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Empieza a leer 'La voluntad del rey Krogold seguido de La leyenda del rey René' de Louis-Ferdinand Céline
PREFACIO
Cuando Céline, el 17 de junio de 1944, por temor a represalias a raíz de sus posturas favorables al colaboracionismo, abandona su apartamento de Montmartre con su esposa Lucette y su gato, no piensa ausentarse por mucho tiempo y solo se lleva lo esencial. Sin embargo, su exilio durará siete años. En la huida deja tras de sí numerosos manuscritos, y en particular uno que considera capital y cuyo robo no dejará de lamentar en su correspondencia y en otros escritos de posguerra: La voluntad del rey Krogold. El «relato de una epopeya, trágica sin duda, pero noble y deslumbrante»,1 que convertirá en una especie de talismán con poderes que se extienden tanto a los personajes de sus novelas como a su vocación de escritor. Tras el descubrimiento de Guerra y Londres en 2022, la publicación de este manuscrito, así como de una versión mecanografiada anterior, con el título de La leyenda del rey René, permite comprender mejor el carácter central de esta leyenda en su obra.
René
En La leyenda del rey René no aparece aún el nombre de Krogold. Es el rey René quien se enfrenta y hiere de muerte al príncipe traidor, Gwendor, al que se ha unido la santa ciudad de Cristianía. Hoy sigue sin poderse fechar con exactitud la escritura de este primer texto de inspiración medieval, de estilo muy cuidado pero todavía convencional. Solo se sabe con certeza que Céline andaba ocupado en el proyecto en 1932, y que en 1933 ya había avanzado lo suficiente como para enviar una versión a su editor Robert Denoël y, después, ante su rechazo, insertar algunos de sus elementos en Muerte a crédito.
Céline planta aquí su decorado como un pintor, recuperando por medio de pequeñas pinceladas impresionistas la atmósfera y los paisajes de una Edad Media pintoresca, con sus castillos, sus bosques, sus señores y sus torneos. El relato, al que le faltan los cuatro primeros capítulos, pero para el que disponemos de un resumen autógrafo, comienza cuando una gitana lleva a los habitantes de Cristianía la noticia de la victoria del rey y de la muerte de Gwendor1 en el campo de batalla. En la recuperada Cristianía cunde el miedo: «Ya nada quedaba entre lo peor y la verdad, nada más que el miedo, el miedo de todos, el miedo a todo». René y su escolta avanzan por un bosque inquietante donde, por voluntad del monarca, reinan los lobos. «Cuando el viento soplaba fuerte, si alguna mariposa, esa despistada de las planicies, se perdía en estas
sombras, regresaba al punto aleteando alarmada sin decir esta boca es mía hacia las flores sin malicia y las alegrías del sol.» Un jinete los precede; avanzamos con él por esa naturaleza poblada de animales que viven en libertad, hasta que se alza ante él el castillo del rey René, como un «brocado de ritornelos», un «diluvio de piedras al compás»: «Más allá de las mil aspilleras traicioneras, se asoma jovial la gran to-rre de Morehande».
Muy lejos de allí, a orillas del río bretón Vilaine, Thibaut el juglar, atravesando un alegre camino de sirga, discurre por otro paisaje, caro al escritor, «a lo largo de las orillas esponjosas se enroscaban remolinos de agua marrón alrededor de los juncos».
Thibaut canta por los pueblos acompañado de su laúd; vive de su música, de su poesía y de pequeños hurtos. Deseoso de unirse a la cruzada que pronto encabezará el rey victorioso, decide poner rumbo al norte y entrar en la sometida Cristianía con sus floridas canciones en mente. Como no quiere hacer el camino solo, va en busca de un antiguo compañero de estudios, Joad, hijo del procurador Morvan, presidente del Parlamento de Bretaña, figura odiosa, colérica e implacable. Un mal padre como hay muchos.
