ARTÍCULOS

Empieza a leer 'En Alejandría, los árboles caminan' de Alaa al Aswani

21/10/2026

La ciudad te seguirá.
Vagarás por las mismas calles
y en los mismos barrios te harás viejo;
y entre las mismas paredes irás encaneciendo.
Siempre llegarás a esta ciudad.
Para otro lugar –no esperes–
no hay barco para ti, no hay camino...
CONSTANTINO CAVAFIS

1

10 de septiembre de 1964

La primera vez que visites el restaurante Artinos, con toda seguridad te dirán que es imposible encontrar una mesa libre si no tienes reserva y sin duda también te contarán lo que les ocurrió a personalidades célebres, egipcias y extranjeras, cuando consideraban Artinos un restaurante más y aparecían de repente para almorzar sin reserva previa. En aquel entonces, los recibía el propietario del restaurante, George Artinos, que con educación pero firmeza se disculpaba antes de invitarlos a tomar el almuerzo en la barra del bar, si gustaban. Algunos aceptaban, otros, en cambio, rechazaban la idea y se marchaban, pero todos sin excepción comprendían que las normas de Artinos se habían puesto para cumplirlas.

En cuanto entras por la puerta, te das cuenta de que la fama de Artinos es completamente merecida, pues se trata de uno de los mejores restaurantes de Alejandría y de todo Egipto. Cada noche se ofrecen cenas al son de las notas del piano de Aram el Armenio y hay también baile, que el restaurante organiza para la noche del primer viernes de cada mes. A ello se suman diversas celebraciones, Navidad y Nochevieja, Lunes de Pascua y Domingo de Resurrección. En las paredes verás fotos de celebridades egipcias y mundiales que han visitado el restaurante: estrellas de cine, cantantes, músicos, deportistas de élite y personalidades del país.

En la pared que está enfrente de la puerta principal hubo un retrato enorme con un marco dorado de su majestad el rey, el grandioso Faruq I, cuyo afecto sincero colmó a los trabajadores de Artinos en 1947 al concederles el honor de recibir una visita real. Aquel día, se reservó el restaurante entero para el monarca y su séquito y su majestad dio su permiso para que le tomaran aquella foto de recuerdo. En 1952, el Ejército asumió el poder, expulsó al rey e instauró la república y George Artinos, en ese momento, se deshizo del retrato del rey y puso en su lugar una foto, del mismo tamaño, de los miembros del Consejo del Mando Revolucionario, vestidos con el uniforme militar y rodeados de una multitud. Aquella foto siguió colgada algunos años hasta que Abdul Náser se hizo con las riendas, convirtiéndose en el presidente de Egipto. George Artinos ya había muerto y a esas alturas lo relevaba en la gestión del restaurante su hija Leda, quien, siguiendo el consejo de algunos clientes, retiró la foto de los miembros del Consejo del Mando y colgó en su lugar un retrato a tamaño natural del presidente Abdul Náser, con un lujoso marco dorado que le costó nada menos que una libra.

A excepción del cambio de fotos de los gobernantes, el restaurante Artinos siguió estando, como había estado siempre, en lo más alto. Es verdad que algunos viejos clientes emigraron de Egipto, pero no menos cierto es que fueron muchos los que se mantuvieron fieles a su restaurante favorito. A los hijos de la nueva clase gobernante (los oficiales y sus familias) no les gustaba el Artinos. Con un deseo tenaz por disfrutar de la vida cómoda emulando en todo a los aristócratas, consiguieron casas y apartamentos de lujo que la Administración de la Seguridad arrebató a los «enemigos del pueblo» y ellos consiguieron a cambio de nada o por un alquiler simbólico, se abonaron gratis a los clubes deportivos famosos, como el Gezira y el Sporting Club y enviaron a sus hijos a las escuelas más prestigiosas de Egipto. Todo ello estaba disponible para los nuevos gobernantes y, en ese contexto, el ambiente del restaurante Artinos les resultaba asfixiante y angustioso. La carta estaba impresa en francés, sin traducción, y los nombres de los platos eran largos y complejos, lo que les hacía imposible memorizarlos o incluso pronunciarlos de forma correcta. Desde el mismo instante en que entraban en el restaurante hasta el momento en que pagaban la cuenta, se tropezaban con numerosas pequeñas medidas aristocráticas que ignoraban, algo que les impedía disfrutar del poderío que anhelaban y, en consecuencia, les hacía evitar el Artinos y preferir otros restaurantes famosos de comida oriental donde eran recibidos sin reserva previa y encontraban los platos que conocían y que les gustaban.

