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Empieza a leer 'Perder la guerra' de Jon Lee Anderson
PREFACIO
Afganistán es un país que siempre ha tenido más de terreno de combate de la historia que de nación propiamente dicha. Sin salida al mar, y rodeado de desiertos y escarpadas montañas, constituye una encrucijada geográficamente estratégica entre Asia Central, Asia Meridional y Oriente Próximo, que desde la antigüedad ha atraído a potencias extranjeras con aspiraciones de conquista. Las invasiones más importantes que sufrió el país fueron la de Alejandro Magno en el año 330 a. C. y la de los mongoles en 1222 d. C. A ellas les siguieron dos incursiones coloniales británicas en el siglo XIX y una tercera en 1919. Todos los invasores terminaron siendo derrotados en la guerra contra los esforzados afganos, que de ese modo cobraron fama de astutos, valientes y despiadados en el campo de batalla. Seis décadas después de la marcha de los británicos, fueron los soviéticos quienes invadieron el país, pero, tras una sangrienta ocupación militar que duró diez años, también ellos se vieron obligados a retirarse, no solo sin haber logrado subyugar a los afganos, sino habiendo desencadenado asimismo una resistencia armada que con el tiempo se volvería endémica a la par que multicéfala.
Probablemente la mayoría de los estadounidenses empezaron a oír hablar de Afganistán a raíz de los atentados terroristas del 11-S orquestados por Osama bin Laden, el yihadista saudí que había encontrado refugio en el país. Los anfitriones de Bin Laden eran los talibanes, un ejército de devotos islamistas que habían tomado el poder por la fuerza unos años antes, durante la caótica etapa que siguió a la retirada soviética.
Tras el 11-S, los estadounidenses invadieron Afganistán con el objetivo de derrocar a los talibanes y castigar a Al Qaeda, la red terrorista de Bin Laden. Pronto lograron ambos objetivos, pero después de eso permanecieron otros veinte años en el país, embarcándose en diversas actividades de contrainsurgencia e iniciativas de consolidación nacional. Todo terminó en 2021, cuando, tras fracasar en su intento de frenar el creciente resurgimiento talibán, Estados Unidos, hastiado de la guerra, retiró sus últimas tropas y los talibanes volvieron a entrar en Kabul.
Yo pasé un tiempo en los terrenos de combate de Afganistán a finales de la década de 1980, durante la prolongada retirada soviética, cuando diversas facciones muyahidines rivales se unieron en una infructuosa campaña para arrebatar el control al régimen satélite de Moscú (mis observaciones sobre tales experiencias pueden encontrarse en Guerrillas, un libro que escribí sobre varias insurgencias contemporáneas).1
Tras el 11-S volví de nuevo a Afganistán y pasé allí la mayor parte del año siguiente como corresponsal de la revista The New Yorker. En 2002 publiqué La tumba del león, una recopilación de mis artículos en formato libro que pretendía ser una crónica del primer año de la presencia estadounidense en el país. En aquel momento la misión de Estados Unidos y sus aliados de la coalición parecía haber tenido un relativo éxito gracias a sus conexiones con diversos caudillos militares afganos (los llamados señores de la guerra). Los talibanes habían desaparecido en las montañas, al igual que Al Qaeda, y se había instaurado un nuevo y acomodaticio régimen prooccidental.
Un relato paralelo a La tumba del león fue la historia de la muerte de Ahmad Shah Masud, un carismático líder muyahidín que fue asesinado por agentes de Al Qaeda en Afganistán dos días antes de que se produjeran los atentados del 11-S en Estados Unidos. La muerte de Masud parecía haber sido una pieza esencial dentro de la gran conspiración de Al Qaeda y, aun así, apenas se investigó. Intrigado, indagué las circunstancias del asesinato y, en el primer aniversario de su muerte, asistí a una ceremonia celebrada en un nuevo mausoleo erigido en su honor en su aldea natal, en el valle de Panshir. Decidí terminar mi libro con la escena de aquella ceremonia, que también dio título a la obra. Durante la guerra de resistencia antisoviética librada por los muyahidines, Masud se ganó el elogioso apodo de León del Panshir, por su destacado papel a la hora de frustrar las sucesivas ofensivas militares soviéticas lanzadas contra el estrecho valle montañoso. La carretera que atravesaba el Panshir todavía estaba plagada de tanques y vehículos destruidos de aquellos días, pero, al final, el valle se había convertido también en la tumba de Masud.
