ARTÍCULOS
Empieza a leer 'Lengua mortal no dice lo que sentía' de Diego Garrido
Este haber surgido de la nada, y saber que vamos a volver a ella, irremediable e infinitamente, ¿quiere decir que somos nada también hoy? Que no existiésemos antes y no vayamos a existir después, ¿quiere decir que no existimos ahora, o que da igual que lo hagamos? Muchos respondemos convencidos que sí, que no, que quizá: pero rápidamente conseguimos hacernos otra vez los despistados y seguir con nuestras cosas, variadísimas e iguales. Este despiste es la naturaleza misma, y es el único milagro que existe en el mundo. Leopardi, que pensaba que los hombres y las mujeres son poco más que animales hipertrofiados por el azar y la acumulación del tiempo, animales enfermos de razón, se tomó demasiado en serio esta pregunta, y así contradijo en su base misma a la naturaleza, que le quería feliz. Las cosas no eran, como van a no ser: ¿qué importa que estén siendo? Nada, pensó Leopardi. ¿Podemos pensar nosotros que Leopardi se equivocaba? ¿Dónde está Leopardi?
A la historia de la literatura le gusta la unidad. Leopardi fue algo que pocos han sido: poeta y filósofo. (Pero filósofo de verdad, no en el sentido en que se dice que Virgilio era un filósofo, o que lo era Dante o lo era Borges.) Leopardi creó todo un sistema coherentísimo y terrible en total relación con su poesía, que era la misma cosa pero dicha de otra forma: era para él su forma suprema de filosofía.
Para Leopardi, lo que existe no debería querer dejar de existir, seguir siendo eternamente debería ser su máxima ambición. Hasta aquí todos los escritores habían estado más o menos de acuerdo, y por eso se inventaron los Dioses, el Arte, las Formas, el Amor... Todas estas cosas, ellos las identificaron con la verdad, mientras que la muerte, la infinita no-existencia de todo, era una pura ilusión –una mentira–. Leopardi dice que la única verdad es la aniquilación y que precisamente todo el resto de las cosas que identificamos con lo cierto (estos Dioses, Arte, Formas, Amor) son las ilusiones: unas ilusiones colocadas en nosotros por la naturaleza, inteligentísima, en este punto misericorde, para no impedirnos vivir este rato antes de regresar obedientes a la nada.
Pero este regresar a la nada es la única verdad que existió, existe y existirá en el mundo. Nada tiene una razón de ser, todo vive sometido a un juego de creación y destrucción arbitrario, perpetuo y sin porqué. Porque sí las cosas surgen de la nada y porque sí vuelven a ella. Mañana no estaré, ni aquí ni en ningún otro sitio, como no estuve ayer; todo el resto es literatura, ilusión. Y en un mundo sin sentido, sin trascendencia, lo mejor que podemos hacer nosotros es alimentar las ilusiones hasta la bulimia, inventarnos este sentido como creadores; hoy, cuando no podemos fingir ya que no sabemos, mirando paradójica e inevitablemente de frente a la nada. La mayor de todas las ilusiones, la más espontánea y estable, es el arte, la literatura: la poesía.
Pero ¿quién es este Giacomo Leopardi tan pesimista, cuyo pensamiento gobierna hoy, anónimamente, el mundo, y que los italianos estudian en el colegio como poeta nacional –¡romántico!– como nosotros podemos estudiar a Bécquer? Leopardi es, esencialmente, el autor de tres libros:
1. Los Canti, la obra de su vida, sus poesías.
2. Las Operette morali, un librito de diálogos y prosas que escribió para compartir con sus contemporáneos, mal que bien, su pensamiento, crudísimo, densísimo y difícil, completamente contrario a las ilusiones de su tiempo, o de cualquier tiempo.
3. El Zibaldone di pensieri, Leopardi mismo, más de cuatro mil quinientas páginas de pensamientos en permanente relación y actividad, su sistema, su filosofía, escrito casi todo entre los veintiuno y los veinticinco años, y publicado en siete volúmenes medio siglo después de su muerte.
Voy a tratar de hacer, en este libro un poco caótico y misceláneo, un repaso a su vida física e imaginaria, a través de sus cartas principalmente. Dentro de no mucho (espero) tendré lista una traducción del Zibaldone y el lector de español podrá conocerlo al fin un poco más: casi íntegra, su prosa permanece absurdamente inédita.