Todo en Artinos estaba como los chorros del oro, y es que la limpieza y la elegancia eran la seña de identidad de todo lo que había allí: los manteles, las copas, la vajilla y hasta los aseos, que la gerencia del restaurante proveía de jabones y perfumes exquisitos. Todo aquel que trabajaba en este establecimiento dominaba el arte del trato a los clientes, empezando por Kámil, el recepcionista, siguiendo por la hermosa Cristina, que te recibía con su hechizante sonrisa, te cogía el abrigo y te daba un número, y hasta los camareros, con sus chaquetas rojas y sus camisas bien planchadas de un blanco reluciente, las pajaritas negras, la barba afeitada y satinada, el cabello bien marcado y las uñas cortadas con esmero, que George Artinos examinaba personalmente antes de dejarles comenzar el servicio. Las camareras, por su parte, ataviadas con sus uniformes bicolores, blanco y rojo, eran chicas hermosas y elegantes, llevaban el pelo perfectamente recogido y un maquillaje sencillo, nada estridente, y debían ser esbeltas, pues George Artinos, y después su hija Leda, amonestaban a la que cogía algo de peso y, si esta no entraba en razón, era despedida sin contemplaciones ni miramientos.

El edificio de Artinos constaba de dos pisos: el restaurante en la planta baja, con una entrada por el lado del mar y otra en la calle del tranvía; y la planta de arriba, con dos pequeñas salas para ocasiones especiales además de un pequeño bar.

Aparte de la buena comida, el alcohol, los vinos añejos importados y la música, lo que más atraía a la clientela del Artinos era el trato exquisito, y es que según entrabas en el restaurante, te sentías una persona importante y observada, como si te movieras delante de las cámaras o como si de alguna manera vivieras un instante histórico. La buena acogida que te dispensaban allí no era algo artificioso ni mercantil, mérito que se debía a George Artinos, que siempre les decía a los empleados:

–¡Que no se os olvide! El cliente es el que paga vuestros sueldos. Ha descartado cientos de lugares y ha escogido nuestro restaurante. Debéis hacerle sentir que estáis contentos y agradecidos con su presencia.

 

Si tu mesa estaba al lado de la ventana que daba al mar, cuando se hacían las seis de la tarde, veías un Ford deportivo modelo 1957 blanco descapotable con dos asientos tapizados en cuero rojo de primera calidad. Conforme aparecía el coche, Arabi salía corriendo hacia él para abrirle la puerta. Entonces bajaba un joven muy bien parecido vestido a la occidental, con un aire desenfadado y rebelde que contribuía en gran medida a su singular belleza. Si no conocieras a este joven, apostarías a que se trata de una estrella de cine o de un pijo rico, aunque de inmediato descubrirías –para tu sorpresa– que trabaja en el restaurante. Poco después aparecería delante de ti con la chaqueta roja, la camisa blanca y la pajarita negra, luego se inclinaría y con una sonrisa reverencial, diría:

–Bonsoir, soy Carlo Sabatini, el maître d’hôtel. Espero que todo esté a su gusto.

Leda Artinos gestionaba el restaurante desde por la mañana hasta las seis de la tarde, cuando le pasaba el relevo a Carlo Sabatini. Si comparáramos el restaurante con una orquesta, Carlo sería el director que guía a los músicos y marca el ritmo para que el motivo interpretado salga cargado de fuerza y emoción. Carlo andaba detrás de todo el mundo, empezando por los cocineros, a los que iba a ver de tanto en cuanto para asegurarse de que llevaban la ropa limpia y los guantes puestos, revisaba sus utensilios de cocina y les daba instrucciones precisas, que luego estos ejecutaban con resolución; a continuación, se iba a ver a los camareros, a los que observaba trabajar atentamente para comprobar que seguían las normas del servicio, y pasaba revista incluso a los clientes, a los que Carlo atendía con entusiasmo y veneración, concediéndoles un interés especial a los nuevos. A estos, normalmente, les generaba cierta impresión por su belleza deslumbrante y su atractivo aspecto cinematográfico, pero él enseguida disipaba la timidez inicial que les asaltaba con movimientos profesionales estudiados, como levantar los platos con una sola mano o cambiarles el cenicero en persona, o inclinarse y encender el cigarro del cliente con su propio mechero, como si le estuviera diciendo: «Así es... Como ve, estoy aquí para servirle».

