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Empieza a leer 'Los figurantes' de Delphine de Vigan
PRÓLOGO
Con las luces de la sala todavía encendidas, el superayudante entra en escena equipado con un walkie-talkie.
Su presencia en el proscenio, de cara al público, induce a la sala a guardar silencio gradualmente.
EL SUPERAYUDANTE. ¡Por favor! ¡Por favor! Tengo una cosa importante que deciros.
Espera a que el silencio sea absoluto.
EL SUPERAYUDANTE. Buenos días a todas y a todos, me llamo Jean-Philippe, soy el superayudante y os voy a explicar lo que vais a hacer y cómo va a ir la cosa... Tenemos por delante un largo día de rodaje y sois bastantes figurantes hoy, así que os pido que prestéis mucha atención a las instrucciones. Para que os hagáis una idea de la escena que vamos a rodar: estamos en un teatro y vosotros sois los espectadores de una obra contemporánea. De modo que vais a observar el escenario como si estuviera sucediendo algo. Es probable que os acabe dando indicaciones más precisas, pero tenéis que dirigir la mirada hacia un punto situado más o menos entre aquí... y aquí. (Pausa.) Podéis tomar esto (señala un punto) y esto (ídem) como referencia. ¿Entendido todo el mundo? Cuidado con los móviles, que por mucho que insistamos siempre suena alguno cuando estamos rodando. Si lo lleváis encima, ponedlo en modo avión, no en silencio, gracias. Y también os agradecería que no hicierais fotos a los actores. ¿Alguna duda?
Durante varios segundos, observa la sala.
EL SUPERAYUDANTE. Muy bien, pues voy a hacer unos pequeños cambios de ubicación, si me lo permitís, por un tema de verosimilitud. Caballero, si no le importa ceder su asiento a la señora y ocupar el de ella, simplemente intercambiarse el uno con la otra...
El superayudante reubica realmente a una o dos personas que ha visto que venían juntas.
EL SUPERAYUDANTE. Y usted, señora, si puede intercambiar su sitio con su vecino de la izquierda, así será más... realista. Eso es. Muchas gracias. La idea es que parezca que usted, caballero, ha venido con la señora, ¿estamos? Gracias. El superayudante observa la sala unos instantes más.
EL SUPERAYUDANTE. ¿Todo el mundo ha traído ropa de recambio para la escena de la discoteca? Perfecto. Ya estamos casi listos. En cuanto pueda, vuelvo y os digo lo que vamos a hacer. Por favor, quedaos en vuestro sitio. Que no se mueva nadie, ¿entendido?
Una voz surge de la primera fila.
NORA. No vamos a salir volando...
El superayudante se va, sin prestar atención al comentario.
Fundido a negro.
ACTO PRIMERO
Esperar
ESCENA I
Vuelve la luz al escenario. Descubrimos una estancia espaciosa. Podría ser la sala de espera de un médico, de un dentista... o el vestuario de un gimnasio. Hay numerosas prendas de ropa colgadas en las perchas y bolsos dejados directamente en el suelo. En una mesa se distinguen dos o tres termos de café, varios tetrabriks de zumo de naranja de marca blanca, vasos de cartón y envoltorios de bizcochos industriales empezados.
Sentados en sillas de plástico, Orso y Cécile están más o menos uno enfrente de la otra.
Orso lleva vaqueros y camiseta, Cécile va vestida de pies a cabeza de footinguera: mallas, camiseta de tirantes, cinta, zapatillas...
Orso lee un libro, mientras Cécile lo observa sin disimulo.
Ante la insistencia de su mirada, Orso acaba levantando la cabeza.
CÉCILE. Nos hemos visto antes, ¿verdad?
ORSO. Eh..., sí, es posible...
CÉCILE. ¿Un hombre esquivo?
ORSO. ¿Esquivo? Tampoco es para tanto...
CÉCILE. ¿El que la persigue la consigue?
ORSO. En contadas ocasiones...
CÉCILE. ¿Siempre tienes sueño?
ORSO. ¡No, en absoluto!
CÉCILE. ¡A corazón abierto!
ORSO. Ah, sí, en esa sí que participé...
CÉCILE. La escena en urgencias, en Villeneuve-SaintGeorges.
ORSO. ¿De verdad? Éramos tantos...
CÉCILE. Me llamo Cécile.
ORSO. Orso.
Orso intenta seguir con la lectura del libro.
CÉCILE. No me avisaron hasta ayer por la tarde...
ORSO. Ya, a mí tampoco.
CÉCILE. Es un poco raro, ¿no?
ORSO. No... Habrán cambiado el plan de rodaje. O habrán tenido casos de covid.