Vamos a ello.
Leopardi nace, «tras tres días de dolor para su madre», en una familia con apellido y sin dinero el 29 de junio de 1798, en una ciudad minúscula de la Marca de Ancona, apenas un pueblo: Recanati. Su padre, de solo veintitrés años, es el conde Monaldo, un hombre chapado no, chapadísimo a la antigua, bibliófilo, astuto y reaccionario, en ese entonces gobernador de la ciudad. La esposa de Monaldo es su pariente, también recanatese, Adelaide Antici, una mujer gélida, intolerante y católica que pronto se hará con el gobierno legal de la casa y restaurará, a base de extremas penurias y privaciones espartanas, el nombre de la familia. El pobre Leopardi es bautizado por su tío abuelo como Giacomo Taldegardo Francesco Salesio Saverio Pietro. Al año siguiente nace su hermano Carlo, y al siguiente su hermana Paolina, sus dos compañías principales. Viene poco después otro niño que muere a la semana; Giacomo llora, según su padre, la pérdida del bebé junto al cuerpo, él mismo poco más que un bebé.
Años más tarde, se describirá como un niño obsesionado con la fantasía, con las fábulas heroicas y las historias épicas, que leía en los antiguos, y que reinventaba por las noches para sus hermanos y representaba con ellos durante el día, reservándose para sí mismo el papel de héroe. Obsesionado también con el pensamiento. Una vez les dio a todos un susto terrible cuando, consciente de que respiraba, se vio incapaz de seguir haciéndolo. Lo mismo con el hacer pis. Ya viejo, Carlo recordará así a su hermano:
La infancia de Giacomo transcurrió entre juegos, volteretas y estudios, unos estudios absurdos, increíbles para su edad. Desde pequeño mostró inclinación hacia las grandes acciones; declamaba su amor ardiente por la gloria y la libertad como un actor. En los juegos que organizábamos en el jardín, él siempre interpretaba el papel más insigne. Aún recuerdo los puñetazos que me metía... Experimentó, de manera funestamente precoz, la sensibilidad de la naturaleza. Anticipó en cuatro o cinco años la edad de desarrollo común. De ahí, como él mismo me confesó luego, sus males físicos. Tenía la costumbre de hacer con las manos un sonido como de castañuelas, que según él era muy común entre los antiguos; producía con estos chasquidos una especie de música. Si no estaba leyendo o escribiendo (cosa que, salvo en los intervalos del mal, fue su día a día hasta los veinticuatro años), estaba jugando obsesivamente con las manos, con un abrecartas de hueso, por ejemplo, que llevaba en el bolsillo a todas partes. Cualquier pequeño objeto que caía en sus manos se veía tan sobado, tan utilizado y tan manipulado que terminaba inevitablemente roto.
Desde que es un niño, Leopardi se entrega íntegramente, y por voluntad más o menos propia, al estudio. Su padre ha reunido una biblioteca de miles de volúmenes llena de clásicos grecolatinos y algunos pensadores modernos. Además de a sus hijos y a sus amigos, permanece abierta a todos sus conciudadanos:
FILIIS AMICIS CIVIBVS
MONALDVS DE LEOPARDIS
BIBLIOTHECAM
ANNO MDCCCXII
En Recanati no hay mucho que hacer. Giacomo es educado en casa por un jesuita que pronto dice que no tiene nada más que enseñarle. Los libros prohibidos por la Iglesia permanecen visibles en la biblioteca, pero inalcanzables, tras una malla de hierro. Carlo dirá de estos días: «Nadie como yo ha sido testigo de sus fatigas inmensas. Lo veo ahora, apenas un niño, avanzada la noche, arrodillado frente al papel para poder escribir hasta el último instante, mientras la debilísima llama de la vela se apaga».
Una vez aprendido el latín con sus tutores, se enseña a sí mismo, con una edición de la Biblia en varias lenguas, el griego y el hebreo, que llega a hablar con algún extraño para sorpresa total de sus vecinos. Poco más tarde aprenderá el francés, el español y el inglés. Ya en la pubertad sus estudios corren completamente por su cuenta, y decide entregarse con un ardor desesperado a la filología, algo que según él arruina para siempre su salud.