 

El restaurante cerraba sus puertas oficialmente a medianoche, momento en el que la expresión protocolaria, cortés y servicial del rostro de Carlo con la que atendía a los clientes mudaba a otro gesto familiar y amigable con el que subía al pequeño bar en el piso de arriba donde recibía a una pequeña cuadrilla de amigos que hacían llamar a sus reuniones Caucus.

Ese nombre se lo puso años atrás de broma el cónsul americano en Alejandría, que era amigo del grupo y fue el que les explicó que la palabra caucus hacía referencia a una reunión ordinaria de un grupo de gente que tenían intereses políticos comunes. Cuando dicho cónsul concluyó sus funciones y abandonó Alejandría, los miembros del Caucus siguieron conservando el nombre cuando se veían a altas horas de la noche y daban rienda suelta a sus ideas, que con la bebida salían sin censura ni barreras. Algunos de ellos cenaban en el restaurante y luego subían al bar por la escalera principal; otros accedían directamente por la pequeña puerta de la calle del tranvía, que comunicaba con la escalera trasera y que no muchos conocían. Los miembros del Caucus se quedaban hablando y bebiendo hasta la hora que les apetecía y Carlo mismo los atendía a cambio de una buena propina, que le daban con la generosidad de los que están entre amigos.

Aquella noche los miembros del Caucus acudieron al completo. Al fondo de la barra se sentó el abogado Abbás al Qusi, ataviado con un traje color gris claro combinado con una camisa blanca y una corbata azul salpicada con algunos motivos; a su lado se acomodó su esposa Noha al Shawarbi (hija del difunto Ismaíl Pachá al Shawarbi), una belleza de tez morena que rondaba los treinta y trabajaba como guía turística. Por el otro lado de la barra, tomó asiento Leda Artinos, la dueña del restaurante, y junto a ella, como siempre, el artista plástico Anas Sayrafi, con una pajarita burdeos sobre una camisa blanca y una chaqueta azul de lino; por el centro de la barra, Tony Kazán, un hombre de unos cuarenta, corpulento y reposado, que llevaba unos pantalones y una camisa de rayas anchas blancas y azules. Hombre de cejas espesas y pelo en pecho (el vello le asomaba por la parte baja del cuello), tenía una mirada traviesa dibujada en un rostro inocente. Tony solía parar en Artinos cada noche para tomar varios tragos antes de ir a su casa y, con los primeros sorbos de whisky, revivía, se aclaraba su estado de ánimo y empezaba a mirar en derredor buscando cualquier cosa divertida; entre Tony Kazán y Noha al Shawarbi se sentó Chantal Lemaître, propietaria de la célebre librería Balzac de la calle Fuad, una señora francesa esbelta y de la misma quinta que Tony, cuyas hermosas facciones traslucían, no obstante, cierta zozobra. Había algo extraño en su aspecto que provocaba rechazo... Un temperamento impropio y fuera de lugar que resultaba al mismo tiempo inquietante y conmovedor. Todos los miembros del Caucus hablaban en francés en presencia de Chantal, a quien adoraban y echaban de menos cuando fallaba a la cita, pese al alboroto –y a veces los problemas– que generaba durante la velada. Chantal era una personalidad conocida en Alejandría y gozaba de una gran popularidad entre los intelectuales, que le compraban libros y revistas francesas. Merced a su amplio círculo de relaciones, se libró de la orden de deportación que aplicó el gobierno sobre los franceses que residían en Egipto a propósito de la participación de Francia en la Agresión Tripartita contra el país en 1956. Chantal se excedía habitualmente con la bebida y su melopea se iba evidenciando por etapas: los primeros tragos le provocaban una suerte de aflicción soñadora y parecía cohibida, tranquila; si alguien le hablaba, respondía con amabilidad y una sonrisa dulce; pero según iban cayendo los vasos, daba comienzo la segunda fase, en la que, dominada por la alegría y el júbilo, se ponía a dar palmas o a bailar o a reírse de una forma histriónica (hasta le lloraban los ojos) y, finalmente, ya en la tercera fase, le sobrevenía un sentimiento de amargura y, atenta a lo que sucedía a su alrededor, aparecía en su rostro una mueca de resentimiento y aversión, como si se enfrentara a una tiranía profunda que, soportada durante mucho tiempo, la hubiera llevado al fin al hartazgo, y era en ese momento cuando decidía anunciar la verdad a todo el mundo. La noche que Chantal se tomó una botella entera de vino rosado, se fue al baño dando tumbos y, cuando volvió, pidió otro vaso; le dio un sorbo y, mirando a los presentes con una sonrisa preparada, gritó de repente:

–Attention tout le monde.

