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Historia de un flechazo
Me recuesto en la cama, apoyo el computador sobre mis piernas y aparecen las letras negras, la primera línea, la siguiente. Leo. Y sigo leyendo. Y ya no puedo parar. Dónde puedo dejarlo.
Escribí este decálogo o carta o ensayo, no estoy segura, como presentación de la novela Dónde puedo dejarlo, de Alejandra Costamagna. ¿Qué es una presentación? Una bienvenida, supongo, pero también un abrazo, una forma de compartir y de empapar a otras, a otros, del entusiasmo y asombro que me causó la lectura.
TÚ
1.
Recibo el borrador de la última novela de la escritora Alejandra Costamagna y me prometo asomarme solamente al primer párrafo y luego volver al sinfín de cosas, cosas, cosas que atiborran mis días. Es un archivo en Word, la versión casi-casi lista de este libro que yo, como tantas y tantos, esperaba con impaciencia. Me recuesto en la cama, apoyo el computador sobre mis piernas y aparecen las letras negras, la primera línea, la siguiente. Leo. Y sigo leyendo. Y ya no puedo parar. Dónde puedo dejarlo.
2.
«¿Nunca les ha pasado al leer un libro interrumpir sin cesar la lectura, no por desinterés, sino al contrario, por una afluencia de ideas, de excitaciones, de asociaciones? En una palabra, se pregunta Barthes, ¿no les ha pasado leer levantando la cabeza?» El techo sobre mi cama es blanco y, sin embargo, ahí está la nuca desnuda, la mano temblorosa que la acaricia, la otra que busca y se enlaza a la mano que espera. Tambaleo. Dudo. El desacomodo persiste. «Un efecto atemporal», leo en la pantalla, «el tiempo congelado en el artificio de una luz que no correspondía al color del mundo.» Me obligo a ajustar el cuerpo, los ojos, para atravesar el artificio de esa luz, y en lugar de enfocar, desenfoco. Y pronto entiendo que esa es la invitación de esta novela: a desenfocar, a mirar de refilón, por el rabillo, por la ranura, por el ojo vidrioso de la ausencia, a través de las palabras que susurran, pero gritan.
3.
Hallada la mirilla a través de la cual asomarme al abismo que esbozan las letras, sigo adelante. La caricia en la nuca, los flecos rozando la boca, la cosquilla, las manos enlazadas, la sutil pero férrea complicidad. Hay una historia de amor entre los personajes, me digo llena de dudas, entre Mara y Manu, esos nombres que pierden letras hasta volverse nada más que una misma inicial. Enseguida sospecho de mí misma, de mi lectura acaso caprichosa, pero la palabra revolotea a mi alrededor hasta posarse también en el cielo raso. Si la ternura, como dice Olga Tokarczuk, es la forma más modesta del amor, entonces la amistad es su forma más leve, más libre y persistente, es su armazón, su cimiento. Claro que sí, me digo, esta es también una historia de amor.
4.
Debería sacar la ropa de la lavadora, contestar correos, ordenar o barrer, pero sigo adelante, es decir, atrás. Es el fin de los ochenta, el inicio de los noventa, esos años sembrados de agujeros negros en los que me dejo caer, ya sin resistirme a la invitación que me extiende la lectura. Como si solo cayendo fuese posible adentrarse en el vacío. Como si solo al fondo del abismo pudiésemos atisbar las dimensiones de su hondura. «Desaparecer / no es / una palabra / es un pozo», leo. Así que sigo leyendo, cayendo.
No es democracia ni tampoco su opuesto. Un tiempo enredado, una militancia enredada, enredadas ellas, M. y M., hasta que una se vuelve otra: clandestina, esa palabra que no se nombra y sin embargo. M. se va. M. desaparece. Pero ni irse ni desaparecer son palabras capaces de nombrar. ¿Qué se va cuando un cuerpo se esfuma? ¿Una voz, acaso? ¿Un olor? ¿Una forma precisa de entonar las frases? ¿Un puñado de gestos? ¿Una manera de bailar?