Los médicos, aún hoy, no se ponen de acuerdo respecto a este «mal ciego» que lo va a atormentar hasta su muerte. Al crecer, la columna de Leopardi se doblará, y de su espalda y de su pecho saldrán dos pequeñas jorobas; a esto habrá que sumar las cada vez más comunes oftalmias (que lo dejarán a ratos casi ciego), los permanentes problemas intestinales (unas veces estreñimiento, otras todo lo contrario), el raquitismo (quizá fruto de las primeras privaciones de Adelaide), el asma, las migrañas, las faringitis, los esputos de sangre, la siniestra hidropesía final... Él lo llamará, resumiendo mucho, «un mal de nervios».
Leopardi va a ser un hombre de entre un metro cuarenta y un metro cincuenta, timidísimo, muy callado, casi siempre afable, con los ojos azules, el pelo rizado y marrón, la piel blanca y la frente grande y cuadrada. No existen de él fotografías, solo un dibujo tomado al natural, bastante feo. El lector va a ver en este libro cómo inevitablemente se queja una y otra vez en sus cartas de sus muchas enfermedades; pido paciencia... Y es que estas enfermedades, a veces terribles, eran además una de las bases de su identidad social, no tanto literaria, y le servían a menudo para huir de todo tipo de compromisos. Salvo cuando vea en riesgo el pan del día, Leopardi hará en literatura exactamente lo que le apetezca. A pesar de estas muchas enfermedades, y de su vida corta (no llegará a los treinta y nueve), va a ser siempre un trabajador inmenso, excesivo.
En 1812, a los catorce, da comienzo así a su «loco y desesperadísimo» estudio autodidacta, que, como decía su hermano, no se interrumpirá verdaderamente hasta que deje por primera vez su casa en 1822, a los veinticuatro; y de entonces en adelante seguirá a saltos. Leopardi crece sin maestros ni amigos. Antes de los quince, elabora un largo índice de sus obras...
En 1813 recibe de su padre el permiso para leer los libros prohibidos por la Iglesia. El tío Carlo Antici aconseja a Monaldo: «No deje que se consuma esta luz; mándelo rápido a Roma, para que aprenda esta ciencia a la que se siente tan inclinado. Si la separación le duele, como es natural, piense que es su deber como padre, y que la compensación será sublime». Pero Monaldo no escucha; no dará dinero, y tratará de retener, siempre mediante sentimentalismo, chantaje emocional y astucia, nunca mediante violencia, a su hijo favorito, su primogénito, este pequeño monstruo literario que, en un primer momento, le hace sentir tan orgulloso –este «hijo monaldoide»–. El conde responde a su cuñado: «Le aseguro que la felicidad de Giacomo está toda en el estudio. ¿Y dónde va a estudiar mejor que en su casa? Sé que fuera de aquí no sería feliz, y yo perdería para siempre mi tranquilidad».
En una pausa de sus estudios medio seniles, Leopardi compone, recién cumplidos los quince años, una enorme Storia della astronomia dalla sua origine fino all’anno MDCCCXIII, que como casi todo lo suyo terminará por publicarse, póstumamente. Su carrera inédita como filólogo es ya bastante larga, pero creo que no tiene mayor interés aquí; este estudio de la filología acabará por ser casi un rasgo poético y tendrá para él y para sus lectores, para la historia de la literatura, algo de conveniente tragedia griega. Leopardi convirtió en poesía este desoír dramáticamente el famoso aviso del Eclesiastés: «Porque en la mucha sabiduría hay mucha angustia, y quien aumenta el conocimiento aumenta el dolor». El pecado de Adán fue querer saber lo mismo que sabía Dios (que todo, el propio Dios, es nada), y la razón y la civilización, siempre imparables, fueron su condena: su expulsión del paraíso –la rebelión del espíritu sobre la carne, no de la carne sobre el espíritu.
En 1815 se produce, según Leopardi, la primera de sus conversiones: «de la erudición a la belleza». Algunos años después escribirá en el Zibaldone, hablando sobre su teoría de que el hábito lo es todo, en el arte y fuera de él:
Las circunstancias me habían llevado al estudio de las lenguas y la filología antigua. Esto formaba todo mi gusto: despreciaba, entonces, la poesía. Es verdad que no me faltaba imaginación, pero no creí ser poeta hasta que hube leído a muchos poetas griegos. Mi transición de la erudición a la belleza no fue, sin embargo, repentina; fue gradual: poco a poco empecé a sentir en los antiguos, y en mis estudios, algo que no sentía antes. Lo mismo me ocurrió con el paso de la poesía a la prosa, de la literatura a la filosofía. Todo, siempre, fruto del hábito.