Afganistán siempre me había parecido un lugar extremadamente fascinante y me alegraba volver a trabajar allí como corresponsal, pero, de forma inesperada, no tardé en verme arrastrado a un nuevo escenario de guerra en Irak, el siguiente terreno de combate de la llamada guerra contra el terror que había declarado el presidente George Bush hijo.
Así pues, aunque me había ido de Afganistán, al poco tiempo me hallaba de regreso. Los talibanes estaban resurgiendo y el proyecto estadounidense en el país empezaba a parecer un auténtico atolladero. Viajé allí en 2005, 2007, 2010 y de nuevo en 2011. Al final, puesto que los nuevos conflictos que estallaron en Libia, Siria y otros lugares volvieron a distraer mi atención, transcurriría toda una década antes de que pudiera regresar, al término de 2021, unos meses después de la catastrófica retirada estadounidense y el histórico retorno al poder de los talibanes.
Teniendo en cuenta todo lo que ha sucedido, me parece oportuno repasar los veinte años de presencia estadounidense en Afganistán, para lo cual he reescrito el texto de La tumba del león, ampliando su enfoque para incluir las historias que escribí en mis viajes de regreso, con la esperanza de que brinden una cronología narrativa de mi creciente inquietud con respecto al proyecto estadounidense en el país. La tumba del león se ha convertido así en el presente volumen, un libro completamente distinto, en el que se examina la aventura de Estados Unidos en Afganistán desde su dramático comienzo hasta su desafortunado final.
Algunas de mis aprensiones surgieron muy pronto. En mi intento de obtener un mínimo conocimiento de Afganistán en el período previo a la invasión estadounidense, cuando esta tuvo lugar y luego después de ella, vislumbré una sociedad que no era fácil de encajar en la etiqueta de «afganos buenos contra talibanes malos». En los primeros capítulos del libro, «El señor de la guerra» (capítulo 2), «En la corte del pretendiente» (capítulo 3), «La rendición» (capítulo 4) y «Ciudad de sueños» (capítulo 5), comparto los encuentros que tuve con algunos afganos que se sentían amenazados por la repentina llegada de occidentales a su país y que tal vez seguían siendo leales a los ultraconservadores talibanes. En la recién liberada capital, Kabul, un tendero me reprendió airadamente por hablar con una mujer vestida con un burka que se había acercado a pedirme ayuda. Durante mis excursiones por las afueras de la ciudad vi como, cada vez que aparecía una mujer occidental, se congregaban de forma sistemática grupos de niños curiosos que luego comenzaban a lanzar piedras.
En el capítulo 6, «Guerreros santos y otros», describo un viaje que hice en diciembre de 2001 al reducto montañoso conocido como Tora Bora, donde el ejército estadounidense creía haber acorralado a Bin Laden, aunque después, tras varias semanas de combate, le perdieron la pista. Relato mis encuentros con varios comandantes muyahidines considerados muy poco fiables, hombres que se habían presentado como aliados de Estados Unidos, pero de los que también se sospechaba que habían ayudado a escapar a Bin Laden. Otro personaje poco fiable era Jack Idema, un pomposo exoficial de las fuerzas especiales estadounidenses que había forjado sus propios acuerdos con los caudillos militares afganos. Idema pasó a dirigir una operación antiterrorista ilegal, por la que, tras ser descubierto torturando a sospechosos en una cárcel privada, fue detenido, condenado y sentenciado a prisión. Las turbias conexiones oficiales de Idema, y su capacidad para moverse a sus anchas durante varios años al amparo de la guerra estadounidense en Afganistán, parecían decir algo sobre la naturaleza subrepticia y caótica de la misión de Estados Unidos en el país.
