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Empieza a leer 'Incierta gloria' de Joan Sales
Confesión del autor
The uncertain glory of an April day... Todo devoto de Shakespeare conoce estas palabras: y si yo tuviese que resumir mi novela en una sola línea, no lo haría de otra manera.
Hay un momento en la vida en que parece como si nos despertásemos de un sueño. Hemos dejado de ser jóvenes. Claro que no podíamos serlo eternamente, ¿y qué era, ser jóvenes? Ma jeunesse ne fut qu’un ténébreux orage, dice Baudelaire; quizás cualquier juventud lo ha sido, lo es, lo será. Una tormenta tenebrosa atravesada por relámpagos de gloria –de incierta gloria–, un día de abril...
Un oscuro afán nos mueve durante esos años atormentados y difíciles; buscamos, de manera consciente o no, una gloria que no sabríamos definir. La buscamos en muchas cosas, pero sobre todo en el amor: y también en la guerra, si la guerra se nos cruza. Como fue el caso de mi generación.
La sed de gloria se vuelve, en ciertos momentos de la vida, dolorosamente aguda; y tanto más aguda será esa sed cuanto más incierta sea la gloria de la que estamos sedientos; quiero decir, más enigmática. Mi novela trata precisamente de capturar alguno de estos momentos en alguno de sus personajes. ¿Con qué resultado? No me corresponde a mí decirlo.
Pero sé que mucho le será perdonado a quien mucho haya amado. En otro tiempo era más viva la devoción por san Dimas y por María Magdalena; quizás no corría tanta pedantería como ahora y la gente no trataba de disimular con tesis, mensajes y teorías abstractas el fondo apasionado que todos llevamos dentro.
Somos pecadores con una gran sed de gloria, y es que la gloria es nuestra razón de ser.
Barcelona, diciembre de 1956
Primera parte
¿Qué veys? Veo, dixo Andrenio, que las mismas guerras intestinas de agora doscientos años...
Gracián, El Criticón
I
Cito volat, aeterne pungit.
Castel de Olivo, 19 de junio
Mi salud es excelente, pero tengo más manías que una criatura enfermiza.
No pretendo contarte lo que he sufrido al servicio de una división que no me gustaba. Consigo el cambio de destino, llego repleto de ilusiones... ¡y todo se me derrumba de nuevo!
Esperaba encontrar a Juli Soleràs. Me habían dicho que estaba en el hospital de campaña, herido o enfermo, no lo sé; y ahora resulta que ya le han dado el alta. No he visto ni una sola cara conocida entre tantas como la guerra obliga a desfilar ante mis ojos en una incoherente fantasmagoría desde que empezó.
El teniente coronel que comanda la 1.ª brigada me interrogó con severidad sobre los motivos de mi retraso. Era de esperar, si tenemos en cuenta la diferencia de fechas entre la orden de embarque y el momento de incorporarme, y se dio por satisfecho con la explicación más simple: unas anginas. Pero aquel primer recibimiento ya me abrió una herida. ¿Acaso esperaba que me recibiesen con abrazos? No sabemos nada de los demás, ni nos importa; en cambio, desearíamos que los demás nos conocieran a fondo. Nuestro afán por ser comprendidos solo puede compararse con nuestra desgana por comprender a nadie.
Porque, no quiero ocultártelo, la gente que veo por aquí me resulta profundamente indiferente. ¡Si por lo menos despertasen mi antipatía!
Pensándolo con rigor, el teniente coronel tenía motivos para desconfiar de mí. Un teniente que sirve en una unidad de combate y logra que le destinen a otra que se está reorganizando, de manera que estará semanas y quizás meses lejos de la primera línea, podría inspirar comentarios malévolos. En estas brigadas regulares no pueden imaginar el infierno que se vive en las brigadas improvisadas con fugados del presidio o del manicomio y dirigidas por iluminados delirantes. Hay que vivirlo durante once meses, como yo.
Pienso en todos esos mulos cargados de llagas y mataduras, señales que ha ido dejando el restregarse con los arreos; en esos mulos de gitano, cuya vasta resignación no deja de estar relacionada con la del cielo del atardecer. Un día y otro arrastrando a la tribu errática por caminos interminables, sin la menor esperanza de justicia. ¿Quién le hará justicia a un mulo de gitano? ¿La posteridad?
La vida nos desgasta, como los arreos a la piel del mulo. A veces sospecho con horror que las mataduras que nos provoca la vida durarán tanto como la vida misma. O más. Estos once meses de infierno...
Parece que me destinarán al cuarto batallón, que está todo por organizar. Mientras tanto debo ir matando mi aburrimiento en este pueblo, que es de los de mala muerte; ¡y tengo tantas cosas que contarte! Escribiéndote me desahogo, aunque quizás mis cartas no te lleguen nunca. No lo niegues, nuestra familia te daba tanto asco como a mí; y te hiciste hermano de San Juan de Dios por el mismo motivo que yo me hice anarquista. En eso nuestro tío no se equivocaba.
