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Empieza a leer '¿Nos quedamos o nos vamos?' de Lionel Shriver
1. LA CAJA DE LA JABONERA
–¿Se suponía que tenía que echarme a llorar? –dijo Kay quitándose el pesado y socorrido abrigo negro de lana.
Corría uno de esos abriles interminables que perpetuaban el monótono frío de enero. El único cambio que había traído la primavera era convertir en agravio activo su complaciente aceptación del crudo invierno.
–No hay normas –dijo Cyril, y llenó el hervidor.
–En lo que respecta a ciertos descarnados ritos de paso, yo diría que sí las hay. Y, por favor, sé que es un poco pronto, pero no quiero té.
Kay fue directa a la nevera a buscar el amontillado seco. Había tomado un traguito de vino en la recepción que siguió al funeral y no le apetecía nada volver al té del desayuno. En casa, tomarse una copa a las cinco y media de la tarde era darse un capricho, y aprovechó aquel resquicio coyuntural para saltarse el mandamiento familiar –no escrito pero no por ello menos férreo– que prohibía descorchar una botella antes de las ocho. Cualquier impresión de estar ahogando sus penas era pura presunción. En realidad, la sensación que le había dejado en el estómago el punto de inflexión de aquella tarde no se parecía en nada al dolor. Era, más bien, un cosquilleo indefinido, mitad hambre, mitad indigestión.
Para sorpresa de Kay, Cyril dejó el hervidor y se sentó con ella a la mesa con un vaso para él, y no olvidó cortar y retorcer dos gajos de lima. Si uno de los dos fuese el responsable de establecer la línea divisoria de las ocho, ese sería Cyril, aunque las costumbres ya íntimamente entrelazadas del matrimonio venían de tan lejos que ni uno ni otro llevaba registro alguno.
–Pensé que al menos me sentiría aliviada –dijo Kay, entrechocando, en un brindis falto de todo entusiasmo, su barato vaso de vino, comprado en Barcelona, con el que Cyril había dejado en la mesa. Socorridos como el abrigo, esos vasos altos y estrechos tenían la proporción ideal de la que carecía casi siempre el cristal fino. Otra prueba de su ineptitud: ser capaz de ponderar la geometría de la cristalería en un momento como ese.
–¿No te sientes aliviada?
–Para ser franca, llevaba al menos diez años esperando pasar esta página. Puede que sea vergonzoso, pero a ti no te sorprenderá. Ahora que nos toca vivir eso que antes se llamaba lo inevitable...
–A lo mejor ahora deberíamos llamarlo lo optativo –dijo Cyril–. O lo postergable hasta el infinito. Algo así como pensándolo bien, tal vez podamos dejarlo para la semana que viene, cariño.
–Bueno, no siento nada parecido a una liberación, ni me siento más ligera. Solo triste y abatida. Mi padre nos fue chupando tanta vida a todos los que estuvimos a su lado hasta que murió... Puede que nos haya dejado incluso sin la miserable cantidad de energía que necesitamos para celebrar que por fin ha muerto.
–Menudo desperdicio –dijo Cyril.
–Sí, pero todo habría sido muy distinto si ese desperdicio se hubiese limitado únicamente a la vida de Godfrey Poskitt y a la discreta desgracia de haber acabado mal. Ha sido mucho más desastroso que eso. Mi pobre madre, los cuidadores, hasta nuestros hijos cuando todavía iban a verlo. Me alegra muchísimo haberles dado permiso para que no fingiesen más que eran unos nietos amorosos. Porque... ¿qué sentido tenía? La mayor parte de las veces ni los reconocía, y lo único que sacaban por tomarse la molestia de ir a verlo eran insultos. Y tampoco es que diese gusto verlo. Físicamente, quiero decir. Mi madre y yo hacíamos lo que podíamos, pero cambiarle los pañales era una tortura. Se resistía y pataleaba de una manera que... Y a veces tenía una ligera erección. Eso sí que era humillante. Sinceramente, que mi propio padre... Así que lo cambiábamos cada vez menos, y a menudo olía mal.
–A pesar de todo, que dos de sus nietos hayan asistido hoy ha sido un verdadero gesto.
