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Empieza a leer 'Una casa en Brandemburgo' de Jenny Erpenbeck
PRÓLOGO
Hace unos veinticuatro mil años, el hielo se deslizaba hasta el macizo rocoso que hoy se ve tan solo como una suave colina por encima de la casa. Ejercía tal presión que los troncos congelados de los robles, alisos y pinos quedaron destrozados y triturados: parte del macizo estalló, se partió en pedazos, se desmenuzó. Leones, guepardos y félidos de dientes de sable huyeron hacia las regiones del sur. Pero el hielo no atravesó del todo el macizo rocoso. Todo fue aquietándose, y el hielo comenzó a hacer su silencioso trabajo. Durante miles de años solo extendió o movió su cuerpo grande y frío unos centímetros, puliendo lentamente los pedazos de roca que tenía debajo. En los años, decenios o siglos más cálidos, se derritió un poco la superficie del bloque y, en los lugares donde la tierra que estaba bajo el hielo era menos compacta, ese cuerpo, pesado y gigantesco, se deslizó. Así el hielo comenzó a retirarse de los lugares en los que una elevación impedía su avance, deshaciéndose en forma de agua y fluyendo hacia abajo. En los años más fríos, el hielo sencillamente permanecía allí, inmóvil y pesado. Y donde, en esos años más cálidos, se derretía, excavaba unos surcos bajo el suelo, unos surcos que en los años, decenios y siglos fríos volvían a cubrirse de hielo compacto.
Hace alrededor de dieciocho mil años, empezaron a fundirse las lenguas de los glaciares y conforme la Tierra seguía calentándose, sobre todo en las regiones del sur, fueron quedando únicamente pequeños sedimentos en la profundidad de los cauces, islas de hielo, hielo huérfano, hielo muerto lo llamarían más tarde.
Separado del cuerpo al que una vez había pertenecido, aprisionado en los cauces, este hielo se derritió mucho más tarde, alrededor de trece mil años antes del comienzo de la era cristiana, cuando se convirtió de nuevo en agua, se filtró en la tierra, se evaporó en el aire, volvió como lluvia y como agua comenzó a circular entre cielo y tierra. Donde no podía penetrar con más profundidad porque el suelo ya estaba colmado, se acumulaba sobre la arcilla azul y subía, cortaba con su superficie de espejo la tierra oscura y se hacía visible en el cauce como un claro lago. La arena, que el agua había arañado de las rocas cuando todavía era hielo, resbalaba ahora aquí y allá por las orillas de ese lago y se hundía en sus profundidades. Así se formaron en algunos lugares montañas sumergidas, y en otros el agua quedó tan profunda como lo era el cauce originalmente. Durante un tiempo, el lago de la región de Brandemburgo, en medio de las colinas, sostendría su espejo mirando hacia el cielo, liso entre robles, alisos y pinos, que ahora crecían de nuevo y, mucho más tarde, cuando hubo seres humanos, estos incluso le pusieron un nombre: mar de Brandemburgo. Pero un día también volverá a desaparecer, porque como cualquier lago, también este es pasajero; como cualquier forma cóncava, también este surco existe únicamente para que algo lo llene. También en el Sáhara hubo agua alguna vez. Solo al inicio de la Edad Moderna comenzó lo que la ciencia llama desertificación, y la lengua coloquial, devastación.
EL JARDINERO
Nadie sabe en el pueblo de dónde ha venido. Quizá siempre haya estado ahí. Echa una mano a los agricultores con los injertos de los árboles frutales en primavera, implanta árboles silvestres por San Juan a ojo velando o, en la segunda brotación, a ojo durmiente, une las ramas de los árboles que hay que injertar o las amarra según su grosor, prepara la mezcla necesaria de resina, cera y trementina y cierra la hendidura con papel o rafia. Todos en el pueblo saben que los árboles que él mejora tienen las coronas más regulares según van creciendo. En verano los campesinos lo llaman para la siega y para hacer los tresnales. También les gusta pedirle consejo para la desecación del oscuro suelo de las parcelas a la orilla del lago. Él sabe hacer trenzas con las ramas verdes de pino y ponerlas a la profundidad adecuada en los agujeros por los que se desvía el agua. Ayuda a los del pueblo en la reparación de arados y gradas, en invierno corta madera con ellos y sierra los troncos. Él no tiene ningún terreno ni ninguna parcela de bosque, vive solo en una cabaña de caza abandonada al lado del bosque, desde siempre vive ahí. Todo el mundo en el pueblo lo conoce y a pesar de ello, todos, jóvenes y viejos, lo llaman simplemente el Jardinero, como si no tuviera otro nombre.