La situación seguía siendo inestable en enero de 2002, tras la retirada de los talibanes de su bastión en la ciudad meridional de Kandahar. Era allí donde habían presentado su última resistencia varias semanas antes, para luego desaparecer misteriosamente del campo de batalla. Un joven que colaboraba con las nuevas autoridades gubernamentales, y que anteriormente había trabajado para los talibanes, reveló que sus antiguos jefes habían cruzado la frontera rumbo a la ciudad pakistaní de Quetta, en el sur del país, donde contaban con el apoyo de los servicios de inteligencia de Pakistán, que jugaban a dos bandas en la guerra que libraba Estados Unidos contra los talibanes y Al Qaeda. El tiempo demostraría que decía la verdad: los talibanes habían llevado a cabo una retirada táctica, pero seguían intactos, decididos a permanecer en la sombra hasta sentirse preparados para reanudar la lucha.
En Kandahar, fui a ver al mulá Naquib, que había sido mi anfitrión muyahidín años atrás, durante la guerra antisoviética. Tal como relato en el capítulo 7, «Las canciones favoritas del mulá Omar», Naquib era objeto de sospecha por parte de los recién llegados estadounidenses por sus lazos de amistad con los antiguos jefes talibanes, incluido su líder espiritual, el huido mulá Omar, quien le había legado su flota de lujosos Toyota Land Cruiser antes de escapar. ¿A quién era leal Naquib en el nuevo Afganistán? Resultaba difícil saberlo: era, ante todo, un superviviente.
En la primavera de 2002 regresé a Kabul, donde, junto con el fotógrafo Thomas Dworzak, mi amigo y compañero desde los primeros días de la guerra, alquilé una casa tradicional afgana para residir en ella. Se hallaba ubicada en una calle llena de floristerías, que recibía el apropiado nombre de calle de las Flores, en el casco antiguo de la ciudad. Durante los meses que vivimos allí me dediqué a investigar la conspiración que llevó a la muerte de Ahmad Shah Masud. La historia que acabaría contando, «Los asesinos» (capítulo 8), trata de cómo Al Qaeda, con la complicidad de los talibanes y otros, logró infiltrar a dos de sus yihadistas, haciéndose pasar por periodistas, en la zona del norte de Afganistán controlada por los rebeldes, y matar luego a Masud en su propia casa durante una falsa entrevista. Cuanto más profundizaba en la historia, más olía a traición, especialmente en lo que se refiere al sospechoso papel que desempeñó en la secuencia de acontecimientos Abdul Rasul Sayyaf. Este era un señor de la guerra ultraconservador que en el pasado había tenido estrechos vínculos con Osama bin Laden, pese a lo cual se había mantenido a flote con cierto grado de poder e influencia. A mi modo de ver, el nuevo Afganistán no era un lugar fácil de definir, sino más bien un hervidero de nuevas lealtades y viejos engaños.
Pasaron tres años antes de que volviera a Afganistán. En 2005, la coalición inicialmente liderada por Estados Unidos se había transformado en una misión de la OTAN en toda regla, con la participación de múltiples países y muchos miles de soldados estadounidenses y de otras nacionalidades sobre el terreno. A Kabul le habían llovido la ayuda económica y las inversiones y había pasado de ser una ciudad en ruinas, casi fantasmal, a convertirse en una bulliciosa urbe llena de gente, tiendas y vehículos recién comprados. Los expatriados occidentales frecuentaban un puñado de nuevos y elegantes restaurantes; muchos vivían en un barrio de nuevos ricos lleno de ostentosas mansiones que se habían construido caudillos militares y barones de la droga. Yo fui a escribir una semblanza del presidente Hamid Karzai, un político exiliado elegido por las potencias occidentales para dirigir Afganistán tras la caída del régimen talibán. Elogiado como el hombre que había «rescatado» a su país de las garras de los extremistas islamistas, a Karzai lo agasajaban y adulaban cada vez que viajaba al extranjero: era el Volodímir Zelenski de su época.