Cuando los amigos la miraron, pasó a decir con alegría:

–Esta es una advertencia de mi parte a los miembros del Caucus... Todo hombre que tenga los ojos bonitos deberá ocultarlos con unas gafas negras si no quiere que la Policía Militar se lo lleve preso.

Abbás al Qusi se echó a reír y comentó:

–Carlo es el único aquí que tiene los ojos bonitos, así que los demás no tenemos nada de lo que preocuparnos.

–El jefe de la Policía Militar es el único que determina la belleza de tus ojos –le corrigió Chantal.

Tony soltó una carcajada.

–Mi querida Chantal... Otra vez estás bebida y andas diciendo bobadas.

–¡Tony! –gritó ella–. Yo no digo bobadas, eres tú el que no se entera de lo que pasa en Alejandría.

En este punto, intervino Anas con su voz ronca.

–Lo que dice Chantal ocurrió de verdad la semana pasada en la playa de Al Maamura. Había una competición entre los jóvenes para elegir quién tenía los ojos más bonitos de Alejandría, y cuando Abdul Náser leyó la noticia en la prensa, les mandó a la Policía Militar y detuvieron a todos los que participaban en el concurso.

–¡Qué extraño! –exclamó Leda–. ¿Por qué los detuvieron?

Anas respondió con sarcasmo:

–Hombre, no queda muy bien que los chicos alardeen de ojos bonitos... Se supone que deben presumir de su profesionalidad en el trabajo o de sus altas calificaciones en los estudios, pero que se precien de su hermosura es una indecencia y una impertinencia que no están permitidas en nuestra sociedad socialista.

–¿Y qué hicieron con los chicos que se llevaron detenidos? –preguntó Carlo sorprendido.

Agitando el vaso entre las manos, le respondió Anas:

–Los raparon al cero y los mandaron a los cuarteles del Ejército para que aprendieran a ser hombres.

Por un instante, se hizo el silencio y Anas siguió explicándose:

–El señor presidente Abdul Náser cuida celosamente la educación y la disciplina de los egipcios.

Noha al Shawarbi se echó a reír.

–El señor presidente nos protege de la maldad que hay en nosotros mismos.

Anas le dio un trago al vaso y se encendió un cigarro antes de volver a hablar.

–Lo que pasa en Egipto es el absurdo por excelencia. Abdul Náser celebra una cumbre a la que acuden presidentes y monarcas de trece Estados árabes... Lo curioso es que la mitad de esos gobernantes no se lleva bien con Abdul Náser, que los ataca ferozmente en su discurso y, pese a ello, en cuanto les manda la invitación, corren que se las pelan para no faltar a la cita.

–Esos gobernantes árabes vinieron a El Cairo forzados –puntualizó Chantal–, porque la popularidad de Abdul Náser en el mundo árabe es arrolladora y si faltan a la invitación de Abdul Náser sus pueblos pueden rebelarse contra ellos.

Anas guardó silencio un momento antes de responderle.

–Supongo que tu análisis es correcto, pero es que el objetivo de la cumbre, anunciado públicamente, era la resistencia al colonialismo, y no lo entiendo... Si Abdul Náser tuviera un plan para hacer frente al colonialismo, ¿por qué no iba a ejecutarlo en secreto? ¿Para qué anunciar el plan en una conferencia general delante de las pantallas de televisión?

El comentario provocó la risa de Abbás, que intervino a continuación:

–Abdul Náser quiere dejar claro que él es el Líder de la comunidad árabe y como cualquier dictador es un narcisista... Le hierve la sangre si está lejos de los focos y de las cámaras un instante.

Chantal sacó el genio de repente.

–Vosotros dos, ¿no os cansáis de meteros con Abdul Náser? De verdad, me dais pena... Toda esta palabrería no sirve de nada: todos los egipcios quieren a Abdul Náser.