Al llegar a Rennes y recalar en el burdel de la tía Amelot, celestina de la que Céline traza un conmovedor retrato («Mas para ella también acabó llegando el invierno [...]. Era lo bastante sensata como para concebir rencores duraderos»), Thibaut abusa de una prostituta y luego hace un elogio iconoclasta de la infidelidad y de la diversidad de los placeres: «¿Quién se pasaría veinte años seguidos comiendo espinacas en todas las comidas?». También se pregunta: «¿Cómo hacer comprender a las mujeres que el olvido del sexo es lo único que permite durar en nuestra vida profunda, en nuestra alma hecha de amor, pero también de silencio?». ¿Es este su adiós definitivo a los valores del amor hecho carne para lanzarse a
las realidades más auténticas de la guerra? Luego, invitado a cantar en casa del padre de su amigo Joad con ocasión de una cena ofrecida a los dignatarios bretones, Thibaut mata en secreto a Morvan de una pedrada, sin confesar este nuevo crimen al hijo de la víctima. Céline aprovecha para hacer una irónica alabanza de la muerte rápida: «La desgracia en este mundo se puede medir por la agonía que uno sufre. Esta fue llevadera. La embriaguez de la existencia debe cesar algún día, y la verdad de nuestro universo es la muerte [...]. El que padece todas las degradaciones puede albergar aún bellas esperanzas, las de una bella agonía [...]. [Al padre de Joad] le estaba costando más digerir que morir cuando la piedra, lanzada estilosamente, lo decidió por él».
Thibaut y Joad emprenden entonces juntos el largo camino hacia el norte. Los seguimos por los senderos y en sus diversas etapas. Esta leyenda es una especie de road-movie en la que se enfrentan el bien y el mal. Joad, ingenuo y bueno, enamorado en silencio de Wanda, la hija del rey René, codiciada por el difunto Gwendor, la ama sin duda aún más por cuanto es inalcanzable. Y va a acompañar a Thibaut, un poeta vagabundo guiado por malos instintos. Desencantado y cínico, este último quiere cambiar de vida y dejarse guiar a partir de ahora «hacia aventuras sin ternura, sin debilidades, donde las trampas son trampas, por un camino sin flores, sin pájaros, sin piedad».
Al final de sus andanzas y desventuras, tras una última estancia en un monasterio devastado por los ejércitos del rey René y reconstruido gracias a un generoso barón, Raoul de Marzafel (salvado de la muerte por el fraile jardinero del lugar, fray Scrupule), el trovero, llegado al castillo de Morehande, parte en cruzada junto al rey René. Deja a Joad solo en la impresionante fortaleza donde aún residen la reina y la princesa Wanda. Prisionero de esas piedras, Joad deberá entretener, durante largos meses, a las gentes del castillo. El ca
pellán Bermudède, caído en desgracia, le dictará la crónica del rey René, con idea de hacerse merecedor así de su rehabilitación. Así termina La leyenda del rey René, al menos lo que de ella conocemos, pues falta el final del mecanoscrito.
Antes de que su amigo partiera a las cruzadas, Joad le había preguntado a Thibaut:
–¿En qué piensan las personas cuando se van a dormir?
–Piensan en Dios, amigo mío, en los ángeles.
–¿Y cuando se despiertan?
–Piensan en el Diablo. Siempre he dicho que el alma sube al cielo durante la noche, mientras que el cuerpo aplastado en la cama espera su regreso roncando, y es el diablo quien la trae de vuelta.
En este cuento medieval, está claro que Céline – vuelto de la guerra y transformado por ella como el propio poeta– nos habla a través de Thibaut, expresa su verdad, intercalando en sus páginas sentencias morales y desencantadas. Este relato, que el autor tiene siempre presente y que, abandonado en esta forma, adoptará pronto otra a través de Krogold, actúa como un talismán, un objeto literario un tanto particular que el escritor que es no debe abandonar nunca si pretende mantener el rumbo y evitar los escollos.
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Traducción de Rubén Martín Giráldez
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