–Simon ha ido, por supuesto. Es tan cumplidor e hiperresponsable... ¡Por el amor de Dios, Cyril, tiene veintiséis años y ya parece un hombre de mediana edad! Y si bien he agradecido que apareciera, aunque solo fuese por mi madre, Hayley, cómo no, ha tenido que llegar tarde, montando su numerito de siempre, para llamar la atención. Vaya, si hasta pienso que lo planeó y todo, que antes de salir se quedó un rato viendo la tele solo para asegurarse de no llegar puntual, cosa demasiado aburrida para ella. Y lo de Roy haciéndose humo al final también era previsible. Ser nieto no es más que otra de las cosas que no consigue hacer como es debido.
–En cuanto al desperdicio –dijo Cyril, dando marcha atrás en la conversación–, has omitido a una víctima muy visible. Tú misma.
Mejor que fuese su marido quien lo dijera.
–No consigo calcular cuántos años de mi vida ha logrado destruir la interminable chochez de ese hombre.
–Al menos te las apañaste para seguir trabajando. Fue casi un milagro. Tu padre te dejaba sin tiempo libre: las tardes y los fines de semana, las primeras horas de la mañana, esos viajes de urgencia a Maida Vale en mitad de la noche... Un tiempo que podrías haber pasado conmigo.
–O sea, ¿que ahora la parte agraviada eres tú?
–Solamente una más.
Inquieta, Kay se levantó para recoger unas migas de la encimera, al lado del fregadero, y con profunda tristeza miró el jardín de invierno a medio terminar que daba a la cocina, una obra en construcción que duraba ya dos años, otra víctima arrastrada al remolino de las infinitas necesidades del difunto. Últimamente, los chicos parecían mirarlos con envidia, pero Cyril y ella habían comprado esa casa en 1972, cuando se enteraron de que Kay estaba embarazada de Hayley y necesitaban más espacio. En aquellos días no solo el país entero estaba hecho una ruina, también lo estaba Lambeth, lo que explicaba que una casa tan espléndida (aunque estuviera al sur del río) hubiese entrado dentro de las posibilidades de una enfermera y un médico de cabecera del NHS,1 la ahora tan denostada sanidad pública. Esas tres plantas –con un desván de propina– solo parecían espléndidas desde fuera. ¡Por Dios! Decir que necesitaba reformas era quedarse muy corto. Ahora que, tras diecinueve años de sobrecostes y molestias, por fin iban a tener una casa habitable, los chicos tendían a olvidar que, para ir al baño, habían tenido que pisar tablas flojas sin pulir o sacudirse del pelo pedacitos de placas de yeso antes de ir al colegio. También habían olvidado ya las advertencias de la infancia que les tocó vivir: por ejemplo, volver rápido a casa al salir del metro porque en aquellos días el barrio era de lo más chungo. Tampoco entendían que esa casa supusiera un agobio económico para un matrimonio joven que cobraba del Estado y que asumía el considerable riesgo de que el destartalado interior colapsara como un vaso plegable. Lo único que los chicos veían ahora era un edificio imponente y respetable, la Casa de Mamá y Papá, una proyección convencional de la clase acomodada, algo que ellos nunca podrían permitirse, mucho menos con las tasas de interés al quince por ciento. Y, si Kay no andaba mal encaminada, Roy ya soñaba con heredar algo. Siempre andaba buscando atajos.
Ahora que su padre había muerto, era de suponer que Kay tendría tiempo libre para terminar el jardín de invierno, pero el entusiasmo inicial por ese proyecto se había evaporado. Ya tenía cincuenta y un años. ¿Cuántos más vivirían ahí? Más crudo todavía: ¿cuántos años más vivirían ellos? Pensaba que había cruzado el umbral de los cincuenta con aplomo –«¡Mírame! ¡Me tomo el paso del tiempo con elegancia y esta nueva década no me preocupa lo más mínimo!»–, pero antes de esa edad nunca se le habían pasado por la cabeza pensamientos tan lúgubres.
–Me pregunto si después del funeral debería haber vuelto con mamá –dijo Kay, con tono de duda–. Percy dijo que iría a hacerle compañía, pero ya conozco a mi hermano. No se quedará mucho.
–¿No te has sacrificado bastante ya? –dijo Cyril–. ¡Ay, las mujeres! Siempre os estáis quejando de que sois las que os ocupáis de todo y de todos, pero después, cuando tenéis un respiro, dais un paso al frente y os presentáis voluntarias para cuidar de alguien más.
–¡Solo «nos presentamos voluntarias», como tú dices, porque nadie más lo hace! –El estallido de cólera desconcertó a ambos. Kay se moderó–. Perdona. No es que no le haya pedido a Percy que echase una mano más de una vez. Pero vive un poco lejos, en Tunbridge Wells, y, por supuesto, estaba ocupadísimo engañando a su mujer y sus hijos.
