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Empieza a leer 'Los páramos' de Carlota Gurt
El que tenga sed, venga.
APOCALIPSIS 22:17
XXVI
–Para empezar deberíamos conocernos bien, o mejor dicho: muy bien –dice ella.
–Lo que tú digas. Eres tú la que sabe.
–No te creas, también es mi primera vez. Y para que no haya malentendidos: nada de amor y nada de sexo.
Él la mira horrorizado:
–No, no, claro que no. ¿Cómo has podido pensar que...? Perdona, estoy nervioso. Es que...
–No pasa nada. Venga, disparo yo.
Fuera, llueve.
I
Se llama Ramona.
Son las dos y media de un 24 de diciembre cuando aparca su coche microscópico frente al hotel, entre un Audi y un BMW, en una de las pocas plazas libres que hay. Es un utilitario barato y sucio de color negro, que lleva el sello de su conducción arrebatada: un intermitente trasero agrietado y un rasguño que atraviesa el lateral derecho como una cicatriz.
Dentro del vehículo suena un piano furioso, y las ventanillas subidas no pueden contener la música, que se desborda y llega amortiguada hasta la terraza del bar. Ramona apaga el motor y se queda sentada al volante para terminarse el cigarrillo mientras contempla la espesa niebla. Rodeada de toda esa grisalla glaucomatosa, le parece como si alguien hubiera borrado el mundo con una goma colosal. Fuera de ese hotel y ese aparcamiento, acaso ya nada exista, piensa, tampoco el aeropuerto donde ha dejado a Greta hace unas horas, tampoco Brighton.
Entre el cenicero lleno y la tapicería impregnada de millones de partículas de humo viejo, el olor a tabaco es repulsivo. Cuando el piano toca la última nota, Ramona quita la llave del contacto y apaga el cigarrillo en el montón de colillas. Una rueda por el suelo; no la recoge, sino que hurga en la bolsa de tela raída que hay en el asiento del copiloto hasta que da con un frasquito de colirio. Se echa una gota en cada ojo y parpadea para que el líquido se reparta bien por las córneas. Y ahora sí, por fin, abre la puerta y saca las piernas kilométricas con un gesto casi robotizado, como si fueran piernas telescópicas desplegándose. Tiene algo insectil, de mantis religiosa mecánica inspeccionando su entorno.
Fuera hace frío y una humedad desagradable. Con cada inspiración, la niebla se le va infiltrando en los pulmones; con cada espiración exhala un poco de humo. Es una pequeña fábrica orgánica de nubes. Después de ponerse un anorak amarillo plátano y cargarse una mochila negra a la espalda, coge una maleta, también amarilla, del maletero y se dirige al hotel.
Tres peldaños. Tres puertas acristaladas bajo arcos de medio punto. Cruza el umbral.
Se sumerge en el gran vestíbulo con ínfulas de templo –el techo es una vidriera que tiñe de azul la sala y le confiere una solemnidad de iglesia; en el centro hay un belén tocado por una luz de ámbar–, y lo primero que ve es el barrigón inmenso del hombre sentado en el sofá de la entrada, si bien, más que un hombre sentado, es un hombre desparramado, dilatado, desperdigado sobre un sofá. Un hombre de mirada dulce con mejillas de bizcocho y pelo color natillas; un hombre buñuelo que le recuerda a aquel actor americano..., ¿cómo se llamaba?, el que murió de una sobredosis. Tenía tres hijos y lo encontraron con una jeringa clavada en el brazo a modo de banderilla. ¿Cómo puede haber olvidado su nombre si le dedicó un episodio del podcast?
Ella (todavía) no lo sabe, pero el hombre a medio derretir se llama Faust, y ahora hace como que se examina las uñas; la ha visto –es imposible no fijarse en ella: el metro ochenta y tres, la turbulencia de la melena negra, la elegancia hipnótica de sus movimientos– y la estudia de reojo mientras ella hace cola. La recepcionista está atendiendo a una pareja de jubilados franceses, et voilà la clé, le petit-déjeuner est servi de huit heures à dix heures.
Están en el Parador de Sau. Un edificio tardofranquista construido en lo alto de un cerro con unos balcones que señorean el embalse (siempre que el telón de niebla no oculte el espectáculo). El edificio combina muros de sillería, madera oscura y salas absurdamente altas y espaciosas concebidas para intimidar y aplastar a los visitantes en lugar de acogerlos; es decir, arquitectura prototípica de las dictaduras, que también intimidan y aplastan.