Orso retoma la lectura, pero Cécile vuelve a interrumpirlo.
CÉCILE. ¿Has firmado al llegar?
ORSO. Sí, sí...
CÉCILE. Yo también.
ORSO. Muy bien...
Pausa.
CÉCILE. He tenido que pedirle prestada la ropa a mi vecina, porque no he corrido en mi vida..., o sea, quiero decir, corrido porque sí, sin que nadie me persiguiera...
Orso asiente por cortesía, evitando sin embargo dar pábulo a la conversación.
CÉCILE. ¿Sabes si estamos en invierno o en verano?
ORSO. Ni idea.
CÉCILE. ¿Y sabes si todo es en interior?
ORSO. No, Cécile, no lo sé.
Se hace el silencio por un instante. Orso vuelve de nuevo al libro.
CÉCILE. ¿Has oído hablar del síndrome del acento extranjero?
ORSO. No me suena de nada.
CÉCILE. Personas que se despiertan un buen día y empiezan a hablar con acento inglés, francés o chino... De la noche a la mañana. A menudo tras sufrir un accidente o una lesión cerebral. Algo se les funde o se les cortocircuita en el cerebro. Hay medio centenar de casos diagnosticados en todo el mundo. Por ejemplo, una francesa que se puso a hablar con acento inglés tras ser operada de amígdalas.
ORSO. Mira tú...
CÉCILE. (Entusiasmada.) Hay quien cree que no es más que una alteración del habla y hay quien cree que se trata realmente de un acento.
ORSO. Ajá...
Justo entonces, una mujer joven asoma la cabeza por la puerta. Habla con marcado acento inglés.
JOYCE. ¿Es aquí donde hay que esperar para el figuración?
Cécile y Orso intercambian una mirada.
CÉCILE Y ORSO. Sí, sí.
Joyce entra y elige una silla. A continuación saca el móvil, alarga el brazo en modo selfi y adopta distintas poses ante el objetivo. Un sonido indica que envía la foto a alguien o que la sube a Instagram.
CÉCILE. ¿Eres inglesa?
JOYCE. No, en realidad no. Provengo de Le Havre, en Normandía, ya tú sabes.
CÉCILE. Pero... tu lugar de nacimiento, o sea, quiero decir..., tú eres de origen anglosajón, ¿no?
JOYCE. Not really. Me estoy entrenando para un casting que debo hacerlo dentro de unos pocos días, por un papel de una estudiante que proviene de Australia..., así que, para poner el máximo de probabilidades de mi parto, he dicho que soy medio australiana y que vivo después de poco en Francia.
CÉCILE. (Sinceramente impresionada.) Lo haces muy bien.
ORSO. Precisamente estábamos hablando de acentos cuando has entrado.
CÉCILE. ¡Las sincronicidades! Si nos paramos a pensarlo, es alucinante.
JOYCE. ¿Las qué?
CÉCILE. Las sincronicidades. Esas coincidencias que... ¿Lo preguntas en serio o forma parte del personaje?
JOYCE. No, no, lo digo en serio, no conocía ese palabro.
CÉCILE. Es el suceso simultáneo de dos acontecimientos, en ocasiones más, que no presentan a priori ninguna relación de causalidad entre ellos, pero cuya asociación hace que cobren sentido.
ORSO. ¿Y cuál es el sentido... en esta ocasión?
CÉCILE. Seguro que más tarde lo descubriremos...
JOYCE. ¿Pero eso pasa en la real vida o en el cine?
CÉCILE. En la vida.
Entra un hombre de edad avanzada, vestido con traje de tres piezas color crema, camisa roja y zapatos bicolor. Se trata de Bruno.
Los demás observan su aspecto, visiblemente perplejos.
Se oye a la figurinista entre bambalinas.
LA FIGURINISTA. (En off.) ¡Siguiente!
Se miran los unos a los otros, dubitativos.
LA FIGURINISTA. (Entrando en escena.) Solo falta que os tenga que venir a buscar y llevaros de la mano... ¡Venid a verme por orden de llegada! Os han dado un número de vestuario, ¿verdad?
JOYCE. Pues no...
LA FIGURINISTA. ¿No te citaron la semana pasada para una prueba?
JOYCE. En absoluto...
ORSO. A mí tampoco, me avisaron ayer por la noche.
CÉCILE. A mí también me avisaron ayer y me pidieron que viniese con esta ropa.
LA FIGURINISTA. (Desquiciada.) No puede ser... Empezamos bien... Si esto sigue así, me va a dar algo... Venga, el siguiente.
Sale tal como ha entrado. Orso va tras ella.