–Eso no es totalmente justo.
–No digo que planeara hacerse gay para librarse de sus deberes filiales, pero lo cierto es que ser gay es una buena excusa. «Ah, este fin de semana no puedo cuidar a papá porque salta a la vista que no se siente a gusto desde que salí del armario.» Bueno, claro que «no se siente a gusto», imbécil, ¡nació en 1897!
–El problema es algo mucho más institucional que endilgar a las mujeres el trabajo de ponerles la cuña a los viejos –dijo Cyril, irguiéndose en la silla y en un tono más parecido al autoritario de siempre–. El Gobierno central tiene que asumir más responsabilidad por los cuidados. No deberían recaer en ti, ni en tu madre, ni tampoco en los demás miembros de tu familia...
–Pues recayeron, y recaen, y las cosas seguirán igual cuando tú y yo estemos en las últimas. Si hasta la ayuda más nimia de todas las que ofrece el Ayuntamiento... ¿Quién va a venir a hacerte la cama? No digamos ya correr por la calle detrás de ti cuando desvaríes... Los requisitos para tener derecho a un cuidador a domicilio se calculan según los recursos de cada cual, y mi padre era abogado.
–Es verdad. Y comprueban los recursos con un método bastante brutal...
–Si tienes ahorradas más de veinte mil míseras libras, los del Ayuntamiento no vienen a limpiarte el culo, y eso es mucho más de lo que mamá se ha gastado en todos esos cuidadores. Pero seguirá sin poder aspirar a una prestación porque tiene la casa. ¿Y si no has ahorrado nada, o casi nada? Entonces el Ayuntamiento se hace cargo de todo. ¿Qué le parece eso, señor Socialista? Te deslomas toda la vida como mi padre, asumes tus cargas económicas y mantienes a la familia, y después, cuando te vienes abajo, el Estado te dice que te las apañes solo. Si no haces nada, no ganas nada y no ahorras nada (es decir, si no guardas absolutamente nada para ti), pues entonces sí, el Estado te cuida gratis y te lo paga todo. ¡Y después hablan de riesgo moral! Es evidente que los que hacen algo, ganan algo y ahorran algo son unos imbéciles.
–Estás despotricando. Ya sabes que pienso que la asistencia social debería ser una prestación universal, como el seguro médico.
–Sí, sí, muy bien. La haces universal y luego la misma gente responsable que gana algo seguirá pagándose su asistencia social y pagando la de todos los demás con esos impuestos que están tan por las nubes que ya ni se puede comprar un bote de mermelada. Eras tú el que no podía faltar a esa manifestación multitudinaria en Trafalgar contra la tasa comunitaria..., un dinero que habría servido para financiar la asistencia social y muchas cosas más.
–No empieces. Ese impuesto era regresivo y lo sabes. Y gracias a protestas como la de Trafalgar, la tasa comunitaria está muerta y enterrada. Además, dudo que justo esta noche tu estado de ánimo sea el más adecuado para diseñar políticas oficiales complejas.
–Tanto trabajo para tenerlo limpito y acicalado... Cortarle las uñas de los pies, con lo gruesas y retorcidas que las tenía, sacarle los mocos de esas peludas fosas nasales, cajas enteras de toallitas húmedas para limpiarle el culo... –Kay había empezado a dar vueltas por el suelo de gres, pues una de las ventajas de haber abierto la cocina y la zona del comedor era que así resultaba más sencillo pasearse–. No sabría explicarte lo engorroso que es cepillarle los dientes a alguien, y, además, mi padre mordía... Vigilar que no se escapara, acorralarlo, desvestirlo... Me sentía mitad hija, mitad perro pastor. Vigilancia constante, teníamos que estar pendientes de él como si fuese un niño de dos años... No fuera a cortarse o a beber Fairy o a incendiar la casa... Darle de comer con cuchara, limpiarle los pegotes de la barba. Horas y horas engatusándolo para conseguir que bajara de la escalera que sube al desván, nada menos...
