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Empieza a leer 'El sur' de Tash Aw

02/09/2026

Dos chicos caminan a la sombra exigua de una plantación frutal, lejos de la casa donde se alojan. Es poco después del mediodía, el sol cae a plomo, implacable, y no hay nadie a la vista. Bajo esta luz, la tierra brilla incierta frente a ellos. Hace meses que no llueve; la vegetación, normalmente cargada de humedad, se ha agostado y se ha vuelto quebradiza. Hace días que el aire es tan cálido y tan seco que a los chicos les quema la garganta al respirar.

Enciende una cerilla y el país entero arderá en llamas, dice uno de ellos. Se llama Jay. Se abre camino entre hierbas largas y ásperas que le hieren las pantorrillas, entretejiendo sobre ellas unos cortes finos y exquisitos que le escocerán más tarde, cuando se lave, aunque ya se ha acostumbrado al dolor y, de hecho, apenas lo reconoce como tal. La maleza aquí es una maraña de espinas, y cada noche Jay descubre en sus brazos y piernas pequeñas heridas que manchan de sangre su toalla y sus sábanas, y aun así casi nunca percibe los pinchazos en su piel.

Los chicos caminan sin detenerse, avanzando hacia las sombras más densas del centro de la plantación.

Los llamo «chicos», pero lo cierto es que ya no lo son. ¿Qué son, entonces, visto que aún no son hombres? Tal vez no importe saberlo ahora mismo. Al llegar al pie del árbol más alto, levantan la mirada hacia sus ramas, bifurcadas y retorcidas por la edad. Jay alarga un brazo, toca el tronco y recorre con los dedos sus grietas superficiales. Pronto lo talarán, junto con todos los demás. Están enfermos, les han dicho, y hay que destruirlos.

Los árboles como este pueden vivir cientos de años, dice Jay. En la India hay uno milenario.

Lo has leído en uno de tus libros, pregunta el otro chico, pero no suena como una pregunta: no le interesa la edad de los árboles, los árboles no le interesan en absoluto, aunque sean parte del paisaje que ha visto toda la vida.

Talar un árbol es peor que matar a un ser humano, dice Jay contemplando las ramas.

El otro chico se ríe, pero no es un sonido alegre, solo un ruido sordo que le brota del fondo de la garganta. Qué sabrás tú de la muerte, dice. Se llama Chuan. ¿Has matado a alguien alguna vez?

Jay nota que Chuan se acerca, pero no se da la vuelta. Siente su aliento en la nuca, aunque tal vez sea solo su imaginación calenturienta, porque lleva días deseando que llegue este momento; y en su deseo ha anticipado la forma en que transcurrirá cada segundo, la forma en que tocará y será tocado, la suavidad sudorosa de su piel, las cosas que se dirán. Antes de que suceda ya conoce hasta el último detalle. Ahora solo tiene que esperar.

Siente las manos de Chuan sobre sus hombros, cerca de la nuca. Espero que podamos salvar estos árboles, dice sin dejar de mirar sus hojas. Jay se imagina volviéndose despacio y mirando a Chuan, hasta que uno de los dos –da igual quién sea– extienda la mano y toque la cara del otro. Pero no lo hace, paralizado por el miedo y la indecisión. ¿Qué descubrirá si se da la vuelta y mira al otro chico?

Date la vuelta, Jay, date la vuelta.

Nada, es incapaz de mover un músculo: su cuerpo se le ha vuelto extraño. Lleva años deseando que alguien le toque de esta manera, pensando en la libertad que sentirá. Más de una vez ha imaginado la frescura de ese gozo, el lento paladeo de cada gesto. Tal vez tenga miedo de esa liberación, de lo que conllevará. Es la primera vez que experimenta la rebelión de su propio cuerpo. En el futuro habrá otras ocasiones, en otros lugares, lejos de aquí, y acabará por acostumbrarse, pero por ahora es una sensación nueva.

Espero que podamos salvarlos, insiste con la vista puesta en las copas de los árboles. En las ramas más bajas ve un pájaro bastante grande que no puede identificar. Un halcón pequeño o un cuclillo muy desarrollado. Es difícil distinguirlo a contraluz. El pájaro le devuelve la mirada, le escruta. Se pregunta si eso será un buen o un mal presagio.

Siente que Chuan le agarra por los hombros, sus manos ejercen al principio una presión cálida y neutral que luego empieza a hacerle un poco de daño, aunque no es un dolor desagradable. Empezaba por fin a darse la vuelta cuando Chuan le empuja con fuerza hacia el tronco hasta estrujar su cara contra la áspera corteza. Sabe que si se resiste se rasguñará la mejilla, puede que se haga sangre y acabe marcado por su deseo, que ya no le será posible ocultar al mundo.

Chuan le separa los pies con los suyos y forcejea con las manos para bajarle los pantalones, pero la hebilla de velcro se le ha trabado en la cintura y la tela se tensa en torno a sus caderas. Jay tiende una mano para desprender la hebilla y, mientras trata de bajarse los pantalones, siente que Chuan aprieta su cuerpo flaco y nervudo contra el suyo. De nuevo intenta darse la vuelta: quiere apreciar esos primeros minutos, prolongarlos en su cabeza para que el tiempo que pasen juntos se le antoje un intervalo de muchas horas, de un día entero. Así se había imaginado la primera vez. Pero Chuan le tiene inmovilizado contra el tronco, es mayor que él, más fuerte, le ha puesto un antebrazo en la espalda y por un momento le sorprende su fuerza, aunque sabe que no tiene nada de sorprendente: al fin y al cabo, el cuerpo de Chuan es un producto de este paisaje riguroso, inmisericorde. Lo que más le choca es que quiera despachar cuanto antes sus primeros momentos de intimidad, que, al contrario que él, busque acelerar cada segundo y comprimir el tiempo.

Cuando todo acaba –menos de dos minutos después, calcula–, Chuan apoya la cabeza entre el cuello y el hombro de Jay.

Quiero estar contigo, dice. Para siempre.

Jay asiente. Ese «para siempre» le parece entonces una idea reconfortante. Pero a esa edad, ¿qué va a saber ninguno de los dos sobre el tiempo?

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Traducción de Álex Gibert

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