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Empieza a leer 'Los perplejos' de Cynthia Rimsky

04/11/2026

Córdoba

¿Qué hago en este Congreso de Filosofía Medieval en el que me encuentro extraviada en Córdoba? Más bien, ¿qué voy a hacer hoy?, ¿y mañana? En mi departamento en Santiago de Chile no se me ocurrió pensar qué era materialmente un congreso de Filosofía Medieval. Todo partió a raíz de una beca que me dio el Consejo Nacional del Libro y la Lectura para investigar y escribir una novela basada en Maimónides, proyecto que presenté para paliar una cesantía crónica.

Me pareció natural consultar con algún profesor de filosofía o historia de la universidad. Hubo dos que se mostraron interesados en la novela que necesitaba empezar; incluso llegaron a confesar que les hubiese gustado escribir una ficción sobre un personaje histórico. Lamentablemente, no encontraban el tiempo para la novela o para recibirme. Al de Historia le costaba un poco más desentenderse de personas como yo, que acudían a preguntarle lo que no entendemos, y logré una cita de media hora en la facultad. La puerta de su oficina estaba semiabierta. Adentro, ni el loro. La biblioteca enchapada en madera oscura, igual a todos los muebles de la escuela, cubría la pared detrás de su escritorio. La única ventana, al fondo del cuarto, daba a la calle que llevaba al estacionamiento; tras el vidrio esmerilado pasaban todo el tiempo sombras.

Los libros no parecían a gusto en la biblioteca demasiado brillosa y, por contraste, lucían abatidos y ladeados, con demasiado espacio entre ellos, en un lugar que supuestamente iba a ser de tránsito y en el que el profesor no había conseguido tiempo para reacomodarlos. Reconocí los nombres de los autores citados en las biografías que leí de Maimónides. La Metafísica, Averroes, Tomás de Aquino; se trataba de ediciones corrientes, sin referencias críticas o notas al pie. Sobre el escritorio se acopiaban pacientes las tesis de grado. En la bandeja metálica usada para los documentos que entraban, había una invitación a un congreso de Filosofía Medieval en Córdoba, y la carta de una agencia que ofrecía un paquete de dos noches en Madrid, cuatro en Córdoba y dos en Granada, más una visita sin costo al palacio de la Alhambra. Me robé la invitación y dejé la carta de la agencia.

 

La idea de escribir esta novela se me reveló en la casa de unos amigos que me pidieron que alimentara a su conejo mientras ellos estaban de viaje: el tedio veraniego, la curiosidad que despierta una casa ajena... me llevaron a revisar la biblioteca del subsuelo donde encontré una biografía de Maimónides, filósofo cordobés cuya Guía de perplejos me regaló hace muchos años Ortuzio –únicamente el tercer tomo, que encontró en una feria persa del cerro Achupallas– en la eventualidad «de que un día vaya a servirte». La muerte de Ortuzio, el hallazgo casual de la biografía de Maimónides en el subsuelo, me despertaron el deseo de conocerlo; curiosidad que me propuse saciar llevando la biografía a la piscina. En la piscina había un ratón que intentaba desesperadamente salir del agua a la que había caído por accidente. Si el asco me impedía ayudarlo, un dudoso sentido humanitario me impedía abandonarlo, y mi primer contacto con la escritura de esta novela que me llevaría a Córdoba y más lejos fue un ratón que se ahogaba.

 

Cuando se hizo evidente que las no entrevistas con académicos chilenos y la investigación bibliográfica no me llevaban a ninguna parte, decidí escribir al correo que aparecía en la invitación al Congreso de Filosofía Medieval en Córdoba; les conté del libro que Ortuzio encontró en la feria de Achupallas, de su enigmática profecía, del encuentro inesperado con el ratón en la piscina, la frase «sin valor comercial» en la portadilla del tercer tomo de la Guía... Al otro lado del Atlántico, alguien tuvo que preguntarse qué iba a hacer una mujer perdida como yo en un congreso medieval. ¿Por qué no se atrevió a rechazar mi inscripción? Acaso miró la caja medio vacía de la organización, o si intentó decirme que en ese congreso no iba a encontrar respuestas a las preguntas que Maimónides no se hizo en la Edad Media, yo no le entendí y, como le pareció una tarea superior sacarme de la piscina, prefirió cobrarme la cuota con un descuento. Una vez en Córdoba me di cuenta de que la mayoría de los asistentes eran personas como yo, que habían saltado al vacío y en la caída chocaron con el Congreso de Filosofía Medieval.

 

Las calles de la ciudad antigua de Córdoba son estrechas y el sol no las alcanza a entibiar. Anoto: preguntarle a algún académico del Congreso de Filosofía cómo se calentaban e iluminaban las casas en el Medioevo.