–Eso no es cierto –la corrigió Noha al Shawarbi–. Hay egipcios que lo detestan.

–Los que odian a Abdul Náser son una pequeña minoría sin ninguna influencia –le rebatió Chantal.

–La cuestión no es el amor o el odio –dijo Abbás–, sino el principio básico... Yo estoy en contra de cualquier dictador, por muy grande que sea su popularidad o sus logros.

–Estoy de acuerdo con Abbás –convino Anas–. Yo rechazo la dictadura como odio las proclamas... Los lemas siempre tienen algo falso y perverso y allanan el camino para cometer delitos. Así nos lo ha enseñado la historia.

–Decid lo que queráis, pero los hechos son los hechos –afirmó Chantal con una risita descreída–. Los egipcios creen en Abdul Náser, lo veneran como sus antepasados los faraones veneraban al dios gobernante... Abdul Náser es capaz de movilizar a millones de egipcios con un solo gesto de su mano, y mientras tanto los miembros del Caucus acuden cada noche al Artinos a beber whisky y soltar sus teorías, que no interesan a nadie. ¿No es patético?

–Pues yo no pienso abandonar mis convicciones jamás –reaccionó Abbás.

–¿Me vas a negar que Abdul Náser ha hecho cosas útiles para los egipcios? –le increpó Chantal.

–El beneficio más importante para los egipcios es aplicar la democracia.

–Abbás, por favor, ¡sé objetivo! ¿Qué tienes que decir de la enseñanza gratuita y las fábricas nuevas?... O, mejor, ¿qué opinas de la gran presa? Ciertamente es un logro histórico...

–Todos los logros del dictador son como esos palacios que hacen los niños en la arena. Una simple ola basta para destruirlos.

En este punto de la conversación, Anas se volvió hacia Tony Kazán.

–¿Por qué no participas en el debate? –le preguntó.

–No me interesa la política.

–Mi querido Tony... Perdóname, pero me veo obligado a anunciar el secreto que escondes.

–¿Qué secreto? ¿Qué tontería dices?

–Tony, tú eres uno de los mayores defensores de Abdul Náser. He visto con mis propios ojos a los obreros de tu fábrica portando una pancarta grande en la que habían escrito: «Juramos lealtad al líder Abdul Náser, el héroe del nacionalismo árabe».

–No quiero hablar de este tema –dijo Tony contrariado.

Anas le dio una palmadita en el hombro, acompañándola de una mueca sonriente.

–Que te guste Abdul Náser no dice nada malo de ti. Ya se sabe que tú eres un luchador que resiste al imperialismo allá donde esté.

Todos se echaron a reír, pero Tony respondió en tono serio:

–Primero, tu broma es ridícula y, segundo, yo no estoy con Abdul Náser ni contra él. No me interesa lo más mínimo quién gobierne Egipto, y si estuviera en cualquier otro país, me daría igual quién estuviera al mando. Yo solo quiero trabajar y prosperar sin que me pongan zancadillas.

–Yo estoy de acuerdo con Tony –apoyó Leda con vehemencia–, y además creo que la mayoría de los egipcios piensan como nosotros. Lo más importante es trabajar, ganar dinero y vivir en paz.

Chantal apuró el vaso y le hizo una señal a Carlo para que le sirviera otro. Luego, levantando el tono, dijo con acritud:

–Con todo mi respeto... Anas y Abbás, vosotros vivís en una burbuja de ideas y teorías. Estáis completamente separados de la realidad y no entendéis al pueblo. Los egipcios no han conocido en su historia más que la dictadura, y por eso son sumisos por naturaleza y se sienten seguros bajo el dictador.

–¡Eso es un error! –replicó Abbás vivamente.

–La sumisión de los egipcios es un hecho histórico –afirmó Chantal.

Anas sonrió e intervino sin alterarse.

–Mi querida Chantal, te voy a traer algunos libros sobre la lucha de los egipcios por la libertad. Vas a descubrir lo equivocada que estás y nos deberás una disculpa pública.