Una mirada, me respondo con la vista otra vez allá arriba: una mirada sobre el mundo, pero también una mirada sobre el cuerpo que quedará atrás. Porque una parte de la que se queda se desgarra con esa partida. Un pedazo que desde ahora será invisible o innombrable o inalcanzable y ante el cual habrá dos alterativas: negarlo, es decir, negar el vacío dejado en el propio cuerpo por esa mirada extinta; o habitarlo y volverlo propio, es decir, abrazar esa mirada ajena. Volverse ella. Volverse tú.
5.
Sumida en el vértigo de esas frases que rozan apenas mis pupilas –cafuné entre mi ojo y las palabras–, con el computador que sube y baja por mi respiración y el cielo ya poblado de frases y puntos y silencios, pienso en esa expulsión del yo. Y en lo que esa decisión formal, literaria, causa en mí como lectora. Primero, desorientación. Enseguida, un leve mareo. Escenas borrosas, susurros, cuerpos fantasmales atrapados en un instante que Alejandra Costamagna escribe con la urgencia de quien busca aprisionar. El tú como única forma de narrar dos vidas: la de quien se fue y la de quien se quedó. El tú para dejarse atravesar. El tú, una flecha. Un flechazo, me digo. Y sonrío sin testigos.
Si la que se va anida con su ausencia en el cuerpo de la que se queda, entonces «tú eres yo» y «yo soy tú». La primera toma para sí misma el nombre de la segunda y se lo incrusta entre sus otros nombres, y la otra practica la firma ajena, la caligrafía ajena, el modo de mirar, de hablar, los estornudos sin ruido, volviéndose hija de otro padre, hermana de otro hermano, protagonista de otra vida para así no dejarla ir. Para, cito, «volver a ser la persona que fue alguna vez». Una amalgama del tú y del yo que rompe con una idea pétrea de la identidad para urdir un extraño «nosotras» o acaso «ellas»: mezcla de voces, de cuerpos, de pasados y futuros, de realidad e imaginación.
6.
Una política del susurro para narrar lo que cae en las rendijas de eso que llamamos historia. El ojo puesto en la opacidad, en lo que podría caer en el olvido, en lo que podría ser o no ser. Sin épica. Sin héroes. Sin estruendos. Sin gran relato. «El encuadre es político», afirma Raymond Depardon, y yo lo afirmo con él. Esta no es la historia del exilio ni de la desaparición forzada ni de tantas derrotas o palabras derrotadas, sino de otros modos de desarraigo y de desaparición que no habían encontrado su tono o su lugar. Pienso en los figurantes tal y como son enmarcados por Didi-Huberman, y en la ternura, el respeto, la admiración incluso por el último de esos figurantes, esos personajes secundarios ya abordados otras veces en la obra de Costamagna. Un libro sobre seguir viviendo y, sin embargo, sobre suspender la propia vida. La escritura como el cauce de un tumulto que no había encontrado su avenida. El libro como un dique. La lectura como su desembocadura. Dónde puedo dejarlo, leo otra vez. Aquí, me digo, apuntando dentro y fuera de mi propio cuerpo.
7.
Subrayo, marco, comento, gloso, me entretejo en el blanco que asoma entre las letras. Ida en el libro y fuera de él, a medio camino de esta historia que fue suya, tuya, y ahora es mía, nuestra, pienso lo que he pensado tantas veces sobre la escritura de Alejandra Costamagna: sutil, juguetona, escurridiza. Incluso los diccionarios, esos insectarios de palabras muertas, se subvierten en el libro. «Silencio […] la pausa de lo real», leo. Un bailoteo fantástico, cada frase. Cada palabrita vibrando a su ritmo, en su urdimbre precisa, en su punto exacto, su destello final justo antes de desaparecer. Alejandra Costamagna resucita boca a boca palabras que parecían extintas: cachivache, cachipún. Repite como un rezo, una forma de invocación. Acuña. Desentierra. Y ausculta, sí. Porque auscultar es, ante todo, escuchar el cuerpo del otro. «Pero auscultar», dice Didi-Huberman, «significa tocar con tacto, mirar escuchando, palpar sin atropellar, sin desgarrar, sin invadir el íntimo dolor del otro.»