20 de junio
Al levantarme, la vida me parecía otra vez digna de ser vivida. Porque tengo un rincón para mí solo. Me han alojado en el desván de una casa de campo que tiene una solana sobre las huertas. Entre las huertas resplandece el río Parral. Está bajo el tejado, tumbado en la cama veo las vigas retorcidas y rojizas –de pino o de sabina– y el encañizado; a través del encañizado se entreven las tejas; el suelo no está embaldosado y cuando caminas se tambalea. En las paredes queda el rastro de los oficiales que se han alojado antes allí, en el transcurso de este año de guerra. «Las mozas deste pueblo son uapas», puedo leer escrito a lápiz sobre la cabecera de la cama. Pensamiento profundo; todavía no he tenido tiempo de comprobar si, además de profundo, es verídico. Hay muchas otras inscripciones, todas referidas al elemento femenino del pueblo; pero no son ni de lejos tan lapidarias. Algunas están ilustradas con dibujos tan esquemáticos que parecen mapas de operaciones.
En conjunto, nada importante. El sol de junio me entra cada mañana por la solana hasta el fondo del dormitorio y lo transfigura todo; con él me llegan los efluvios de la huerta, de pipirigallo segado, de excremento fresco, otros difíciles de precisar. Mi desván tiene su efluvio propio; servía en tiempos mejores de corral para conejos. A mí no me molesta su tufo que perdura; al contrario, me acompaña.
21 de junio
Me he acercado a Parral del Río; me habían dicho que allí encontraría a Juli Soleràs.
Se trata de una aldea arrasada por la guerra, no queda nadie. A poca distancia se encuentra una posición atrincherada y con algunos nidos de ametralladoras, de cemento armado, que ocupa su compañía. Pero él no estaba; me ha recibido un teniente que actúa como capitán: bien entrado en la cuarentena, con unas botas tartarinescas de cazador y el andar pesado, no descuida jamás una pipa en forma de S, y sus ojitos negrísimos, de los que dirías que tienen el pliegue mongólico, te escrutan de refilón y con astucia hasta la médula de los huesos, mientras su propietario, muy campechano, pipa como si nada.
–¿Eres amigo suyo?
–Hace muchos años que nos conocemos. Hicimos juntos el bachillerato y después la carrera.
–Estoy a favor de la cultura, ¿sabes? –pronuncia la ese con un siseo peculiar, seguro que usa dentadura postiza–; me gustan los hombres con carrera. Por ese motivo quise conseguir plaza de bedel en la Facultad de Ciencias; siempre me han atraído las ciencias. Verás, acababa de cumplir treinta y cinco años; ya no es edad para seguir en el Tercio de Extranjeros. Aquello está bien para los jóvenes que quieran desmadrarse. Por lo que a mí respecta te diré que todavía me resiento; te cruzas con cada nena, en África, que te deja una memoria bien larga..., pero no está bien hablar de uno mismo, mejor ser modestos. África, seamos sinceros, es una porquería: ¡ni higiene ni cultura! Créeme, una cátedra de bedel es preferible...
No me invento nada: lo de la cátedra lo dice con todo el aplomo, sin pestañear. Entre sus dientes postizos, «cátedra» suena como una sopa hirviendo, es algo admirable, digno de un pájaro acuático, si fuese capaz de articular. Parece que una vez en posesión de la cátedra de bedel se creyó obligado a «girar una visita pastoral» (la expresión es suya) por todos los pueblos y pueblecitos de la Vall d’Aran en busca de un primer amor... responsable de que colgase los hábitos, porque, naturalmente, esta vida ejemplar había empezado en el seminario. Nuestro hombre entró con paso firme en el camino de la cultura y del santo matrimonio; y desde entonces han pasado siete años. Pero yo había subido a Parral del Río para informarme sobre Soleràs, y no sobre la vida y milagros del teniente-capitán Picó.
–¿Soleràs? Es un cuento largo. No es que le hayan degradado; pero tiene un carácter tan raro que no se le puede confiar ningún empleo. Le he encargado la contabilidad de la compañía.
–¿La contabilidad?
–Acompáñame al baño y te explicaré este misterio. Te acabarías enterando por boca de otro; no queda nadie en la brigada que no conozca la historia de Los cuernos de Roldán.