En 1816 traduce del griego el Libro I de la Odisea y compone un Inno a Nettuno, que hace pasar (por carta, a libreros y revistas) como otra traducción medio arqueológica, algo más o menos típico en la época y que, en este caso, muchos se creen. Poco antes ha escrito un interminable Saggio sopra gli errori popolari degli antichi, que, como tantas cosas suyas, se pasará décadas dando vueltas por las manos y muebles de editores sin vergüenza. Estos «errores populares» –la creencia en lo sobrenatural, el miedo, por ejemplo, a los truenos, que son la cólera de Zeus– tienen su equivalente en los días de Leopardi, como en los nuestros; nosotros despreciamos estas idioteces de los antiguos y ponemos nuestras esperanzas en la Ciencia, que terminará por hacernos a todos más o menos inmortales y vencer al fin, ahora sí que sí (exactamente igual que Zeus, o Cristo), el devenir de todas las cosas: este perpetuo surgir arbitrario de la nada para arbitrariamente regresar a ella. Leopardi, que ya en 1821 escribe: «Destruidas las formas platónicas que preexisten a las cosas, queda destruido Dios», resulta más radical que Nietzsche: y antes que Nietzsche. Pero es precisamente por esta radicalidad (además de por la mole inmensa y miscelánea del Zibaldone, difícil de resumir, y de porque ya se le daba por amortizado como poeta) que ha tenido menos recorrido en las aulas. La de Leopardi es una filosofía total, aniquiladora, aparentemente irrespirable –de fin verdadero del mundo–. Su desesperación es auténtica, experimentada en carne propia (algo muy raro en la historia del pensamiento y los sistemas filosóficos).
Este mismo año, a los diecisiete, traduce el Libro II de la Eneida, y convencido de que está a punto de morir compone, «en once días sin interrupción», la cántica «Appressamento della morte» –el acercamiento de la muerte–. Leopardi ya es Leopardi. En este poema dice cosas como: «Esperé lo que la juventud espera / deseé lo que la juventud desea. / Pero el deseo no se colma, / hasta que al alma cansada llega la noche». O: «Solo soy un niño / [...] y mientras en vano me ilusiono y en vano razono, / todo desaparece y la muerte asoma la cabeza. / [...] Mi nombre morirá como muere un niño / que jamás habló. [...] ¿Morir sin dejar huella? / ¿Es que no dejaré rastro / de mi paso por el mundo? / [...] ¿Por qué no descendí, aún niño, a la tumba? / [...] Que me cubra una piedra, / y se borre mi memoria».
Este poema, como es normal, pondrá los pelos de punta a Pietro Giordani, su primer amigo. En 1817 Giordani es un muy respetado escritor de cuarenta y tres años, un gran jerarca. Un hombre inteligente, sensible, liberal, purista y (para la Italia decimonónica) más que antirreligioso –aunque casi siempre prudente–. El reverso del conde Monaldo, que pronto le odiará lleno de celos.
A principios de año Leopardi manda imprimir, siempre a distancia, a través del editor de Milán Antonio Fortunato Stella, su traducción del Libro II de la Eneida, y escribe a varios de estos jefazos literarios para darse a conocer. Pero solo le responderá afectuosamente Giordani. Esta es la primera carta que Giacomo le escribe, muy cauta, lisonjera y formal:
A PIETRO GIORDANI (21 de febrero de 1817, Recanati). Estimado señor: Porque odio ferozmente la mediocridad en literatura (no llego a odiarme a mí mismo, que no soy ni mediocre), sé que, como mucho, podría dirigirme a otras dos o tres personas en Italia aparte de a usted. Llevo largo tiempo queriendo hacerlo, pero hasta ahora no me había atrevido; y aun ahora lo hago con miedo, aprovechando la oportunidad que me brinda el libro que, en mi nombre, le va a ofrecer el Sr. Stella. Ante todo le ruego que perdone este atrevimiento de escribirle, y de cargarle además con un libro, y le pido que no me castigue tomándoselo como una ofensa. El propio libro me castigará demostrando lo poco que valgo. Dios me libre de solicitar su juicio al respecto. Tan sinceramente como puedo, le digo lo que ya debe saber bien, respecto a mí y muchos otros: que, conociendo la opinión de un par de decenas de eruditos sobre cualquier obra literaria, no sé nada si desconozco la suya. No soy tan necio como para ignorar que una sola reprimenda de su pluma vale más que el elogio de otras cien; pero, incluso para reprender, hay que haber leído, y la lectura de un millar de flojísimos versos es una tortura intolerable para un verdadero literato. Si no rechaza mi pobre oferta, podré alguna vez, recordando, decirme: un libro mío fue aceptado por él. Ahora le ruego que no deje de considerarme su humildísimo, devotísimo servidor: Giacomo Leopardi.