»Bueno, al Estado le habría costado una fortuna pagar todo eso solo por mi padre. Cuidar de todos los demás desechos vivientes como él le costaría lo que no tiene, y por eso no es una prestación universal. Sinceramente, para controlarlo teníamos que estar ahí las tres, mamá, la cuidadora y yo, y a duras penas lo conseguíamos. El verdadero problema no es cómo se financia ese deterioro con patas, sino el hecho en sí de que se financie. Mi padre padeció cuatro largos años de deterioro constante, y después diez años largos de pura degradación. Da igual quién lo pague, es dinero malgastado. Es repulsivo, y también una pérdida de tiempo para la gente más joven (mi tiempo..., el de mi madre), es decir, la flor de nuestra vida arrancada de cuajo mientras aún gozamos de buena salud, mientras estamos cuerdas y todavía podemos disfrutar. ¿Desperdicio, has dicho? Solo desperdicio, ¿y para qué? Debería haber muerto cuando le diagnosticaron la enfermedad. Así podría haber vuelto a casa después del funeral y llorar hasta que no me quedaran lágrimas.
Kay volvió a desplomarse en la silla de la cocina. Tenía los ojos secos. Tan secos que le dolían.
Cyril miró detenidamente a su mujer. Ese aparente estoicismo no era propio de ella. De los dos, Kay era, con mucho, la más apasionada. Él era el pensador metódico, y eso significaba que a veces los demás lo tomaban por un hombre sin corazón. No obstante, Kay no era de las que montaban escenitas. Ocho días antes, cuando la llamada desde Maida Vale los despertó a las cuatro de la mañana, se había comportado con naturalidad. La noticia no los pilló por sorpresa. Al parecer, hacía semanas que era difícil alimentar a su suegro; el pobre tenía problemas para tragar. (Eso fue lo que ocurrió: el cerebro se le volvió tan disfuncional que el viejo olvidó cómo se cerraba la epiglotis. En el momento más extremo, la enfermedad descerrajó el tiro de gracia y el cerebro olvidó cómo respirar.) Cuando Kay terminó de hablar con su madre en el pasillo, dejó el inalámbrico junto a la cama y anunció sin ceremonia: «Ha muerto». Después se metió bajo el edredón y se quedó dormida en cuanto cerró los ojos.
–Entonces ¿no consigues sentir nada por él? ¿Nada de nada? –preguntó Cyril–. ¿Pena, un momento de nostalgia?
Desde esa muestra sorprendentemente flemática de pragmatismo de la semana anterior, resultaba casi demasiado fácil imaginar a Kay descubriendo que nada menos que su marido acababa de estirar la pata y acomodándose aliviada en su lado de la cama para seguir durmiendo; por fin cierto alguien ya no tiraría sistemáticamente de las sábanas hacia la izquierda y tendría todo el edredón para ella sola.
–No, no siento absolutamente nada, y mira que lo he intentado –dijo Kay–. Ese morirse poco a poco engaña a todo el mundo. Siento como si mi padre hubiera muerto hace años. Tampoco nunca se me ha permitido un verdadero duelo, pero no debería sentir pena de mí misma, porque para mi madre ha sido mucho peor. No paraba de acusarla de que le robaba cosas o de que hurgaba en sus documentos jurídicos. Llamó a la policía más de una vez, y de vez en cuando tenía periodos de lucidez lo bastante largos para convencer a un agente, de pie en la puerta, de que aquella extraña mujer sentada en el salón era en realidad una timadora o una ladrona. No soy capaz de concebir lo doloroso que ha debido de ser para ella. Estoy segura de que en algún momento debí de decirte que, en sus últimos años de vida, mi padre olvidó todo lo que tuviera que ver con su matrimonio. Solo pensaba en «Adelaide». ¿Te acuerdas? La novia con la que se casó cuando volvió de la Gran Guerra. Y Adelaide murió antes de que cumplieran dos años de casados, de una gripe quizá. Imagina cómo se sentía mi madre. Cincuenta y cinco años de matrimonio borrados por una relación de dieciocho meses allá por 1920. Sería como si yo, cuando esté chocha, no dejara de suspirar por aquel David Nosequé...
–David Castleveter –dijo Cyril con amargura, completando la frase.
–Ya ves. Te acuerdas de mis antiguos novios mejor que yo. Mi padre no paraba de llamar a Adelaide y acusaba a mi madre de secuestrar a su novia. Pensaba que mamá era una arpía celosa que lo había encerrado en una casa desconocida. He visto un retrato, una foto en blanco y negro que tenía en uno de los estantes más altos de la biblioteca del despacho. Adelaide era una chica guapísima... Más guapa, para ser sincera, de lo que mi madre fue jamás, y estoy segura de que eso a mamá no la ayudaba mucho.
