los cuales, además, a juzgar por lo rubicundo de sus mejillas y el volumen de sus cantos (por no mencionar los insultos al clero), no acababan de sentarse, precisamente.
La pregunta que cruzaba mi mente en cada uno de esos avistamientos era «cuándo trabaja esta peña». Era obvio que de la bodega iban a irse directos a una de esas siestas irregulares que le dejan a uno preso de un torpor incapacitante (y un frenesí onanístico) durante el resto del día, y que mellan de manera considerable cualquier inspiración artística que no implique enviar mails de injuria a editores o críticos.
Sé lo que me digo, y por ello no querría que el fan de esta columna interpretase erróneamente mis palabras. Como quedará claro al final de este escrito, miro con completa indulgencia, no, simpatía, qué digo, ¡afecto!, a cualquier persona que tenga querencia por el chupe. No estoy criticando la inmoderación endémica de aquellos héroes del underground condal, sino ofreciendo un nuevo ejemplo de que el disipe farrero, por gozoso que resulte, es antonomástico a la escritura ordenada.
Lo explicaré desde el punto de vista opuesto: para un escritor, limitarse es sinónimo de liberarse. Una de las decisiones más importantes que el autor deberá tomar en algún punto de su carrera es la de coartarse a sí mismo.
¿Qué entendemos por limitar? Apuntar el foco hacia el lugar que corresponde. Un novelista tiene que aprender a reconocer las necesidades de su propia existencia. Concentrar las energías en un único punto; tapar los escapes de la manguera para que el chorro sea potente y emerja por un único sitio.
Limitar quiere decir, en ese contexto, reducir al mínimo las actividades que no tengan una relación directa con la escritura; lo superfluo. Limitar es admitir que nuestra existencia no-literaria es pensativa, y en busca de ese fin debe expurgarla de distracciones «banales», por satisfactorias que resulten a corto plazo. El autor no puede permitirse ser autoindulgente ni disperso. Tiene que existir un método, una pauta monacal, que el escritor siga con la mayor regularidad posible.
Urge decir que se trabaja mejor con esa imposición que sin ella. Después de todo, no somos hippies. El músico Martin Newell afirmaba en su biografía: «Empiezo a creer que unas cuantas restricciones nos ayudarían como pueblo. Quizás si realmente queremos distinguirnos en algo necesitamos una jaula [las cursivas son mías] en la que ser brillantes». (viii)
Yo suscribo su opinión, tanto en lo político-social como en lo literario. Un camino seguro para realizar la visión es el encierro en la «jaula» que concreta las dispersiones y desintegraciones del mundo cruel. Un escritor no siempre puede hallarse en el estado místico ideal para la escritura, y por eso tiene que aprender a forzarlo. La autodisciplina, indispensable para acometer la repetición regular, diaria, de una faena –de forma no tan distinta a un rezo– nos coloca en una postura proclive a la gracia.
El método tiene una parte de renuncia que, como sabían los santos cristianos, elimina la ligereza de la carne mortal, la tendencia a la molicie y lo voluptuoso, y nos hace dignos del regalo. Porque si uno posee un talento, está obligado a dedicarse a él y perfeccionar su arte. La mejor venganza contra nuestros adversarios es la longevidad creativa, no la autodestrucción espectacular o el diletantismo flaneuresco. La Tarea exige lucidez, vocabulario, tenacidad y ánimo, entre otras cosas, y ninguna de ellas funciona cuando uno va mamado. Sé lo que me digo, insisto.
Hasta ahí la teoría, lo razonable, de este complicado asunto, que he intentado relatar de la manera más «sobria» posible (ironía deliberada). Vayamos ahora al chisme y la confesión pública que –no me engaño–, junto a los insultos más o menos velados a personalidades públicas, es lo que realmente le interesa al lector de esta sección.
Todo esto de la «jaula» es idóneo si uno tiene la fuerza de voluntad o se encuentra en un periodo de paz que favorecen el encierro. Es mucho más fácil «limitarse» si uno lleva décadas casado, y estructura su vida en base a la máxima flaubertiana de «vive como un burgués para escribir como un anarquista» (frase flipada pero empíricamente demostrable), que si uno ha sido agitado por los «fríos vientos del divorcio», que decían en The Four seasons, (ix) y se encuentra trotando por la urbe cual pollo descabezado (cucaracha sedienta sería más preciso).
Los periodos de guerra o de entreguerras, el final de cualquier imperio o régimen, son temporadas inciertas y angustiantes por definición. Un berlinés superviviente que saliese a la calle en el verano del 1945, tras el absoluto colapso del antiguo orden, miembro forzoso de algo que «difícilmente merecía el apelativo de sociedad» (x), no estaría en la mejor disposición de ánimo para encerrarse a escribir una obra de humor. Una amiga serbia me contó hace años que, mientras duró la guerra de los Balcanes, la gente lo único que hacía era follar y emborracharse (cuando no morían bajo las bombas, se entiende).
A pesar de no haber vivido guerra alguna, lo comprendí de inmediato. Si el mero desembarco de unos cuantos polis en el puerto de Barcelona sumió a los ciudadanos en un estado de agitación e indignación (y temor atávico) que solo parecía apaciguar la ingesta de latas en espacios públicos, no es difícil imaginar lo que sucedería de estar enfrascados en genuinos escenarios de lucha fratricida.