Desbaratado sobre el sofá del vestíbulo, Faust consulta el reloj por tercera vez desde que llegó hace diez minutos (siempre llega demasiado pronto). Mira la hora y acto seguido se pone a buscar el móvil. Se palpa los pantalones, sopesa la chaqueta y revuelve los bolsillos. Se levanta. Lo revisa todo de nuevo. Y tiene la epifanía: lo ha dejado cargando en la mesa de la oficina. Se desploma sobre los cojines (con su peso convendría que fuera más delicado con el mobiliario). De fondo oye la voz grave de ella hablando en catalán, que es la lengua que siempre siempre siempre hablan tanto ella como Faust:
–Ramona. He reservado una habitación individual hace un par de horas.
Habla despacio, como si su aparato fonador no hubiera emitido ningún sonido desde tiempos inmemoriales, pronunciando unas sílabas pesadas que caen a sus pies formando un montoncito de palabras de terciopelo.
–Media pensión, sí.
A la recepcionista no se la oye, habla con sílabas tan livianas que salen volando.
–Dos noches, exacto.
¿Ha venido sola y pasará aquí la Nochebuena?, se extraña Faust, y, como ella está de espaldas, aprovecha para darle un repaso. La combinación de los vaqueros negros con el amarillo del anorak y la maleta le recuerda a una avispa. Y quizá sí que esa mujer aguijonea, porque toda ella es puntiaguda, se ha fijado en cuanto ha entrado: los codos afilados, las rodillas que asoman como pináculos, la nariz prominente esculpida con un solo golpe de cincel, los dedos que parecen agujas de tricotar. Es una mujer hecha de ángulos. Una escultura de Giacometti pintada por Picasso. No como él, que ha salido de un cuadro tópico de Botero.
A Faust no le gustan las mujeres de alambre. Bajo la piel se les intuye demasiado la osamenta. Hacerles el amor debe de ser como acostarse con un esqueleto, piensa, y le da un escalofrío. Aunque eso solo son prejuicios, nunca se ha acostado con una mujer flacucha. De hecho, hace tanto que no está con ninguna mujer que ya casi ni recuerda qué era chupar un pecho, agarrar unas caderas y, sobre todo, sentirse deseado. Tampoco piensa mucho en ello para no ponerse melancólico.
–¿La 108? ¿No tiene otra? –pregunta ahora Ramona, cerniéndose sobre el mostrador con lentitud de pantera; pese al tono de súplica, Faust percibe una amenaza.
La recepcionista, que se ha encogido un palmo, teclea en el ordenador entre gestos serviles y sílabas voladoras.
–Oh, la 109 es perfecta, muchísimas gracias –dice la mujer puntiaguda con una voz de repente llena de luz.
Mientras la recepcionista teclea, Ramona se saca un cartoncito de la cartera. ¿Parece un rasca y gana? Faust aguza la mirada: sí, sí, es un rasca y gana. En el momento en que la chica le entrega la tarjeta de la habitación, Ramona se agacha, finge recoger algo del suelo y dice:
–Vaya, se le ha debido de caer esto a alguien.
Y le da a la recepcionista el rasca y gana que hace unos segundos ha salido de su propio bolsillo. Después coge la llave de la habitación y se gira de golpe, antes de que Faust tenga tiempo de disimular que la estaba estudiando y que ha visto la inexplicable maniobra con la lotería instantánea. Las miradas chocan. El edificio se tambalea, sobre todo el sofá en el que Faust está sentado. Ramona despliega una sonrisa amable –se diría que posa para un anuncio de seguros–, pero sus ojos son tan negros que no se distingue la pupila. Eso no son ojos, son dos pozos sin fondo incrustados en la cara. Los de él también son redondos, con unas pestañas como rayos de sol, pero ¿son grises, azules, verdes? A Ramona le cuesta distinguirlo desde lejos. Faust baja la vista.
