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Empieza a leer '¿Qué ha pasado?' de Hanif Kureishi
INTRODUCCIÓN
La escritura ha sido mi vida: cuando era adolescente, decidí que lo que quería hacer era contar historias y me propuse que así iba a ganarme el sustento, por muy mísero que este fuese. Intenté hacer otras cosas –en oficinas, teatros, librerías–, pero mi naturaleza no es nada gregaria, no me gusta recibir órdenes y soy vago. Intento no salir nunca de casa antes de las nueve de la mañana, y, si es posible, no antes de las nueve de la noche. Quería elegir mi tedio particular. Keith Richards no trabajaba en una oficina; Hendrix no archivaba documentos.
Hay mucho que decir a favor de la inactividad. Me gusta pasar bastante tiempo solo en una habitación, con lo que Conrad llamaba «la libertad de imaginación» –y también con música, café, bolígrafos y buen papel–. Uno puede caminar de un lado para otro de su estudio, hablar solo y echar una cabezadita cuando le apetezca; ¿de cuántos trabajos se puede decir lo mismo? Hoy en día disfruto escribiendo tanto como cuando empecé, si no más. Normalmente me pongo a trabajar tan pronto me despierto, como la mayoría de los escritores a los que conozco. Algunas cosas fluyen con facilidad; la mayoría, despacio, y las repaso hasta que siento que estoy a punto de quedarme ciego. Claro que hay épocas en las que uno es incapaz de escribir una palabra, y entonces piensa que todo se acabó. Hay otras en las que rebosa de palabras. Es algo que parece escapar a nuestro control.
Que sea vago no significa que deje de ser un fisgón y que no me encanten los chismes, pues siempre resultan una fuente de historias muy útil. Uno de mis escritorios da a la calle, y al ser Londres una gran ciudad llena de acontecimientos, hay mucho que ver, sobre todo desde que me compré unos prismáticos.
Aunque Londres ha sido un lugar emocionante donde vivir, Gran Bretaña fue la mayor parte de mi vida un lugar relativamente tranquilo y acogedor. Eso no quiere decir que no haya habido revoluciones en la economía, en la música, en la cultura, en la forma de entender las razas y la homosexualidad, y, en particular, en el papel de las mujeres, que, como mi madre durante mi niñez, a finales de los años cincuenta, eran en su mayoría amas de casa y se describían a sí mismas como tales. Cuando las mujeres empezaron a salirse del rol asignado, todo cambió para los hombres. Tuvimos que modificar la forma de vernos; nuestra relación con las mujeres se tornó más complicada, más franca y mejor. Escribir sobre los seres humanos es pensar en el género, la raza y la clase social. Todos ocupamos un lugar en el mundo.
Muchos de nosotros, aquellos niños semidelincuentes del extrarradio, creíamos que no encajábamos. Sentir que uno nunca pertenecerá a ningún credo, religión, clase social o país supone una oportunidad para ver las cosas desde fuera o, como dice E. M. Forster, desde «un ángulo oblicuo». A menudo he recurrido a la autobiografía –a la experiencia de ser hijo de padres de distintas razas– como premisa de un relato. A partir del enigma que yo mismo representaba, de cómo me veían los demás y de algo que sentía y que quería expresar, me adentré en el mundo social y político: el fin del imperio, los primeros años de la vida de mi familia en Gran Bretaña, pasando por el multiculturalismo y el resurgimiento del fascismo en Europa, con el islam como principio organizador.
Desde muy joven me han fascinado las actividades cotidianas de los escritores y sus biografías, cuánto escribían al día y cómo lograban ganarse la vida con la escritura; o, en muchos casos, cómo no lo lograban.
Ahora hay estanterías enteras de libros sobre la llamada escritura «creativa», como si pudiese existir otra, y también disfruto leyéndolos. Aparte del hecho de que el argumento suele ser la parte menos interesante de un relato, pocas de esas guías mencionan que el medio para alcanzar cualquier tipo de logro es la frustración. En la escritura –y supongo que en todas las demás formas de arte–, la frustración, la sensación de estar eternamente atascado, de vivir en un entreacto perpetuo, constituye un factor esencial con el que conviven los escritores a diario. La frustración es un motor, un estímulo, una oportunidad y un freno, y uno puede aprovecharse de ella y trabajar con ella, transformando la duda y la angustia en algo placentero. El truco radica en no abandonarla antes de tiempo: es un espacio generativo, si no agitador, donde uno tiene que esperar e imaginar. La satisfacción de lograr un avance, de terminar de verdad algo, significa poco comparada con el placer de esforzarse. Terminar solo significa que hay que empezar de nuevo.
Yo he tenido la suerte de haber contado con buenos profesores de escritura. Algunos editores y la mayoría de los directores editoriales que han publicado mis libros me han enseñado a cortar y a organizar, me han enseñado el oficio de escribir: orden, ritmo y cadencia. Y también el uso del aplazamiento: el suspense, el arte de retener y dosificar la información.
