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'El Sha', de Ryszard Kapuściński: otra forma de acercarse al Irán moderno

'El Sha', de Ryszard Kapuściński: otra forma de acercarse al Irán moderno

Kapuściński construyó su libro basándose en los testimonios de aquellos a los que conoció en Irán, en informaciones de periódicos locales o en fotografías que fue encontrando a su paso.

POR EDUARDO BRAVO
03/06/2026

Para el periodista y escritor Ryszard Kapuściński, la de Irán fue la última gran revolución de masas del siglo XX. Esta lucha popular comenzó como el conflicto entre un movimiento democrático y un régimen dictatorial, y acabó en un enfrentamiento entre Occidente y el islam del que Kapuściński fue testigo privilegiado, casi por casualidad.

Cuando la agencia de noticias PAP tuvo conocimiento del estallido de la revolución iraní, decidió enviar al país a Stanisław Zembrzuski, reportero que, al recibir el encargo, no las tenía todas consigo. Además de estar especializado en Latinoamérica y no en Oriente Medio, viajar a una zona tan inestable y peligrosa no estaba entre sus prioridades. «Si quieres puedo ir en tu lugar», le propuso Ryszard Kapuściński a su colega, que no aceptó por temor a la reacción de sus superiores. «Entonces fuimos donde estaba el jefe de redacción y le dije: “Mira él no quiere ir, yo sí, y además voy inmediatamente”», recordaba Kapuściński, que, poco después de esa conversación, a principios de 1979, aterrizó en Teherán. Unas semanas más tarde, se le sumaría otro reportero polaco, Wojciech Giełżyński, que quedó asombrado de cómo en tan poco tiempo su colega había tejido una vasta red de contactos locales para desarrollar su trabajo.

De la estancia de los dos periodistas en Irán surgieron sendos libros: Rewolucja w imię Allacha (Revolución en nombre de Alá), de Wojciech Giełżyński, y El Sha, de Ryszard Kapuściński. No obstante, si bien ambos títulos abordaban los mismos acontecimientos, poco tenían que ver entre sí. Mientras que Giełżyński era un reportero meticuloso que fechaba todas sus notas, relataba con detalle los hechos que habían dado lugar a la revolución y prestaba atención a la situación del país cuando ya había abandonado Teherán y estaba de regreso en Polonia, Kapuściński prefirió construir el libro basándose en los testimonios de aquellos a los que conoció durante su estancia en el país, en informaciones de periódicos locales o en fotografías que fue encontrando a su paso.

«Un corresponsal extranjero es un profesional que tiene una curiosidad insaciable sobre lo que está sucediendo en el mundo», afirmaba Kapuściński en una conferencia impartida en el CCCB de Barcelona en 2002, en la que también incluyó algunas reflexiones sobre cuáles debían ser, en su opinión, los rasgos que tenía que poseer todo reportero. «Si queremos ser aceptados por la gente cuando llegamos a un país, debemos comer lo que ellos comen. La primera vez que comparten con nosotros su comida, miran como reaccionamos. A veces es un problema comer lo mismo que esa gente y hay que hacer mucho esfuerzo psíquico para comer eso, pero no hay otra opción. Si decimos “muchas gracias, voy a esperar”, ya estamos quemados, ya podemos hacer la maleta y marcharnos. También es muy importante aprender algunas palabras de su idioma. “Gracias”, “buenos días”, “¿cómo están?”. Para ellos es una prueba de respeto porque el idioma es lo más importante que tiene el hombre, es símbolo de nuestra identidad.»

Gracias a esas habilidades, Kapuściński logró ser aceptado por la población local, cuyos recuerdos y testimonios le permitieron recomponer la genealogía de Mohammad Reza Pahleví, los humildes orígenes de su familia, la llegada al poder de su padre –un militar analfabeto con vínculos con el gobierno británico–, su ascenso al poder, su proclamación como emperador, su tiránico gobierno rodeado de lujo y su derrocamiento después de perder el favor de las potencias occidentales. Un retrato al que el reportero contraponía el del líder de la revolución, el ayatola Jomeini, que había hecho de la frugalidad y la austeridad sus rasgos distintivos, pero cuya ambición le llevó a aprovecharse del deseo de cambio del pueblo iraní para construir su proyecto político de corte teocrático.

«Cuando un movimiento trata de democratizar un estado multinacional y multicultural como Irán, inmediatamente entra en cuestión la supervivencia del propio estado, ya que las minorías oprimidas entienden la democratización como la lucha por la independencia», comentaba Kapuściński, que vio cómo el nacionalismo farsi musulmán no tardó en enfrentarse a sus antiguos aliados, entre los que se encontraban las minorías kurdas, árabes, turcas, afganas e incluso buena parte de los movimientos de la izquierda europea que, en su afán por denunciar la represión que el gobierno de Mohammad Reza Pahleví había desplegado contra militantes del partido comunista a través de la SAVAK –su temible policía secreta–, habían visto con buenos ojos el cambio liderado por Jomeini.

«La revolución empezó contra las fuerzas antidemocráticas del sha y terminó con la victoria de las fuerzas antidemocráticas del ayatola Jomeini en el poder», concluía Kapuściński, cuyo trabajo sobre el autoproclamado emperador de la Persia moderna puede servir, a pesar del tiempo transcurrido desde su publicación, como guía para entender algunas de las claves del conflicto político actual –desde el cierre del estrecho de Ormuz hasta los intentos del hijo del sha para que la dinastía Pahleví vuelva a dirigir los destinos de los iraníes con apoyo de EE. UU.– al margen de los discursos interesados, la propaganda y la desinformación.

«Los americanos no tienen ni idea de dónde está Irak, por ejemplo, quiénes viven ahí, qué problemas tienen, quiénes son sus vecinos», declaraba Kapuściński durante la crisis del golfo Pérsico a principios de los 2000. «Solo conocen el nombre y las tonterías que dicen los políticos y las grandes cadenas de televisión. Lo mismo pasa con el islam: suponen que es una gran fuerza unida para el mal. Yo a veces les he preguntado: “Señores, ¿cuál fue la guerra más mortífera de la segunda mitad del siglo XX?”, y nunca saben qué decirme. Y resulta que fue la guerra de los años 80 entre Irán e Irak, dos países islámicos. Y eso los grandes medios electrónicos no lo cuentan nunca», concluía el reportero, que no podía imaginar cómo, un cuarto de siglo después, su reflexión no solo seguiría vigente sino que justificaría aún más su trabajo.

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