En el mapa figura una placita y una columna con el busto de Maimónides. Junto al busto encuentro a un equipo de italianos que intenta filmar una entrevista a un profesor cordobés de porte atlético, con parches de cuero en los codos de la chaqueta y pantalón de corderoy, como los intelectuales chilenos que en los años ochenta repartían panfletos contra la dictadura en Citroneta y ahora cruzan las congestionadas calles en autos a doble tracción. La periodista le pide que camine desde el fondo de la calle, se detenga ante el busto y diga a cámara que estamos en la ciudad natal de Maimónides. El apuesto profesor, poco acostumbrado a las exigencias de la televisión, lo considera una tontería. De todas formas, se detiene junto al busto y habla a cámara. La periodista no queda satisfecha. Él le advierte que le quedan diez minutos. Acuerdan grabar la escena desde el busto, ahorrándose la caminata, algo ocurre y es necesario repetir. El profesor alcanza a decir que esa es la ciudad natal de Maimónides, y se tiene que ir.

 

Mois toma el sendero que se aleja del río y de la ciudad, sube por la colina de los Quemados, levanta la parte inferior de su sayo para que no se enrede en los matorrales. La niebla desciende hasta el suelo; introduce la cabeza, los hombros, los brazos, del otro lado escucha el tintineo de la campana de la cabra guía. Sigue el sonido hasta que choca de frente con el Centro de Traductores.

El examen para los estudiantes que aspiran a convertirse en correctores se toma en mesas corridas de la primera planta. A cada uno le corresponde un alto de páginas.

–Buscarán los errores. Como las posibilidades son muchas y variadas, cada uno pesquisará uno solo.

El corrector jefe reparte un muestrario con los signos que deberán marcar.

–Por esta vez no podrán borrar, así que piénsenlo.

Mois le pregunta a qué libro corresponde.

–Eso no debe importarte, un corrector no lee o se dejaría influir por la materia y se despreocuparía de la forma, que es lo que debe interesarles.

Mois avanza más rápido y seguro que sus compañeros, pero es incapaz de cerrar sus oídos al llamado de las palabras. Bajo la atenta observación del corrector jefe solo alcanza a detenerse en una por línea. Cuando lleva cinco líneas, vuelve atrás y lanza un vistazo general: «Todos los hombres tienen naturalmente el deseo de saber». ¡La Metafísica de Aristóteles! Ha escuchado que se está preparando una nueva traducción, muy distinta a la del antiguo Bahir. Si Mois tuviese la facultad de leer sin los ojos como le aconsejó el Juez, su padre, cuando siendo un niño le confesó que no entendía las Escrituras Sagradas, y el Juez le respondió que también se podía leer con el corazón. El corrector jefe se asoma a la ventana. Mois aprovecha para detener la vista un segundo. El autor de la nueva traducción debe ser Nasi, el renombrado filósofo y médico musulmán. Solo él se atrevería a poner por escrito lo que muchos ya piensan, entre ellos Mois, que Bahir tergiversó a Aristóteles, y sí se pueden conocer los primeros principios y las primeras causas a través de la razón sin poner en duda la fe. ¿Cuántas veces soñó Mois con hacer eso?

¡La campana! El tiempo para el ejercicio se terminó. Los ayudantes dejan lo que utilizaron sobre la mesa corrida.

–Después de la merienda se comunicará el resultado –les informa el corrector jefe.

Mois entrega el muestrario, la pluma, el frasco con tinta. No recuerda haberlos utilizado. En el patio los aspirantes desenvuelven los paños blancos que mantienen tibia la merienda. Mois mira a sus compañeros, se pregunta si Aristóteles habrá entrado en ellos como hizo con él. Permanece bajo la sombra de la escalera que lleva a los pisos superiores. Los sabios suben hasta allí al final de la tarde cuando ya no queda nadie. Mois ve a dos personas que vienen de arriba. En su excitación repara únicamente en el que va a la izquierda. Solo en los sabios extranjeros que excepcionalmente visitan la casa del Juez, vio una inteligencia como la de esos ojos.

–Nadie sabe lo que puede llegar a ocurrir –va diciendo el sabio a su compañero.

Mois se oculta detrás de la escalera. El acompañante lleva el turbante que usan los comerciantes adinerados; debe ser amigo y patrocinador del sabio.

–Por ahora acaban de tomar el poder y están vacilantes sobre cómo proceder, puede que se queden así o que a última hora comiencen a prohibir todo lo relacionado con la filosofía.

–Antes de eso tenemos que encontrar una forma para llegar a ellos y convencerlos de que la nueva traducción no se opone a sus ideas.

¡Es Nasi! El gran filósofo, el traductor de la nueva versión de la Metafísica que tuvo delante de sus ojos hace unos minutos.

–Si nos acercamos, los académicos que están con ellos nos van a usar como carnada para permanecer en el poder –contesta Nasi.

–Como precaución mandamos dos copias de la traducción a direcciones opuestas –le cuenta el comerciante.

Los dos temen que la nueva traducción de la Metafísica sea prohibida por las nuevas autoridades. Es como Mois pensó, la traducción de Nasi entra en contradicción con la ortodoxia. A Aristóteles también lo acusaron de herejía y tuvo que huir de Atenas. ¡Nuevamente la campana! El corrector jefe les devuelve los exámenes. Mois obtuvo la calificación máxima. Encontró todos los errores, involuntariamente, ¡mientras leía!

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