ARTÍCULOS
Empieza a leer 'Bioy' de Diego Trelles Paz
1986
Enferma, hambrienta, delirante. Asqueada hasta la náusea por el olor de su propia mierda. Los pantalones hediondos pegados a la piel. Las piernas laxas contraídas contra el abdomen en posición fetal. El torso desnudo y tembloroso bajo una toalla sucia y, entre sus antebrazos, coloreados por hematomas, los pechos robustos cuelgan de lado, aún melosos por el rastro de esperma.
Ya ha sido violada. Una vez.
El mayor es siempre el primero y eso lo enorgullece. Le molesta, sin embargo, sentirse observado y por eso las venda. Así fue con ella. En tinieblas, cuando temía la voz del verdugo, recibió el primer golpe. Puño cerrado contra pómulo y pómulo que explota. Pómulo que explota y sangre que baña. Sangre que baña y palabras que oscurecen. Inútil advertencia: No grites, mierda, habla. Pero ella no sabe. Miente: sí sabe pero soporta. ¿Quién dice la verdad? Eso no interesa. Usted –ama de casa, señor honorable, digno empresario– no debe seguir leyendo. Cambie de libro. Cambie de autor. ¿Cómo se narra el horror si es más poderoso que cualquiera de mis palabras? ¿Cómo se nombra lo que duele imaginar? Mejor detenerse, soltar el lápiz, negar.
Eso no ocurrió. No hay tal cosa.
[La cámara vuelve.]
¿Está muerta? No se sabe. La nariz y la boca pastosa sobre la tierra ya no le importan. Duele moverse. Duele pensar que se mueve. No siente los pies. Perdió los zapatos durante el secuestro, aunque el frío es lo de menos sobre la planta abierta de hoyos infectos: primero los azotes, luego las colillas ardiendo sobre la piel, y es que el mayor fuma mucho, compadre, ya se lo han dicho pero primero es el vicio y esa rara manía de apagarlos donde nadie lo espera, ¿quién se la quita?
Las manos que la levantan son las del cabo. Si ella está muerta, no entiende por qué la consuela bajito el cabo; es el mismo joven que sintió desmayarse mientras la iban golpeando y el mayor, una, dos cachetadas cruzadas: «¡Levántese, Cáceres, carajo! ¿O le dan pena estos mierdas?». El cabo, avergonzado, se incorpora: no cerrará los ojos, mayor, pero ella sabe que no la mira y ahora es su voz como un eco –no llores, yo ya estoy muerta, tú sigues vivo, ¿quién sufre más?–, pero él, terco, iluso, la levanta en vilo, le sigue hablando bajito, la echa a andar.
No le importa que sean sus manos temblorosas las que le bajan el calzón: un trapo nauseabundo que se desgaja al contacto de sus dedos. No tiene asco ni deseos, piensa ella que ya está desnuda pero no siente el cuerpo. Una vez la operaron, recuerda, le quitaron el apéndice y al despertar hizo el ademán de estirar un brazo que no se alzó, y qué raro es ahora recordarlo; cabo, suelte mejor mi cabeza, déjela caer, acabo de salir del quirófano, nada podrá sostenerla.
El chorro frío contra sus rodillas es un martillo delgado buscando reflejos. Abre el ojo menos hinchado y ahí está el cabo sosteniendo la manguera de jardinero que la riega desde arriba como si la orinara Dios. La luz sobre las blancas mayólicas lastima sus retinas acostumbradas desde la última madrugada a la penumbra. «Si intentas con las manos, será más fácil limpiarte –susurra él como un niño ansioso y, haciendo una confidencia, agrega–: No te preocupes, no estoy mirando.» Aunque quiere, no puede hacerle caso: el agua, que empezó por las rodillas, ya le ha mojado las pantorrillas, la mata de vellos sobre el vientre, el empeine de ambos pies, pero ella no puede limpiarse, no controla sus manos. Si tuviera fuerzas para algo lloraría aferrada al cabo pero sabe que, por dentro, se ha quedado seca.
«¡Qué mierda hace, Cáceres!», exclama desde la puerta, roedor que se encorva, el mayor. Su voz no sería áspera ni a gritos. Es chillona y reverbera como si estuviera formada por un coro de ratas. Es, pues, un hombrecito siniestro y hepático; tiene el rostro de un niño pericote con los bigotitos puntiagudos y dos dientes afilados que le impiden cerrar la boca. Él, sin embargo, no se considera un tipo malo y si alguien se lo dijera de esa forma –Usted es un hombre malose sentiría profundamente herido. Hombre que defiende a su patria no se doblega. Hombre que lucha por la paz de los otros doma sus miedos. Si no entiende eso, cabo, se queda en el calabozo hasta que aprenda. Ahora llévese a esta basura a la cocina y avise a los oficiales que ya se acabó el fútbol, que ya mismo empezamos sesión.