Ella obvia el ascensor y se dirige hacia las escaleras con pasos arácnidos. Cuenta treinta y cuatro peldaños hasta el primer piso. Treinta y cuatro, piensa, la edad que tenía el día de la explosión. Del mismo modo que un golpe seco de martillo bajo la rótula hace que la pierna salte, los números siempre desencadenan asociaciones espontáneas en su cabeza: el doce de la edad en que le vino la menstruación (y la monstruación: fue entonces cuando pegó el estirón); el catorce de los empastes que le hicieron en un solo curso; el veinticinco de los años que tenía cuando se quedó huérfana; el cincuenta del número de la calle de Barcelona donde ha vivido casi toda su vida; el sesenta de los kilos que pesaba la última vez que se subió a una balanza; y el ciento nueve será, a partir de hoy y para siempre, el número de la Navidad reveladora.
Recorre un largo pasillo enmoquetado con una puerta al fondo. Ahora podría abrirse y que salieran unas gemelas con vestiditos de volantes. Pasa de largo la habitación 108, la que no ha querido, y no puede evitar mirar el número de la puerta con una mezcla de asco y nostalgia. Abre la 109 con la tarjeta. La habitación es asépticamente acogedora: no tiene carácter ni gracia, solo higiene, orden, funcionalidad. Deja el equipaje en una banqueta y sale al balcón.
El muro de niebla apenas le permite ver a unas decenas de metros. Un poco más abajo, a través del velo grisáceo, se adivina una piscina sepultada por la hojarasca que no espera a ningún bañista. A su izquierda, un puñado de pinos con nidos de orugas que parecen cúmulos de niebla atrapados entre las ramas. Desde aquí también ve el aparcamiento lleno. Uno, dos, tres... Veintitrés coches (veintitrés: el número de los golpes de Estado: el de Tejero y el del 23 de marzo de hace mil años en que le dio un guantazo al tipo que la arrinconó en los aseos del Apocalypse; todavía recuerda el corazón en la garganta, hinchado como un globo). Veintitrés coches. ¿Qué hace tanta gente en un hotel en Nochebuena? Le fastidia esa pequeña multitud. La realidad se empeña en privarla de sus fantasías: la panorámica gloriosa sobre el embalse, el hotel de montaña deshabitado, inspirador, terrorífico.
Entonces aparece un coche rojo y se bajan dos tipos, uno calvo y el otro esmirriado. Ella considera si liarse un cigarrillo. Mejor no: le quitará el apetito, y, ya que ha pagado la media pensión, hará bien en aprovecharla. Así que vuelve a entrar y sube la calefacción. El frío y la humedad se le han metido en el cuerpo. Nota un nido de orugas en los pulmones. Hojarasca que le sepulta el cerebro.
Mientras tanto, en el vestíbulo, llegan los compañeros de Faust, dos hombres con vaqueros y forro polar, de una edad similar a la suya y un poco más altos que él (no es difícil ser más alto que Faust). Son, pues, tres hombres en la selva oscura. Y, sin embargo, sonríen. Quizá porque hoy invita la empresa, y eso siempre es motivo de alegría y garantía de excesos gratuitos (otra botella de vino, un whisky con hielo). O porque al día siguiente empiezan unas pequeñas vacaciones (este año, San Esteban cae en viernes y, como en Cataluña también es festivo, podrán empalmar cuatro días). O quizá porque son amigos. Aunque ¿son amigos o solo lo aparentan? Al saludarse, el calvo le da una palmada en el hombro a Faust con camaradería, y pasan al comedor, donde los sientan a la mesa del rincón, junto a la ventana.
Ramona no tarda mucho en irrumpir en el gran salón, que zumba con un rumor pantagruélico. Gluglú, jaja, chinchín, clinclón. Degluciones, risas, líquidos que llenan copas y bocas que las vacían, tenedores percutiendo la porcelana de la vajilla. Se detiene en la entrada y, mientras espera a que la atiendan, cuenta las mesas ocupadas (quince). Inventariar el mundo le procura un conocimiento más preciso de la vida. Y cierto control.
Los camareros hormiguean entre las mesas con sus uniformes negros, aparecen y desaparecen cargados de platos y bandejas por unas puertas de vaivén. Por fin la atiende el maître, sumisamente jorobado, cadavéricamente lívido. La acomoda en una mesita –es el maître, no ella, quien lo dice así, en diminutivo y en castellano– junto a la de los tres hombres, pegada al ventanal que enmarca el paisaje abolido. Ramona se sienta dando la espalda al resto de las mesas; no quiere ver la pequeña multitud enojosa y alegre, ni la gran pintura de estilo próximo al realismo socialista que acapara la pared derecha y que muestra a unos entusiastas campesinos descansando, con una llanura al fondo, junto a unos campos dorados y prometedores; es un misterio por qué lo llaman realismo.