Giordani le responde con una carta igual de aburrida y formal, que no copio aquí. Pero entonces se entera de la edad de Leopardi (debía de pensar que se trataba de un señor hecho y derecho, y no de un adolescente de dieciocho años) y le escribe esta otra:
DE PIETRO GIORDANI (12 de marzo de 1817, Milán). Señor conde estimadísimo: [...] Cuando recibí su carta del pasado día 21, supe que era usted un caballero, uno de raros talento y erudición; pero no conocía su edad: creí de hecho, sinceramente, que aquella carta me había sido enviada por el error de algún secretario, que la había destinado usted en realidad a otro hombre; o que quería burlarse de mí. [...] Entonces supe de su juventud, y no dudé de que me había escrito a propósito, ni de que en ningún caso trataba de burlarse: porque sé que los jóvenes son buenos y leales, y fácilmente afectuosos; y no me pareció entonces imposible o siquiera extraño que, tras llegar usted por casualidad a conocerme, y sabiendo que amo los estudios que usted ama, y que, quizá más por una maldad de la fortuna que de la naturaleza, estaba yo impedido y no podía acercarme a ellos, tuviera el detalle de tomarme afecto, y con él de aumentar mi verdaderamente pequeñísimo valor. Así, no solo no rechazo tan generoso afecto, sino que lo abrazo y le estoy muy agradecido por él. [...] Si en cada parte de nuestra Italia unos pocos caballeros conspirasen por abrazar fuerte, amorosamente los estudios, y promoverlos, no pasarían quince o veinte años, que Italia volvería a ser grande y gloriosa. Me deleito pensando ahora que en el siglo XX el conde Leopardi (a quien ya amo) se contará entre los primeros en recuperar el honor perdido de su patria. Usted mismo debe tener este pensamiento, que aliviará su fatiga y endulzará las amarguras que incluso un caballero (aunque menos que otros) atraviesa en sus estudios. [...] Y me alegra que no se contente usted con leer a los clásicos, sino que se ejercite también en traducirlos: un ejercicio en mi opinión absolutamente necesario para llegar a ser un gran escritor, y propio de la juventud; por eso compadezco al pobre Alfieri, que entendió esto a una edad tardía. Ya ve usted cómo los pintores, que tienen principios, se lanzan desde jóvenes a copiar las obras de los grandes maestros para aprender en su imitación. Esto deben hacer también los escritores; y esto ha comprendido rápida y sabiamente el maduro juicio de usted, que pronto será un honor de Italia, como es ya un milagro de Recanati. ¿No tiene pensado recorrer el país, conocer sus muchísimas cosas bellas, sus pocos hombres de valía? [...] Su cordial servidor: Pietro Giordani.