Ahora veo que me he pasado un poco comparando el fin de la Segunda Guerra Mundial con el de mi matrimonio (Aura me vacilaría: «¿Quién sufrió más?»). Lo que intentaba desarrollar era, sencillamente, que uno tiene que estar tranquilo y centrado para entrar a la «jaula», de otro modo luchará con proverbiales uñas y dientes para mantenerse fuera de ella. Los periodos de descarrile posdivorcial no son precisamente proclives a inaugurar proyectos de escritura, ni afianzarse en la moderación que los hará posibles.
Cuando miro atrás a mis (ciertamente breves) etapas abstemias me parece estar contemplando una versión utópico-disneyana de mi propia vida, filmada por Wes Anderson, en lugar de lo que fue, que era mi realidad certificable (si bien tirando a breve, ya lo he dicho).
Sí, en algunos tramos de mi vida dejé de beber, porque ello se inmiscuía en mi atención o mi capacidad pensativa, y a fe mía que no sé cómo logré hacerlo. Durante aquellas temporadas de barbecho eché de menos el alcohol –sin duda por motivos lúdicos, porque me relajaba o alegraba mi conversación, pero también porque se reducían los momentos mercuriales– aunque no lo suficiente para interrumpir lo que (exceptuando dos o tres concesiones santboianas) acabó siendo el Año del Pensamiento Seco.
Lo primero que tengo que decir de ese APS es que no me había aburrido tanto en toda mi vida (Dios del cielo, los normales son tediosos cuando uno los escucha sin unos sorbos previos). Lo segundo es que la mitad de mi abstinencia la pasé en confinamiento, lo que tal vez sea hacer trampa. (xi) Fuese como fuese lo logré, editando en el proceso mi novela Revancha, y la razón se desprende de lo expuesto en líneas previas: del mismo modo que es más fácil ser bueno cuando a uno solo le han pasado cosas buenas, es más fácil emprender proyectos complejos de escritura cuando uno existe en un marco de plácida cotidianidad.
E incluso entonces, si soy sincero, la Liada era una posibilidad latente en numerosos escenarios sociales, exceptuando entierros de niños y sesiones de quimio. ¿Qué entendemos por Liada?, preguntará el consumidor de mi columna. Se trata del equivalente alegre, ibérico, del zapói, o parranda paroxística rusa. Tras un zapói uno no se levanta con dolor de cabeza y la lengua estropajosa, sino en otro país. Sin pantalones ni dientes frontales. Con un tatoo en una nalga que dice «Propiedad de la mafia chechena» y un equino al otro lado de la cama. Vestido de novia.
El zapói, inmortalizado en novelas de Eduard Limónov o Venedikt Eroféiev, es la merluza más morrocotuda y salvaje (y extensa) imaginable, casi siempre improvisada. Uno se sorprende a uno mismo tomando parte en un zapói, de la misma manera que uno es sorprendido por un chaparrón estival.
La Liada litoral, la nuestra, se estructura (o no estructura) en base al mismo concepto: la maleabilidad de la jornada, la aceptación de lo adventicio, entregarse a la entropía y besar las nalgas del azar, seguir a extraños y extraviar amigos. Fluir, ser agua, aunque sin probar una gota de esta. La Liada, en su versión extrema, sería salir de casa un mediodía de viernes «para un vermut» en Poble Sec (Barcelona) y recobrar la conciencia el martes, en el parking de Barraca (València), junto a alegres desconocidos de quijada pulverizada. La Liada (no confundir con el clásico griego) es, lisa y llanamente, parte indivisible de nuestra cultura.
No hace falta ser un genio, pues, para imaginar la potencia a la que se elevaría el factor Liada si un escritor –quien nunca es la más estable de las criaturas– se hallase de repente solo, agitado y, por qué no, postraumado en el Raval, a cien metros de amistades golfantes y veinte del dealer más cercano (lo segundo es broma), inmerso en un escenario de disipación vital que hasta la fecha uno solo creía posibles en videos de trap y buhardillas del demi monde decimonónico.
No detengamos las rotativas por mi nueva novela, supongo que es lo que intento expresar con todo esto; pues «el més calent és a la aigüera», que decimos en catalán.
(i) Obra completa, volúmenes 18 y 35, Josep Pla. Citadas en el Diccionari Pla de literatura, editado por Valentí Puig.
(ii) Soy incapaz de contar el número de veces que he usado esta construcción retórica para justificar mi incapacidad abstemia.
(iii) Razón por la que hay que tomar notas todo el rato, antes de que las ideas se desvanezcan entre la bruma de los destilados.
(iv) A ratos no eran tan excelentes.
(v) John Fante, de hecho, no tuvo más remedio que dejar de beber cuando el diagnóstico de diabetes le dejó claro que la alternativa era morir (y por tanto no escribir más novelas).
(vi) Tal vez no fuese todo culpa del alcohol. Quizás también eran simplemente mejores, o menos dados a incurrir en fallas fatales como la necesidad de halago o la autoindulgencia editora.
(vii) Tanto Kingsley Amis como Colin Wilson escribieron tratados sobre empinar el codo que en ningún caso estaban a la altura, ni siquiera distante, de sus respectivos Lucky Jim o Ritual in the Dark, por nombrar solo dos.
(viii) This Little Ziggy (2001), Martin Newell.
(ix) El filme original de Alan Alda de 1981, no la desabrida versión de Tina Fey.
(x) Aftermath: Life in the Fallout of the Third Reich (2019), Harald Jähner.
(xi) Otra escuela de pensamiento afirma que no beber en confinamiento es precisamente lo heroico.