EL TERRATENIENTE Y SUS CUATRO HIJAS
Cuando una mujer se casa, no debe coser ella misma el vestido de novia. Ni debe hacerse el vestido en su propia casa. Se coserá fuera y no deberá romperse ninguna aguja cosiendo. La tela para el vestido de novia no ha de ser jamás rasgada, sino siempre cortada. Si mientras se está cortando la tela se comete un fallo, el trozo no puede reutilizarse, sino que habrá que comprar otra pieza de tela. La novia no debe dejar que su novio le regale los zapatos para la boda, debe comprárselos ella misma y además con las monedas que haya ido ahorrando durante mucho tiempo. La boda no deberá celebrarse en la época más calurosa, es decir, nunca ha de tener lugar en la canícula, pero tampoco en el impredecible mes de abril. Las amonestaciones matrimoniales no deben hacerse la semana antes de Pascua y, para el día de la ceremonia, debe haber luna llena o por lo menos en cuarto creciente. El mejor mes para una boda es mayo. Unas semanas antes de la fecha prevista para la ceremonia, las amonestaciones se expondrán en una vitrina que las amigas de la novia decorarán con guirnaldas de flores. Si la novia es querida en el pueblo, entonces se darán tres o más vueltas de adornos. Una semana antes del enlace hay que comenzar con la matanza y con los pasteles, pero la novia no deberá ver, bajo ningún concepto, ni una sola llama del fuego del horno. Un día antes de la ceremonia, por la tarde, irán a su casa los niños del pueblo a hacer ruido. Arrojarán la vajilla, aunque ningún vaso, en el camino hacia el portón de la casa y la madre de la novia les ofrecerá sus pasteles. En la fiesta de despedida de solteros, los adultos llevarán sus regalos, leerán poemas y tomarán parte en el banquete. Las luces no deben titilar durante la fiesta porque trae mala suerte. A la mañana siguiente, la novia deberá recoger los trozos rotos de la vajilla y echarlos en un hoyo que habrá excavado el novio. Luego, las amigas de la novia la engalanarán para la boda y llevará una corona de mirto y un velo. Al salir la pareja de novios de la casa, dos niñas sostendrán a sus pies una guirnalda de flores y la pareja nupcial pasará sobre ella. Entonces partirán hacia la iglesia. Los caballos llevarán en la parte exterior de las bridas dos cintas, una roja, para el amor, y otra de color verde, para la esperanza. Las fustas llevarán también las cintas. El carruaje de los novios estará adornado con una rama de boj y en ocasiones también de enebro. El carruaje de los novios saldrá el último, después los de los invitados, y no podrá detenerse ni volver atrás. El carruaje de los novios deberá evitar, si es posible, pasar por delante del cementerio. Los novios no deberán mirar atrás durante el trayecto. Podrá llover en el camino, pero nunca nevar. Tantos copos de nieve, tantos problemas y penas.
Y la novia tampoco deberá dejar caer su pañuelo ante el altar, porque, si no, en ese matrimonio habrá muchas lágrimas. En el camino de regreso, el carruaje de los recién casados saldrá el primero y deberá ir deprisa para que no les alcancen las dificultades en el matrimonio. Cuando los novios traspasen el umbral de la casa de la boda, deben hacerlo sobre hierro, es decir, pisando un hacha o una herradura. Durante el banquete de boda, la pareja de recién casados se sentará en una esquina, la esquina de los novios, y no se moverá de ahí. Las sillas de la pareja estarán engalanadas con adornos de hiedra. Después del banquete, un chico se meterá a escondidas debajo de la mesa y le quitará a la novia un zapato, que se subastará y que finalmente adquirirá el novio. El dinero obtenido será para las cocineras. A las doce de la noche, entre canciones, se cortará el velo de la novia y se le dará a cada uno de los invitados un trozo como recuerdo. Después de la boda, los recién casados se instalarán en su nueva casa. Allí sus amigos íntimos habrán dejado un pequeño paquete sobre el horno, con pan, sal y dinero, para que nunca les falte alimento ni pasen necesidades. El paquete deberá permanecer sin tocar, en el mismo lugar, durante un año. Las dos palabras más importantes que hay en un matrimonio son: poder y deber, y poder, y deber, y poder, y deber. El primer trabajo para la joven esposa en su nuevo hogar es ir a por agua.