Esta carta emociona sinceramente a Leopardi, que nunca había tenido un amigo, y que nunca había discutido o hablado de verdad con otro hombre de letras, tras tantos años de fatigas solitarias. En Recanati apenas sale de su casa, del palacio, y se le conoce como «il Gobbo» –el Jorobado–. Responde ya largamente:
A PIETRO GIORDANI (21 de marzo de 1817, Recanati). Estimadísimo y queridísimo señor: Que pueda yo ver y leer la caligrafía de Giordani, que él me escriba, que pueda yo esperar tenerlo de ahora en adelante como maestro, son cosas que apenas me termino de creer. Esto no le sorprendería a usted, si supiera cuánto tiempo y con cuánto amor he anhelado esta idea, porque las cosas más deseadas parecen imposibles cuando llegan al fin. Quiero que me crea en todo lo que le escriba, ahora y luego, incluso en las frases más pequeñas, ya que todas ellas, se lo prometo, saldrán del corazón. Esto quiero: por todo lo demás le rogaré. Mi primera carta fue antes fruto del respeto que del afecto, ya que esta gratitud entre iguales resulta a menudo injuriosa con los superiores. Ahora que me ha dado usted permiso con sus dos queridas cartas, tenga por seguro que le hablaré siempre con todo mi afecto. Un afecto cuyo origen es, no se equivoca, su distinción en los estudios que amo. De usted no me han hablado más que sus escritos, porque aquí donde estoy, no hay una sola alma que hable de letras. Y yo no sé cómo se pueden admirar las virtudes de alguien, especialmente cuando son grandes, sin tomarle afecto a la persona. Cuando leo a Virgilio, me enamoro de él; y este amor se vuelve aún más cálido cuando leo a un vivo ilustre. Dice usted acertadamente que estos son poquísimos: más intenso se volverá mi amor, repartido entre solo tres o cuatro. Sabe qué raro y valioso es un gran hombre, y no se sorprenderá de lo que les escribo a Monti y a Mai, ni pensará que no lo siento, ni que jamás me humillaría ante ellos si no creyese ardientemente que debo hacerlo; haciéndolo encuentro el placer que el hombre naturalmente encuentra al cumplir con sus deberes. No puedo decirle con qué ansiedad, asqueado y desalentado por la mediocridad que nos asedia y asfixia, después de leer los periódicos y otros escritos modernos (los viejos ni los leo, porque el silencio de su fama advierte de su pequeñez), casi creyendo que las letras no pueden ofrecer ya nada hermoso, vuelvo sobre los clásicos entre los muertos, y sobre usted y sus amigos entre los vivos, y renuevo así mis fuerzas, y vuelvo a creer que la verdadera literatura vive. Cuando, al escribir o releer cosas que tengo en mente publicar, me encuentro con algún fragmento que me satisface (y vuelvo aquí a la promesa fatal de hablarle sinceramente), me pregunto, como es natural: ¿qué diría Monti?, ¿qué diría Giordani? Y es que el juicio de quienes no son grandes no me sirve, ni me sirve que otros alaben lo que usted ha despreciado. Y cuando algo que me gusta no complace a los pocos a los que se lo doy a leer, apelo al juicio de usted y de su amigo; sí, soy obstinado: muy pocas veces alguien ha hecho cambiar mi opinión respecto a un texto. A menudo he compadecido a Alfieri, cuyo estilo trágico en aquellos tiempos de corrupción universal pareció intolerable; no sé qué pudo sentir aquel gran italiano al ver su estilo condenado por todos, desaprobado por los más célebres hombres de letras de entonces, con Cesarotti (tan loado por sus contemporáneos) pidiéndole públicamente que lo cambiase; ni cómo pudo mantenerse firme en su buen propósito, y confiar como lo hizo en el juicio de la posteridad, que falló en su favor, e hizo inmortales sus tragedias. Descubrirse solo en una opinión verdadera asusta, y a menudo la constancia nos parece cobardía a nosotros mismos, y la indiferencia por los juicios necios soberbia, y el creer que entendemos algo mejor que los demás presunción. Bien por Alfieri y su firmeza; sin ella, se encontraría hoy al lado de sus jueces.
Tengo un grandísimo, tal vez desmesurado e insolente, deseo de gloria, y sin embargo no puedo soportar que cosas mías que a mí no me gustan sean alabadas; y si se reimprimen pienso que es para perjudicarme, antes que para favorecer a quienes lo hacen sin decírmelo. Leyendo estas cosas, se habrá reído usted, ciertamente no con una risa maliciosa, y yo me alegro. Para que perdone mi insensatez de haberlas sacado a la luz, le digo que casi todo lo que he publicado no se volverá a ver, por lo menos con mi permiso, y que dos trabajos verdaderamente grandes (en tamaño), ya preparados y mandados a la imprenta, han sido condenados por mí a la oscuridad.