Karzai era educado y encantador, pero yo lo encontré en un estado de creciente angustia por su falta de autoridad real. Cuanto más investigaba, más lograba entender por qué se sentía así. Asistiendo a las reuniones que Karzai mantenía con delegaciones afganas de zonas remotas, presencié como les prometía la ayuda de su Gobierno. Luego, al hacer un seguimiento del asunto, descubrí que era incapaz de cumplir sus promesas porque, para hacerlo, dependía de la buena voluntad y los recursos de Estados Unidos, que por su parte no siempre estaba dispuesto a proporcionar. Me fui de allí preocupado por el hecho de que los estadounidenses no hubieran investido a Karzai del suficiente poder soberano para hacer mucho sin ellos, y no digamos ya de ganarse el respeto de sus compatriotas. El capítulo 9, «El hombre del palacio», es el retrato de un dirigente que solo fue el presidente nominal de su propio país; el poder real estaba en otra parte, en manos de los estadounidenses.
Dos años después, en 2007, volví a Afganistán para unirme a un equipo de contratistas militares estadounidenses y soldados afganos en una misión que tenía por objetivo combatir la floreciente industria del opio en Uruzgán, una provincia rural que también resultaba ser la cuna de los talibanes. Esta es la historia que narro en el capítulo 10, «La guerra del opio de los estadounidenses». Después de que el equipo sufriera repetidas emboscadas por parte de hombres armados tras una reunión con el gobernador de Uruzgán –un hombre de quien se sospechaba que estaba al servicio de los talibanes–, la misión se fue a pique incluso antes de empezar. Para mí, el episodio ponía de manifiesto la extrema superficialidad de las relaciones forjadas entre los estadounidenses y sus supuestos aliados y señalaba la fragilidad de su proyecto en Afganistán.
En 2010 ya no era posible viajar de forma segura fuera de Kabul. La resistencia armada talibana había cobrado fuerza y se había extendido por todo el país, al tiempo que en la propia capital se había reforzado la seguridad debido a que tanto los occidentales como los funcionarios del Gobierno afgano eran blanco de los llamados «ataques complejos» lanzados por terroristas suicidas y hombres armados contra los hoteles y restaurantes que frecuentaban. Varios amigos míos periodistas habían sido secuestrados y retenidos como rehenes; otros habían sido asesinados. Se habían levantado muros antiexplosivos en torno a los edificios del distrito gubernamental de Kabul para protegerlos de posibles atentados suicidas; la nueva embajada de Estados Unidos era una enorme fortaleza.
Yo opté por la experiencia de «empotrarme» en un batallón del ejército estadounidense destinado a Maiwand, una provincia meridional adyacente a Kandahar. Tras volar hasta allí en un avión militar y alojarme con los soldados en campamentos fortificados, terminé en un puesto de avanzada desde el que las tropas estadounidenses hacían incursiones con el fin de localizar y expulsar a los talibanes de una serie de aldeas cercanas. El capítulo 11, «El día del superwadi», es el relato de esa experiencia, en la que los estadounidenses mantenían a distancia a los afganos que me rodeaban, a quienes percibían como mayoritariamente hostiles y probablemente leales al «gobierno en la sombra» de los talibanes. Desplazarse con soldados estadounidenses fuera de los muros de la fortaleza implicaba viajar dentro de un vehículo blindado a prueba de bombas, lo cual parecía decirlo todo acerca de su falta de conexión con el pueblo afgano. Abandoné Maiwand en octubre de 2010 sintiéndome tan alejado del Afganistán que otrora había conocido que, aunque llegué a escribir el relato de mi aventura, le pedí a mi editor que no lo publicara; aparece impreso aquí por primera vez.
Frustrado por aquella última experiencia, regresé a Afganistán varios meses después, a principios de 2011. Intenté superar la sensación de distanciamiento que había sentido en Maiwand haciendo un nuevo esfuerzo por comprender lo que estaba sucediendo en el país. Volví a viajar como periodista «empotrado», esta vez en una pequeña unidad de tropas afganas y estadounidenses que se dirigía a la escarpada frontera de Afganistán con los territorios tribales de Pakistán, un bastión yihadista. Aunque seguía estando aislado de la población civil afgana, tenía acceso a los soldados afganos que luchaban junto a los estadounidenses y encontré tal grado de animadversión y desconfianza entre ellos que llegué a la conclusión de que la campaña liderada por Estados Unidos en Afganistán había fracasado por completo. El artículo que escribí entonces, y que aparece aquí como capítulo 12, «Fuerza y futilidad», llevaba como subtítulo: «¿Es hora de dejar Afganistán?».
