LECTURAS
Empieza a leer 'El volumen del tiempo IV' de Solvej Balle
# 1892
Es difícil saber dónde acaba y dónde empieza algo. O alguien. Dónde comienza o se termina una persona. Dónde empieza la siguiente. Se da por hecho que salta a la vista: cuerpos separados por espacio vacío. Cinco personas frente a una puerta que se abría. Habían llamado al telefonillo de nuestra cancela de hierro forjado y ahora estaban ahí esperando. Algo separadas y, sin embargo, un grupo.
Ellos debieron de ver lo mismo que nosotros mientras nos acercábamos desde la casa: una especie de grupo. Cuatro personas separadas por espacio vacío que se aproximaban a la verja; de repente nos convertimos en nueve personas en una casa. Nueve personas que se encontraron junto a la verja y que recuerdan que se encontraron junto a la verja. Que fuimos hacia ellos andando o, mejor dicho, casi corriendo, mientras ellos aguardaban ahí titubeantes, si es que se puede decir que titubea alguien que ya ha tocado al timbre: Anton Janas, con un abrigo gris de lana de botones medianos; Rosalie Torpa, que prefiere que la llamen Rosi, con la sílaba tónica al final; Sonia Mirbek, que fue la que llamó al timbre y luego se retiró un poco hasta ponerse detrás de Peter HassTeilo, que estaba a unos pasos de la verja y apoyó la mano en el hombro de Sonia cuando esta empezó a abrirse.
Se abría porque Ralf había pulsado el botón del telefonillo tan pronto como se impuso aquel timbrazo ensordecedor. Cuando sonó la campanilla andábamos apilando cajas de provisiones en el recibidor. Ralf, el que estaba más cerca de la puerta, dio un respingo, pero luego salió, bajó los peldaños y echó un vistazo a la verja. De entrada, no vio nada más que un par de siluetas y un trozo de coche. No se hacía una idea de cuántos eran, pero los vio ahí plantados, de modo que pulsó el botón y salimos todos. Primero Ralf, luego Henry y, al final, Olga y yo. No tardamos mucho en enterarnos de que los recién llegados buscaban a un hombre llamado Ralf y de que estaban atrapados en el dieciocho de noviembre. Los invitamos a pasar y poco después ya estábamos todos dentro de la casa. El coche también logró cruzar por la verja, con Peter al volante. Ralf lo guio hasta aparcar frente al viejo garaje. No recuerdo bien en qué lado del grupo se situó Marlice Maurer. Tal vez se pusiera detrás de alguien, porque no reparé en ella hasta que entramos en la casa, cuando hacía rato que la verja se había cerrado tras ellos, que el coche había quedado aparcado frente al garaje y que esa gente se había colado entre las cajas amontonadas en el recibidor. Al poco estábamos todos hablando de avena, pues eso era lo que había en las cajas: avena y galletas saladas con orégano.
Marlice fue la última en entrar, porque se agachó para atarse el cordón del zapato, pero también ella acabó pasando al recibidor, donde se detuvo un momento a contemplar la escalera que llevaba al primer piso y a echar una ojeada al salón. Se secó los pies en el felpudo antes de entrar, pero a los pocos minutos ya insistía en quitarse los zapatos. Fue justo al ver el parqué del salón grande, con su dibujo de tablillas de distintos tipos de madera. Típico de las casas de la época, dijo algo después, cuando andábamos ya en el salón en calcetines, porque yo también me quité los zapatos, para no estropear el suelo, claro. Pero no le dio tiempo a decir mucho más sobre la época antes de que los demás pidieran que les enseñáramos la casa. Creo que les sorprendió su tamaño, aunque ya la habían visto desde fuera, y a lo mejor a nosotros nos sorprendió el jaleo repentino en la casa: un bullicio de personas, de pies que se restregaban en el felpudo, de abrigos y bufandas colgados en el perchero del recibidor, de voces y frases suspendidas en el aire, de preguntas sobre la casa y sobre cuántos éramos y cuánto tiempo hacía que vivíamos ahí. Alguien preguntó dónde estaba el baño, otro estuvo a punto de tropezarse con unos zapatos o una caja de cartón, un tercero apartó un par de cajas e hizo algún comentario acerca de la casa, y de repente ya no se sabía de quién eran los zapatos ni de quién esa frase que te resonaba en los oídos.
