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Empieza a leer 'Nadie merece nada' de Jahel Queralt
1. Una meritocracia sin mérito
En mi caso, el ascensor social funcionó. No como recompensa al mérito propio, sino en otro sentido menos épico e individualista, pero meritocrático en lo esencial: el de haber tenido las oportunidades necesarias para avanzar y haber estado en condiciones de aprovecharlas. Doy clases en una de las mejores universidades de España y mis ingresos me sitúan en el quintil superior de la distribución de la renta. No soy rica, ni mucho menos, pero en términos comparativos no puedo quejarme. Mis padres no fueron a la universidad. Mi madre me tuvo nada más terminar el instituto, como quien dice. Mi padre anduvo bastante tiempo buscándose a sí mismo en proyectos de cultivos biodinámicos y otras utopías hippies, pseudocientíficas y ruinosas. A veces bromeo diciendo que mis magdalenas de Proust son el azahar y la marihuana: olores que me transportan a una casa rústica, sin electricidad ni agua corriente, en la que mi padre ensayaba su sueño autárquico mientras yo crecía con esa libertad asilvestrada que solo da el campo.
A los cuarenta, la infancia es ya otra vida; el desclasamiento la sitúa, además, en un país extranjero. Nací en octubre de 1982, entre el Mundial de Naranjito y el primer gobierno del PSOE. Eran tiempos de gran optimismo político y económico. Pasadas las décadas, sin embargo, los hijos de familias pobres nacidos en los ochenta, en promedio, no han pasado del segundo quintil de ingresos. La mayoría de mis compañeros de colegio de clase humilde son hoy adultos de clase humilde. Cuando, en un ejercicio de nostalgia, me dedico a conectar los puntos hacia atrás, me pregunto a menudo qué fue lo que me separó de ellos, lo que me hizo caer del lado bueno de la estadística. El contraste entre mi recorrido y el de quienes empezaron en puntos similares me ha hecho desconfiar siempre de los relatos demasiado limpios sobre el mérito y la responsabilidad individuales.
Podría describirme con el sintagma, trillado pero eficaz, de «mujer hecha a sí misma». Atribuirme todo el mérito. Es tentador, a veces. Construir un relato sobre una niña despierta que toma la resolución de ser feliz, por encima de todo y contra todos, y de buscarse un futuro mejor que el presente de sus padres. Y encadenarlo con otro sobre una adolescente cauta que decide estudiar Derecho porque cree que la filosofía, aunque le gusta más, es para quienes tienen un colchón en el que dejarse caer si vienen mal dadas. Podría contar una de esas historias de decisiones acertadas que la derecha acumula como evidencia anecdótica –la única capaz de conmoverpara luego exhibirlas y decirnos que de pobre se sale de la misma manera que se deja de fumar: con determinación.
Pero estos relatos de hormigas prudentes y trabajadoras son tan cautivadores como falsos. Son cautivadores porque tienen la épica de la responsabilidad, que nos da pleno protagonismo sobre el rumbo que toma nuestra vida. Son falsos porque ignoran todo lo que nos viene dado: las instituciones, el azar y la genética. Yo me he beneficiado, para empezar, de las becas y ayudas que he recibido, de haber encontrado profesores entregados que supieron guiarme, de haber nacido hormiga en vez de cigarra y, en algunos contextos, también de ser mujer. Mis decisiones se han limitado a rellenar los modestos espacios en blanco que han dejado mis circunstancias –mis cartas buenas y las no tan buenas–. Y si algo enseña una mirada retrospectiva a las trayectorias ascendentes es que la meritocracia no va tanto de voluntad individual como de ingeniería institucional: de cómo debemos diseñar las reglas para que todos tengamos la oportunidad de jugar bien nuestras cartas, asumiendo que nos han tocado cartas distintas.