La siguiente década fue el desarrollo de un desastre anunciado, sobre el que únicamente informé de manera irregular y desde la distancia. He incluido aquí algunos de aquellos reportajes en forma de varios capítulos breves, con la fecha de publicación de cada uno de ellos: «Anales del asesinato» (capítulo 13), «Una forma americana de matar» (capítulo 14), «La balada del mulá Omar» (capítulo 15), «Kunduz cae de nuevo» (capítulo 16), «El retorno de los talibanes» (capítulo 17) y «¿El fin del imperio americano?» (capítulo 18). Dichos textos incluyen las necrológicas de varios prominentes afganos, a quienes conocía en persona, publicadas tras la noticia de sus muertes violentas, mientras que los últimos capítulos tratan del inexorable regreso de los talibanes. Fue una profunda conmoción cuando finalmente se produjo en agosto de 2021. Tras la histórica debacle estadounidense me sentí obligado a regresar a Afganistán, cosa que hice varias semanas después, en noviembre y diciembre de 2021, al comienzo del invierno centroasiático.
En las dos décadas que duró la presencia estadounidense, la capital afgana sufrió una drástica transformación. En 2001, después de que los talibanes se vieran expulsados a las montañas tras varias semanas de bombardeos con B-52 y ofensivas terrestres por parte de los muyahidines respaldados por la CIA, Kabul era una ciudad desolada y vacía y buena parte de ella estaba en ruinas. En la primavera de 2002, con miles de soldados estadounidenses y de la coalición desplegados allí, había empezado a llenarse de nuevo. Millones de refugiados volvían a la ciudad tras pasar años en el exilio en Pakistán, Irán y otros países.
Desde entonces, la población de Kabul, que en 2001 se estimaba que era de unos dos millones de personas, había aumentado en más del doble, hasta alcanzar los casi cinco millones, mientras que la población total del país, de alrededor de 21 millones de habitantes, se había disparado hasta los 40. La media de edad de los afganos era de apenas 18,5 años.
En los meses posteriores al retorno de los talibanes, la antigua Kabul todavía era reconocible, aunque no sin dificultad, dado que se había visto inmersa en un crecimiento caótico. De ser una ciudad integrada casi exclusivamente por viviendas unifamiliares, sin apenas edificios de más de diez plantas a excepción de las mezquitas, se había transfigurado en una urbe con docenas de bloques de pisos de quince e incluso veinte plantas. Ahora era una bulliciosa ciudad comercial, llena de coches y con un tráfico intenso, pese a lo cual sus endémicas desigualdades sociales y sectarias seguían intactas. Por las calles seguía habiendo hombres de la comunidad chií hazara, que ocupan el último lugar en la jerarquía social afgana, tirando de carros con correas atadas a la cabeza. Había pobres por todas partes y numerosos mendigos. Los miserables suburbios asentados en las pedregosas colinas de la ciudad se habían expandido, pero ahora albergaban también ostentosos salones de bodas, peluquerías masculinas y tiendas de novias, además de clubes de billar y gimnasios donde levantar pesas. Por todas partes había vallas publicitarias anunciando una desconcertante variedad de bebidas energéticas turcas, al tiempo que miles de adictos a la heroína se reunían en apretujados grupos a lo largo de las medianas y bajo los puentes, fumando o inyectándose la droga.
Con los talibanes de nuevo como sus dirigentes, los habitantes de Kabul seguían su vida con aparente normalidad, desplazándose por la ciudad a pie o en diversos vehículos, transportando mercancías, comprando y vendiendo alimentos y otros productos en puestos callejeros; pero se notaba de forma palpable que las cosas habían cambiado.
Para empezar, no se veía a un solo extranjero por ningún sitio, mientras que los pujantes talibanes eran ubicuos en los controles de carretera y puntos de acceso, o circulando en camionetas o en todoterrenos militares estadounidenses Humvee con las armas amartilladas y listas para disparar. Algunos de ellos llevaban el pelo largo, al estilo yihadista, y vestían la túnica tradicional afgana y la indumentaria conocida como salwar kamiz (a veces con incongruentes y llamativos tonos de azul, naranja o amarillo), además de llevar los ojos dramáticamente maquillados con kohl negro. Otros imitaban el aspecto de las fuerzas especiales estadounidenses hasta el punto de llevar uniformes de camuflaje, botas, gafas de sol envolventes y armas que habían heredado como botín de las bases que los combatientes habían dejado atrás.