–Has dicho que odias las proclamas y tiras de ellas cuando te viene en gana –se defendió Chantal–. Yo adoro a los egipcios, pero los veo tal y como son, no como me gustaría que fueran. Los egipcios son civilizados, inteligentes, buena gente y amables, pero sumisos al gobernante. Así es su naturaleza y yo los acepto tal cual. Lee las memorias de Antoine Clot Bey. Este médico francés, que vivió en Egipto en época de Mohámmad Ali y fundó la primera Escuela de Medicina de Egipto, dejó escrito que los campesinos egipcios no aceptaban la revolución y que a veces podían indignarse y mostrar su oposición a la injusticia, pero enseguida pensaban en las consecuencias de la rebelión y por miedo volvían al redil de nuevo.

–Que Clot Bey escriba lo que quiera –dijo Anas–, pero la historia da fe de que los egipcios han hecho grandes revoluciones.

Se elevaron las voces de los presentes, solapándose de tal forma que Carlo se vio obligado a golpear con una cuchara un vaso vacío, llamando a la calma.

–Tranquilos, por favor, para que podamos escucharnos unos a otros.

Leda levantó la voz, irritada.

–Sinceramente, no me gusta un pelo esta discusión. ¿Por qué consideráis que los egipcios tienen que ser héroes o sumisos? ¿Por qué echamos cuentas con el egipcio en función de nuestras expectativas en lugar de entender su propia lógica? El egipcio como ser humano tiene prioridades en su vida que nosotros debemos respetar. Se desloma a diario para poder dar de comer a sus hijos y ofrecerles la mejor educación. ¿Acaso no es eso una lucha grandiosa en sí misma?

–Lo que pasa es que Chantal cree que los egipcios no necesitan la libertad como los pueblos occidentales. Ese es un punto de vista racista –sentenció Anas.

–Yo no soy racista... Eso no te lo permito –saltó Chantal indignada.

–¿Puedo dar mi opinión? –preguntó Noha al Shawarbi. Le dio un trago al vaso de cerveza y siguió diciendo–: Espero que no os enfadéis conmigo, pero creo que a Chantal no le falta razón. Los egipcios realmente son sumisos por naturaleza y obedecen a cualquier gobernante mientras esté en el poder. Mi trabajo como guía turística me ha hecho leer la historia, y los egipcios siempre han observado la lucha con el poder desde la barrera y luego ofrecen su obediencia al vencedor.

–Habladurías sin pruebas –terció Anas con calma.

–¿Quieres que te dé una prueba? –respondió Noha alterada–. Bien... La prueba es lo que ocurrió en mi familia. Mi padre, Ismaíl al Shawarbi, era un patriota leal, y tras conseguir el doctorado en leyes por la Sorbona decidió rechazar todas las ofertas que se le presentaron en Francia para volver aquí a transmitir sus conocimientos a los estudiantes egipcios. Cuando se convirtió en ministro de Justicia, su salario se distribuía, por propia iniciativa, entre los mensajeros del Ministerio. Mi padre dedicó su vida al servicio de su país. Luego los militares dieron el golpe de Estado, lo detuvieron y le expropiaron la tierra que había heredado de sus abuelos. Se quedaron cinco mil faddanes en un solo día. Cuando ahora pienso en lo que ocurrió, no sé cómo pudo mantenerse entero hasta el final. Transfirieron su expediente al tribunal militar, y cuando el juez le dijo: «Estás acusado por corrupción», mi padre le respondió con una sonrisa:

»–Trabajaba como voluntario y no he percibido ni una sola libra del gobierno egipcio, así que ¿dónde está la corrupción?

»Entonces el juez va y le suelta:

»–Estás acusado por corrupción política.

»Y mi padre, levantando la voz en medio de la sala, responde:

»–Fui ministro en el gobierno del partido Wafd. Llegamos a nuestros cargos a través de unas elecciones libres, en cambio vosotros llegasteis montados en tanques, así que ¿quién es el corrupto aquí?

–¡Qué valiente! –comentó Anas.

–Era un gran hombre, Dios lo tenga en su gloria –dijo Abbás.

–¿Y qué hicieron con él? –preguntó Tony.

Noha sonrió con pesar.

–Obviamente, se montó un gran revuelo en el tribunal y el juez le pidió al secretario judicial que borrara del acta lo que había dicho mi padre y, a renglón seguido, lo condenó a cuatro años de cárcel. Cuando cumplió su pena, salió enfermo y murió.

–¡Qué triste! –musitó Carlo al tiempo que vertía la cerveza despacio para que no subiera demasiado la espuma.

