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Empieza a leer 'Los castellanos' de Jordi Puntí
Los llamábamos els castellans, los castellanos. Pero la mayoría de los niños ni siquiera eran hijos de castellanos. Sus padres habían llegado del sur –de Andalucía, de Murcia, de Extremadura–, habían llegado cuando eran jóvenes, en los años sesenta, habían llegado cargados con unas maletas de cartón, fardos repletos de ropa, misteriosas cajas atadas con un cordel y magulladas por el viaje.
–No tiran nada –decían algunos cuando los veían cargados con tanto bulto–, son como traperos, llevan la casa encima.
Se decía que todos llegaban desde los mismos pueblos, o de la misma región, como si se hubiera corrido la voz y quisieran hacerse compañía en esa aventura. Algunos incluso eran parientes.
–Todos son parientes entre ellos.
También había abuelas y abuelos que habían decidido seguir a sus hijos, ¿qué haría yo sola en el pueblo? Los veías vestidos siempre con ropa oscura, negra, la piel tostada y reseca, una boina o un pañuelo en la cabeza. A media tarde paseaban por sus nuevas calles como desorientados. Iban a buscar a sus nietos a la salida del colegio. Si por casualidad se cruzaban con alguien de su pueblo, el rostro se les iluminaba de alegría y se paraban a charlar un rato. Repasaban la vida de sus hijos, se contaban las enfermedades, criticaban el último escándalo de allá en el pueblo: si el cuñado de tal finalmente había vuelto, o si tal otro se había puesto a trabajar por su cuenta.
Es fácil de entender. Como nos la habían inculcado desde niños, nos dominaba esa lógica primaria: todos los que no eran catalanes, eran castellanos.
Sus nietos. También los llamábamos «los castellanos», aunque la mayoría ya había nacido en el mismo pueblo que nosotros. Si ahora buscara un retrato de mi primera comunión, en la parroquia de Sant Pau, los encontraría allí a todos, vería sus caras simulando una mueca impostada de santidad –como la mía, vamos–. Crecí con ellos. Fuimos juntos a catequesis. En algún cajón olvidado de mi casa todavía estarán esos recordatorios de la primera comunión. Tienen un nombre. Se han quedado en mi memoria todos estos años. Podría pasar lista. Al pronunciar algunos apellidos, puede que todavía me salieran con esa cantinela despiadada de cuando jugábamos entonces, tan de sheriff, tan de película del sábado por la tarde en la tele. Cosas de niños: indios y vaqueros, ladrones y policías, buenos y malos, catalanes y castellanos. El Barça triomfant y el Madrid podrit.
Hablo de los años setenta en un municipio fabril, con mercado los lunes, fábricas al lado de un río caudaloso y canal industrial, trabajadores en los tres turnos, domingos de tortell y sardanas en la plaza mayor. En verano las casas se achicharraban al sol, en invierno se desdibujaban en la niebla húmeda. Una parte de mi infancia –la parte más indócil– transcurrió fuera de mi casa, en las calles a medio asfaltar del pueblo, en los descampados que delimitaban las afueras, en las balsas y estanques de las masías. Salíamos de la escuela y entrábamos en la calle. Volvíamos a casa caminando y, cuando íbamos solos, sin que nos acompañaran los adultos, nos desviábamos por rutas más emocionantes. La fábrica del tripero, con esa peste insoportable. La granja del Verdaguer, donde la gente iba a comprar la leche recién ordeñada. El caserón de los gitanos, que estaba al lado del hospital y que espiábamos siempre desde una distancia prudencial. Cuando llegaba el buen tiempo, en verano, comíamos en un santiamén y nos montábamos en la bicicleta. Con esos mismos decorados de fondo, podríamos decir que mis días corrían paralelos a los días de los niños castellanos. Quiero decir físicamente: nos ignorábamos por la calle, nos mirábamos de reojo, nos insultábamos cuando ya estábamos más lejos y nos tirábamos piedras en el campo de batalla.
Teníamos diez, once, doce años. Esa edad en que la ficción y la realidad se confunden (porque la infancia es una ficción). Cuando nos peleábamos, o simplemente nos amenazábamos los unos a los otros, todos, castellanos y catalanes, vivíamos en una ficción que nos parecía muy real. Una idea nos ardía en el subconsciente: «Lo hacemos para que no tengan que hacerlo nuestros padres; ellos estarían de acuerdo, por eso no nos regañarán». Y es cierto, no era ningún disparate pensarlo así: casi nunca nos regañaban.
