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Empieza a leer 'Lo que podemos saber' de Ian McEwan

09/09/2026

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El 20 de mayo de 2119 tomé el ferri nocturno desde el puerto de Marlborough y llegué a media tarde al pequeño muelle cerca de Maentwrog-under-Sea por el que se accede a la Biblioteca Bodleiana de Snowdonia. Hacía un día de primavera cálido y tranquilo y la travesía había sido apacible, aunque, como termina descubriendo todo el mundo, dormir sentado en un banco de listones de madera es un suplicio. Ascendí tres kilómetros por un pintoresco sendero hacia el funicular accionado por el agua y la gravedad. Se unieron a mí cuatro usuarios de la biblioteca y charlamos mientras nos desplazábamos unos trescientos metros montaña arriba en la chirriante cabina de roble pulido. Cené solo en el comedor de la biblioteca y luego telefoneé a mi amiga y colega Rose Church para hacerle saber que había llegado sin incidencias. Esa noche dormí bien en la celda que era mi cuarto. No me importó, como ocurriera en mi primera visita, compartir el cuarto de baño con otros siete.

Después de desayunar, uno de los archivistas auxiliares, Donald Drummond, me acompañó a mi mesa de estudio. Su ámbito incluía mi periodo, de 1990 a 2030, y estaba muy interesado en mi tema, conocido por el inadecuado nombre de la Segunda Cena Inmortal, y su famoso poema perdido, «Una Corona para Vivien» de Francis Blundy. Era útil contar con alguien que fuera a buscar una cosa y otra de las estanterías, pero los modales bienintencionados de Drummond, su costumbre de interrumpirse a media frase después de palabras menores como «de» y «la» mientras dejaba la boca abierta, me ponían tenso. Tenía la sospecha de que era ferozmente listo. Hablaba más a menudo de la cuenta de su sobrina de catorce años, un prodigio de la matemática. Quería exprimirme el cerebro, lo que sugería que estaba escribiendo algo propio. Empeoré la situación mostrándome exageradamente simpático para disimular mi aversión.

A petición mía, trajo a la mesa los doce volúmenes de los diarios de Vivien Blundy de su archivo que, por motivos que los investigadores no han llegado a esclarecer, estuvieron durante un tiempo alojados cual cría marsupial entre los de su marido. En cuanto me quedé a solas, abrí la carpeta hermética y busqué el quinto volumen. Lo abrí por la página treinta y dos. Tenía que verlo de nuevo. «Francis y yo hemos llegado a un acuerdo. Aquí soy bastante feliz. Un logro.» Se refiere al trágico caso de su primer marido, Percy Greene, que padecía alzhéimer.

Creía que Francis la quería y, aunque ninguno de los dos era joven y él le llevaba diez años, tenían «una vida sexual decente» y siempre había abundantes temas de conversación. En ningún lugar de los diarios lamenta casarse con el gran poeta, aunque él pasaba mucho tiempo en su estudio. En otra parte escribe: «Me pregunto si a veces disfruto teniéndole antipatía ». Para el séptimo volumen llevaban casados nueve años. Al principio, ella había mantenido la «sensatez» de documentarse para su segundo libro, que abandonó. Cuando trabajaba en Oxford, publicó una biografía académica del poeta John Clare, una reelaboración de su tesis doctoral. Le gustaba la docencia. Unos años después, su situación causaba asombro entre sus amistades. Como consecuencia de sucesivas decisiones, había acabado en lo alto de un vallecito en el Gloucestershire rural, sin trabajo remunerado y a seis kilómetros y pico del pueblo más cercano, en un cavernoso granero con siete mil libros. Nunca se habría imaginado que abandonaría una carrera, una vocación incluso, para estar al servicio de la genialidad ajena.