–¿No puedes separar una cosa de otra? –dijo Cyril, y volvió a llenarle el vaso hasta la mitad. Ya había oído hablar de la loca obsesión de Godfrey por Adelaide, pero, en ese momento, tanto repetirlo parecía descompensar un poco el organismo de su mujer–. Antes de que enfermase parecías tener verdadera debilidad por tu padre. ¿No puedes conservar en un lugar aparte lo que recuerdas de sus mejores días?
–Bonita idea, pero la memoria es muy frágil. No se la puede destrozar de esa manera. Mis recuerdos de lo que fue mi padre se parecen a una delicada típula pisoteada durante los últimos diez años. Pienso en mi padre y no puedo controlar las imágenes que me vienen a la cabeza. Desnudo de cintura para abajo, rojo de rabia y cubierto de heces... Una de mis preferidas.
–Aún conservo un recuerdo bastante claro de Godfrey de cuando era más joven. Un poco puritano, y tory, claro, pero a nuestros mayores les perdonamos sus opiniones erróneas por respeto.
–Tú no perdonaste nada parecido. Os enzarzabais en peleas terribles cuando llegó Thatcher... Y, a esas alturas, mi padre ya había perdido un poco la chaveta, así que no fue un enfrentamiento justo.
–¿No te digo? Tú sí que recuerdas cosas de antes de que la perdiera por completo.
–Mi madre está convencida de que ella fue la causante de tanta calamidad.
–¿Y eso?
–Bueno, puede que mi padre estuviera realmente destrozado por la pérdida de Adelaide. No volvió a casarse hasta..., creo que fue en 1936. En esos días era un tipo bien parecido. Esbelto, pómulos altos y esa mata de pelo que conservó hasta el final. Mamá no debía de cobrar mucho trabajando de recepcionista en el bufete, y casarse con su jefe, un abogado, parecía ofrecer una seguridad con la que solo podía soñar. La única razón por la que en esa época una joven soltera como mi madre trabajaba era porque su familia no podía mantenerla... Mi abuelo era un tendero que apenas tenía algo que llevarse a la boca.
–Ahórrate los detalles sobre los humildes orígenes de Maggie, bab. Tuviste una educación muy buena, y lo sabes.
Tiempo atrás, los británicos presuntuosos afirmaban tener un pariente lejano con credenciales aristocráticas –una baronesa, un duque–, una idea muy conveniente para ascender en la escala social a ojos de sus iguales. Ahora, el pueblo llano, en general de clase media, afirmaba con mucha pompa tener parientes en las minas de carbón o en la siderurgia. Pero, con un padre empleado primero en fábricas como Longbridge y luego en British Leyland, Cyril, el de Birmingham, siempre ganaba cuando se competía por los orígenes más deprimentes; aun así, tendía a quitarle importancia a un detalle interesante: cuando su padre se jubiló, los obreros de la industria del automóvil no ganaban nada mal que digamos. Es más, había inventado toda clase de explicaciones sobre por qué había borrado hasta el último rastro del acento de Birmingham después de dejar su ciudad natal y mudarse a Londres. Pero el verdadero motivo era muy sencillo: vergüenza, de ahí que cualquier residuo regional –como ese bab, un apelativo cariñoso que Cyril reservaba exclusivamente para su mujer cuando quería llamarla «nena»– resultase aún más precioso.
–¿Puedo terminar, oh, sal de la tierra? –dijo Kay–. A mediados de los años treinta, la economía seguía siendo una mierda y mi madre se sintió halagada por las atenciones de un hombre mayor, por supuesto. Creo que se enamoró de él de verdad, pero con la veneración típica de alguien que se encapricha con un profesional que impone respeto y, además, es tu jefe. Era un puerto seguro en la tormenta. Los dieciocho años de diferencia debieron de parecer más una ventaja que un sacrificio.
–Los jóvenes no tienen imaginación –dijo Cyril.
–Exacto –dijo Kay–. Mi madre tal vez pensara en las consecuencias para los hijos. A Percy y a mí, papá siempre nos pareció un viejo; no teníamos ni idea de lo joven que era todavía. Todos los padres de nuestros compañeros de clase habían combatido en «la guerra», y nosotros tendíamos a ocultar que el nuestro había servido en la otra. Sin embargo, lo último que mi madre debió de calcular cuando se casó fue que, cuando el novio cumpliera ochenta, ella tendría apenas sesenta y dos, y todavía estaría de muy buen ver para una mujer, aunque cargando con un caso perdido que de la noche a la mañana ya no recuerda cómo se llama el primer ministro. Y, como en los años treinta casi nadie vivía tanto, lo último que mi madre habría calculado es que, cuando él por fin muriese, casi con noventa y cuatro años, ella tendría setenta y seis, y las caderas hechas cisco después de desperdiciar década y media lavando a su marido, insultada y vilipendiada por sus desvelos, y ¿para qué...? ¡Todo para que cuando piense en lo que le queda de vida se pregunte si no estará a punto de pasarle lo mismo a ella!