Cuando funciona, la meritocracia trae desclasamiento, y el desclasamiento trae a veces algún trastorno. Quienes se alejan mucho de sus orígenes humildes pueden acabar renegando de ellos, como Julien Sorel, el héroe de Rojo y negro, que, al empezar a codearse con la alta sociedad, se esfuerza por ocultar que viene de pobre. Esta especie de repudio de clase tiende a amplificar un sentimiento de vergüenza muy anterior, tan anterior como el momento en el que uno adquiere conciencia del lugar del escalafón en el que vino al mundo. El instante en el que Pip, el huérfano de Grandes esperanzas, se da cuenta por vez primera de que sus manos son toscas y sus botas demasiado gruesas. En los peores casos, el repudio de clase se acaba traduciendo en desdén hacia quienes no pasan de los primeros escalafones. Sorel desprecia a los pobres, incluidos su padre y sus hermanos, porque los ve como inútiles que se empeñan en perpetuar su miseria.
Para otros, venir de pobre supone un orgullo igual de desnortado. Una especie de superioridad moral respecto a quienes vienen de rico fundada en la creencia de que la riqueza trabajada es más legítima que la heredada. El rico nace o se hace. Pero los que se hacen insisten en que ellos tienen todo el mérito y los que nacen no tienen ninguno. Incluso tratan de convencernos de que haberse hecho ricos les da un derecho sobre el fruto de su trabajo muy superior al que tienen quienes nacen ricos sobre aquello que tan generosamente les fue dado. Y, por ende, que la mano impositiva del Estado debe alcanzar antes al rentista que al esforzado hombre de negocios. Porque nobleza obliga, pero destreza no tanto.
Los desclasados también padecen una sensación de no pertenencia: de no conocer los códigos, de no haber leído lo que tocaba leer (o haberlo leído tarde), de haber viajado poco, de no saber exactamente dónde van los cubiertos, de haberse colado en una fiesta; de llevar unos zapatos que los delatan, como los de Pip. Un nuevo rico es siempre un rico de segunda. La sociología contemporánea ha descrito con precisión este fenómeno, pero cualquiera que haya vivido un salto de clase reconoce ese vértigo sin necesidad de aparatos conceptuales. Porque, aparte del dinero, se heredan otras cosas. Dice Juan Marsé que los ricos heredan la «sonrisa perenne» y los pobres «dientes roídos, frentes aplastadas y piernas torcidas». Cada vez es menos así. Pero los ricos siguen heredando seguridad en sí mismos, savoir faire y otros intangibles útiles. Lo percibo cada año en mis alumnos. Y lo ven los encargados de las entrevistas para ser admitidos en Oxbridge –Oxford y Cambridge, para entendernos–, en las que la pronunciación de los candidatos se convierte en un GPS muy fiable en el mapa de las clases sociales.
No siento ni orgullo ni vergüenza de mis orígenes. Los míos, como los de cualquiera, son accidentes biográficos, nada más. Pero sí que he tenido más de una vez la sensación de haberme colado en una fiesta con los zapatos equivocados. Como la primera vez que fui a Oxford a conocer a uno de mis mentores, Gerald A. Cohen –Jerry para todo el mundo–, una figura prominente del marxismo analítico. Era primavera de 2007: yo estaba empezando mi tesis doctoral y él en el último tramo de su trayectoria académica. Recorriendo los pasillos laberínticos de All Souls, el más elitista de los colleges oxonienses, viendo todos esos retratos, grabados y tumbas ilustres, mientras ensayaba qué le diría, excitada y temerosa, me sentía realmente como una hormiga a punto de ser aplastada por el peso del conocimiento, la tradición y el privilegio. Hasta que Jerry me abrió la puerta y con un gesto excéntrico, casi pueril, me pidió que, antes de hablar de mis cosas, le ayudase a traducir «¡Ay, Carmela!» y otras canciones del bando republicano que sonaban en un radiocasete en aquel despacho oscuro que había sido de Isaiah Berlin.
