ARTÍCULOS
Empieza a leer 'La izquierda ante el tecnofascismo' de Jordi Gracia
A Pepa Bueno,
por los cuatro años en la mina
Y a la memoria de Miguel Barroso,
por mandarme a trabajar
Entre la insolación mediática y la inminencia del apocalipsis tecnofuturista, puede que la izquierda haya perdido el oremus, el norte, la bandera, la confianza o hasta la brújula misma. Se ha olvidado de quién es, qué quiere y qué la mueve, o incluso parece errar sonámbula y acomplejada por las tertulias, los digitales, las esquinas y las aceras, abrumada por el fatalismo y la melancolía de lo que pudo ser y no fue. Un horror material, vegetal y digital, de acuerdo, pero no sé si verdaderamente real o más inducido o inoculado que creíble. A la izquierda no la quieren las tecnológicas, ni las grandes ni las pequeñas, y hoy no parece ser la aliada natural de la inmensa mayoría de los países europeos, donde no gobierna, ni mucho menos del frenesí fingidamente anarcoide que protege de manera fundamental los negocios a escala galáctica desde la Casa Blanca.
Pero este pandémico desvalimiento puede ser solo un espejismo de magnitud gigantesca. He redactado este cuaderno en compañía del empuje visible de voces que parecen retomar alguna confianza en que nada es fatal por definición y que los males visibles e invisibles están ahí para descomponerlos analíticamente y verificar el flanco débil o el ángulo propicio para revertir algunas de las peores secuelas de la fabulosa revolución tecnológica que vivimos. Mientras escribo, Zohran Mamdani ha salido vencedor en las elecciones a la alcaldía de Nueva York (aunque también ha hecho las paces con Donald Trump en un encuentro en la Casa Blanca) y las propuestas estimulantes y poderosas de Gabriel Zucman o de Francesca Albanese refuerzan la convicción de que, dentro o fuera de los partidos, quizá sobre todo fuera, existe una izquierda dispuesta a hacer algunas cosas importantes de manera diferente. Alienta ahí la confianza en ser capaces de restituir el sentido del Estado y los poderes públicos como casa común, instrumento regulador y palanca de redistribución de las ganancias de gigantes tecnológicos, que viven literalmente de nosotros: son los dueños de infraestructuras críticas del siglo XXI, y así deberían ser entendidas. Hoy todo parece empeorar porque el marketing de la antipolítica tiene turboautopistas sin peajes, sin controles ni semáforos, e intoxica a las poblaciones sin que, en apariencia, exista ningún remedio. Algunos atacados los llamamos, al menos en privado, los nuevos Señores del Mal.
Estamos dejando que la monstruosidad de la polución informativa cale hasta los huesos de una gran parte de la población mientras murmuramos, como buenos y aprensivos izquierdistas, que hay otras maneras de hacer las cosas y que no es ley de dios que los beneficios de los propietarios de viviendas en las grandes ciudades puedan crecer salvajemente cambiando el régimen de alquiler, ni es ley de dios que las grandes multinacionales apenas paguen impuestos (porque se acogen a regímenes tributarios ridículos con la permisividad de la UE), ni es ley de dios que la función pública sea esclava de los sobornos de las plataformas de propiedad privada sin participación ni control estatal, ni es ley de dios que la mejor medida para gestionar la inmigración sea perseguirla, estigmatizarla y reprimirla sin la menor atención a la misericordia cristiana (ni al interés material), ni es ley de dios que haya que seguir sufriendo en silencio ante la extorsión pública a la que las redes sociales someten a algunos de sus activistas, sobre todo si las activistas son mujeres valientes.
Los complejos de la izquierda son tan difíciles de extirpar como cualquier otro complejo, pero nada indica que estemos en el mejor momento para que la izquierda se humille dignamente, se retire a esperar tiempos mejores y renuncie pusilánime a defender el logro más espectacular que ha conocido la humanidad desde hace cien años: el estado de bienestar. Pero ese lujo asiático, que en Asia no conoce nadie, no se defiende con armas del siglo XX, ni surfeará solo contra la corriente del tecnofeudalismo y de la contrarreforma ideológica que propulsa invisible, tenaz y pacientemente contra las mismas condiciones de posibilidad de la democracia. De eso va este cuaderno, tan alérgico a las trompetas del apocalipsis como sensible a las transformaciones subterráneas e históricas que pasan por delante de nuestras narices y de nuestros móviles mientras miramos, miramos, miramos.
Barcelona, diciembre de 2025
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