–No estoy acusándote de egocéntrica –dijo Cyril con dulzura, acariciándole la mano–. Pero ¿estás llorando por tu madre, o por ti y por mí?
–Ah, ni idea –dijo Kay, secándose los ojos, aliviada, precisamente ese día, por llorar por alguien, aunque solo fuese por ella misma.
–¿Acaso también estás enfadada conmigo? –preguntó Cyril con cautela–. ¿Por no haberte ayudado más a menudo cuidando a tu padre?
–No, no, ya hemos hablado de eso. Por favor, deja de castigarte. Uno de nosotros tenía que quedarse aquí con Hayley mientras todavía iba al colegio, y alguien tenía que acordarse de ir a comprar el pan. Seguro que recuerdas que las pocas veces que me sustituiste mi padre se puso fatal, muy nervioso. A lo mejor sentía que rivalizabas con él por el cariño de Adelaide. Además, tú vas a Birmingham casi todos los meses a ver a tus padres, que también están envejeciendo. Y quién sabe qué le espera a mi madre... A mí ya no me quedan fuerzas. ¿Y cuánto más podemos aguantar haciendo de supervisores del deterioro humano? Es como si, en el futuro, nuestro trabajo a jornada completa fuese a consistir en contemplar cómo se pudre la fruta.
Cyril, pensativo, esperó un momento.
–Si tu madre también es longeva, entiendo que te preocupe tener que pasar otra vez por lo mismo. A fin de cuentas, Percy solo echó una mano con la planificación del funeral una vez pasada la parte verdaderamente dura...
–Y vaya chapuza que organizó. Debería haberle explicado a mamá lo del presbiterio central de San Marcos, que debe de tener cabida para quinientas personas. Fue todo tan ridículo... Todos los amigos de mi padre han muerto. Sus hermanos también. Y, como se le fue la olla, había conseguido que sus sobrinos y sobrinas se distanciasen de él. Además, la mayoría ya son también demasiado viejos para ir a un funeral en el norte de Londres empujando el andador. No fue nadie. Más que una congregación, eso parecía un viaje en grupo.
–También puedo entender por qué te preocupa tener que cuidar de mis padres –prosiguió Cyril, con paciencia–. Pero mi hermana está obligada a ayudar y yo pagaré lo que haga falta con tal de que no se vengan a vivir con nosotros. Ya sabemos que mi madre y tú nunca os habéis llevado bien. Así que, si no te importa, me preocupa mucho más lo que nos pueda pasar a nosotros.
–¿No estás anticipándote un pelín? Solo tenemos cincuenta y pocos.
–¿Anticipándome? Nada de eso. El momento de pensar en las opciones que tendremos en la vejez es cuando todavía somos relativamente jóvenes y estamos en forma. Tú has sido de lo más generosa conmigo y me has dado casi carta blanca, pero la verdadera razón por la que evité colaborar en los cuidados de tu padre es que ser testigo de su decadencia, aunque brevemente en comparación contigo, me resultaba insoportable. No era mi padre, así que, en sentido estricto, no era mi responsabilidad, un detalle técnico del que me aproveché muy a gusto. No lo cuidé porque no estaba obligado a hacerlo, punto. Puede que en la clínica tenga algunos pacientes también mayores y en una situación delicada, pero las consultas solo duran diez minutos, casi siempre los acompaña un pariente y no esperan que les cambie los pañales ni que decida cincuenta veces al día si les sigo la corriente cuando desvarían o si los hago entrar en razón. Esas visitas siempre me han parecido desalentadoras y lúgubres, pero no hasta el punto de incapacitarme. En cambio, si quieres que te diga la verdad, con tu padre me entraban ganas de suicidarme. O de matar a alguien, o las dos cosas. Media hora en su presencia me parecía una pequeña edad de hielo. Me hacía sentir como si la vida entera fuese un horror, un sinsentido. Equivocado en lo político, sí, pero Godfrey siempre había sido un hombre culto que sabía expresarse y se conservaba bien; sin embargo, acabó siendo peor que un animal. Al menos a los animales de verdad los puedes llevar al veterinario para que mueran sin sufrir antes de que lleguen a un estado biológico tan deshonroso. Yo haré casi cualquier cosa para evitar que tú y yo tengamos un destino así.