Me sentí tan cómoda que bajé la guardia y cuando luego fuimos a comer con el resto de los fellows, en medio de una explicación desordenada sobre políticas universitarias, terminé diciendo: «You do this in Spain and you are totally FUCKED». No me di cuenta de las miradas cruzadas, las cejas levantadas y los carraspeos de los comensales. Nada. Solo fui consciente de mi atropellado debut más tarde. Fue cuando, sin querer, derramé el café sobre una de esas alfombras centenarias que adornan el lugar, y Jerry, viendo que no sabía dónde meterme, se acercó sonriendo y me susurró: «Tranquila, no es lo peor que has hecho hoy». Silencio. «Nunca había oído a nadie decir la F-word en esa mesa.» Silencio. La F-word. El riesgo de aprender inglés con The Wire. Seguí sin saber dónde meterme durante un buen rato, hasta que él me invitó a volver en otoño para asistir a sus seminarios, y nos despedimos con un abrazo.
Algún tiempo después, en un evento académico, se me acerca alguien por detrás y me pregunta: «¿Eres la chica que dijo “fucked” en el comedor de All Souls?». «Sí, soy yo, una perra de siete leches desclasada, aquí me tienes», quise decir. Pero en esa ocasión mi inglés precario me protegió y mi respuesta se quedó en un: «Yes, I am».
Escribo este libro pensando en todas las perras de siete leches por desclasar, en las niñas, y los niños, que han heredado el non-savoir-faire, en los que alguna vez se han avergonzado del oficio de sus padres, en los que aprenden inglés con las series de Netflix porque no hay academia, en los que empiezan a darse cuenta de que tampoco hay colchón. Chicas, chicos: fuera del crimen, la lotería o el braguetazo, solo podréis prosperar si conseguimos diseñar nuestras instituciones para asegurar que vuestro punto de partida no determine el de llegada. Si cumplimos la promesa meritocrática y os permitimos jugar vuestras mejores cartas. Porque con la meritocracia, tan denostada estos días, pasa lo mismo que con la democracia: es el único juego posible. El problema es que hay demasiada gente haciendo trampas. Tanta que hemos llegado a convencernos de que no vale la pena seguir jugando, mientras ellos se adueñan de la partida.
Al principio de El gran Gatsby, Nick Carraway recuerda una lección que una vez le dio su padre: antes de juzgar, ten en cuenta que no todo el mundo ha tenido tus ventajas. Esta frase condensa una verdad incómoda para muchos: no existe el mérito puro. Lo que identificamos como logros, esfuerzo personal, perseverancia o disciplina está siempre moldeado por condiciones previas que no elegimos: nuestra disposición genética, la familia, la educación y el entorno en general. Tendemos a juzgar ignorando este hecho fundamental y caemos, invariablemente, en la trampa de creer que cada uno merece lo que tiene: los que lo hicieron bien, sus recompensas, y los que lo hicieron mal, su miseria. Sin embargo, lo más cercano a la verdad sería decir que, en realidad, ni el éxito de unos ni el fracaso de los otros es realmente merecido. Estas páginas defienden una idea de meritocracia que integra la lección del padre de Nick Carraway y la tesis que la sustenta: una meritocracia sin mérito moral, es decir, una concepción que distingue nítidamente entre estar capacitado para un puesto y ser moralmente responsable de las capacidades y la preparación necesarias para ocupar ese puesto y, por extensión, también de las recompensas asociadas al mismo. Bien entendida, la meritocracia combina dos exigencias. Una de eficiencia: que cada puesto sea ocupado por el candidato mejor preparado. Y una de justicia: que cada cual haya tenido la oportunidad de convertirse en el mejor candidato que sus capacidades le permitan ser. Una idea difícil de impugnar. La idea con la que los revolucionarios franceses plantaron cara a la aristocracia hereditaria, reclamando «les carrières ouvertes aux talents». La idea que, en las décadas de 1960 y 1970, apuntalaba el discurso de las feministas de la segunda ola cuando reclamaban que las mujeres pudieran acceder a la educación universitaria y al trabajo remunerado porque eran igual de capaces que los hombres. La idea que invocaba el movimiento de los derechos civiles cuando denunciaba que la exclusión de los negros de cualquier forma de ascenso social se debía a barreras injustas que impedían que su talento aflorara. La meritocracia nos ha permitido, durante siglos, defender una igualdad de oportunidades elemental y oponernos a los privilegios basados en la sangre, el sexo y la raza.