En su ángulo de visión, solo la mesa de Faust y la niebla, que, cuanto más la mira, más densa le parece. La observa. Gris, gris, gris. Recuerda esa vieja serie en la que, al atravesar la niebla, se accedía a una realidad paralela. En medio de toda la grisalla, tal vez ella se ha metido también en una realidad paralela.
El móvil emite una campanada grave. Es un whatsapp. Acabo de aterrizar!, le informa Greta, como siempre en inglés. Ramona duda si responder. Hmm..., no, no le apetece, y apaga el teléfono. El maître macilento enseguida le trae la carta y le hace una exégesis del funcionamiento de la media pensión. Ramona pide un tinto del Montsant.
Mientras consulta la carta, las voces de la mesa de al lado le llegan a ráfagas. Reunión, dicen, sensor piezométrico, tercera galería. Ella se decide por las croquetas de ibérico y el arroz de montaña con conejo. Se ha olvidado el libro en la habitación y, como no le apetece toquetear el móvil, las únicas opciones son abismarse en la grisura u observar a los tres hombres. El buñuelo está sentado de cara a ella. Tiene el cuello ancho. De toro. Decide bautizarlo como Brauli, porque le remite a toro en catalán: brau.
Le gusta poner nombres a los desconocidos, como si no fueran más que personajes en la novela de su vida. Brauli. Es un buen nombre. Por el cuello de toro, y por el diptongo: au. Un nombre con algo doloroso dentro. En el mundo real, los nombres casi nunca encajan con sus portadores: hay Maripaces que siempre están dando guerra; o ese miserable del instituto que se llamaba Máximo; la Divina de la carnicería: antipática, estrábica, deprimida. Nuestros nombres son parásitos que tenemos que alimentar toda la vida. Deberíamos cambiarnos el nombre al entrar en una nueva etapa, afirma a menudo en las sobremesas. Todo el mundo está de acuerdo (cuesta no estar de acuerdo con Ramona, siempre tan convincente y segura de sí misma) y enseguida comienza el debate sobre los posibles nombres de cada uno.
A Ramona le gusta llamarse Ramona. De niña, el nombre le quedaba grande y era un recordatorio constante de que no había nacido varón, como sus padres deseaban. Su hermana mayor lleva el nombre de la madre (Isabel), y a ella le tocó el del padre: Ramona. Con los años lo ha hecho suyo y ahora no se lo cambiaría ni loca. Las letras de Ramona contienen Roma y el mar, e incluso el amor, que es otra clase de mar que te embiste y te erosiona. Ramona es un nombre lleno de temporales que pueden ahogarte o arrastrarte hasta la playa y salvarte la vida. Brauli, en cambio, no tiene imperios ni mar ni amor.
Pero entonces el compañero calvo exclama demasiado fuerte (el vino ya empieza a subirles el volumen):
–Anda, Faust, ¡no me jodas!
Faust. Quizá es un nombre aún mejor que Brauli. Está preñado de extrañeza y evocaciones: pactos con el diablo, la arrogante proximidad fonética con fastuoso, el significado en alemán: puño. Y también esconde algo doloroso dentro. Au.
En ese momento, Faust se hurga en el bolsillo de la chaqueta y saca un frasco de colirio de la misma marca que el de Ramona. Qué gracia. Ella lo observa instilarse una gota en cada ojo. Es ahora cuando se fija en que Faust lleva una camiseta negra de manga larga. Como ella. Y unos vaqueros gastados. Como ella. Igual con la niebla ha entrado en el otro lado del espejo. Faust se ríe de un chiste del esmirriado, que Ramona no ha oído, y muestra su sonrisa domesticada con el calvario de los aparatos (las llagas, el mal aliento, los besos que se le pudrían dentro porque le daba asco su propia boca); a Ramona no le pusieron aparatos y los colmillos se le montan. Unos dientecitos tan blancos y bien puestos dan ganas de lamerlos, piensa ella; también las perlas se ocultan entre las valvas grotescas de las ostras.
