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Empieza a leer 'Gran manual del fracaso' de Juanpe Sánchez López
1. El fracaso del éxito
Yo, de pequeño, anchísimo de huesos y de risas, fui un niño gordo y mariquita. Pronto aprendí que no podía fallar en nada más: dos supuestos fracasos ya eran suficientes. Yo, de pequeño, con sueños amplios, decidí ser el más listo, decidí ser una cosa tiesa, templada, y, temblando, empecé a medir todas las cosas que hacía a través de un palito recto. Quise ser el palito recto y quise ser tan inteligente que llené mis días infantiles de teclas de piano, de deberes de matemáticas, de citas con nutricionistas y endocrinos. Llené mi cabeza de ideas demasiado grandes para un corazón tan diminuto. Llegó apresuradamente el pensamiento mediocre generalizado: si no te van a querer por tu belleza, te querrán por tus ocurrencias, por tu rapidez, por tu ingenio. Y después, las expectativas aumentaron, tan lejanas, tan facilitadas. Conforme crecía, comencé a hacerme más pequeño. Aquí tus grandes éxitos, niño: medirlo todo, medir tus palabras, tu comida, tu carcajada. Medir tu cuerpo y ponerlo al lado del palito recto para volverte a ver demasiado grande. Y repetir la operación: utilizar como unidad de medida tu mirada sobre la presunta mirada de los otros sobre ti. La trampa inescapable de la vida. Y realmente nunca terminas de entender, nunca terminaste de entender que ese palito estaba roto desde el principio y que tú, conforme más minúsculo te hacías, cuanto más exitoso te veían los demás, más fracasado te sentías. Después, mucho después, cuando dejaste de querer ser el mejor y el más listo, encontraste una clave: ser un completo fracasado.
Es el éxito supuestamente el que impulsa y guía nuestras vidas, pero es el fracaso el que las cambia, las altera, las rearticula verdaderamente. Tener éxito es una aspiración; fracasar es una certeza. Quizás porque el éxito viene marcado por un momento concreto, por un logro, por una medalla, por una plaza, por un lugar, por un tiempo; y porque es monolítico, una fortaleza que derribar. Lo que queda antes y después del éxito es el resto de la vida, la vastedad, lo ambiguo, lo que nos hace sudar de esfuerzo o de preocupación, lo triste, pero también lo alegre, lo incierto, lo que es una incógnita; es decir, el camino anchísimo. El fracaso está, en ese camino anchísimo, por todas partes: es cualquier tropiezo, una montaña, una piedrecita, un despiste, una mirada hacia otro lado, un frenazo o un acelerón, una brisa fresca o un viento de calor, es un sonido extraño, a veces incomprensible, otras tremendamente melódico. Es decir «lo voy a intentar», «lo voy a seguir intentando», es decir «lo quiero», decir «no sé si puedo tenerlo», es cuestionarte si realmente lo quieres, preguntarte si lo que quieres es realmente lo que tú quieres o lo que te han hecho querer; decir «hasta aquí» porque estás cansado o porque piensas que no puedes seguir o porque no quieres seguir; que te digan «hasta aquí» porque piensan que no eres suficiente o porque piensas que no eres suficiente o simplemente porque no eres el mejor. Fracasar, en este sentido, es sinónimo de vivir. Quiero decir: la vida es un fracaso, y qué bien que sea así.
«Yo una vez quise ser la mejor», canta Cat Power en su canción de 2006 «The Greatest»: «No había viento ni cascada que pudieran pararme. / Y entonces llegó la fuerza de la inundación, / las estrellas nocturnas se convirtieron en polvo». Todas las personas hemos experimentado alguna vez un impulso, por pequeño que sea, de destacar, de ser los mejores o de ser muy buenos en algo. Y todas las personas, de alguna forma, en alguno de esos impulsos, ya sean pequeños o enormes, hemos fracasado. Como en la canción de Cat Power, sentimos una especie de arrebato cuando se nos mete en el cuerpo la idea de un camino que tomar, de una aspiración que seguir. Por un momento, parece que no haya nada que pueda pararnos. La articulación de nuestras vidas, las articulaciones de nuestros cuerpos, las expectativas, los deseos propios y ajenos actúan a veces como facilitadores del camino del éxito; muchas otras, sin embargo, son impedimentos más o menos profundos, olas que vienen a destrozar los planes. ¿Qué es exactamente esa «fuerza de la inundación» de la que canta Cat Power y que convierte las estrellas en polvo? No lo sé muy bien. Esa indeterminación, esa ambigüedad poética, es justamente la que promueve que una experiencia tan personal – sentirse un fracasado– pueda entenderse como una experiencia común: ¿se refiere a un llanto desmedido?, ¿a las vías predeterminadas que chocan contra las expectativas?, ¿a ambas cosas y a muchas más? Sea como sea, lo que importa aquí es que, aunque nuestro deseo de ser los mejores se sienta en algún momento imparable, siempre, siempre, existe la posibilidad – y de hecho una gran posibilidad– de que esa cascada de ímpetu sea interceptada y frenada, de que fracasemos completamente.
En su canción homónima de 2019, «The greatest», Lana Del Rey canta nostálgicamente por un mundo que se está perdiendo, que ya se ha perdido. Las imágenes del pasado – donde se dibuja un anhelo por la Nueva York y la música que ella y sus amigos han tenido que dejar atrás– se interrumpen para dar paso a un presente en el que la protagonista de la canción se encuentra agotada y, jugando con el doble sentido de wasted en inglés, incluso borracha o drogada: «No te vayas, solo necesito una llamada de atención / Me estoy enfrentando a la mayor / La mayor de todas las pérdidas». Mientras que para Cat Power ser «the greatest» era una aspiración personal, para Lana Del Rey «the greatest» es una pérdida comunitaria que siente tremendamente íntima. En esta última asistimos a la idea de la cultura como algo que prende, que arde como una hoguera o como un incendio y, de nuevo jugando con dobles sentidos, también como un lugar emocionante, increíble, brillante: «La cultura se ha encendido y yo me lo he pasado en grande / Supongo que al final sí que estoy quemada / Y si esto es todo, me desconecto». Más aún, alumbrando la polisemia de estar quemada – engullida o atrapada por las llamas, pero también por el burnout, ese desgaste físico y psicológico que provocan el estrés y la fatiga laboral y/o social–, la cantante enlaza fracaso con cultura, fracaso con trabajo, fracaso como una situación común generalizada.
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