Sin embargo, lo que fue una herramienta poderosa frente a la sociedad estamental y la discriminación se ha ido transformando en un ideal que legitima la desigualdad y presenta el éxito como una cuestión de mérito personal y superación, relegando a meras anécdotas los lastres familiares, genéticos, geográficos y de todo tipo. La bandera de la meritocracia ha cambiado de manos: a medida que la izquierda ha empezado a verla como un ideal pernicioso, la derecha ha ido apropiándosela. Ocurrió algo similar con la idea de libertad, que, tras haber sido durante siglos el principal escudo contra la opresión, ha sido resignificada mediante un discurso libertario que la invoca frente a cualquier intervención del Estado en nuestras vidas, sea en forma de impuestos, vacunas o regulación de terrazas. Pero hablar de secuestro ideológico sería exagerado. Ha sido más bien la izquierda la que ha ido deshilachando las banderas que un día sostuvo, con el riesgo de quedarse únicamente con una versión estrecha e inservible de la igualdad. Estas páginas quieren ser un remiendo, modesto pero firme, de la idea de meritocracia.
El viraje ideológico de la meritocracia responde, en no poca medida, a dos confusiones que conviene aclarar. La primera es su moralización, es decir, la tendencia a asociarla estrechamente con la llamada cultura del esfuerzo: la idea de que cada persona es moralmente responsable del valor que aporta al sistema a través de su trabajo y de que dicha contribución depende, en gran parte, de su voluntad y empeño personal. Esta atribución de responsabilidad convierte el mérito en virtud y nos lleva a elogiar, ignorar o despreciar esas contribuciones, alimentando la vanidad de los triunfadores y el sentimiento de fracaso de quienes se quedan atrás, como han señalado Michael Sandel y Kwame Anthony Appiah. Sin embargo, la meritocracia entendida en sentido estricto –como un criterio para decidir quién debe ocupar una determinada posición– no implica necesariamente este tipo de juicios morales. ¿Acaso no podemos reconocer que alguien es el más capacitado para un puesto y, al mismo tiempo, ser plenamente conscientes de que su trayectoria ha estado atravesada por el azar? Podemos admirar su desempeño, naturalmente, pero esa admiración no implica atribuirle mérito moral. No debería ser algo tan distinto de lo que hacemos al contemplar una puesta de sol: reconocer algo admirable sin moralizarlo. Esta idea cobra aún más fuerza cuando ampliamos el foco de los casos particulares a las tendencias agregadas, ya que estas revelan lo que aquellos tienden a ocultar: la influencia de la herencia genética, del entorno social y de otras circunstancias que escapan a nuestro control.
En su libro Success and Luck, Robert H. Frank da cuenta de cómo factores tan arbitrarios como la fecha de nacimiento pueden tener un impacto desproporcionado en nuestras trayectorias profesionales.1 En el hockey, por ejemplo, cerca del 40 % de los jugadores profesionales nacen en enero, febrero o marzo. La razón es sencilla. El 1 de enero es la fecha de corte para ingresar en las ligas infantiles: quienes nacen justo después son los mayores del grupo, y por tanto más grandes, fuertes y coordinados. Esa pequeña ventaja inicial se refuerza con más minutos de juego, mejor entrenamiento y mayores oportunidades, creando un ciclo que acaba magnificando diferencias accidentales que poco tienen que ver con el talento y el esfuerzo. Pasa algo parecido en el mundo corporativo: varios estudios muestran que el número de CEO nacidos durante la segunda mitad del año es significativamente menor del que cabría esperar por azar. Nuevamente, quienes nacen más tarde en el año suelen ser los más pequeños y menos desarrollados en sus cohortes escolares, lo que puede afectar a su rendimiento académico inicial, su confianza y las oportunidades que reciben a lo largo del tiempo. La diferencia entre una estrella del deporte o un CEO y un antiguo compañero suyo –hoy administrativo o enfermero– puede haber empezado por algo tan trivial como nacer unos meses antes.