Les enseñamos las habitaciones. Teníamos muy claro que se iban a instalar con nosotros. Era difícil imaginar una alternativa a la mudanza. En la casa hay sitio de sobra, y ahora han ido al centro porque anoche se hizo tarde, nos quedamos hablando hasta las tantas y no dio tiempo de ir a por sus cosas. Estábamos demasiado cansados, o habíamos bebido demasiado vino como para ir en coche a ninguna parte.
Para cuando acabamos de mostrarles la planta baja y las habitaciones de arriba a los recién llegados, Olga había preparado té y sacado galletas de las cajas y nos instalamos en el salón de la chimenea. El sótano ya tendrían tiempo de verlo, dijo mientras nos sentábamos en los viejos sofás y butacas, más apretujados de lo normal, acostumbrados como estamos a repantingarnos en nuestros muebles, con las piernas en alto y bien arrebujados en mantas, porque con la chimenea apagada hace un poco de frío.
Ralf la encendió entonces y ahí estábamos todos, sentados en la sala. Con nombres y explicaciones revoloteando por el espacio que nos separaba. Un batiburrillo de frases, datos y anécdotas, Sonia y Peter en un sofá con Ralf, Olga sentada en un cojín junto a la chimenea, desde donde podía ir añadiendo leña al fuego. De vez en cuando se inclinaba hacia la chimenea y soplaba un poco, como si le pareciera que tardaba mucho en prender.
Yo estaba en el suelo al lado de Olga, pero luego me fui al otro sofá, junto a Henry, porque frente a la chimenea hacía mucho calor. Los demás estaban sentados en corro en los sofás y butacas, más o menos, porque no paraban de dar vueltas, sobre todo Rosi y Marlice. Se paraban en la puerta, donde corría un aire más fresco, o acompañaban a algún habitante de la casa cuando salía del salón para traer más galletas o preparar más té o bajar al sótano a por vino. Sin embargo, eran interrupciones breves, y al poco volvíamos a estar todos en el salón, donde íbamos acumulando cada vez más retazos de nuestra historia común. Una sala llena de movimiento: el tiempo pasaba volando en nuestros relatos, un flujo de dieciochos de noviembre, recorríamos los días apresuradamente hasta que de pronto se nos hizo de noche y henos ahí, nueve personas en el salón lleno de voces y de frases, de todo lo sucedido, de todos los comienzos en soledad y de nuestros encuentros.
Al principio estábamos en dos grupos: nosotros y nuestros invitados, o los recién llegados y los habitantes de la casa, pero llegó un momento, no sé muy bien cuándo, en que los recién llegados dejaron de ser nuestros invitados y se convirtieron en los nuevos habitantes de la casa. Tal vez bastaran solo un par de horas. Sea como fuere, dejamos de tener la sensación de que eran invitados cuando, ya a altas horas de la noche, fuimos a por colchones y mantas y edredones. Mejor dicho, creo que aquello nos recordó que nosotros también éramos invitados, que los colchones y los sofás que les ofrecíamos para pasar la noche eran de la casa y no nuestros de verdad. Quizá sean así las cosas: somos invitados en esta casa, y cuando recibimos invitados, caemos en la cuenta de que nada es nuestro, de que nos sentábamos en sofás y butacas prestados; con brazos o piernas que sí que eran nuestros y pertenecían a un cuerpo que también era nuestro, y lo mismo todas las palabras y frases y gestos, que nunca podemos reclamar como propios, es evidente, puesto que no podíamos evitar tomar gestos prestados a los demás. O frases.