Cuando le puso el vaso delante, Noha le dio un trago y añadió:

–La pregunta aquí, amigos, es: el sublime pueblo egipcio, por el que mi padre luchó toda su vida, ¿qué hizo por él? ¿Sus compañeros y sus estudiantes de la Facultad de Derecho hicieron causa común con mi padre? ¿Alguien lo apoyó cuando estaba encarcelado injustamente? ¿Alguien nos ayudó a mí y a mi hermano Mustafá cuando vivíamos en la miseria después de que mi padre saliera de la cárcel y le expropiaran sus bienes? En absoluto. A excepción de uno o dos amigos, todos nos hicieron el vacío, nadie nos ayudó. A la gente cuyos derechos mi padre se pasó la vida defendiendo no les bastó con desentenderse de él cuando lo pasaba mal, pues muchos de ellos incluso se alegraron cuando le quitaron su tierra, lo consideraron un símbolo de la época pasada y comenzaron a esquivarlo. La ingratitud de la gente fue lo que más le dolió. Pocos días antes de morir, le pregunté:

»–Si pudieras retroceder en el tiempo, ¿regresarías a Egipto y dejarías Francia? –Me contestó–: Si volviera atrás, haría lo mismo que hice porque es mi obligación con mi país. La única diferencia es que no esperaría las gracias o la ayuda de los egipcios, porque ahora los conozco.

Tras una breve pausa, Noha concluyó con un tono apesadumbrado:

–Los egipcios fueron más injustos con mi padre que Abdul Náser.

Chantal intervino entonces:

–Es una historia muy triste, pero viene a confirmar mi idea sobre los egipcios. Creo que su devoción religiosa es el motivo de su sumisión. Cuando se liberen del poder de la religión conseguirán la justicia y la libertad.

–Perdona –intervino Leda–, ¿qué tiene que ver la religión con este tema?

–La religión te hace resignarte ante la injusticia y esperar la justicia en la otra vida. La religión te entrena en la obediencia: obedeces al Señor, luego obedeces al hombre de religión, después obedeces a tu esposo y, por lo tanto, es natural que también obedezcas al dictador. El matrimonio, como la religión, conduce a la sumisión.

–Chantal, creo que estás mezclando cosas.

–Si pensaras un poco, te darías cuenta de que tengo razón. El matrimonio es en esencia un contrato de propiedad del hombre para con la mujer.

Noha se volvió hacia Abbás y con una sonrisa en los labios le reclamó:

–Abbás, por favor, dame el contrato de propiedad con el que me compraste.

Sonaron las carcajadas al unísono y Tony cambió de tema.

–Noha, tú que eres la responsable de cine del Caucus, ¿cuál ha sido la última película que has visto que te haya gustado?

–Por desgracia, las cintas extranjeras se pasan en Egipto mucho después de que se estrenen fuera.

–¡Solo faltaría! El censor debe asegurarse de que el contenido de la película no amenaza al Estado ni desgarra el frente interno –comentó Anas con cinismo.

–La semana pasada –prosiguió Noha con alegría– vi con Abbás La noche, dirigida por Antonioni. La pasaban en el cine Amir.

–¡Amigos! –exclamó Abbás–. Me veo en la obligación de advertiros sobre esa peli. ¡Dos horas íntegras de tortura!

Chantal lo miró desaprobando el comentario.

–¿Es que no te gusta la película de Antonioni?

–Es soporífera.

–Antonioni describe personajes que están aburridos.

–Si los personajes sufren de aburrimiento, no hay por qué trasladar el aburrimiento a los espectadores.

–Eso es cierto –terció Anas–. En el arte hay una diferencia entre el contenido y el estilo. Cuando el artista caracteriza a un personaje obsceno, el estilo no tiene por qué ser obsceno. El arte debe tener la capacidad de expresar la belleza de las cosas más horrendas.

Con un tono desafiante, intervino Chantal de nuevo.

–Antonioni es uno de los directores de cine más importantes del mundo.

A lo que Tony reaccionó indignado:

–Chantal, ¿por qué ese afán por provocarnos? Aunque fuera el director más sublime de la historia del cine, cualquiera está en su derecho de rechazar sus películas.

–A decir verdad, Abbás y yo también discrepamos sobre la película de Antonioni –siguió Noha–, pero nuestros gustos coinciden en otra película, La primavera romana de la señora Stone.