Ahora tengo ganas de revivir esa ficción infantil que nos dominaba a todos. Sin manías ni compasiones, sin intentar justificar nada. Hoy en día, en la pequeña ciudad industrial, todas las calles están ya asfaltadas y llenas de coches. Hay que alejarse mucho para encontrar descampados donde jugar. La gran mayoría de las fábricas ha cerrado. En los pisos donde vivían los castellanos están otras personas. En cada balcón se ve una parabólica, y mucha ropa tendida, y armatostes que no caben en ninguna otra parte. Actualmente, algunos de estos edificios se caen a trozos –como si hubieran sufrido una guerra balcánica– y los planes urbanísticos prevén que dentro de unos años los derribarán, cuando hayan podido alojar a todos sus habitantes en pisos de protección oficial. Ahora la gente dice «los sudacas», «los moros», «los negros», «los chinos». Miro hacia atrás, treinta años atrás, y pienso que el pasado funciona siempre como un ensayo general del presente. Pero no sirve de nada, no se aprende nada: la función busca nuevos argumentos cada día.
También decíamos «los charnegos», claro. Aún no sabíamos lo que significaba esa palabra. La habíamos aprendido porque sí y salía de nuestros labios con un deje exótico que nos gustaba. Kriptonita, comanche, fitipaldi, cañardo, charnego. La guardábamos para los momentos especiales.
–¡Venid aquí, charnegos, más que charnegos! –les ladrábamos desde la distancia, con los dedos acalambrados por la fuerza con que agarrábamos las piedras–. Són uns xarnegos acabats.
Su respuesta no se hacía esperar, pero era más directa y silenciosa. De repente los veíamos coger carrerilla y mover el brazo, a latigazos, uno tras otro, y unos segundos más tarde nos llegaban las pedradas. Estallaban a nuestro lado y levantaban la polvareda de una bala perdida. Había veces que no sabíamos esquivarlas, o rebotaban sin ton ni son y nos daban en la espalda o en las piernas. Nosotros hacíamos como si nada, solo faltaría. Nos frotábamos el escozor con disimulo, como si así pudiéramos detener el moratón que nos saldría. Su reacción alimentaba nuestra rabia. Si mostrábamos la intención de acercarnos a los castellanos, embravecidos, ellos retrocedían diez metros. Si de pronto eran ellos los que sacaban pecho y avanzaban un poco, espoleados por su capitoste de turno, nosotros nos batíamos en retirada. Los días en que no había clase, este tira y afloja podía durar toda la tarde, hasta que uno de los dos bandos desistía porque ya era la hora de la cena (y ellos cenaban más tarde). Entonces nos replegábamos a nuestro territorio.
El territorio, claro. Habría que esbozar un mapa como esos que dibujábamos en la tierra cuando planeábamos tácticas de ataque demasiado fantasiosas. El campo de batalla era un terreno rectangular y sin mucho desnivel, amplio como unos tres campos de fútbol, pongamos, que separaba dos núcleos de casas. Entonces ni siquiera podía hablarse de barrio, entendido de manera oficial; las calles no estaban asfaltadas y las casas crecían como setas, una aquí y otra allá. Hoy en día, en cambio, todo eso forma parte del mismo barrio y en el lugar del descampado se alzan el mercado municipal, un parque con flores donde está prohibido jugar al fútbol y más viviendas que le dan un aire medio residencial.
En la zona de los castellanos, el territorio quedaba delimitado por unos bloques de pisos de una altura desproporcionada –como una anomalía urbana, una elefantiasis que había invadido el perfil todavía rural del pueblo–, unas escuelas nacionales pintadas de un blanco nuclear y una iglesia moderna, podríamos llamarla hippy, con vidrieras de arabescos cubistas, sacerdote con vaqueros y un Cristo minimalista. El otro lado del no-barrio –nuestro lado– lo vertebraba una calle principal a medio urbanizar que unos campos de trigo y cebada cortaban en seco. Entonces no lo sabíamos, pero esos campos tenían los días contados. En un extremo, un ejército de árboles junto a un torrente marcaba la entrada al campo de batalla. En el otro, un poco más allá, dos hileras de casas adosadas –las casas baratas– que querían ejemplificar el progreso laboral del municipio.
Hay que suponer que el descampado nos atraía a todos porque era tierra de nadie. Las lluvias dejaban allí unos charcos perpetuos, de aguas verdosas, donde vivían unos renacuajos y ranas que servían a nuestra crueldad. De vez en cuando la brigada municipal de construcción venía para tirar escombros o dejaba montículos de arena que había sobrado de alguna obra pública. Con la tierra removida, las piedras (nuestra munición) y los restos de los ladrillos y las tejas trazábamos circuitos para hacer bicicrós. Cuando nos íbamos, enterrábamos vidrios rotos frente a algún montoncito de tierra, justo donde iba a caer la rueda de la bici al saltar, por si a los castellanos se les ocurría ocupar el circuito en nuestra ausencia. Ellos hacían lo mismo, eran gestos absurdos que nos llenaban de vanagloria, pero nunca ocurría ninguna desgracia. Bastaba con estar al acecho.