Este elemento de suerte no vuelve injusto o inmoral que cada uno ocupe el lugar que ocupa; sería absurdo sostener que, por haber influido el azar, deberían intercambiarse los puestos o ser estos asignados por sorteo. La meritocracia exige reconocer que una persona está mejor preparada que otra para ocupar cierta posición –la de CEO, jugador de hockey o enfermero– y que, por esa razón, la debe ocupar. Ese es el mérito técnico: la adecuación entre las capacidades de una persona y las exigencias de una tarea. Otra cosa muy distinta es el mérito moral, que presupone responsabilidad. Para que alguien sea moralmente meritorio, y por tanto digno de elogio y recompensa moral, tendría que poder decirse que es autor de esa preparación que lo hace destacar en relación con los demás. Pero la autoría, y con ella el mérito moral, se pone en cuestión en la medida en que entran en juego factores que caen fuera de nuestro control.
Tomemos un ejemplo sencillo. El mérito técnico de una joven violinista que con quince años ya toca como una profesional es indiscutible. Pero si resulta que nació con una coordinación fina y un oído excepcionales, que creció en una familia de músicos, rodeada de instrumentos desde la cuna, y que tuvo acceso temprano a maestros brillantes, su mérito moral respecto a otra chica, esforzada, que no contó con ninguna de esas suertes y es una violinista mediocre es cuestionable. ¿Debemos dejar de aplaudir a la primera? Claro que no. Ahora bien, al añadir la capa de mérito moral, estamos sugiriendo que la segunda bien podría haber alcanzado el mismo nivel de excelencia si se lo hubiese propuesto más seriamente, lo cual es difícilmente cierto.
La meritocracia sin mérito moral exige mantener separadas estas dos dimensiones: usar el mérito técnico para asignar posiciones sin convertirlo en virtud ni en pedestal moral. La imagen de la meritocracia como una carrera para coronar a unos pocos debe ser reemplazada por la de una orquesta en la que cada uno ocupa la parte para la que está mejor preparado, no porque sea moralmente superior, sino porque así contribuye mejor al conjunto. La meritocracia, por sí sola, no es, como sugieren algunos de sus críticos, un medallero moral. No justifica el prestigio ni el oprobio que asociamos a ciertas ocupaciones. Hay talentos más comunes y otros más excepcionales, pero, igual que ocurre con los instrumentos, no todos tienen que ser solistas para ser valiosos.
La segunda confusión en torno a la meritocracia es su mercantilización: la creencia de que no puede separarse del mercado. El razonamiento suele expresarse así: quien merece un puesto merece también todo lo que los demás estén dispuestos a pagarle por ocuparlo. Según esta lógica, que el sueldo medio de un CEO multiplique por diez –o por cien, o por mil– el de un enfermero se interpreta como prueba de que la contribución del primero es socialmente más valiosa y que así lo muestra el mercado, que se encarga de revelar nuestras preferencias colectivas, mano invisible mediante. La meritocracia actúa así como un barniz de justicia: traduce los sueldos elevados en signos de éxito y de valor social. Y, a partir de aquí, se estira el argumento para acabar rechazando una fiscalidad más progresiva: si alguien ha alcanzado una posición de privilegio por sus propios medios, por haber trabajado más, arriesgado más o aportado algo más valioso, es injusto que el Estado le arrebate parte de esa riqueza para entregársela a quienes no se lo han ganado y no se lo merecen.