BRUNO. No sé si acaban de irme bien estos zapatos... Espero que no tengamos que estar todo el día de pie. El otro día me dieron unos botines demasiado pequeños, no me atreví a decir nada y tuve ampollas toda la semana.
Bruno da una vuelta por el escenario, haciendo molinetes con los brazos, flexionando las rodillas, probando la flexibilidad de los zapatos.
JOYCE. ¿Sabéis quién es el título de la película?
BRUNO. Creo que es una historia ambientada en el mundo empresarial... (Se señala a sí mismo.) De ahí mi traje de alto ejecutivo.
JOYCE. Yo diría más bien del mafia italiana, ¿no?
BRUNO. (Desconcertado.) Ah...
JOYCE. Espero que la figurinista no va a mandarme para casa porque no tengo número...
BRUNO. Claro que no. ¿Es tu primera figuración?
JOYCE. La segunda...
BRUNO. ¿Eres actriz?
JOYCE. Sí.
BRUNO. No te preocupes, algo te encontrarán.
JOYCE. Si lo habría sabido, hubiera traído un vestido muy bonito.
BRUNO. (Sin maldad, pero algo paternalista.) Supongo que no pensarás que el gran director va a verte en el combo y va a exclamar: «Dios mío, pero ¿quién es esa sublime y misteriosa criatura que está detrás del gran actor?».
JOYCE. No, no, yo no pienso eso.
BRUNO. Porque eso nunca pasa. Tenemos que tenerlo claro. Yo a los jóvenes les digo: si queréis hacer horas para poder cotizar, muy bien, aquí hay sitio para todos, pero no esperéis un milagro.
JOYCE. ¿Y usted?, ¿usted es actor?
BRUNO. Oye, en el mundo del cine nos tuteamos. Y no, no exactamente... Yo soy antes que nada figurante. A mí lo que me gusta es... (busca la palabra)... estar aquí... Se oyen gritos a lo lejos, procedentes de otra sala o de un pasillo.
JOYCE. ¿Y usted..., perdón, tú... haces muchos figuraciones?
BRUNO. Entre cincuenta y sesenta al año... Pero no me privo de nada. En cuanto tengo dos minutos, allá que voy: Facebook, Insta, páginas webs, hay que apuntarse en todas partes. Enviar fotos, responder a todo. Ahora hay un montón de series, no pagan tan bien pero cogen a mucha gente.
JOYCE. Ah, ya...
BRUNO. (Desatado.) Desde hace dos años, no sé qué pasa, que la guerra se ha puesto de moda. Es de locos... He estado en la Primera Guerra Mundial, en la movilización, en la desmovilización, en las trincheras, en los búnkeres, en la Segunda Guerra Mundial, en Irak, en las guerras napoleónicas, he disparado un cañón en el campo de batalla, hasta he decapitado a María Antonieta. O sea..., no yo directamente, yo iba de guardia republicano y a ella la llevaban en una carreta, el verdugo la conducía al cadalso y yo me encargaba de contener a la muchedumbre.
JOYCE. Bien hecho...
BRUNO. Yo lo que te aconsejo es que te lleves bien con las jefas de figuración, así te tendrán en cuenta cuando sean varios días. Porque lo ideal es ser recurrente. Mira, hace poco me tocó hacer de empleado en una de esas oficinas en las que están todos los trabajadores en un mismo espacio. Y como había un montón de escenas de oficina, me llamaron seis días seguidos. Lo que también me encanta son las bodas. Un buen bodorrio, si tienes la suerte de estar en la mesa de los vecinos o en la de las tías abuelas, pueden ser hasta tres días. A mí la última vez me tocó en la mesa de los novios con Franck Dubosc, eso sí que fue la bomba. Encima el tío es supersimpático, saluda a todo el mundo, no para de hacer bromas... y, la verdad..., no todos son así, ya te lo digo yo..., no sabes la cantidad de actores que ni te miran a la cara, por mucho que te pases toda la tarde a tres centímetros de ellos.
JOYCE. A lo mejor es que están concentrados...
Orso vuelve a entrar vestido con un pijama vintage, muy elegante, y cierta expresión de perplejidad.
ORSO. (A Joyce.) Te toca.
Joyce se levanta y sale.
Los otros tres se observan, intentando encontrar algún nexo de unión entre los diferentes atuendos...
BRUNO. (Señalando la ropa que hay a su alrededor.) Me pregunto de qué irán disfrazados los demás...
CÉCILE. ¿Dónde están, a todo esto?
Un breve silencio introspectivo.
CÉCILE. (A Orso, en alusión al pijama.) La verdad es que da el pego.
ORSO. ¿De viejo verde?
