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Empieza a leer 'Manifiesto para otra economía y otra política' de Emanuele Felice

11/11/2026

INTRODUCCIÓN.
CON LOS OJOS DE LA HISTORIA

Humana, demasiado humana. Tan solo humana. Así es, o debería ser, la economía. Sus «leyes», que sin duda existen, no son más que los caminos de la lógica. Sus experimentos y sus pruebas, sus «hechos», son solo tramas en la historia.

La lógica, la historia. Con estos ingredientes, o poco más, se llega a ser un buen economista. Por estos ingredientes está conformada la disciplina que hoy domina el mundo, la ciencia que se ha envanecido hasta impregnar todas las ramas del saber humano, hasta llegar a creer que puede explicar toda la sociedad y la aventura humana; que se ha agigantado hasta invadir todas las demás esferas de nuestra existencia. Hasta ocupar la ética, controlar la política, las dos señoras de las que, como sirvienta, germinó, hace ya casi tres siglos.

Sin embargo, la sirvienta se ha convertido en patrona. Y ha trastocado el orden del mundo. Y el orden del corazón. Ha trastornado el significado de la vida, la dirección de la historia. Economics, economy: los ingleses tienen dos términos para designar respectivamente el sistema económico y su ciencia. El objeto y el sujeto del estudio. Pero en la época que llamamos contemporánea han crecido en paralelo. Y, en resumidas cuentas, es precisamente la irrupción de lo económico como un ángel de la historia en estos ámbitos relacionados entre sí (el material, el cultural) uno de los dos máximos trastornos que caracterizan la modernidad. Cuando, en el Siglo de las Luces, aparecieron las primeras cátedras de Economía y esta disciplina empezó a dar sus primeros pasos –tanto en las islas británicas como en la península italiana, o en Francia–, el «desarrollo económico moderno», es decir, la Revolución Industrial, vio la luz no por casualidad en las entrañas de lo que definimos como Occidente, tras una gestación que duró siglos y que, a pesar de todo, ya había sido capaz de trastornar el mundo, de devastar y someter a civilizaciones enteras, en América, África y en las Indias Orientales. Y a medida que el desarrollo despegaba, literalmente, en un torbellino de destrucción creadora que también mejoró muchísimo nuestras condiciones de vida, la economía como ciencia crecía tanto en profundidad y ramificaciones (desde los modelos teóricos hasta los estudios de empresa) como en la autoridad de sus defensores: tampoco fue una casualidad que, ya en el siglo XIX, del campo de la economía surgieran algunos de los más conocidos e influyentes pensadores políticos (el liberal John Stuart Mill y el socialista Karl Marx, por citar solo a dos de ellos).

Y también crecía la implicación de más personas en el juego económico, en los mecanismos del mercado: la libertad (a menudo real, nunca experimentada con anterioridad) de vender y comprar. Del mismo modo crecía el poder, no solo económico, de las grandes empresas y de sus magnates, que ya entonces parecían dominar la política y la información (también en las sociedades más avanzadas, más democráticas). Y a su vez aumentaba la explotación que generaba esa economía, hasta llegar a auténticos crímenes de masa que, por sus dimensiones, anticipaban los horrores del siglo XX: en el «Estado Libre del Congo» (en realidad, una gigantesca propiedad del rey de Bélgica), murieron asesinados millones de personas durante los últimos quince años del siglo XIX por un feroz sistema esclavista que se proponía extraer la mayor cantidad posible de caucho al menor coste, para venderlo en los emporios globales. La emancipación, la más emocionante, y la opresión, la más desesperada: este ángel y demonio ya tiene en ese momento dos caras, mientras ilumina los cielos de la modernidad.