Lo que el mayor llama cocina es, o fue, efectivamente, una cocina; sin la venda puede ver las ollas gigantes de metal sobre el cuerpo carbonizado de un horno de pan, un desorden de vasos descartables en el piso de alargadas losetas, un cucharón de madera colgando cual crucifijo de la pared. El olor a aceite quemado es igual de intenso que la noche anterior. Las paredes están impregnadas de una grasa anaranjada y pegajosa. La luz blanquísima de los fluorescentes le da una atmósfera de sala quirúrgica al espacio derruido de la cocina. Hacia el medio de la sala, advierte una mesa de cemento con cuatro vigas cerradas mirando al techo. No la recuerda. Se pregunta, entonces, si habrá otras cocinas y otras Elsas en aquel laberinto luminoso cuando el cabo, que la recuesta en la mesa y amarra sin fuerza sus muñecas, le pregunta si sabe lo que va a hacer. Porque tú no eres tonta, Elsa, carajo, mira cómo estás, y si dices lo que sabes, si le das algo al mayor, lo que sea, te vas ya mismo. Y ni le digas otra vez que no eres porque ellos saben que sí eres aunque les llores que no, será peor porque no hay cosa que le joda más al mayor que el no sé.
La risa del capitán Gómez explotando en el pasadizo anuncia el arribo del contingente de apoyo. Gómez y el suboficial Franco entran a la cocina llevando vasos de plástico y conversando amenamente, como si acabaran de llegar de una fiesta. «Menos mal que vimos los penales, Zambo», farfulla el capitán, y enseguida la mira y, mientras pisa el pucho encendido que colgaba de sus labios, con el tono jocoso que emplea para contar chistes, le pregunta al cabo si está cojudo para venir a bañar a la detenida como si fuera su hembrita. El silencio avergonzado de Cáceres no dura mucho. Mientras le estira la piel de un cachete, el suboficial le dice que está bien, Cáceres, no se me ahuevone ahora, todos hacemos cagadas la primera vez. Aunque su aliento a anisado lo marea, el cabo aprecia el tono paternal de su voz. A diferencia de Gómez, Franco es diligente en su labor y ni ebrio pierde la paciencia. Transige, incluso, con los detenidos cuando los golpes y las amenazas del capitán ya los han quebrado; los persuade hablándoles bajito, intercediendo a su favor no sin cierto histrionismo cuando le pide a Gómez que pare la mano, capitán, por favor, que lo mata. El simulacro es perfecto pero ni Gómez ni Franco se inmutan. No hay nada más placentero para ellos en el cuarto de tortura que esos escasos minutos en que el anisado y la cocaína crean esa representación informal para la víctima de turno. Quien los viera, no dudaría que hay algo de pertinente en esa alianza muda entre el capitán y el suboficial: cierta química abstracta, la simpática aureola de las parejas cómicas del cine mudo. La idea es menos peregrina de lo que parece; basta fijarse en el contraste de sus físicos para comprobarlo.
Gómez es alto, aindiado, tiene la cara deformada por el acné y una costra delgada de pelos cubriéndole el cráneo. Cuando toma o juega al fútbol con Franco, lo llama zambo maricón y negro rosquete y mulato mostacero y esclavo cometrolas. Sus insultos al suboficial invariablemente incluyen la raza y el sexo, en ese orden de importancia. Franco, por su parte, es bajo y algo robusto pero, cuando camina junto a Gómez, parece un enano negro y gordo. Si algo lo distingue es su bemba abultada. Los oficiales de mayor rango lo llaman Bembón Franco y el suboficial les acepta la ocurrencia en silencio. La gracia, sin embargo, no se la permite a nadie más; es conocida esa historia en la que Franco perdió la paciencia por última vez. Gómez, por lo menos, la recuerda con afecto. Fue durante la celebración de fin de año de los cadetes graduados. El más bravo y popular parecía ser Labarte, un trujillano aguerrido que salía con honores y ya andaba borracho, Martín, se había puesto pesado pero así era él y todos lo sabían y el día que el más valiente quiso callarlo, Martín le descargó el codo con una violencia inusual, y luego estiró su brazo ebrio para cogerlo del cogote y alzarlo y apretarlo hasta que el imprudente se puso azul y uno de los coroneles le dijo ya basta, Labarte, déjelo, qué mierda tiene. Y Gómez cayó como un trapo mojado, más humillado que herido al ver a sus compañeros cercándolo y, sobre el fondo a Franco, silencioso como siempre pero con una expresión inédita en la cara, como si de pronto alguien hubiese improvisado un palimpsesto maléfico sobre su antiguo rostro.
Tres meses después del episodio con Gómez, el alférez Labarte recibió dos balazos durante un confuso enfrentamiento con Sendero Luminoso en las afueras de Huancayo. Se le rindieron honores a Martín Labarte. Se improvisó una historia extravagante en la que abatía al único senderista muerto en la reyerta antes de ser atacado por la espalda. El que lo vio caer, y dio la alerta de la baja al comando de asalto, fue el suboficial Franco, el Bembón Franco, que estaba a escasos metros del difunto cuando le dispararon a quemarropa. Desde entonces, como atraídos por la inercia de un secreto oscuro, los militares Gómez y Franco se hicieron inseparables. Cuando el ingeniero Alberto Fujimori ganó su primera presidencia en 1990, y aunque estaban listos para la baja por las denuncias que especulaban sobre su pertenencia al comando Rodrigo Franco, mágicamente, con esa escalofriante magia que suele gobernar la suerte y el destino de sus compatriotas, ambos militares ascendieron de rango.
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