Para la mayoría de los habitantes de Kabul, los talibanes seguían pareciendo tan foráneos como lo habían sido en su día los estadounidenses, y en las calles apenas pude ver interacciones entre los civiles afganos y los talibanes, salvo por alguna que otra conversación superficial. Parecían ignorarse mutuamente, como si vinieran de mundos distintos, pero se hubieran visto obligados a coexistir. De vez en cuando detectaba lo que parecían ser destellos de temor en los ojos de los civiles al cruzarse con talibanes armados. Eran involuntarias miradas de cautela que rápidamente se ocultaban tras una expresión neutra. Si un ejército de texanos armados provida y antivacunas se apoderara de la ciudad de Nueva York, pensé, podría ocurrir algo parecido.
Independientemente de sus creencias políticas, la mayoría de los kabulíes se atenía al pragmático modo de proceder estándar basado en el axioma «la vida sigue». No tenía nada de extraño: en un período de cuarenta y cinco años habían vivido una década de ocupación militar rusa, seguida de una dictadura policial, seguida de una sangrienta guerra civil, seguida de seis años de tiranía talibana y otros veinte de una cuasi-democracia prooccidental, solo para acabar volviendo al control talibán.
En una prominente rotonda, un hombre vendía banderas de satén de color blanco y negro: la enseña oficial de los talibanes, que lleva inscrita en árabe la invocación SOLO HAY UN DIOS, ALÁ, Y MAHOMA ES SU MENSAJERO. Un día me detuve a hablar con él. Le pregunté cómo se ganaba la vida antes de que los talibanes llegaran al poder. Me dijo que, hasta que entraron en la ciudad, había sido soldado del Gobierno. Al quedarse sin empleo se había dedicado a vender banderas. Sonrió y ahuecó las manos en el aire, como diciendo: «Es un trabajo».
En general, los talibanes habían dejado a la población de Kabul a su aire y, salvo algunos incidentes inquietantes, como la paliza que dieron a unas mujeres que habían salido a protestar por la restricción de su derecho a la educación y al empleo, apenas había habido represión abierta. Los talibanes habían llegado a asegurar a los afganos, y al mundo exterior, que no tenían intención de vengarse de sus antiguos enemigos; incluso declararon una amnistía. Esto distaba mucho del comportamiento que habían exhibido tras tomar Kabul por primera vez en 1996. Los talibanes de la década de 1990 y principios de la de 2000 habían adoptado una actitud obsesivo-compulsiva y, con frecuencia, violenta en su afán por crear una sociedad basada en una estricta conformidad con su interpretación del islam. Una de sus manías era la de las imágenes talladas. Tras su expulsión del poder en 2001, encontré tiendas que vendían jabón para bebés en cuyos envases los comisarios de la moral talibanes habían tachado meticulosamente con rotulador marrón las ilustraciones que representaban a madres con hijos. Incluso se habían pintado las señales de tráfico que advertían del paso de ganado o cruces de peatones. Pero ya no ocurría tal cosa. Ahora la mayoría de los combatientes llevaba teléfonos inteligentes que, obviamente, mostraban imágenes humanas, cuya contemplación estaba claro que ya no constituía un problema.
Sobre la ciudad se cernía una nube moralista, pero se percibía indolente y mal definida. Muchos anuncios de escaparates que antes exhibían imágenes de mujeres habían sido pintados con recato, en la mayoría de los casos de forma preventiva por los propios comerciantes para evitarse problemas. En cambio, en los letreros de las tiendas de novias seguían apareciendo extravagantes imágenes de mujeres al más puro estilo Bollywood: el tipo de transgresión que en tiempos de los antiguos talibanes habría valido, como mínimo, una paliza a los propietarios. Las imágenes de los enemigos políticos de los talibanes tampoco habían sido destruidas de forma sistemática. El retrato de Ahmad Shah Masud se había retirado del emblemático obelisco de piedra roja erigido en su honor unos años antes, pero en otros lugares su rostro –como los de otros adversarios de los talibanes– permanecía intacto.