También había días en que la convivencia era posible durante un buen rato. Cada grupo se movía en una parte del descampado, la que quedaba más cerca de sus casas. Jugábamos al fútbol, hacíamos volar cometas, vagábamos entre los escombros buscando fósiles de cuando todo eso era mar (nunca encontramos ninguno, pero nos los inventábamos). Mientras íbamos de aquí para allá, seguíamos de reojo lo que tramaban los castellanos. Si de pronto notábamos algún movimiento extraño –una pequeña invasión de nuestro territorio– o si oíamos cómo gritaban porque se lo estaban pasando en grande, desde la distancia les dábamos a entender que nos molestaba esa provocación. Ellos, igual. La cuerda se tensaba. Esperábamos una señal, a ver quién era el primero que se agachaba para coger una piedra.
Un día, por ejemplo, el semanario comarcal publicó la noticia de que el jueves al atardecer mucha gente había visto lo que parecía ser un ovni. Todos los testimonios lo describían como una estela de colores intensos que había cruzado el cielo de mi pueblo a gran velocidad. El sábado por la mañana nos dedicamos a buscar las huellas del platillo volante (que en nuestra imaginación tenía las dimensiones del Halcón Milenario, la nave espacial en forma de cruasán de Han Solo). El más fantasioso de la pandilla nos había convencido de que el descampado reunía las condiciones ideales para funcionar como pista de aterrizaje. Éramos seis o siete y nos separamos para buscar indicios. Recogíamos piezas de hierro oxidado, trozos de plástico quemado, pedruscos de formas enigmáticas. La diversión consistía en descifrar el sentido de esas reliquias. Si alguien daba con el surco sospechoso de una rueda, llamaba a los otros con una emoción de explorador y todos corríamos a ver de qué se trataba. Rodeábamos las huellas que había en el suelo y alguien las medía. Llegó un punto en que el ovni ya nos daba exactamente igual, pero seguíamos con el juego porque nos estimulaba la inquietud de los castellanos. A unos cien metros, no dejaban de levantar la cabeza y seguir nuestros movimientos. Notábamos sus ojos en la nuca y nosotros nos recreábamos en el asunto: gesticulábamos, arrancábamos hierbajos y los lanzábamos al viento, asentíamos mirando al cielo. «Están mirando, están mirando», decíamos en voz baja. De repente simulamos que medíamos la longitud de la nave y, partiendo de un punto central, cada uno se movió en una dirección diferente. Dábamos grandes zancadas. Entonces uno de los nuestros fue más lejos y cruzó a propósito hacia su territorio. No había dado tres pasos cuando una piedra cayó frente a sus pies. Levantó la vista, retrocedió hacia donde estábamos nosotros y ya estaba liada. Mientras buscábamos las mejores municiones y se las tirábamos, gritábamos:
–¡Que la Fuerza nos acompañe!
–¡Necesito un torpedo de protones!
–¡Whaaaarrrg! –imitábamos los aullidos de Chewbacca.
No sé si los castellanos se dieron cuenta, pero esa tarde fueron durante un buen rato el ejército invasor de Darth Vader en plena guerra de las galaxias.
En los márgenes del campo de batalla, entre los hierbajos que crecían salvajes y los montones de escombros, la gente tiraba desechos, basura, trastos. Una butaca estropeada, una estufa inservible, una batería de coche, unos neumáticos, botes de pintura seca, ese tipo de cosas. Los primeros en descubrirlo tenían el derecho de explotación, digamos. Un día de suerte encontramos una maleta negra. Era vieja y descolorida, de piel de imitación, con el asidero roto, fea. Alguien la había tirado entre unos matorrales de ortigas. Nos atrajo sobre todo porque estaba cerrada. Conseguimos recuperarla e intentamos abrirla una y otra vez, pero se nos resistía. Al final hicimos saltar las dos cerraduras a pedradas. Al instante nos envolvió un hedor insoportable, pero la curiosidad podía más y ayudados de un palo largo, con cara de asco, abrimos la maleta a distancia.
Dentro había unas hojas de periódico arrugadas y cinco gatitos muertos, recién nacidos.
De la impresión dimos todos un paso atrás y observamos en silencio la escena.
–Esto es cosa de los castellanos –dijo uno de los nuestros.
–No –respondió otro–. Los castellanos no tiran nada. Estas cosas solo las hacen los gitanos.
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