Pero si el ángel de la economía tiene esta capacidad es porque desde el principio se alió con otra criatura, mucho más poderosa que él. En muchos aspectos, un dios. O, más bien, quien hace creer al hombre que es Dios. Un Prometeo, libre, por fin. La tecnología. Una gran esfera de fuego, como el Sol, de la que la economía parece ser solo el envoltorio. Es ella la que hace posible la Revolución Industrial, es decir, el nacimiento y afirmación de la economía moderna (en los dos significados de la palabra). Es el desarrollo tecnológico, precisamente en el Siglo de las Luces, tras la batalla sin cuartel que fue la Revolución Científica en Europa, y embebido de conocimientos útiles y de voluntad de poder (y de enriquecimiento), el que por primera vez adquiere una forma sistemática en la historia de la humanidad, irreversible, al menos hasta hoy. Se habían producido, por supuesto, grandes avances científicos y tecnológicos en civilizaciones y épocas del pasado, pero nunca habían dado lugar a un proceso continuo y acumulativo: desde el siglo XVIII, en cambio, el ritmo del progreso científico y tecnológico se aceleró y ya no se detuvo. Si hasta entonces un único «régimen tecnológico» había abarcado decenas y, a veces, cientos de generaciones, ahora una misma persona a lo largo de su vida podía experimentar tres o incluso cuatro de estos regímenes. Mi padre nació a finales de la Segunda Guerra Mundial en una casa en la que no había ni agua corriente ni electricidad, en un pueblo donde era excepcional ver un coche y nadie tenía aún televisor: experimentaría todas estas tecnologías que marcaban épocas distintas a lo largo de pocos años y luego otras más, hasta llegar a los ordenadores personales y los teléfonos inteligentes, a las videollamadas y las redes sociales. Es probable que la expansión de la dimensión económica haya contribuido al nacimiento y la implementación de las mejoras tecnológicas. Pero es difícil trazar una línea segura: depende de cada caso concreto (también las guerras, que no solo tenían motivaciones económicas, han sido un estímulo decisivo para la tecnología, como lo han sido en términos más generales la política y la ética). Lo que podemos dar por sentado, en cambio, es la relación inversa: el espectacular crecimiento de la economía no habría sido posible sin este continuo y progresivo avance de la tecnología. En el cuerpo de la economía, la techné ha sido el corazón y los pulmones: el motor.

Esta alianza entre economía y tecnología, y entre economía y ciencia, no es algo malo en sí mismo. Al contrario, y así comenzamos a entrar en el fondo de este Manifiesto: en la «otra economía» que aquí auspiciamos, la alianza debe permanecer bien firme y, a decir verdad, en varios ámbitos tendría que revitalizarse, encontrar nuevas fuerzas. Como veremos, existen motivos para creer que la estructura actual del sistema económico internacional (las legislaciones sobre patentes y comercio, las reglas de las finanzas y de la fiscalidad, las normas sobre la competencia) frena, en vez de incentivar, el desarrollo de la ciencia y de la tecnología –y, con ellas, la economía–, es decir, la producción y la difusión de las innovaciones. Pero el problema aquí es otro. Y es que esta alianza no puede, y desde luego no debe, dominar el mundo. La economía y la tecnología han de recuperar un papel que, lógicamente, es compatible con la mejora de la condición humana –el mismo papel para el que fueron pensadas en los albores de la era contemporánea, en la época de la Ilustración, cuando la tecnología encontró el camino de un crecimiento continuo al mismo tiempo que la economía comenzaba a estructurarse como ciencia autónoma. Es decir, han de ser orientadas hacia la ampliación de los derechos y de las libertades. No deben, ni tampoco pueden, como en cambio ocurre en la actualidad, convertirse en motivo de opresión, sino de emancipación. Deben ponerse al servicio de una ética que les marque sus objetivos.