Un buen lugar para estudiar y aprender esto es el teatro, donde se puede oír, literalmente, cómo el público responde al lenguaje. La mayoría de los buenos escritores saben cómo quieren que se vea y suene su obra –sobre todo, si la interpretan actores–, pero nunca está de más la opinión de otros. Esto puede hacer que el proceso sea más dialéctico y colaborativo de lo que cabría suponer en un principio. Y las colaboraciones en las que he participado en teatro, cine y danza, y con músicos, me han impulsado a realizar un trabajo que jamás habría podido concebir solo.
Desde que tuve la suerte de entrar a trabajar siendo muy joven en el Royal Court Theatre, he sido profesor, y siempre he disfrutado hablando de la escritura y de los relatos, de cómo puede un autor atrapar al lector, seducirlo, jugar con él y, en ocasiones, liarlo al mismo tiempo que hace que se lo pase en grande. Es una labor de gran responsabilidad y utilidad social. Después de todo, la mayor parte de la humanidad está pendiente casi a diario de una u otra historia creada por un escritor.
Nunca he tenido problemas con mis alumnos ni con su necesidad de decir algo sobre sí mismos o sobre el mundo; suelo sentir curiosidad por leer sus trabajos y escuchar lo que tienen que contar. Ser testigo de un chispazo de originalidad, de una forma única de expresar algo, sobre todo si ha sido uno quien lo ha fomentado, resulta mágico. Como dice Chéjov en referencia al trabajo del escritor: «Mi única labor es tener talento». Pero el talento es, afortunadamente, un don misterioso y repartido de manera desigual. Se puede fomentar y desarrollar, pero no se hereda ni se inculca.
He tenido algunos desacuerdos con ciertas instituciones que parecen más interesadas en recaudar dinero que en mejorar a aquellos a quienes sirven. Sin embargo, el declive de la novela como forma principal de exploración del ser humano, junto con el desarrollo de nuevos medios de expresión –las series televisivas, los podcasts y el cine independiente–, han creado más oportunidades para los narradores de todas las edades. Varios amigos escritores de setenta y muchos años, pero que trabajan con la energía de alguien veinte años más joven, no solo no se han quedado sin trabajo debido a su edad, sino que están más solicitados y ocupados con encargos y proyectos que nunca. Jamás he conocido a un escritor jubilado. Envejecer significa tener más que decir y menos inhibiciones. Una vez que los hijos son mayores, uno dispone de más tiempo, ¿y qué otra cosa va a hacer en todo el día?
Una alteración relevante en el ecosistema del escritor ha sido el auge de los festivales y eventos literarios. Cuando yo era joven, los escritores rara vez leían su obra en público, al menos en Gran Bretaña, pero era tremendamente apasionante ver en los programas televisivos del domingo por la noche a James Baldwin, a Gore Vidal o a Norman Mailer, con actitud contestataria y políticamente incorrecta, enseñándonos a todos los que estábamos aislados en el extrarradio que los escritores y los pensadores no son un adorno esotérico, sino algo esencial para la vida intelectual de un país. Ahora los festivales son omnipresentes; algunos atraen a grandes multitudes, lo cual es bueno para la literatura, aunque un poco desquiciante para los escritores, que pasan gran parte de su vida escondidos y que, a menudo, se vuelcan en la escritura porque les cuesta hablar con otras personas y, más aún, dirigirse a una multitud.
El ensayo es una fórmula agradable, próxima y versátil, relativamente rápida de escribir y, en principio, fácil de leer. Algunos de los textos que aquí se recogen los escribí para ocasiones específicas, como aquel paseo que di por mi barrio del oeste de Londres describiendo lo que veía. Otros, porque quería hablar sobre los placeres: las drogas, la literatura, la música pop. Cuando nos enteramos de algo una vez que ha sucedido, la pregunta fundamental del escritor es: «¿Qué ha pasado?»; a partir de ahí comienza a buscar las palabras que han de envolver el misterioso y apasionante caos de la existencia. Somos aquello que nos ha perturbado, y a ello volvemos una y otra vez, con una cierta esperanza de acabar domeñándolo, de decir lo indecible, de convertir lo fortuito en historias. Aunque la coherencia sea una ilusión, son el esfuerzo y el fracaso lo que da vida al arte. Casi toda mi obra, en sus distintas formas, tiene su origen en una idea o en una serie de personajes que no me dejaban en paz y que me urgían a encontrar las palabras con que expresar algo, fuese lo que fuera ese algo. Por lo general, es así como he trabajado: siguiendo mi curiosidad. Primero hay que mirar, lo que puede resultar impreciso; y luego, hay que expresar, que debe ser más claro.
Ocurre, además, algo extraño en la creación literaria: al margen de cuánto tiempo lleve uno escribiendo –la mayoría nos preguntamos a diario por qué nos molestamos en hacerlo–, siempre vuelve a empezar de cero, como si no lo hubiese hecho nunca, lo que supone una nueva oportunidad para la frustración y la esperanza.
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Traducción de Cecilia Ceriani
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