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Empieza a leer 'Doce cuentos de posguerra' de Graham Swift

17/06/2026

1. LA SEGUNDA MEJOR OPCIÓN

Aquello apenas merecía su atención, pero como se consideraba que su inglés era fluido –a veces incluso «perfecto»– y como podía implicar un encuentro con un militar británico, Herr Büchner había decidido encargarse del asunto personalmente. En cualquier caso, la carta había aterrizado en su escritorio, como tantas otras cosas que no iban dirigidas a nadie en particular. Procedía del oficial al mando, un tal comandante Wilkes, y estaba escrita, casualmente, en un alemán algo macarrónico.
          Qué oportuno que hubiera acabado en manos de un hombre con un inglés (casi) perfecto.
          A Herr Büchner le vinieron enseguida a la cabeza ciertas expresiones inglesas útiles, como equivocarse de conductos o llamar a la puerta equivocada. Pero, como las circunstancias eran peculiares –no se trataba de un ciudadano alemán, sino de uno de los Aliados–, y como la cosa contaba, por así decirlo, con el respaldo del Ejército británico...
          Después de leer la carta y examinar los documentos adjuntos, entre ellos la inquietante lista de nombres, suspiró y se quedó pensativo. Sabía reconocer la pomposidad santurrona cuando la veía. No le hacía gracia que aquel comandante Wilkes le diera órdenes, ni siquiera indirectamente, como si él estuviera bajo su mando. Era la Alemania de 1959, no la de 1949. Y el suyo era solo uno de los departamentos del Rathaus.
          «A quien corresponda.» Bien.
          Ciertamente, recibir peticiones de información y solicitudes que no eran de su incumbencia y redirigirlas –con educación, paciencia y eficacia– era la ocupación constante de su oficina; casi, pensaba a veces, su principal cometido. Habría podido responder al comandante Wilkes, por supuesto en un inglés excelente, en ese inglés frío en el que los ingleses eran tan expertos, para informarle, aunque no de forma tan directa, de que se había equivocado de conducto y de que el Rathaus, como el comandante Wilkes debería saber, no se encargaba de esos asuntos. Y para recordarle en términos generales –aunque no con esas palabras– que Alemania ya no era un país ocupado.
          Herr Büchner sabía que aquella habría sido una respuesta perfectamente justificada. Pero también sabía –volvió a suspirar– que la respuesta correcta era aparentar una cooperación ejemplar, lo que quizá implicaba recibir en su despacho, incluso con cierto servilismo, al sujeto de la carta, es decir, al hombre en cuestión.

