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Empieza a leer 'Años luz' de Jacobo García
1. TODO EMPEZÓ EN UNA PISTA DE BAILE
Este es un libro sobre América Latina que comienza en Ucrania.
Son las tres de la madrugada y, como dice la canción de los Burning, doy vueltas en mi cama. Estoy en la ciudad de Kramatorsk, en el frente del este de Ucrania, enviado por el periódico El País para cubrir la guerra. Es junio de 2022 y no hay gas. La luz viene y va, y cada pocos minutos oigo caer las bombas sobre lejanos campos de girasoles. Solo había tenido una sensación parecida en Afganistán, cuando la Alianza del Norte resistía el ataque talibán y los hombres de Ahmad Masud lanzaban de forma esporádica proyectiles, más que para atacar, para recordar que había alguien al otro lado de las colinas. Pero en Ucrania esto es algo continuo, frecuente. Por la mañana, por la tarde o por la noche. Un sonido integrado a cualquier actividad diaria.
La mayoría de los proyectiles cae en el campo y en zonas despobladas, y suenan lejos como un ruido ajeno, parecido a un trueno, pero en otras ocasiones lo hacen cerca y de forma inquietante. Entonces, un impacto seco mueve el suelo y la vibración sube de los pies a la cabeza. Los expertos llaman a esto «ablandar el terreno», que consiste, básicamente, en el ataque sistemático de la artillería contra una población previo al avance de las tropas. Una especie de «aviso» para que la gente pueda huir antes de que entren los tanques primero y los soldados, fusil en mano, después. Todo este bombardeo, mañana, tarde, noche y madrugada, tiene un efecto psicológico demoledor. Con ataques de ansiedad, mal dormidos y angustiados, los vecinos que se quedan tienen la sensación de que un enorme gigante está a punto de llegar para arrasar con todo.
Escucho la mayoría de los proyectiles caer a varios kilómetros de distancia, pero, metido bajo las sábanas, comienzo a pensar que, si quisiera, el ejército ruso no tendría que esforzarse mucho en corregir unos grados el objetivo y apuntar al edificio donde intento dormir. Ni siquiera tendría que haber nadie maléfico detrás de la decisión de modificar el tiro. Igual dos soldados están charlando relajados en la retaguardia, bebiendo vodka o viendo un partido del Spartak de Moscú, y uno de ellos, sin darse cuenta, se apoya en la palanca equivocada, altera un par de grados las coordenadas y el misil me cae encima. Reflexiones absurdas que hace uno en la cama.
Así que de vez en cuando, ya sea por ablandar el terreno o por un gol del Spartak, cada diez, cien o mil proyectiles, uno de ellos cae en algún edificio donde quedan vecinos. Entonces, los periodistas acudimos al lugar, hablamos con quienes ahí viven, estaban caminando cerca cuando cayó el misil o, simplemente, acaban de llegar donde ahora hay un cráter para rezar y curiosear. Quienes ahí viven casi siempre son ancianos que piensan que su casa vale más que su vida y se niegan a ser evacuados a ciudades como Kiev o Járkov, donde tendrían que estar en la indigencia y dormir en los pasillos de alguna estación de metro cuando antes tenían una casa con jardín y con flores. Por si no fuera ya difícil conciliar el sueño, la sirena antiaérea que advierte de un ataque inminente grita sin parar. En una ciudad como Kramatorsk, la sirena que avisa de un ataque aéreo es como el oleaje del mar: solo te das cuenta de su existencia si en algún momento deja de sonar.
Los hoteles están cerrados, así que he alquilado, con otra periodista de una cadena de televisión española, un pequeño apartamento en el tercer piso de un edificio soviético de cemento gris y líneas rectas desde donde vemos las columnas de humo. Hace semanas que no hay electricidad de forma continua, y una de mis obsesiones es que los teléfonos móviles y el ordenador estén cargados por si hay que escribir rápido y enviar la crónica al periódico. Por la ventana veo también vehículos militares que regresan del frente con heridos. Luego vuelvo a la cama y repaso el resto de las tareas pendientes: conseguir comida, averiguar dónde hay otro punto de carga en la ciudad, lograr efectivo para pagar la habitación.
Controlada la logística, me preocupa no encontrar la historia que debo escribir para el periódico al día siguiente, que haya ataques en zonas de las que estoy alejado o contagiarme del estado anímico de una periodista a la que ayer me encontré en la calle. Lleva cinco meses cubriendo el conflicto y comenzó a llorar sin poder frenar en medio de una conversación intrascendente. Me preocupa también que el fixer no quiera avanzar más, no quiera acompañarme a un pueblo del frente para hacer un reportaje para el domingo o que no haya cobertura.
Tengo muchas preocupaciones y angustias, pero ninguna de ellas es el miedo. Sé que en una guerra pueden pasar mil cosas terribles, pero ninguna de ellas es que alguien entre por la noche en mi habitación y quiera coserme a balazos. Tampoco lo es que cuando me desplace de un lugar a otro, un vehículo se atraviese en la carretera para cortarme el paso y ejecutarme, o que la periodista que me acompaña sea violada por cuatro tipos.
Metido en la cama de Kramatorsk, sirenas, explosiones y silencio se alternan durante la noche. Tengo mil sensaciones inquietantes mientras observo el techo con la sábana a la altura de la nariz, pero sé que ganará el cansancio y terminaré dándome la vuelta hasta quedarme dormido.
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