Faust nota la mirada punzante de Ramona clavándosele en las carnes. No le gusta que se fijen en él. Preferiría ser invisible, pero su volumen se lo impide; como es bajito al menos no destaca, gracias a dios, no querría ser alto por nada del mundo: la gente alta como Ramona siempre tiene ojos encima vigilándola. Se amorra a la copa y da un gran trago de vino, cuando el cuerpo del camarero se interpone entre ellos para servir los primeros.
Ramona se abalanza sobre la media ración de croquetas (croquetitas). Se sirve más montsant. Sin darse cuenta ya ha vaciado media botella. De ahí debe de venirle el calorcito en la tripa, en el pecho, en las ideas; está llena de una niebla caliente. Ahora el rumor del comedor la serena, la arrulla como si fuera el crepitar de una chimenea que se inflama para combatir el frío que los acorrala tras los ventanales. Le da la impresión de que la niebla es aún más espesa, aún más cercana, que asedia el edificio para intentar colarse por los extractores de la cocina y las juntas de las ventanas. Que quiere borrarlos a todos.
En la mesa de al lado, Faust levanta un bracito –las extremidades cortas y rechonchas le dan un aire tragicómico– y le hace una señal al camarero para que traiga otra botella. Está intranquilo. No puede dejar de pensar en el teléfono abandonado en la oficina. Siempre tiene que haber alguien de guardia. ¿Y si pasa algo y no lo localizan? Así que devora ansioso la comida. Se acaba el pan de maíz. En los foros de obesos que visita a menudo, ha leído que hay que masticar mucho antes de tragar. Pero el móvil olvidado y el vino y Sugranyes que no para con el rollo del motocross. A Faust, el motocross se la refanfinfla. Y qué narices, que mañana es Navidad: a ver si por un día no podrá comer como le dé la gana. Mastica, traga, mastica, traga. Se ha convertido en una trituradora. Vuelve a levantar el bracito: más pan, más agua, más ansiolíticos calóricos, una de croquetas para compartir (le han dado envidia las de Ramona y teme quedarse con hambre). Y por dentro: no deberías atiborrarte, ¿de qué te quejas después si no paras de engullir como un ogro?, ¿qué te costaría masticar mejor?, cállate de una vez, Faust.
–¿Qué, cómo vas con tus cuadros? ¿Ya se te rifan los museos? –le pregunta el calvo.
Faust duda si contestar. Sospecha que todavía se pitorrean de su exposición en el ayuntamiento de hace nueve años. Se los imagina descojonándose a su costa. ¿Qué puede responder? Nota los ojos de Ramona. Se siente cohibido y a la vez, estúpidamente, quiere atraer su atención. No es que quiera tirarle los tejos; le infunde demasiado respeto, o incluso aprensión. Se siente como un humano insignificante observado por una titánide. No es sexo, es reverencia. Así que alza un poco la voz para que ella lo oiga, buscando ganarse su favor.
–Si pinto no es para hacerme rico, sino para hacerme feliz. ¿Me meto yo con tu motocross?
–¡Venga, ahora no te ofendas!
–Pero sí, la verdad es que voy bien con mis cuadros. Ahora estoy pintando uno que ocupa una pared entera, desde el techo hasta el suelo.
–¿Y no te cansarás de ver siempre lo mismo?
Y el esmirriado, que hasta ese momento casi no ha abierto la boca, se suma:
–¿Qué has pintado, una tía en pelotas? –Y estalla en una carcajada grosera, igual que el calvo.
–Agua. Pinto agua.
Faust piensa en los vídeos guarros que esos dos se mandan día sí día también (mamadas a tutiplén, un pastor alemán montando a una jadeante tetuda, enculamientos por sorpresa, etcétera: la tediosa retórica de la dominación). Él ya no los recibe; tuvo que suplicarles durante semanas para que dejaran de mandárselos. Se compadece del hijo del esmirriado, que se criará con un padre así, un padre con una máscara de ternura que a media mañana le regatea mamadas a la prostituta de la curva.
–Estás como una chota, jefe.
–Vaya que sí –interviene el calvo–. ¿No te basta con el agua que ves todo el santo día?