No quiero que termine el libro, me digo. Pero ya no puedo parar.
8.
Me adentro, caigo en el final. En los finales posibles cuando no hubo un final, un cierre, una despedida. Un dolor que no termina de ser narrado. Un cuerpo que ya no. Se me cruza una imagen de afuera, de eso que llamamos «la vida». A lo lejos, veo un puntito en una playa hecha de piedras. Llueve. Llueve como solo llueve al sur del sur. Yo estoy adentro, a salvo. Ella, Alejandra Costamagna, la Ale, o sea, tú, corre. Corres. Corres como si te persiguieran, pienso, pero enseguida me corrijo. Corres como si estuvieses a punto de alcanzar a alguien que va justo delante de ti, que te va abriendo o mostrando el camino. Yo no la veo, ¿es tuya esa sombra o ese espectro?, no lo sé. Te abro la puerta y tus carcajadas te anticipan. Te secas la cara, el pelo. Unos minutos después, te vas. Yo vuelvo al libro. A sus finales posibles o imposibles. Cito: «El final de algo. / El cambio de algo. / El principio de algo». Y cada final, cada cambio, cada uno de esos principios, me causa un estremecimiento y una congoja, porque sé que allá afuera, acá afuera, en esto que llamamos «la vida» muchas veces no hubo un final. «Se van a encontrar», escribe o conjura Alejandra como se conjuran las profecías, «y se van a mirar como si fueran un par de animales silvestres que se cruzan en el camino.»
9.
Han pasado unas horas y unas décadas. Apoyo mi cabeza sobre el cojín y vuelvo arriba, al cielo que ha dejado de ser cielo y blanco para poblarse de imágenes y palabras. En unos minutos más, aún atravesada por el soplo frío de esta novela, le escribiré a la autora, que es y no es la autora, porque también es la Ale, que es también Alejandra Costamagna. Y le diré lo que siento, que es también lo que pienso, que es sobre todo lo que me ha pasado, adónde me fui, adonde me llevó, dónde pude dejarlo. Y me faltarán palabras, qué ironía. Y no me atreveré a inventarlas ni a confesarle en ese mensaje mi deseo: que me invite a presentar su libro junto a la Juani, como un rito extraño de encarnación, de invocación, de amistad. Envío el mensaje y, unos días después, recibo esta invitación.
10.
Llega el día, este día. Leo unos párrafos de este papel, un decálogo que va avanzando mientras yo ya retrocedo hacia el silencio. Quisiera ser una de ustedes, cualquiera, sentada allá o acá, y volver en un rato más a mi casa con este libro bajo el brazo listo para ser leído por primera vez. Y alzar la vista, entonces, pero ya no de mi pantalla hacia el cielo raso, sino de la página hacia el mundo, para así verlo velado, traslucido: el mundo cruzado por los signos, visto desde el rabillo, la ranura, de refilón, otra vez envuelto en bruma. Dice Benjamin que «nada de lo que ha tenido lugar alguna vez está perdido para la historia». La historia con minúscula. La historia a contrapelo: esa donde el tú es el yo, y el yo es el tú, y ambas son ella. Porque tal vez, pienso ahora, ya envuelta en mi silencio, de ese enredo se trata la amistad, esa forma tan simple del amor, ese cafuné que repone sobre la página lo que creíamos desaparecido.
*Alia Trabucco Zerán acompañó a Alejandra Costamagna en la presentación de su úlitmo libro, Dónde puedo dejarlo, el pasado 14 de abril en el Centro Cultural de España, en Santiago de Chile.