Del Libro II de la Eneida, que aún no he sentenciado, únicamente he dado ejemplares a los tres literatos conocidos por usted. Solo a estos, y con toda la efusión de mi corazón, he escrito, satisfaciendo (aunque algo asustado) un viejo y vivo deseo mío. Que mi libro contenía multitud de errores lo sospechaba, pero ahora podría jurarlo: me lo dijo Monti, con un juicio amabilísimo y aguardadísimo. A quien no escribo por cierto para no contrariar, y le ruego a usted que se lo agradezca calurosamente en mi nombre. Pero poca cosa es decirle a un ciego «vas por el camino equivocado», si no le indicas también el camino correcto. Nada me gusta más que conocer los defectos de alguna de mis cosas, sé que es tremendamente útil, y una vez descubierto un vicio trato siempre de evitarlo. Pero no me atrevo a pedirle a nadie que me los muestre, porque sé que es también cosa molestísima el andar buscando los defectos de una obra cuando, además, como en este caso, lo malo abunda y no lo bueno. Quiero que sepa usted sin embargo que un ejemplar de mi libro se encuentra ya acribillado de tachaduras y correcciones. Me gustaría ver alguna vez el trabajo libre de eso que a usted y a Monti les desagrada, pero no lo espero. Dice como maestro que traducir es lo más útil a mi edad, cosa cierta que el tiempo y la práctica me han mostrado justísima. Cuando leo a algún clásico, mi mente se llena de confusas tormentas. Entonces trato de traducir algunos de mis pasajes favoritos, y aquellas muchas bellezas, minuciosamente examinadas ahora por necesidad, una a una, encuentran su justo lugar en mi cabeza y la enriquecen y la llenan de paz. El juicio de usted me reconforta, y me anima a seguir.
De Recanati no me hable. Tanto la quiero que gustosamente nutriría con ella un tratado del Odio a la Patria, por la que, si Codro no fue timidus mori, yo sería timidissimus vivere. Pero no: mi patria es Italia, por la que ardo de amor, por la que doy gracias al cielo, que me hizo italiano, ya que sin duda nuestra literatura, y por poco que se cultive, es la sola hija legítima de las dos únicas verdaderas entre las literaturas antiguas. ¿Quién querría que la fortuna le hubiera destinado a hacerse grande en el uso del francés o el alemán? Cuanto más se penetra en los misterios de nuestra lengua, más pena se siente por las demás, y por los escritores que se vieron obligados a utilizarlas; frecuentísimamente me ha sucedido esto a mí, que la conozco mucho menos de lo que la conoce usted, y si me fuese negada y a cambio se me diese la plena posesión y el dominio de una lengua extranjera, creo que rápidamente perdería la esperanza de llegar a ser algo en la verdadera literatura y abandonaría mis estudios.
Aquello que dice usted del bien que podrían hacer los nobles a las letras es muy cierto, y anhelo ardientemente que los hechos le den de una vez la razón. Sus palabras me enardecen y me halagan, pero no me veo capaz de vencer mi naturaleza y la de los otros. Puede tener clara, sin embargo, una cosa: si yo vivo, viviré en las letras, porque no querría ni podría vivir en ningún otro lugar.
[...] Tanto he hablado que debe de tener sueño. Sus cartas me han llenado de valor. Es un caballero por soportarme y por instruirme. Y para que vea hasta qué punto confío en su bondad, he escrito a Stella para que le envíe un manuscrito mío. Me gustaría que lo examinase, y ante todo me dijera si es o no un buen alimento para las llamas, a las que de buen grado se lo entregaría inmediatamente. Es brevísimo, pero no quiero que se sienta usted obligado a tomarse la molestia de leerlo y mucho menos de responderme. Mi corazón brillará cada vez que mis ojos vean una carta con su nombre, pero la expectativa, y el saber que me ha escrito cuando y porque ha querido, multiplicarán mi placer. Con toda el alma le ruego que me crea y me dé la oportunidad de mostrarme suyo, sincero y afectuosísimo: G. L.
Este manuscrito es precisamente ese poema primerizo y tétrico, «Appressamento della morte», que Leopardi solo incluirá en la edición definitiva de sus poesías muy modificado y mutilado. Aquí empieza el que será uno de los temas más recurrentes en las cartas de Giordani: pedirle una y otra vez a su joven amigo que, por favor, cuide de su salud, que busque distracciones y sepa abandonar, aunque brevemente, sus estudios. Que no se muera, vamos, y que no desee morirse. Le dice también (Giordani no escribió un solo verso) que de momento deje la poesía y centre sus esfuerzos en la prosa.