La izquierda ha dado por bueno este argumento y, en consecuencia, ha acabado renegando de la meritocracia y llevándose por delante también lo rescatable que hay en ella. No ha sabido distinguir entre tres ideas de meritocracia que conviene separar. La primera es la de la meritocracia como principio de eficiencia: que los puestos y responsabilidades recaigan en quien esté mejor preparado para desempeñarlos. La segunda, como principio de justicia: que todos dispongan de oportunidades reales para convertirse en el mejor candidato que puedan llegar a ser. Y la tercera, mucho más discutible, como principio retributivo que justificaría las desigualdades económicas que reflejan desigualdades en el mérito. En los últimos años, tanto sus críticos como algunos de sus partidarios han tratado estos tres sentidos de la meritocracia como si constituyeran un bloque indivisible, de manera que invocar uno implicaría aceptar los demás. En lugar de desmontar esta identificación interesada y reivindicar el valor de las dos primeras ideas, la izquierda ha acabado por demonizar el concepto de meritocracia, tratándola como una ideología tóxica en lugar de reconocer su potencial igualitario.
Estas páginas defienden que aceptar la meritocracia en los dos primeros sentidos no nos compromete con el tercero. La eficiencia y la justicia explican por qué debemos seleccionar al mejor candidato y garantizar la igualdad de oportunidades, pero no nos exigen aceptar que el salario de un CEO haya de multiplicar por cien el de un enfermero, tal como lo dictan la oferta y la demanda. Un sistema puede ser plenamente meritocrático en la selección de sus CEO y de sus enfermeros y, al mismo tiempo, corregir los resultados del mercado conforme a principios de necesidad y justicia. Es más: como veremos, la propia idea de meritocracia ofrece razones poderosas para limitar la desigualdad salarial. Utilizar el mérito o, mejor dicho, su valor de mercado como estándar retributivo requiere premisas adicionales, en absoluto evidentes, sobre el papel del mercado, la propiedad y la libertad.
Sin embargo, la idea de que merecer un puesto implica también merecer la compensación económica que el mercado determine es un mensaje simple y potente que ha acabado por convertir la meritocracia en una ideología. Algunos estudios empíricos muestran que en sociedades muy desiguales, como Estados Unidos, Brasil o Sudáfrica, la creencia en la meritocracia es, paradójicamente, más fuerte que en sociedades más igualitarias como Suecia o Noruega, donde parece haber una mayor conciencia del peso de la familia y del entorno en las trayectorias individuales.1 En contextos escasamente meritocráticos, la creencia de que sí lo son se difunde como un relato reconfortante: una ficción que legitima la jerarquía social y permite ver el lugar que ocupa cada uno como justo, aunque no lo sea. En Estados Unidos, un niño nacido en el quintil más pobre tiene un 8 % de probabilidades de llegar al quintil más alto.2 El sueño americano es realmente eso: un sueño. Aun así, un 68 % de la población cree que el trabajo duro y la determinación garantizan el éxito.3 La convicción de que el mercado reparte en función del mérito actúa como un consuelo colectivo, incluso si para sostenerla tenemos que responsabilizar a los pobres de su pobreza –resulta más incómodo admitir que no lo son.
Ahora bien, que un ideal pueda ser instrumentalizado no es razón suficiente para renunciar a él. En su momento no renunciamos a la igualdad de derechos ni a la justicia, a pesar de la advertencia de Marx, en Crítica del Programa de Gotha, de que ambas ideas pueden ser utilizadas para consolidar relaciones de dominación. Con la meritocracia ocurre hoy algo parecido. No cometamos el error que supimos evitar. Rescatemos su sentido normativo: la meritocracia no es una descripción de lo existente, sino una exigencia de justicia aún por cumplir.
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