ARTÍCULOS
Empieza a leer 'Odisea' de Stephen Fry
PRÓLOGO
Bienvenidos a Odisea. Este es el cuarto libro de esta serie mía de reinterpretaciones de los mitos griegos. Os aseguro que para entenderlo y disfrutarlo no hace falta haber leído los tres anteriores: Mythos, Héroes y Troya. Naturalmente, espero que os apetezca acudir a ellos o que ya lo hayáis hecho, aunque la historia de la Odisea se sostiene por sí sola, en todos los sentidos.
Dicho lo cual, quizá merezca la pena que nos demos un paseo por el circuito antes de que empiece la carrera para familiarizarnos con el mundo en el que hemos entrado. Tal vez la mejor forma de hacerlo sea pensar en las tres «edades» que se corresponden con los tres primeros libros de la serie.
LA EDAD DE LOS DIOSES
El nacimiento y ascenso de los dioses constituye la primera parte del libro Mythos. Tras una serie de tumultuosos derrocamientos, doce grandes entidades divinas se establecen en el monte Olimpo para gobernar el mundo y sus territorios. Su rey es Zeus, el Padre Celestial. Al final del libro encontraréis una lista de los principales dioses con una breve descripción de sus naturalezas y responsabilidades.
Al principio, el reino inferior lo habitan únicamente animales, monstruos, ninfas y diversas deidades menores. Con el tiempo, sin embargo, Zeus y su amigo el titán Prometeo nos crean a nosotros, la humanidad, y enseguida nos extendemos por todo el mundo.
Zeus y la mayoría de los olímpicos no pueden evitar inmiscuirse en nuestros asuntos castigando a menudo lo que consideran una hibris mortal desmedida y relacionándose, con la misma frecuencia y al más carnal de los niveles, con aquellos humanos que les resultan atractivos y hermosos.
LA EDAD DE LOS HÉROES
Muchos de los hijos nacidos de un progenitor mortal y otro inmortal llegan a alcanzar la categoría heroica de semidioses. Perseo, Heracles, Teseo y Jasón, por ejemplo. Ellos son los protagonistas de Héroes: figuras valerosas, y muchas veces complejas, especialmente célebres por sus gestas y combates contra los monstruos que intimidaban y amenazaban a la humanidad. Gracias a sus victorias sobre estas criaturas, el mundo se vuelve más seguro y estable para los humanos. Empiezan a aparecer las primeras ciudades y puertos, el comercio y la agricultura.
A medida que transcurren los años y la civilización humana se desarrolla, su relación con los inmortales empieza a cambiar de forma sutil. Los humanos siguen rezando y ofreciendo sacrificios a los dioses, obedientes, pero cada vez dedican más tiempo e interés a sus propios asuntos. Los dioses aún intervienen de vez en cuando, pero se muestran más cautos (¿o cansados?) a la hora de mezclarse o entrometerse. La humanidad parece más interesada en sí misma, en fijar y conseguir sus propios objetivos.
LA EDAD DEL HOMBRE
La guerra de Troya, aunque instigada por acciones divinas y sometida con frecuencia a la intervención y la intromisión de los dioses, la libran, sufren y soportan en gran parte hombres y mujeres comunes. Por las venas de algunos de sus personajes principales corre sangre divina –Aquiles, Helena, Ulises y Eneas, por ejemplo–, y sí: ciertos dioses muestran un interés apasionado en el conflicto, pero, en esencia, la guerra de Troya es una empresa mortal.
Y ahora ha terminado y la flota griega –con sus reyes, príncipes y comandantes– ansía regresar a casa.
Aquí es donde comienza Odisea. Es una historia profundamente humana, pero todavía quedan dioses y monstruos por encontrar. Después de Zeus, las diosas Hera, Afrodita y Atenea son las tres que más protagonismo tienen en esta historia, junto con el dios mensajero Hermes. Hay un motivo para su estrecha implicación, un motivo que se remonta al episodio que desencadenó toda la guerra de Troya y sus consecuencias. (Re)familiaricémonos con esa historia…
EL JUICIO DE PARIS
Un día trascendental, en el monte Ida, cerca de la ciudad de Troya, Hermes llevó ante tres diosas –Hera, Atenea y Afrodita– a un joven pastor llamado Paris. Paris fue llamado a otorgar una manzana de oro a aquella que considerara la más hermosa. Eligió a Afrodita, la diosa del amor, que le había prometido como recompensa a Helena, la más bella de todas las mujeres mortales. Las otras dos diosas desaparecieron en una nube de humo y acritud.
Afrodita cumplió su promesa y ayudó a Paris a llevar a Helena desde su hogar en Esparta hasta Troya, al otro lado del mar.
Humillado, deshonrado y enfurecido, el esposo de Helena, Menelao, y su hermano Agamenón, rey de Micenas, reunieron un ejército invasor colosal a base de miembros de todo el continente y las islas griegas con el propósito de recuperar a Helena y restituir su honor ultrajado. La flota de aqueos, dánaos, helenos y argivos –es más fácil llamarlos «griegos», aunque no existía por entonces lo que hoy denominamos Grecia– zarpó hacia el este, rumbo a Troya, ciudad que sitió durante diez brutales y sangrientos años.
Afrodita, naturalmente, apoyó a Troya, al igual que su amante, el dios de la guerra, Ares, y los dioses arqueros gemelos Artemisa y Apolo. Atenea y Hera, que se habían sentido despreciadas por Paris, tomaron partido por los griegos. Zeus, afligido por todo el asunto, intentó mantener cierta neutralidad.
EL CABALLO DE MADERA
El enquistamiento de una década se rompió gracias al más astuto e ingenioso de los veteranos guerreros griegos, Odiseo de Ítaca (más tarde conocido por su nombre romano, Ulises), que ideó un plan extraordinario.
Una mañana, los troyanos otearon desde sus murallas y descubrieron que todos los barcos y tiendas del ejército griego habían desaparecido. En la llanura de Ilión, lo único visible era un enorme caballo de madera. Los troyanos, exultantes, convencidos de que la victoria era suya y de que los griegos habían huido dejando aquel artefacto como ofrenda, arrastraron el artilugio hasta la ciudad. Esa noche, un escuadrón de soldados griegos salió por una trampilla oculta en su vientre y abrió las puertas para dejar entrar al grueso de su ejército. Pasaron a cuchillo a la población de Troya y redujeron la ciudad a cenizas.
La guerra había terminado. En lo que respecta a los troyanos, su hogar había sido destruido. Los griegos, por su parte, sintieron entonces la llamada del hogar.
***
Traducción de Rubén Martín Giráldez
***
Descubre más sobre Odisea, de Stephen Fry, aquí.