–La están poniendo en el cine Metro. Vivien Leigh interpreta el papel de una actriz que está haciéndose mayor, se retira y se va a vivir a Roma, donde se enamora de un gigoló italiano que la chantajea y la hace sufrir.

Chantal se apresuró a intervenir:

–¡Ah, sí! Yo vi esa película en París y me gustó, pero no creo que vosotros podáis entender los sentimientos de la protagonista.

–Mi querida Chantal –reaccionó Anas–, ¡qué refinada te vuelves por la noche!

Todos se echaron a reír mientras Chantal apuraba lo que le quedaba en el vaso y, de nuevo, le hacía una señal a Carlo para que le sirviera otro.

–Reíos todo lo que queráis –dijo dirigiéndose al grupo–, pero digo verdades como puños. Lo que habéis entendido de la película es que el gigoló italiano engaña a la protagonista, y eso no es cierto. Ella sabe que él es un chapero de medio pelo y no lo cree, pero este joven mediocre ha logrado despertar su libido. El deseo sexual es algo misterioso que nadie acaba de entender del todo.

Anas respondió como si tratara de provocarla.

–Bueno, la película es bastante simplona y clara: un gigoló engaña a una mujer mayor. ¿A qué viene la pedantería?

–¡Yo no soy pedante, Anas! –dijo Chantal furiosa–. Eres tú, que no quieres entenderlo. He dicho que los elementos que intervienen en la pasión son complejos y puedo darte infinidad de ejemplos de mi propia vida. Estuve varios años viviendo con un hombre. Nuestras relaciones sexuales eran excelentes y al tiempo descubrí que también le gustaba acostarse con chicos. No me resigné. Quise conservarlo a mi lado, así que me corté el pelo para parecer un chico y le pedí que hiciera conmigo en la cama lo mismo que hacía con los muchachos.

Carlo la interrumpió súbitamente.

–Señora Chantal, ¿quiere que le pida un taxi?

–Conduciré yo misma. Ponme otro vaso. –Chantal soltó un golpe en la barra acompañado de un grito–. ¡Yo soy la única que decide cuándo y cómo me voy! ¿Lo entiendes?

Carlo agachó la cabeza y se disculpó sin responder a la provocación.

–Lo siento.

–Carlo solo se preocupa por ti –medió Abbás.

–¡Oh, claro! ¡Idos al infierno! Ya basta de practicar ese maldito paternalismo. Si necesitara vuestra ayuda, os la pediría... ¡Carlo! Ponme otro vaso y tráeme la cuenta.

Carlo le sirvió otro vaso. Se lo bebió de un trago y se puso a mirar la nota. Sacó varios billetes del bolso y los tiró encima de la barra. Le costó encontrar las llaves del coche y, antes de salir, se disculpó.

–Perdón si he estado un poco espesa esta noche.

Se elevaron las risas, a las que siguieron los comentarios.

–¡Tú siempre lo estás!

–Te perdonaremos la tontería...

–Buenas noches... Tienes que irte a dormir.

Chantal sonrió y se despidió haciendo un gesto con la mano. Luego abrió el paso tambaleándose hasta que salió de la sala y quedaron batiendo tras ella las hojas de la puerta. Tony preguntó entonces:

–¿Por qué Chantal se ha disculpado con nosotros y no con Carlo?

–Creo que está enfadada conmigo –dijo Carlo–, aunque yo solo estaba haciendo mi trabajo. Si al cliente se le va la mano con la bebida y empieza a revelar secretos de su vida privada que pueden comprometerle, el barman debe intervenir.

Anas pensó un momento antes de dar su opinión.

–Bueno, creo que hay un problema en su vida que la empuja a beber de esa forma.

–Soporta mucha presión –comentó Carlo–. La librería Balzac ha perdido muchos clientes, y Chantal ya no gana como antes.

–Deberíamos llamarla en un rato para asegurarnos de que ha llegado bien a casa –propuso Tony.

Carlo se acordó de algo.

–Una vez, que estaba borracha, la llamé para interesarme por ella y me dijo que no volviera a hacerlo nunca más.

Abbás levantó la voz.

–Carlo, por favor, ponnos otra ronda, a ver si se nos pasa el mal sabor de boca que nos ha dejado Chantal.

***

Traducción de Noemí Fierro

***

Descubre más sobre En Alejandría, los árboles caminan, de Alaa al Aswani, aquí.

COMPARTE
COMENTARIOS