De manera similar, aunque se había expulsado provisionalmente a las mujeres y las niñas de los lugares de trabajo y las escuelas de secundaria, seguían siendo visibles en las calles. Todas llevaban hiyab –un pañuelo en la cabeza–, pero pocas habían adoptado aún el burka, una indumentaria que cubre todo el cuerpo. La mayoría vestían túnicas de tres cuartos y mallas tipo leggings y algunas incluso llevaban maquillaje.
En el momento de mi viaje, que describo en el último capítulo del libro, «Después de la caída» (capítulo 19), aún era imposible cuantificar en qué medida los talibanes seguirían mostrando cierta tolerancia. Constituían una fuerza insurgente profundamente comprometida e ideológicamente apasionada que había prevalecido tras años de guerra contra un ejército financiado y armado por Estados Unidos. Según todos los criterios convencionales, habían logrado una victoria aplastante, y el compromiso declarado de sus líderes de instaurar un Estado genuinamente islámico hacía pensar que Afganistán se hallaba en plena revolución, tan auténtica como la del ayatolá Jomeini en el vecino Irán cuatro décadas antes, la que en su día fuera la revolución socialista de Fidel Castro en Cuba, o, para el caso, el anterior triunfo comunista de Mao en China.
Para hacerme una idea de hacia dónde pretendían llevar Afganistán los talibanes 2.0, indagué y pregunté a sus responsables por su «verdad» última. En una beligerante conversación que mantuve con Suhail Shahin, el embajador designado por los talibanes ante las Naciones Unidas, en el elegante jardín del hotel Serena, le señalé lo incongruente que resultaba el hecho de que nos reuniéramos en un hotel que sus camaradas habían atacado dos veces en años anteriores, señalando a los huéspedes extranjeros como objetivos de potenciales asesinatos. Shahin frunció el ceño y se encogió de hombros. Cuando le pregunté por las intenciones de los talibanes con respecto a las mujeres, él replicó que las sanciones occidentales estaban condenando a las mujeres y niñas afganas a una vida de pobreza.
La astuta ambigüedad de las respuestas de Shahin, y de otros funcionarios talibanes con los que me reuní, sugería una falta de sinceridad táctica en cuanto a sus intenciones últimas. Dejé Afganistán inquieto y preocupado por el futuro de su pueblo, que parecía condenado a verse gobernado una y otra vez por hombres que, por la fuerza de las armas, reclamaban el derecho a ser los custodios de su destino.
¿Qué implicaba para Estados Unidos la derrota sufrida en Afganistán? Más que ninguna otra cosa, al producirse en el momento en que lo hizo, inmediatamente después del calamitoso primer mandato de Trump y su instigación al asalto al Capitolio el 6 de enero de 2021, señalaba el declive de Estados Unidos no solo en su papel de policía mundial, sino también como modelo de democracia. Apenas seis meses después, Vladímir Putin, claramente alentado por el espectáculo de la ignominiosa evacuación estadounidense de Kabul, aprovechó la oportunidad para iniciar su invasión de Ucrania a gran escala. Quizá pueda excusarse a Putin por su arrogancia: por algo se conoce a Afganistán como un cementerio de imperios. Del mismo modo que la retirada soviética del país en 1989 pareció presagiar la desintegración del poder de la URSS, las imágenes de afganos aferrándose desesperadamente al tren de aterrizaje de un avión militar estadounidense que iniciaba su despegue, para finalmente caer y morir en el intento, hacían pensar en un vertiginoso declive de Estados Unidos.
Sin embargo, ese juego de estrategias ya se había producido antes. La retirada estadounidense de Vietnam había dado paso a una década de avances soviéticos en el tablero geoestratégico, desde Angola y Etiopía hasta Nicaragua y Afganistán. Al final, no obstante, la Unión Soviética resultó ser insostenible y se vino abajo. El tiempo dirá cómo terminará esta ronda.
Dorset, Inglaterra,
marzo de 2025
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Traducción de Francisco J. Ramos Mena
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