Y es una cuestión mucho más vital y dramática ahora que hace dos o tres siglos, porque entretanto la fuerza de la economía y de la tecnología ha aumentado de una forma desmesurada. La tecnología es, en el fondo, lo que el ser humano puede hacer gracias a su inteligencia: es el poder humano. Y a estas alturas este poder ha crecido hasta tal punto que puede devastar o destruir todo el planeta: en poco tiempo, con una guerra nuclear o, lentamente, con la crisis ecológica. E incluso por debajo de esta escala gigantesca, que nos concierne a todos, el poder de la tecnología es ahora tal que puede ejercer una opresión individual con formas de control y de coacción antes inimaginables, y puede llegar a espiar e incluso poner en tela de juicio nuestra conciencia. Este enorme poder, que puede someter al individuo, a las sociedades, a toda la humanidad y al planeta, debe ponerse al servicio de un ideal de bienestar y de vida buena; es decir, de lo que el pensamiento ético más avanzado llama derechos humanos ampliados, o sea, los derechos civiles y políticos, pero también los derechos sociales, medioambientales y de los seres vivos no humanos. Porque es un poder que, bien utilizado, puede contribuir de un modo formidable a la felicidad humana, esto es, a nuestra libre realización junto con otras personas; y sin el cual (sin la tecnología, por ejemplo, para producir alimentos) ya sería imposible imaginar nuestra propia supervivencia.

Pero, si esta es la tecnología y estos son los términos del reto fundamental, ¿qué es la economía? ¿Y qué tiene que ver con todo esto? Es, como ya se ha dicho, el envoltorio de un sol incandescente. Un enorme envoltorio inmaterial a través del que la tecnología, hoy en día, fluye, cambia y adquiere forma. Pero también se ha convertido en otra cosa: una ciencia y una práctica del poder que ha ocupado el lugar de la política y que, como tal, dota a la tecnología de una dirección y una forma que no son necesariamente las de los derechos y las libertades, ni las que establece la ética, sino las del poder económico. Esta es una de las dos vías por las que la tecnología se transforma en opresión –cada vez más terrible, recordémoslo–, a medida que aumenta su fuerza. Porque, si la comparamos con su concepción original, ahora está guiada por una economía totalizadora y deformada, con rasgos monstruosos, a veces inhumanos. La segunda vía por la que la tecnología se convierte en opresión es cuando está dirigida, además de por la actual economía capitalista, por la política del despotismo: la política de los regímenes autoritarios o incluso totalitarios, que no reconocen y, es más, pisotean los derechos humanos (la primera ley, natural, que el déspota viola). Llegados a estas alturas, no se sorprenda el lector: en el mundo donde vivimos encontramos cada vez más a menudo la economía transfigurada, tal y como la conocemos, aliándose con la política del despotismo. No es ninguna casualidad: son poderes que se refuerzan mutuamente, en detrimento de nuestros derechos y de nuestras libertades. Incluso en las sociedades occidentales.

Quien paga las consecuencias, en cambio, es la política democrática, basada en el equilibrio de poderes y el reconocimiento de las libertades. Ella es la gran derrotada por esta economía gigantesca y desquiciada, junto con la ética de los derechos. Solo la política democrática, hija de una sociedad libre, puede guiar la economía y la tecnología hacia el horizonte de los derechos, hacia los objetivos establecidos por la ética. Pero solo tiene una forma de hacerlo: desenmascarar la economía deshumanizada en la que vivimos, sus engranajes y sus espejismos; derrotarla y, por tanto, cambiarla. En el fondo, es una lucha de poder entre la política de la mayoría y la economía de la minoría que puede llevar a la política de la minoría (ya lo está haciendo), o bien, por el contrario, como es nuestra esperanza, a la economía de la mayoría; es decir, a la economía puesta al servicio de las personas y de la ética de los derechos, respaldada y guiada por una política democrática.

Este libro trata, por tanto, de economía, pero también de ética y de política. De hecho, como disciplina la economía no es una ciencia dotada de un estatuto separado de las demás ciencias sociales, de la filosofía ética y política. Del mismo modo en que, como conjunto de actividades, no puede separarse del resto de la sociedad, de las dimensiones culturales o de las luchas por el poder. Pero (¿paradoja?) este libro no está escrito ni por un filósofo ético, ni por un científico político; y tal vez ni siquiera por un economista. Está escrito por un historiador (aunque, lo admito, un historiador de la economía). La historia ha servido y sirve, en el discurso público, para construir identidades o para construir ideologías. Pero, bien mirado, además de desempeñar estas dos funciones –que pueden convertir a los historiadores en cómplices, a veces inocentes, de tiranías y tragedias–, el historiador también puede llevar a cabo otra tarea, y es una tarea que difícilmente fomenta viejas y nuevas formas de opresión (más bien las obstaculiza): la de deconstruirlas, sean identidades o ideologías. Empleando el pensamiento crítico. Y revelándolas como lo que son: invenciones humanas que van unidas a la lucha por el poder.