El regidor tiene cuatro hijas: Grete, Hedwig, Emma y Klara. Cuando el domingo va con sus hijas a la iglesia a través del pueblo, les pone a los caballos medias blancas. El padre del regidor era regidor, y el padre de este era regidor, y a su vez el padre de este era regidor, y había sido así desde 1650. El rey en persona nombró regidor al padre del padre del padre del padre del regidor y por eso el regidor les pone a sus caballos las medias blancas cuando los domingos atraviesa el pueblo en su carruaje, cargado hasta arriba con sus hijas. Grete, Hedwig, Emma y Klara se sientan en el carruaje que conduce su padre, los caballos van a un trote suave y, cuando la tierra está todavía húmeda, las medias de los caballos no llegan limpias ni hasta la carnicería. Domingo tras domingo, después de misa, el padre lleva a sus cuatro hijas desde la iglesia por la calle principal, pasando por delante de la carnicería, de la escuela y de la fábrica de tejas y ladrillos y después de esta gira a la izquierda, siguiendo la ribera en dirección norte, hasta el terreno que se encuentra a media altura del montecillo Schäferberg, conocido por todos en el pueblo como el Bosque de Klara, por ser su parte de la herencia. Allí, el padre da la vuelta al carruaje y, mientras lo hace, cuando es verano, las chicas se bajan de un brinco para coger frambuesas en el lado derecho del camino. Pero Wurrach, como llaman en el pueblo al padre de las cuatro chicas, en cuanto ha dado la vuelta hace restallar su fusta, igual que la hace restallar en los días de diario, cuando, con el carruaje vacío, cruza el pueblo a toda velocidad para llamar al trabajo a sus peones y sirvientas. Y, en cuanto restalla, saltan las cuatro hermanas de nuevo a sus asientos para continuar el viaje, ahora en dirección a casa. Otra vez por delante de la fábrica de tejas y ladrillos, la escuela y la carnicería, hasta la otra punta del pueblo, hacia Klotthofstelle, la granja que heredó el padre de su padre y este del suyo, y este del suyo, y así sucesivamente desde que el rey, hacia 1650, se la diera en arriendo al tatarabuelo de los Wurrach junto con unas tierras de labranza.
Si una doncella quiere saber si se casará pronto, deberá golpear la puerta del corral en la noche de fin de año. Si lo primero que oye es a una gallina, no se casará; pero si es un gallo, entonces sus deseos se harán realidad, y en esa misma noche podrá ver a su prometido. Si quisiera casarse con un marinero, deberá sentarse sobre un carro. Para casarse con un albañil, se acomodará sobre un tajo, cogerá una paleta y una espátula y él pronto llegará. Si quisiera a un granjero, deberá tomar una guadaña y una pala. La madre de una hija casadera ha de intentar atraer a los pretendientes a casa. Eso lo conseguirá dejando a propósito las telas de araña de las habitaciones. Si las elimina, los pretendientes desaparecerán.
La madre de estas cuatro chicas murió al dar a luz a Klara. El regidor no tiene ningún hijo varón. En el pueblo hay campesinos y labriegos, dos pequeños terratenientes y algunos granjeros. Pero solo un regidor.
Grete no se casará con el hijo mayor del terrateniente Sandke, el único de los seis hijos de Sandke al que han educado para llevar la granja, que la ha pedido en matrimonio; porque justo antes de la boda resulta que no es el heredero elegido por el terrateniente. La boda se suspende y el novio de Grete, después de que en septiembre un cuñado se haga cargo de la granja, se embarca en un vapor en Bremerhaven, que por doscientos ochenta marcos lo lleva, pasando por Amberes, Southampton, el estrecho de Gibraltar, Génova, Puerto Saíd, el canal de Suez, el mar Rojo, Adén, Colombo y Adelaida hasta Melbourne, Australia, adonde llega, tras un viaje de seis semanas, el 16 de noviembre de 1892, con ocho marcos que le quedan y un reloj de oro que empeña por otros veinte. Desde Melbourne le escribió todo esto a su novia. Luego Grete no tuvo más noticias suyas y las tierras lindantes de los Sandke se perderán para siempre para la familia del regidor.
Hedwig se ve con un jornalero que en verano viene a la granja Klotthofstelle a segar el maíz. Cuando el padre se entera por un vecino, irrumpe en pleno día en el pajar, le arranca al jornalero el mayal de las manos y corre tras él gritándole estas palabras: «¡Voy a coger el hacha y te voy a matar!», persiguiéndole desde la granja hasta la linde del bosque. Y por todo el pueblo se oye su voz, alta y como cascada de tanto desgañitarse dando órdenes, por lo que parece la voz de un borracho: «¡Voy a coger el hacha y te voy a matar!». Cuando regresa a la granja, encierra a Hedwig unos días en el ahumadero del desván, donde ella perderá a su niño, que en ese momento no era más que una pequeña masa de sangre.
Emma, la tercera hija del regidor, habría llegado a ser sin duda un buen regidor si hubiera nacido varón. Siempre echa una mano a su padre. Decide, cuando él está fuera, sobre las contribuciones de los habitantes del pueblo, contrata peones y criadas, supervisa los maderales, los campos y el ganado. Nadie, ni en la familia ni en el pueblo, ha malgastado nunca ni una sola palabra sobre una posible boda de Emma.
Finalmente, a Klara, la más joven de las hijas del regidor, le corresponde como herencia el bosque de Schäferberg, que linda por la parte de abajo con el lago, por la de arriba con la pradera de los frambuesos que pertenece a la finca, a la derecha con las tierras del viejo Warnack y por último, a la izquierda, con la pradera que un campesino utiliza ilegítimamente y por la cual disputa con el padre de Klara desde hace años. Teniendo todo esto en cuenta, el padre de Klara considera ese bosque una isla que no se unirá por matrimonio alguno a otros terrenos.
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Traducción de Javier Salinas
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