Un día de octubre de 2014 a primera hora de la tarde, «con un fuerte viento que brama en un árbol del otro lado de la ventana», Vivien Blundy se encontraba en su estudio, situado en una antigua vaquería reformada independiente del Granero. Seguramente estaba preparando una lista de la compra con los ingredientes para la cena que prepararía al día siguiente en celebración de su cumpleaños. Serviría los platos en una reunión a la que estaban invitados ocho amigos. Ya habría concebido la distribución. Entrada la velada escucharían a su esposo recitar un nuevo poema largo, que iba a ser su regalo. Comprar y cocinar no eran actos de humildad. Vivien era de naturaleza generosa y le gustaba agradar. Disfrutaba ofreciendo una comida bien elaborada. Llevar la casa de manera ordenada la satisfacía. Francis nunca la había presionado para que fuera su secretaria, nunca la alentó a desentenderse de su carrera, aunque a todas luces le convenía. A cada movimiento sucesivo, ella había tomado decisiones por sus propias buenas razones, aunque ahora parecían más flojas. El proceso llevó años. Hubo un tiempo en que era docente universitaria, candidata a una cátedra, luego profesora ocasional en una escuela de verano americana mientras trabajaba en el segundo libro hasta que reconoció que no iba a ninguna parte. Abandonarlo fue una liberación. Siempre había tenido la sensación de llevar las riendas. Pero le sorprendió cómo, al cuidar a su primer marido, y luego en nombre de la libertad, del desencanto con la administración de la universidad o el deleite en la poesía de Francis Blundy, se había despojado de ambición, sueldo, estatus y éxito.

Quizá fue por omisión, por no haberlo previsto, que sus diarios fueron a parar junto con los documentos del poeta a la Biblioteca Bodleiana de Oxford, más adelante Snowdonia. Tiempo atrás, un bibliotecario dispuso a marido y mujer en cajas separadas unas junto a otras. He prestado minuciosa atención a las tristes y esporádicas referencias de Vivien a su primer esposo, Percy, lutier de violines al que atendió con ternura, y que murió después de una mala caída. Muchas entradas son desconcertantemente triviales y no revelan a los estudiosos de Blundy y otros lo que más ansían saber con respecto a la velada de su cumpleaños, el famoso poema dedicado a ella, y la suerte que corrió la copia especial –la única copia– que fue el regalo que le hizo Francis después de recitarlo de viva voz.

Cabe suponer que la tarde que estaba preparando la lista condujo trece kilómetros hasta el mercado de Cirencester para recoger en la carnicería «cinco pares de codornices preparadas, insólitamente rollizas». Las envolvería en beicon y las asaría con vino tinto y hierbas, junto con los boletus que un amigo recogió en los hayedos de los cerros de Chiltern y llevó al Granero. También compró cuatro kilos de patatas para hornear y, en la misma verdulería, tres coliflores cuyas cabezuelas cocinaría en una gran paellera con «aceite de oliva, ajo, chiles verdes troceados, anchoas, tomates cherry, pimienta negra, tomillo y pan rallado». Qué tiempos aquellos.

De camino a casa, la carretera rural de un solo carril estaba bloqueada por un roble joven que habían derribado los fuertes vientos de octubre. En el estuario de Severn, habían soplado ráfagas de hasta 170 kilómetros por hora. Ella y otro conductor, un campesino al que conocía vagamente, apartaron el árbol y «lo posaron con cuidado sobre la hierba crecida, como un cadáver, lo que supongo que era».

Entre los detalles prosaicos hay esporádicas intrusiones, lúgubres y débiles aullidos de sentimiento sincero, que por lo general los sabuesos de Francis Blundy pasaban por alto. Me encuentro con un ejemplo ahora, también en el quinto volumen. La caligrafía se inclina hacia delante y es más menuda que el resto. La puntuación es más libre. «Nunca le he odiado. ¡Nunca! Pero.» Cabría hacer suposiciones sobre la frase final truncada o escudriñar la primera vocal de «pero» como si fuera a abrirse con bisagras para revelar una mirilla por la que atisbar un corazón decepcionado, mermado por las oportunidades perdidas.

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Traducción de Eduardo Iriarte Goñi

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