Pensar que la economía es algo autónomo, o mejor dicho, extraordinario con respecto a la ética y la política y con respecto a la sociedad, es solo un gigantesco engaño ideológico. Es la ideología dominante de nuestro tiempo, útil a las estructuras de poder vigentes hoy en día, que considera la esfera económica como la cima de la pirámide. Y es la mentira que este libro pretende desenmascarar.

No es por azar que empecemos por aquí en la primera parte: con los ojos de la historia veremos cómo la ilusión de una economía neutra e inmutable se ha afirmado, en la época contemporánea, en paralelo a la lucha por el poder y a las transformaciones de la economía real; pero también mostraremos, como prueba de nuestra tesis, como en los últimos dos siglos una economía diferente, orientada a la ampliación de los derechos, ha logrado pese a todo florecer en algunos contextos. Veremos los resultados, en uno y otro caso, que no son solo el aumento o la disminución de las desigualdades, sino que afectan a las libertades fundamentales, la guerra y la paz y el medio ambiente. Si otra economía es posible, la segunda parte de este libro se pregunta cómo tendría que ser, según los dictados de la reflexión ética más avanzada: ¿cuál es la economía que hoy promueve, junto con el bienestar material, el respeto y el fortalecimiento de los derechos, la redistribución del poder, la protección del medio ambiente y de los seres vivos no humanos? ¿Cuál es la que favorece el desarrollo tecnológico orientándolo en esta misma dirección, condición indispensable para que todo esto no se quede solo en un libro de sueños? Por último, la tercera parte está dedicada a la política: ¿con qué fuerzas, de qué manera transformar la economía de lo que es hoy a lo que nos gustaría que fuera, a lo que debería llegar a convertirse? ¿Cómo puede la política democrática fortalecerse y encontrar de nuevo su papel de guía, y no de sirviente, incluso ante fuerzas tan poderosas?

En este libro no encontraréis fórmulas ni ecuaciones, no veréis modelos (que, por otra parte, son útiles siempre que se limiten a hacernos comprender mejor problemas puntuales): a cada uno su oficio, y el mío no es el de economista teórico, sino el de historiador. Alguien que, con los ojos de la historia y con el arma del pensamiento crítico, intenta desmontar la ideología dominante y comprender cómo pueden tomar forma otra economía, otra vida y otro mundo; otra política.

 

Este libro es el fruto de veinticinco años de estudios y reflexiones. Se trata de un recorrido humano y profesional que atraviesa una buena parte de mi vida y es imposible dar las gracias a todas las personas que, a veces sin saberlo siquiera, han contribuido a hacerlo. A lo largo del tiempo he tenido maestras y maestros, muchos: en carne y hueso o conocidos solo a través de los libros. Pero no puedo imaginar una sola figura que, por sí sola, me haya enseñado la belleza y el valor del pensamiento crítico, que es el ingrediente fundamental de este trabajo. Se ha tratado, por supuesto, de una obra coral. Aunque, tal vez, si tengo que buscarle una génesis, puedo encontrarla en una época anterior a mis estudios académicos: en los años del instituto clásico, público y gratuito, en Vasto, una bonita ciudad costera de provincias italiana, como tantas, hacia el sur. En el clima que se respiraba entonces, en las discusiones en que nos perdíamos, y que con algunos amigos seguí manteniendo, en lo que estudiábamos y en cómo lo hacíamos. Este libro está dedicado a mis profesores y a mis compañeros de entonces.

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Traducción de Xavier González Rovira

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