–Eso es lo que dice todo el mundo –dijo Kay con aire taciturno, apoyando los pies en la silla que tenía delante–. Todos creen ser la excepción. Ven lo que le pasa a la gente mayor y juran que a ellos nunca les pasará. Que no lo tolerarán. Tienen sus principios. Valoran la calidad de vida. Harán algo para envejecer con dignidad. Y si alguna vez van a morir (y en el fondo de su alma la mayoría piensa que nunca morirá), serán sensatos, cariñosos, divertidos y estarán lúcidos hasta el final, rodeados de amigos y familiares que los querrán muchísimo. Todos creen que tienen demasiado amor propio para permitir que un extraño les lave las partes, o para encerrarse en una residencia aséptica e impersonal, o mugrienta e impersonal.
»Pero ¡hete aquí que después resulta que son exactamente iguales a todos los demás! Y acaban hechos una piltrafa humana y pasando el desgraciado final de sus días como todos los demás, o con un búlgaro en la habitación de invitados que los desprecia y les manga el whisky, o en una institución cínica que racanea sirviéndoles bocadillos de pan duro con pasta de carne para untar en todas las comidas. Sí, mi padre fue un hombre muy culto que siempre iba de punta en blanco. Si en sus días un Fantasma de las Navidades Futuras le hubiese mostrado una visión de lo que sería su vida cuando tuviese noventa años, huyendo de una mujer que, según imaginaba, era una agente del MI6 mientras él se hundía en sus propios excrementos, ¿no crees que le habría dicho a ese espíritu que preferiría estar muerto?
–Contra eso justamente quiero luchar –dijo Cyril–. He visto entrar y salir a suficientes pacientes geriátricos para suponer de un modo bastante concluyente que son muy pocos los que conservan, una vez pasados, digamos, los ochenta, esa «calidad de vida» que actualmente damos por sentada. Las enfermedades crónicas atacan con furia. Incluso si no se te va la cabeza, el cuerpo implosiona y la vida cotidiana gira casi exclusivamente en torno al dolor. Cada año que pasa se lleva toda una serie nueva de cosas que antes hacías y ya no puedes hacer. Los mundos se encogen, nada de lo que dicen los periódicos importa, y así hasta que lo único que te preocupa es mitigar el dolor o, al menos, que no empeore. Y quizá la comida, en el improbable caso de que sigas teniendo apetito. Es un buen número redondo, así que creo que ochenta es el límite.
–Y en ese momento, ¿qué?
–Como médico que soy, estoy en una situación inmejorable para conseguir una buena solución médica por adelantado. La clave para no acabar como todos los demás consiste en ser proactivo.
–Un momento. Seamos claros. –Kay volvió a poner los pies en el suelo y se enderezó en la silla–. Estás proponiendo que lleguemos a los ochenta y después nos suicidemos. Esa palabra no la has mencionado. Cualquiera que conciba un plan así no debería valerse de eufemismos y evasivas.
–Totalmente de acuerdo. Estoy proponiendo que lleguemos a los ochenta y después nos suicidemos.
–Pero, suponiendo que de verdad lo digas en serio...
–Muy en serio. De hecho, la carne está sometida a mil sacudidas naturales a cualquier edad. Por principio deberíamos conservar los medios que nos permitan una salida rápida. En diez minutos se pueden experimentar cosas que a ti o a mí nos harían implorar perder el conocimiento mucho antes de que transcurran esos diez minutos.
–¿Es una amenaza?
–Es una observación. No tengo que recordarte lo que los dos hemos visto.
–Pero ¿cómo funcionaría ese pacto? Me llevas más de un año. ¿Si veo que te quedas dormido después de tomarte tu abominable cicuta, no llamo a emergencias? ¿Y en esa fantasía tuya no me detienen?... ¿Y después qué, me paso los catorce meses siguientes deambulando y llorando tu muerte? En ese momento estaré obligada por contrato a matarme.
–Preferiría que lo hiciéramos como lo hemos hecho todo desde 1963. Juntos. Podríamos elegir el día de mi cumpleaños, pero, a menos que tú estés enferma, cosa que podría pasar, por supuesto, eso significaría un pequeño sacrificio por tu parte. Por tanto, propondría que yo lo retrasase, da igual cómo esté, y que esperemos el tuyo.