Es bastante fácil distinguirlos. Los cuerpos de los sofás y las butacas. Las caras que pertenecen a los cuerpos. Las voces que pertenecen a las caras. Se escucha primero a uno y luego a otro y, cada vez que vuelves la cabeza hacia una de las voces, esta pertenece a una cara y a un cuerpo, con una mano en el cogote o con cierta forma de acodarse en el brazo del sofá. Pero entonces descubres que tú también tienes la mano en el cogote, o que te has acodado exactamente de la misma manera, y entonces empieza a hablar otra persona y otra más toma prestado un gesto. Una pierna que se dobla para encaramarse en el sofá, o unas manos que aletean en el aire para dar énfasis a unas palabras, y poco después es otro par de manos el que aletea y otra pierna la que se repliega sobre una butaca. En el salón hace calor y alguien pesca una frase y la repite porque, por muy rápidamente que nos familiaricemos con las voces y las relacionemos con sus respectivas caras y cuerpos, los gestos recorren el salón, las frases pasan de boca en boca y los gestos se transmiten mediante reflejo y repetición. A veces es apenas una ceja enarcada o una expresión atenta que pasa tácitamente de una cara a otra. Alguien se levanta a recoger tazas o vasos y, al instante, otro hace lo propio, y así nos pasamos toda la noche, un mosaico, una urdimbre, todos los gestos y manos y brazos y piernas que se toman prestados y se imitan y se reflejan y se intercambian. Alguien bosteza y otro va detrás, y un tercero, porque todos estamos cansados, pero no significa nada. Se comparte una anécdota en el salón que va seguida de otra que se le parece porque hay alguien que tiene una experiencia que añadir: el relato de uno saca a relucir el relato de otro y, de repente, algo que sucedió o un lugar en el que se estuvo se ven bajo una luz completamente nueva, y todo el tiempo hay plumas prestadas, gestos robados, una cierta forma de apoyar la mano en la barbilla, un ladronicio amistoso, Rosi, que sostiene la taza de té con las dos manos mientras mira a su alrededor, y de repente Olga hace lo mismo, y así pasamos la primera noche: entrelazándonos en un baile en cadena, en un ballet peculiar, en una pantomima extraña.
Se hizo tarde. La concentración se nos escurría entre los dedos. La mayoría estábamos cansados, o tal vez nos hubiésemos excedido con el vino. Primero se quedó dormida Rosi, luego a Olga le entraron ganas de irse a dar una vuelta de las suyas en la oscuridad. Nos quedamos hablando un rato más, pero nuestros movimientos se habían ralentizado. Sonia se apoyaba en Peter, y Henry se estiró un poco, como si deseara tener a alguien en quien apoyarse. La conversación murió con gran discreción y solo se reavivó cuando Olga regresó de su ronda nocturna.
Estaba totalmente desvelada; la oímos trastear en la cocina, afanándose en preparar camas para los invitados. Había encontrado unos colchones viejos almacenados en una de las habitaciones de detrás de la cocina y, cuando apareció acarreando el primero y lo soltó con un ruido sordo en una de las habitaciones adyacentes, nos levantamos todos a la vez y salimos del salón para ayudarla. Rosi fue algo más despacio porque primero tuvo que despertarse, pero pronto estuvimos todos repartiendo colchones por las habitaciones y sacando mantas y colchas, y al final Olga encontró su viejo saco de dormir, que aún olía a sal y a las islas Frisias, o eso aseguraba ella.
Yo avisé de que les costaría pegar ojo en aquellos colchones tan duros, que ya encontraríamos otros. Pero estaban todos cansados, o la mayoría, al menos. Hasta yo me quedé dormida un par de horas después, y por la mañana he sido la primera en despertarme, o eso creo, porque al asomarme a la escalera estaba todo en silencio. Quizá se hacían los dormidos. En todo caso, hasta que no he preparado el café, he sacado la avena de las cajas del pasillo y he puesto tazas y platos en la mesa de la galería no han empezado a levantarse de los colchones y los sofás. Y entonces nos hemos sentado a desayunar. Había sitio para todos alrededor de la mesa, y todos recordaban lo sucedido: que cinco personas se plantaron frente a una verja que se abrió, y que cuatro personas se acercaron a la verja andando o, mejor dicho, casi corriendo.
Después del desayuno me he retirado a mi habitación creyendo que podría echar una cabezadita, pero todo me zumba en la cabeza: personas y gestos y cinco relatos nuevos que se entretejen y que estaban ahí desde el principio, aunque nosotros no lo supiéramos.
Es como si cada uno hubiera recorrido un sendero propio por el mismo bosque. Nos perdimos, cada uno por su cuenta, pero no estábamos solos, porque los otros también caminaban en círculos por sus respectivos senderos, hasta que nos encontramos en un claro y descubrimos que compartíamos tanto el bosque como el claro. Parece que todo empiece con el encuentro, pero nuestras historias ya estaban entrelazadas de antes.
Los demás han ido al centro; he oído cómo salían los dos coches. Los nuevos habitantes han ido a por sus cosas, y Ralf y Henry, al piso de Ralf a por más platos y unas cazuelas que Ralf recordó de repente que tenía guardadas en su buhardilla.
Creo que Olga está despierta. No ha bajado a desayunar y acabo de oír pasos en el pasillo. Tal vez sean los demás que han vuelto, pero no lo creo. Oigo pasos otra vez, de una sola persona. Es el ruido de alguien que anda descalzo.
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Traducción de Marta Armengol Royo
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