DE PIETRO GIORDANI (Día de Pascua y 15 de abril de 1817, Milán). Señor conde queridísimo: [...] Temí que la naturaleza le hubiera hecho padecer de una complexión delicada, sin la cual su talento no podría haber llegado a tales extremos; y temí, también, que tuviera usted poco respeto por esta delicadeza y llevase al límite sus esfuerzos sin pensar en las consecuencias. Por lo que más quiera en el mundo, queridísimo conde mío, por esos mismos estudios de los que vive enamorado, déjese rogar y suplicar por un amigo suyo que le quiere: por su bien, y por el de todos los que ya le admiran y tan grandes cosas esperan de usted, le pido que reconozca y sienta y cuide la necesidad de moderarse en el estudio. [...] Si se arruina la salud, ¿cómo podrá continuarlo? Y cuando no pueda estudiar más, ¿cómo soportará la vida? [...] Si en plena juventud estudia usted más de seis horas diarias, créame que le hará mal, y un mal grande. Pronto se verá estropeado. Le suplico entonces que interrumpa sus estudios con esos ejercicios que dan vigor al cuerpo, sí, pero también despejan la mente: pasear, montar a caballo, practicar esgrima, nadar, bailar, jugar a la pelota, al balón, al mazo. El estudio incesante arruina el estómago, arruina la cabeza, hace crecer irremediablemente la melancolía. [...] Del amor de la gloria no quiero hablarle hasta que entre nosotros no haya una confianza más adulta y asentada. [...] Me parece, también, que el sabio debe amar su lugar de nacimiento; y me parece que tiene usted razones para amar su Recanati. Esta tierra suya se encuentra situada en un punto salubre y ameno; tiene usted además, en su casa, unas comodidades para el estudio que no podría tener en ningún otro lugar. [...] Sepa que en las grandes ciudades casi todos desprecian aquello que usted tanto ama: ¿cómo sería su vida entre ellos? [...] Tiene un padre cultivadísimo, y una biblioteca abundante; tiene, entonces, dos cosas que no tiene casi nadie. Yo a mis dieciocho años no soñaba con nada parecido. [...] De estos queridísimos estudios (que me parecen el único, o el mayor bien que existe en el mundo) por supuesto iremos hablando, mi querido amigo. Para convertirse en escritor, creo, conviene antes traducir que componer; y componer en prosa antes que en verso. [...] Intentar la poesía después de un largo ejercicio en la prosa, en fin. Y como fácilmente nos engañamos a nosotros mismos, cuando hemos dicho lo que podemos, creemos haber dicho lo que queremos. [...] Pero piense sobre todo en procurarse esa robustez y alegría de espíritu, y esa ligereza de humores, con ejercicios corporales y divertimentos varios. Es de filósofo no amar la vida y no temer el final más de lo necesario: pero fijarse en el pensamiento continuo de la muerte, como lo requiere y demuestra esta pequeña canción suya, no me parece ocupación para un joven de dieciocho años. [...] Piense entonces, se lo suplico, en distraerse y ganar fuerzas; más que en alimentar pensamientos melancólicos, evítelos. La índole melancólica en acto de alegría es el temperamento capaz de producir las cosas bellas; pero su melancolía actual es un veneno, que puede destruir el potentísimo poder de su mente. [...] Le deseo con toda sinceridad, mi querido conde, que sepa buscarse algún alivio; sepa que seré siempre su afectuosísimo servidor: Pietro Giordani.
Entonces Leopardi, tan callado, tan reconcentrado y tan lleno de ganas de vivir, tan lleno de entusiasmo –un entusiasmo ya muy sombrío, y muy real–, se desata completamente y escribe ante estas primeras muestras de preocupación y afecto, de comprensión, la carta más larga que escribirá nunca, al que hace un par de meses era un extraño. Creo que merece la pena leerla entera. El famoso crítico Francesco De Sanctis la llamará «su primera poesía, la primera revelación de su vida íntima en esa disonancia horrenda entre su entorno doméstico y paleto y el mundo hipertrofiado de su imaginación y sus ilusiones». Es este Leopardi como enardecido, luego «un sepulcro andante, que lleva dentro a rastras a un hombre muerto, uno una vez muy sensible pero que ya no siente nada», el que creará la leyenda –y el que dará lugar, entre otras muchas cosas, a esa película un poco terrible, Il giovane favoloso (2014), y a esa visión tan superficial de su vida y de su obra.
***
Descubre más sobre Lengua mortal no dice lo que sentía, de Diego Garrido, aquí