–Algún cumpleaños –murmuró Kay.
–Nuestro compromiso tendría que ser firme. Aunque podría consolarte saber que, en Inglaterra y Gales, la esperanza de vida para los hombres es de setenta y tres años, y de setenta y nueve para las mujeres. Tu padre fue una aberración actuarial. Un corredor de apuestas nos daría algo más que meras probabilidades de que no llegue el momento de cumplir el pacto.
Apenas unos años después, cualquiera que soltara de un tirón la esperanza de vida para hombres y mujeres en Inglaterra y Gales no impresionaría a nadie, pues los niños de ocho años con acceso a una línea telefónica encontrarían esas estadísticas en un segundo, como por arte de magia. Y unos pocos años después, los niños de ocho años llevarían en el bolsillo la herramienta que les permitiría, como si fueran magos, conseguir esas estadísticas más la superficie sembrada de la Micronesia y los tratamientos más comunes para los callos. Y así la cultura general, por amplia que fuese, perdería casi todo su valor. Sin embargo, en ese momento Cyril podía sacar a colación unas cifras actualizadas solo porque era un médico de cabecera que estaba al día.
–¿Y si digo que no? –preguntó Kay–. ¿Lo harías igual?
–Es posible. Como un favor. Un gran favor, si no nos olvidamos de tu padre.
–Podría no parecer un favor.
–La auténtica bondad no necesita reconocimiento.
En ese instante, Kay podría haber contentado a su marido con un acuerdo informal que habría servido para que la dejase en paz; después podrían haber seguido como hasta entonces. Cuando las imágenes más vívidas del deterioro de su padre empezaran a desdibujarse, Cyril podría olvidar ese absurdo pacto. Pero ella lo conocía bien: no lo olvidaría. Kay nunca había fomentado una relación condescendiente y no pensaba hacerlo ahora. Después de veintiocho años de matrimonio, Cyril habría detectado fácilmente cualquier falta de sinceridad por su parte. Y, después de veintiocho años de casados, Kay también habría detectado cualquier insinceridad de Cyril, cualquier capricho o impetuosidad pasajera de los que luego él no tendría más remedio que retractarse. Su marido era un hombre serio, con frecuencia demasiado serio para su gusto, y a ella tanto idealismo a veces le había resultado opresivo. No cabía duda de que él llevaba un tiempo dándole vueltas a ese asunto, años quizá. Si había llegado al extremo de poner la proposición sobre la mesa, su determinación había tropezado con el punto de no retorno. Lo mínimo que ella podía hacer era pensárselo a fondo y comprometerse en serio o negarse con la misma seriedad.
Así pues, le dijo a Cyril que, dado que le había soltado la idea de sopetón, y considerando la gravedad de lo que estaba en juego, tenía que pensárselo. Al levantarse para guardar el jerez en la nevera, la desconcertó descubrir que entre los dos se habían acabado la botella. O mejor dicho, ella sola. Por Dios, apenas eran las ocho menos veinticinco y ya estaba achispada. No le apetecía nada preparar la cena. Además, en ese estado, nadie debería dejar en sus manos la olla exprés. ¡Ni un traguito antes de las ocho! Esas normas de Cyril podían parecer rígidas y arbitrarias, pero ese puñado de indicadores inamovibles proporcionaba la estructura necesaria para fijarse un norte y ser productivo.
Al cabo de una semana de la modesta proposición de Cyril, Kay se puso a hurgar en el estante de arriba de la nevera confiando en tener todavía un bote abierto de salsa de menta; lo que encontró fue una cajita negra de cartón duro casi oculta en el rincón de la izquierda, al fondo. La reconoció como el estuche de una jabonera muy chic, pero poco valorada, de acero inoxidable (un material atractivo siempre y cuando no lo estropease la pastilla de jabón). La verdad era que había conservado ese accesorio tan poco práctico solo por la elegancia de la caja; la tapa, al cerrarse, emitía un agradable pfff. Como Cyril seguía sin acusarla de ser una agente del MI6, estaba claro que no había puesto a enfriar una simple jabonera de metal. De hecho, Kay supo lo que contenía en cuanto la vio. Decir que le dio miedo sería demasiado. La observó con una mezcla de sentimientos encontrados, curiosidad y cautela, aunque la curiosidad no era tanta como para llevarla a abrir la tapa. Así pues, dejó la caja donde estaba sin tocarla y se resignó a abrir un bote nuevo de salsa de menta.
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Traducción de Daniel Najmías
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