Íbamos charlando, de bajada hacia el río Parral, que discurre entre tres o cuatro hileras de chopos centenarios. El teniente-capitán Picó, que como se ha visto está tan a favor de la higiene como de la cultura, ha hecho construir una presa con sacos llenos de arcilla. El agua se embalsa y forma una piscina bastante grande, de un calado como de dos brazas. Según sus propias palabras: estamos ante una instalación higiénica. He contado más o menos dos docenas de soldados tomando el sol a pelo; al llegar nosotros, se han puesto en fila de cuatro en fondo y en posición de firmes. La escena era sorprendente y –para ser sinceros– grotesca. Picó, solemne, ha pasado lista; faltaba uno, ha inquirido el motivo: «En la Sanidad de la compañía, para unos lavajes» (esta compañía de ametralladoras no está adscrita a ningún batallón, así que recurren al médico de brigada). «¡Rompan filas!» A este grito del teniente-capitán, las dos docenas de adanes sin pámpano se han tirado de cabeza a la piscina.
–Si no los llevase a punta de espada, muchos no se bañarían en toda su cochina vida. Me los sé de memoria. Desnúdate sin manías –él ya lo estaba haciendo–. Aquí no usamos taparrabos, al contrario; esto de las partes pudendas todavía sería más vergonzoso si no las tuviéramos. Quiero acabar con los piojos y las novelas pornográficas; las dos plagas de la guerra, ya lo decía Napoleón.
Tomábamos el sol tumbados en la hierba. Entonces me ha contado la historia de Soleràs.
–Es un muchacho muy culto, por eso me interesaba tenerlo en la compañía. Pero es sucio como un gorrino. No recuerdo que se haya bañado ni una sola vez en todo el tiempo que lleva a mi lado. Le dan igual las amenazas, y nunca sabes por dónde va a salirte. Mandaba sobre un nido que queda separado del resto; es un descuidado, no tenía puestos los cencerros en las alambradas. Una noche de niebla los otros le hicieron un boquete con unas tijeras de podar; de madrugada lo atacaban por sorpresa. Los soldados, presas del pánico, huyeron despavoridos; Soleràs se quedó solo. Es cierto que es corto de vista, pero dispara como un tigre. Se sienta en una de las máquinas y empieza a despachar fachas que es un primor.
–¿Él solo?
–Con el asistente y dos de los servidores de la pieza. Los dispersados fueron regresando, todo se arreglaba y yo ya escribía un parte proponiendo que lo ascendieran a teniente. Y ahora agárrate fuerte: llega un segundo ataque, los soldados se defienden, ¡y esta vez es Soleràs quien nos deja en la estacada!
–¿Qué quieres decir?
–Lo encontraron al cabo de unas horas, después de mucho buscar, en una cueva. Leía un libraco pornográfico que se metió a toda prisa en el bolsillo.
–Entonces ¿cómo se sabe que era pornográfico?
–Por el santo. Por el santo de la portada. Es un libro con santos. Y ya te digo que no encontrarás un solo soldado que no lo conozca, al menos en esta brigada: Los cuernos de Roldán. ¡Algunos se lo saben de memoria! Como comprenderás..., lo suyo era fusilarlo, pero ¿quién tiene estómago para ascenderlo primero y fusilarlo después? Un muchacho tan culto...
De Parral del Río a Castel de Olivo hay ocho kilómetros de descenso; un paseo delicioso, siempre bordeando el río. Me alegraba aquel silencio, aquella soledad. Me faltaba un cuarto de hora para llegar a las eras, que están en las afueras del pueblo; me he sentado al pie de un nogal enorme, quizás el más grande que haya visto nunca, y me he puesto a comer nueces tiernas. Están todavía demasiado tiernas, me dejaron los dedos manchados de amarillo e impregnados de ese olor amargo, como de sustancia farmacéutica; el placer consistía justo en eso: sentir en los dedos y en la boca toda la amargura farmacéutica de la naturaleza.
Ya atardecía. Una oropéndola cantaba, escondida dentro de la espesa fronda del nogal; a veces la entreveía, como un relámpago completamente amarillo. Con la cabeza fuera del agua, un sapo ensayaba con cautela la única nota de su flauta; la brisa marina movía el penacho de las cañas y Venus, en el horizonte, parecía esa lágrima de vidrio que llevan engastada en la mejilla las Dolorosas de la época barroca. Pero se engañaría quien viniese a Castel de Olivo en busca del Paraíso perdido del Barroco. Estos paisajes del Bajo Aragón son dolorosos, pero no del todo barrocos; al no haber estado aquí antes, todo me llama la atención. En contra de lo que suele creerse, ¡son tan distintos a los de Castilla, donde he pasado la mayor parte de estos once meses! Los primeros días me perdía, hasta que comprendí que estos paisajes no pertenecen al espacio sino al tiempo; no son, pues, paisajes, sino instantes. Hay que saber mirarlos como quien mira un instante; como quien mira el instante fugaz cara a cara.
Una vez descubierto su secreto, no los cambiarías por nada del mundo.
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Traducción de Gonzalo Torné
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