El hombre en cuestión, un soldado raso del Ejército británico llamado Joseph Caan, de Londres N8, y destinado en el Rin, estaba ya ante él, hecho un manojo de nervios al ser recibido por un Amtsleiter que, sin embargo, se expresaba en un inglés preocupantemente preciso, y que se esforzaba, sin conseguirlo, para que aquella entrevista se pareciera a la –ya bastante difícil de por sí– que debía de haber tenido antes con su «superior», el comandante Wilkes.
          Claramente superado por la situación, pero –y eso despertaba el interés de Herr Büchner– superado por decisión propia.
          –¿No quiere sentarse, señor Caan?
          Estrechó la mano del hombre de manera rutinaria, pero lo miró con una sonrisa amistosa. Había optado por llamarlo «señor», lo que desde luego solo podía confundirle, pero aquello era una institución civil y deseaba que el hombre se relajara y pudiera descansar, pero sin decirle directamente «Descanse». ¿No era eso lo que decían en el Ejército? «Descanse.» Y luego: «Descanso a discreción».
          –No soy su superior. –Volvió a sonreír–. No tiene que ponerse firmes.
          Había tratado de controlar el tono. Se había levantado para saludar al hombre y le había señalado la silla que había delante de su mesa antes de volver a sentarse.
          –¿No se quita la boina?
          Herr Büchner le doblaba con creces la edad y también había sido militar. De eso hacía mucho, pero había conservado de sus años en el Ejército la idea de que algunos hombres, quizá la mayoría, podían ser y parecer soldados, incluso parecer hechos para serlo; pero había otros que nunca lo parecerían y menos aún lo serían, aunque por desgracia lo fueran. Puso enseguida al soldado Caan –al señor Caan– en esta última categoría. En otra época también se habría incluido en ella, aunque puede que el hombre que tenía delante no pensara lo mismo. Si es que alguna vez había pensado algo así.
          Pero quizá lo estuviera pensando justo en ese momento. ¿No era eso lo que todavía pensaban los británicos que hacían el servicio militar obligatorio en Alemania: qué había hecho en la guerra ese lameculos cabrón?
          El hombre se quitó la boina y dejó al descubierto un pelo oscuro, corto y rizado, que hizo que a Herr Büchner le viniera a la cabeza la expresión inglesa short and curlies, «pelos cortos y rizados», que, según recordaba, casi solo se usaba en la frase to have someone by the short and curlies: «tener a alguien cogido por [los pelos de] los huevos».
          Herr Büchner –Hans Büchner– también conservaba de sus tiempos de militar la idea de que en la vida ocurrían muchas cosas que estaban fuera de tu control y que quizá incluso estaban destinadas a arrebatártelo –por ejemplo, si te encontrabas en el lado equivocado de un escritorio–; pero, incluso cuando sucedían en circunstancias que sí estaban bajo tu control, en realidad las cosas simplemente ocurrían –y futuros enteros podían depender de ello– si te gustaba o no la cara del hombre que tenías delante.
          La cara del soldado Caan resultaba agradable porque no parecía la de un soldado. En realidad tampoco parecía la de un «señor». ¿Le llamarían «Joe», normalmente? Parecía un muchacho. Solo tenía diecinueve años. Además del pelo oscuro y rizado, tenía unos ojos oscuros y pequeños que miraban con cierto esfuerzo, de un modo que sugería que necesitaba gafas o tal vez solo ver con más claridad, pero que, evidentemente, no le habían valido una exención por ser corto de vista.
          Los escasos detalles que constaban en el expediente abierto sobre el escritorio de Herr Büchner indicaban que la ocupación civil del hombre era «aprendiz de sastre». ¿Trabajo minucioso –desde los quince años, quizá– con la aguja? Pero sus ojos, cuando por fin se cruzaron con los suyos, no eran apagados. Incluso tenían algo de alfileres.
          Todos aquellos datos volvieron de nuevo a su memoria.
          Joseph Benjamin Caan. Nombre de la madre: Eva Adele, de soltera Rosenbaum. Padre: Benjamin Franz, fallecido. El comandante Wilkes había creído oportuno señalar: «Caído en combate en África del Norte».
          Joe Caan, hijo de Ben Caan, de Londres N8.
          La lista que realmente importaba era, sobre todo, la de los Caan y los Rosenbaum. Había un Jakob, un Leopold, una Hanna, una Leah, un Bruno, una Elsa, un Ruben... Había incluso un Hans. Al parecer, la mayoría habían vivido en Hannover.
          El comandante Wilkes también había creído oportuno señalar que las «intenciones» del soldado Caan respondían a los deseos de su madre, lo que significaba –o así lo entendía Herr Büchner– que el hombre estaba cumpliendo una misión que le había encomendado, al menos, uno de sus mayores.
          Pero aquella mirada de pronto penetrante y nada fácil de engañar decía otra cosa. El soldado Caan podía haber afirmado que así era, para dar un respaldo sólido a sus intenciones; también es posible que el comandante Wilkes le hubiera preguntado con insistencia si aquello era cierto, porque no podía permitir que ningún soldado se escaqueara pretextando falsos asuntos personales. Y el soldado Caan, que no era tonto, había dicho que sí, claro, que así era, porque su madre lo deseaba.
          Bollocks. «Y un huevo.» Herr Büchner empleó para sí otra expresión inglesa, bien conocida y que le venía muy al pelo. Tenía buen ojo para las caras. La madre, Eva Adele, no había empujado a su hijo a hacerlo, de eso estaba seguro. La madre, que quizá, como él, rondaría los cuarenta y tantos años, habría preferido olvidarlo, borrarlo de su memoria: era la opción más fácil y, a veces, la mejor. Que a su hijo lo hubieran llamado a filas primero y lo hubieran enviado a Alemania –a Alemania, precisamente– después solo había sido cuestión de mala suerte para ella. Ese era el meollo del asunto. ¿Acaso no lo había visto también el comandante Wilkes en la cara de aquel hombre?
          También había sido mala suerte para el hijo, pero él no podía librarse. Era adonde enviaban a la mayoría. ¿No habían contado los dos con eso? Y, naturalmente, estaba además el otro factor, quizá igual de problemático: ahora el hijo era un soldado, al igual que su padre, Benjamin Franz, nacido en Alemania, pero, al parecer, muerto sirviendo en el Ejército británico.
          Todo le resultaba interesante. Le habría gustado tener una charla con aquel soldado Caan, una conversación informal y sin prisas, y allí tenía la oportunidad ideal, en aquel tranquilo despacho; pero ese asunto no era el que les ocupaba. En cualquier caso, tampoco era posible, dado que el hombre que tenía delante tenía muy poca capacidad de conversación (por no hablar de iniciativa).
          Le habría gustado decir, con la sonrisa apropiada: «Su superior tiene un dominio superior del alemán...».
          El soldado Caan no obedecía órdenes de su madre, eso se lo concedía. Sus ojos lo decían todo. No era un mother’s boy, como dicen los ingleses: un «niño de mamá». Seguramente en ese momento estaba más alejado de su madre que nunca. La verdad es que, si no lo hubieran destinado a Alemania, el problema no habría surgido. Podrían haberlo enviado a Hong Kong. Pero el caso era que estaba allí, y allí estaría durante varios meses, y Joseph Caan había decidido que tenía que dar la cara: face the music, como también dicen los ingleses.
          El hombre se había apresurado a descubrirse, como si se lo hubieran ordenado, pero parecía no saber qué hacer con la boina. La apretaba con ambas manos, estrujándola como si fuera un juguete para calmarse. En su vida había irrumpido algo, algo grande y apremiante, distinto quizá de todo lo que le había sucedido antes, y Joseph Caan había decidido por su cuenta y riesgo que no iba a escurrir el bulto. No iba a permitir que su yo futuro le dijera, cuando ya fuera demasiado tarde: «Fuiste a Alemania, ¿verdad?, estuviste en Alemania, ¿verdad?, y no hiciste nada. Gilipollas».
          Las palabras reaparecieron, palabras de soldados ingleses. ¿No tenía aquel joven todo el derecho y toda la razón del mundo para preguntarse qué había hecho en la guerra ese lameculos cabrón, ese «gilipollas»? Pero qué patoso se sentía ahora, al ver que un alemán hablaba en inglés mejor que él.
          El soldado Caan, aunque era un militar constantemente obligado a obedecer órdenes, actuaba, aunque con mucha torpeza, por iniciativa y voluntad propias. Herr Büchner lo veía claro. No solo le gustaba su cara: el muchacho le caía bien.

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Traducción de Antonio-Prometeo Moya Valle

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