CÉCILE. ¡Al menos no tendrás la tentación de llevártelo!
BRUNO. Tú ríete, pero parece que algunos lo hacen... Como los que arrasan con el catering como si no hubiese un mañana. Esos que se llenan los bolsillos de yogures y madalenas..., es que de verdad...
ORSO. (Irónicamente.) Qué horror.
CÉCILE. Pues yo el otro día estuve a punto de irme con un vestido. Un vestido de verano, de color rojo, muy sencillo y holgado, que me quedaba la mar de bien. Realmente bonito. La escena pasaba en un castillo, se me ha olvidado el título de la película.
BRUNO. Fue en Los peldaños interminables, hace dos o tres meses, en los jardines del Elíseo, durante la garden party.
CÉCILE. Nos habían dado el vestuario por la mañana, de cualquier manera, sin número ni nada. Al ir a devolver el vestido, me entró la duda. Tenía la sensación de que era un vestido mágico, con un poder especial. La impresión de que con él podría recuperar la fuerza, el valor, el ánimo, sentía todo eso y la suavidad de la tela, que pedía que la acariciaran. Era tan fácil como ponerme el abrigo y marcharme. Sin embargo, colgué el vestido de la percha y lo devolví, como una niña buena que renuncia a un disfraz de princesa que no le pertenece.
Mientras habla, Orso la observa atentamente.
BRUNO. Ahora que lo dices, vete tú a saber si los lavan de un rodaje a otro...
ORSO. (A Cécile.) ¿Te arrepientes?
CÉCILE. Sí. Es extraño, pero como que lo echo de menos.
ORSO. No hace mucho participé en una gran producción, con vestuario de los años cuarenta. Al terminar el rodaje, como éramos tantos, la jefa de figuración nos pidió que hiciéramos una fila para firmar la hoja de asistencia y nos fuéramos desvistiendo al mismo tiempo, para que la figurinista pudiese recuperar la ropa. Y yo que me digo: se están pasando de la raya, ni que estuviésemos en la mili. Así que protesto y la tipa me dice que es para ganar tiempo, y veo que los demás obedecen sin rechistar y empiezan a despelotarse en fila india y a quedarse en gayumbos en mitad del pasillo. Y entonces sí que me digo: ah, no. Por ahí no paso. Y me vuelvo a la sala de figuración y me cambio tranquilamente en una esquina, pero me dejo el chaleco debajo del jersey. Doblo las demás prendas y vuelvo a la fila. Cuando llega mi turno, devuelvo la ropa, bien dobladita, y le sonrío a la figurinista.
CÉCILE. ¿Y te lo pones?
ORSO. Muy poco. Pero lo guardo como si fuera un trofeo.
CÉCILE. (A Orso.) ¿Tú eres actor?
ORSO. Lo he sido...
CÉCILE. ¿Y qué pasó?
ORSO. Pasó que lo dejé.
Se hace un silencio que ni Cécile ni Bruno se atreven a romper.
De pronto, Joyce regresa enfundada en un vestido largo y encaramada a unos zapatos de tacón alto. Los demás se quedan mirándola.
CÉCILE. Qué bien, te sientan estupendamente.
JOYCE. No acabo de ver el relación entre nosotros.
BRUNO. En efecto...
ORSO. Siento curiosidad por leer el guion.
Joyce se hace fotos con el vestido desde diferentes ángulos, y luego una serie de leves sonidos indica que está enviando las imágenes.
JOYCE. Parece que el grande director va a escoger a alguien para una papelita.
BRUNO. ¿Quién te ha dicho eso?
JOYCE. Una persona del equipo con la que me cruzo antes. Una ayudante del ayudante.
BRUNO. ¿¿¡¡Un PAPELITO!!??
JOYCE. Sí.
Bruno se muestra súbitamente excitado.
BRUNO. ¿Sabes lo que eso significa? (No espera la respuesta.) ¡Un papelito son por lo menos cinco frases! ¿No te ha dicho nada más?
JOYCE. No.
BRUNO. Se lo preguntaremos a la jefa de figuración cuando venga a vernos.
Pausa.
JOYCE. Espero que vamos a rodar pronto...
ORSO. Bueno, ya sabes que este oficio consiste en esperar.
JOYCE. ¿Hasta ese punto?
ORSO. Ya lo verás...
JOYCE. Pero ¿qué hacemos mientras esperamos?
ORSO. Releer a Beckett.
BRUNO. La jefa de figuración me ha dicho que no tardará en venir a vernos...
ORSO. A veces te tiras el día esperando y no pasa nada.
JOYCE. ¿Eso ocurre?
Oscuro.
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Traducción de Pablo Martín Sánchez
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