Pero ya llegan los segundos; para Ramona, el mismo arroz especiado (arrocito) que Faust se ha zampado de primero. Y sumidos en la nebulosa del alcohol, se despeñan por los minutos, ruedan cuesta abajo con los estómagos dilatados, llenos de jugos gástricos y comida triturada teñida del carmesí del vino, todo girando como el tambor de una lavadora, ruedan y ruedan hasta los postres, un gran bol de espuma de crema catalana para cada uno, que se añade al bombo estomacal, y el camarero ya trae cafés y copas a la mesa de los hombres. Brindan, colorados, y el calvo vocifera:
–¡Joder, Faust, antes de irte márcate el discurso de Stallone!
–No, el otro, el de Al Pacino –se mete el esmirriado.
–Pero bueno, ¡sois la leche! ¿Otra vez? –les dice para hacerse de rogar, pero los otros dos, venga, tío, haznos ese regalo de Navidad, y él acaba cediendo. Entonces, Ramona observa fascinada cómo se le transfigura la cara; ahora tiene los rasgos más angulosos y se le ha endurecido la mirada. Faust clava los ojos en el calvo y dice con voz solemne–: El mundo no es todo alegría y color. Es un lugar terrible, y, por muy duro que seas, es capaz de arrodillarte a golpes y tenerte sometido permanentemente si no se lo impides. Ni tú ni yo ni nadie golpea más fuerte que la vida, pero no importa lo fuerte que golpeas, sino lo fuerte que pueden golpearte. Y lo aguantas mientras avanzas. Hay que soportar sin dejar de... –A Faust se le escapa la risa y se detiene.
–Tío, deberías ser actor –le dice el canijo–. ¡Es que incluso te cambia la cara!
Y los dos ya se levantan para marcharse. Que feliz Navidad y feliz año nuevo y nos vemos el lunes. Eso vosotros, que yo no vuelvo hasta el año que viene, dice el calvo. Son las cuatro pasadas.
Faust se queda solo. Tiene otra vez la expresión afable de antes. Después de pagar, mientras revisa la cuenta, se le acerca una pareja. Ramona observa cómo se saludan con la farsa de quienes apenas se conocen: apretón de manos firme para el hombre, dos besos que sobrevuelan las mejillas para la mujer, sonrisas de cristal, todo ejecutado con el típico afán humano de hacerse pasar por una persona normal y agradable a cualquier precio, el afán de disimular las pequeñas taras con las que todos cargamos; la farsa en la que los comoestás no son una pregunta, sino el santo y seña de las apariencias. Ramona no oye qué dice el recién llegado, una caricatura de hombre: testa bulboide, napia gibosa como planchada e inmensa sonrisa con incisivos de castor. A veces la gente parece genuinamente feliz.
Cuando se dispone a salir a fumar, los desconocidos se despiden de Faust y se van. Ella apura la copa (la botella está vacía) y entonces ve cómo lo hace: Faust se pone la chaqueta, se guarda la cuenta y, al pasar junto a la mesa de atrás, ya sin comensales, birla la trufa de chocolate que ha quedado abandonada en un platito y se la mete en la boca. Mira a ambos lados, buscando posibles testigos del hurto, y se encuentra con los pozos de petróleo de Ramona y la sonrisa vampírica de Ramona y la sorna o la empatía, o ambas cosas a la vez, de Ramona y el metro ochenta de Ramona y todos los ángulos y los pinchos y los aguijones de Ramona. Por eso se apresura hacia la puerta con un aire chaplinesco: las piernas cortas, los pasitos rápidos, las mangas holgadas de la chaqueta.
Ella sale a la terraza y se lía un cigarrillo con los dedos de alambre. Enseguida aparece Faust por la puerta principal y se mete en un todoterreno de la Agencia Catalana del Agua. Ramona no le quita ojo. Enciende el cigarrillo y, mientras el humo apestoso le ennegrece los pulmones, Faust maniobra con el coche y mira una última vez a la viajera ante el mar de niebla.
La grisalla se traga el todoterreno sin masticar. Tardarán seis meses en hablar por primera vez.
Después de doce caladas, Ramona aplasta la colilla con la punta de la zapatilla y entra en el comedor para firmar la cuenta que le han dejado sobre la mesa. Estampa una firma grande y llena de volutas, el borrador de una orquídea. Coge su bolsa raída y sale del comedor.
A veces un hecho incidental, una coincidencia fugaz y sin palabras, puede cambiar la trayectoria de un mundo. O de dos.
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